Los Cuentos de Carlos Matías Sandes, un asesino, un Queso



1) CARLOS MATÍAS SANDES, UN ASESINO, UN QUESO

Ludmila se encontraba en la escuela de periodismo deportivo y había ido a cubrir de básquet de las ligas superiores. Al finalizar deseaba entrevistar a la estrella del equipo, Carlos Matías Sandes, un destacado basquetbolista que medía más de dos metros, calzaba cincuenta y dos, y al cual, como apodo, le decían “el Queso”.

La chica se acercó para entrevistar a Sandes. Pero este le dijo:
- Ahora no. Estoy cansado, ha sido un partido muy emotivo y quiero disfrutar con mi familia. Sí querés entrevistarme, el martes, después del entrenamiento.
La chica esperó entonces al martes cuando pudo realizar la entrevista con Sandes, en el campo de entrenamiento, cuando todos los demás jugadores se habían ido. La charla entre el basquetbolista y la estudiante de periodismo transitó en temas relacionados al juego y al deporte está que la chica le preguntó a Sandes:
- ¿Porqué te dicen “el Queso”?
El basquetbolista entonces levantó su gigantesco pie derecho, lo puso sobre la cara de la joven y le dijo:
- Por esto.
Ludmila comprobó que el basquetbolista tenía un olor a Queso apestoso, intenso y sofocante. Sandes le dijo:
- ¿Entendes ahora? Podes chuparlo, besarlo y lamerlo a la vez, no solo olerlo... y si te gusta mi pie derecho, podés hacer lo mismo con mi pie izquierdo...
A la chica le pareció algo repulsiva la propuesta de Carlos Matías Sandes, y trató de apartarse, pero el basquetbolista con violencia le dijo:
- Ahora juga con mi pie izquierdo. Querías saber porque me decían “el Queso”, bueno aca está la razón.


Cuando terminó, la chica deseaba irse, pero Carlos Matías Sandes, vestido aún de basquetbolista, con unos guantes negros que le cubrían sus manos, dijo:
- Ahora no podrás escapar, ya conocés mi secreto. Lo siento, pero lo pagarás con tu sangre.
Y para espanto de la chica, el basquetbolista se acercó hacia ella sosteniendo un machete. La chica intentó huir, y existió una pequeña persecución entre ella y el basquetbolista, pero Sandes la alcanzó y le dio el primer machetazo. La chica cayó tendida al piso, y Sandes la siguió asesinando a machetazos, hasta que finalmente, le cortó la cabeza.
Cuando terminó, Carlos Matías Sandes fue hacia una heladera, sacó un gran Queso gruyere, de un enorme tamaño, se acercó al cadáver decapitado de su víctima y dijo en voz alta:
- Queso.
Se fue del lugar impunemente. Al día siguiente, grande fue la conmoción de la ciudad cuando las noticias revelaron que una chica había sido asesinada por un Queson en el campo de entrenamiento de básquet.
La investigación abierta por el Inspector Pufrock determinó que Carlos Matías Sandes había sido el último basquetbolista en abandonar el lugar. Al basquetbolista lo citaron a declarar...
- No recuerdo nada – dijo Sandes – en ese lugar hay un espíritu errante que pudo haberse corporizado en cualquiera de nosotros, y es ese espíritu el responsable del crimen.
Una vieja gitana ratificó los dichos de Sandes y el caso quedó cerrado sin culpables, el asunto rápidamente se olvido, aunque Carlos Matías Sandes siguió asesinando y decapitando chicas a machetazos, a la vez que le tiraba Quesos. Pero esa es otra historia...


2) DOS QUESOS Y DOS CABEZAS PARA CARLOS MATÍAS SANDES

En una ciudad de provincia, el equipo de básquet – de destacada actuación en la Liga Nacional – visitó una escuela. Una de las maestras, se acercó a Carlos Matías Sandes, el jugador estrella del equipo, que le firmó un autografo.
-         Todos te admiramos mucho, Matías – le dijo la maestra – toda la ciudad está llena de gozo y regocijo por tu presencia en los South Lambers.
-         Muchas gracias – contestó Sandes – yo solo juego al básquet si hago feliz a la gente, mucho mejor.
-         Quería pedirte un favor, Matías...
-         ¿Cuál?
-         Me gustaría hacerte una nota para nuestro medio colegial...
-         Bueno, acepto con gusto – fue la respuesta de Sandes – pero tengo los tiempos apretados, debe ser hoy mismo, mañana partimos con el equipo a jugar la prestigiosa Copa “Defensores de Yavín”. Te espero en mi casa a las siete de la noche, ¿Te parece bien?
-         Con mucho gusto, allí estaré.


Finalizada la visita a la escuela, el basquetbolista regresó a su casa, pero de camino pasó por la zona roja vió a una prostituta, de conocida reputación en la ciudad.
-         Hola Carlos – le dijo al prostituta al ver acercar la enorme figura de Sandes, que mide más de dos metros y calza un cincuenta y uno.
-         Hola nena. Te espero en mi casa a las siete. Te pagaré el triple de lo habitual.
-         Allí estaré, Carlos.
Aquella noche, mientras esperaba que fueran las siete, Carlos Matías Sandes permaneció solo en su casa, haciendo lo que más le gustaba, comiendo Queso Gruyere, con sus enormes pies descalzos apoyados sobre la mesa. En un mueble ubicado al costado de la mesa, relucían dos grandes hormas de Queso Gruyere y otra de Queso Emmental.
Estaba vestido con una casaca de básquet de Boca Juniors y sus manos permanecían cubiertas con gruesos guantes negros de cuero.
Ya no quedaban ni los agujeros del Queso Gruyere que estaba comiendo, cuando sonó el timbre. Carlos Matías Sandes pensó en voz alta:
-         ¿Será la maestra o la prostituta?
Se asomó entonces a la ventana y observó que era la maestra. Agarró entonces un algodón y lo mojó en cloroformo. Le abrió la puerta, pero Sandes se puso detrás de ella. La maestra entró y no vió a nadie.
-         ¿Matías? – dijo la maestra.


El basquetbolista la tomó por detrás, con la fuerza que tiene un hombre que mide dos metros y calza cincuenta y uno, pusó el cloroformo sobre la nariz de la maestra, y la redujó sin problemas.
El basquetbolista ató a la maestra que estaba desvanecida en un sofá de pies y manos. Cuando terminó sonó el timbre.
-         Es la prostituta – dijo entonces Sandes.
Otra vez se repitió la escena, abrió la puerta se puso detrás de ella, la prostituta entró y no vió a nadie.
-         ¿Carlos? – preguntó entonces la prostituta.
Sin mayores problemas, Sandes la redujó con el cloroformo, y estando desvanecida, la ató de pies y manos juntó a la maestra.
Algún rato después, tanto la maestra como la prostituta se despertaron e intentaron moverse pero atadas, nada pudieron hacer, solo gritar desesperadamente.
Carlos Matías Sandes, con un machete en sus manos, se acercó a las dos mujeres y les dijo:
-         Las asesinaré, chicas. Griten lo que quieren, nadie vendrá en su ayuda.
Las mujeres gritaron en forma más desesperada aún, presas del pánico y terror, pero el basquetbolista redobló la apuesta y les dijo:
-         Tendrán el placer de oler mis pies antes de ser asesinadas.
Entonces, Carlos Matías Sandes, se paró encima de las dos mujeres, aplastándolas literalmente, y puso sus enormes pies sobre ella, el izquierdo sobre la maestra, el derecho sobre la prostituta. Las chicas olieron, lamieron, besaron y chuparon los pies del basquetbolista, impregnados de un apestante, intenso y sofocante olor a Queso. Era impresionante. Luego, el basquetbolista se dio vuelta y puso su pie izquierdo sobre la prostituta y el derecho sobre la maestra. Otra vez pasó lo mismo, el olor a Queso de Carlos Matías Sandes era de una magnitud indescriptible.
-         ¿Vieron chicas? ¡Por eso mis compañeros me dicen “el Queso”, aunque yo en realidad soy un “Queson”, je, je!
Cuando terminó de jugar con los pies, Carlos Matías Sandes agarró los Quesos y los tiró sobre las mujeres, luego las asesinó a machetazos hasta arrancarle la cabeza, primero a la maestra, luego a la maestra. Al terminar, Carlos Matías Sandes otra vez arrojó los Quesos sobre sus víctimas, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Era ya muy tarde, el reloj marcaba que eran más de las dos de la mañana, cuando sobre un descampado de la zona sur de la ciudad, la enorme figura de un basquetbolista, Carlos Matías Sandes, vestido totalmente de negro, de la cabeza a los pies, tiró el cadáver de la maestra y la cabeza de la prostituta, sobre los mismos, arrojó un Queso, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Rato después, en otro descampado, pero de la zona norte de la ciudad, Carlos Matías Sandes, el basquetbolista tiró el cadáver de la prostituta y la cabeza de la maestra, arrojando un Queso sobre los mismos, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Al día siguiente, el equipo de básquet de la ciudad emprendió el viaje, en medio de la conmoción generalizada por el descubrimiento de los dos cadáveres, el de la prostituta y el de la maestra, con las cabezas invertidas, y los Quesos sobre ellas.
-         ¿Quién pudo hacer algo tan salvaje y macabro? – comentó uno de los basquetbolistas.

-         Un Queson – fue la respuesta de Carlos Matías Sandes.



3) EL DELIRIO MÍSTICO Y CRIMINAL DEL BASQUETBOLISTA QUE TENÍA OLOR A QUESO

Dicen que al finalizar un entrenamiento de básquet en Boca, Carlos Matías Sandes le dijo a Jonatan Treise:
- Soy un Queson.
- ¿Un Queson? ¿Porqué?
- Porqué tengo los pies muy grandes, calzo 51.
- Yo también soy patón... aunque no tanto, claro... lo tuyo es muy grande, en serio, si es verdad, sos muy Queson, ja, ja...
- Claro que soy muy Queson, yo tengo olor a Queso en los pies. Por más que me los lave el olor es intenso, apestoso y sofocante.
- Ja, ja, me haces reír Mati...
- Aunque cuando hablo de mis Quesos prefiero que me llamen por mi primer nombre, Carlos...
- ¿En serio? Sí todos te conocemos por tu segundo nombre, bueno, no hay problemas Mat... perdón señor Carlos, ja, ja.
- Yo no me reiría tanto, lo del olor a Queso es en serio.
- Ya que insistís tanto, ahora quiero oler tus pies...
- Bueno, dale...
Ocurrió entonces que Jonatan Treise se agachó en el piso, y Carlos Matías Sandes puso sus enormes y gigantescos pies sobre su rostro. Jonatan apenas aguantó el olor a Queso de su compañero, que realmente apestaba... y retiró rápidamente su rostro de debajo de los pies de Sandes.
- Es verdad Mati... perdón Carlos, así es como te voy a llamar ahora, Carlos, el olor a Queso que tenés es impresionante.
- ¿Vistes? ¡No es mentira!
- Usa talco...
- No, es peor. Eso me lo expande aún más. Pero el problema del olor es que me crea un instinto asesino...
- ¿Instinto asesino?
- Sí, tengo ganas de cometer un asesinato...
- ¡No me asustes! ¡A ver si me matas a mí! – exclamó Jonatan con una mezcla de miedo, sorpresa y burla.
- No, tranquilo Jonatan... tengo ganas de asesinar a alguien... pero no a un hombre, sino a una mujer...
- Bueno Mat.. digo Carlos... como broma ya es suficiente. Hasta mañana.
- Espero que mañana nos veamos Jonatan... si puedo controlar este instinto asesino.
Treise ya no quiso escuchar más a su compañero, creyéndolo loco, fue a decirle al médico de la delegación...
- Che, Matías está loco... No deja de hablar pavadas.
- No pasa nada – dijo el facultativo – tiene el “Síndrome de Gruyere”, es por el olor a Queso en los pies, lo lleva a hablar cosas sin sentido.
- Pero hay que tratarlo, es grave las cosas que dice...
- Tranquilo, no pasa nada, ya inició un tratamiento, en un rato le harán efectos los medicamentos que le dimos y se quedará tranquilo. Mañana no se va acordar de nada.
Jonatan se tranquilizó al escuchar esa respuesta, y totalmente despreocupado, regresó a su hogar.



Mientras tanto, Carlos Sandes se fue del entrenamiento. Pero no regresó a su casa sino que se fue de compras.
Primero pasó por un negocio de ropa, se compró un piloto de color negro, guantes negros y un gran sombrero de ala ancha también negro...
Después pasó por esos negocios que venden armas y al mirar a la vidriera quedó impresionado por un gran machete de más de medio metro de longitud.
- Qué lindo machete para asesinar a una mujer – pensó Carlos Sandes.
En ese mismo momento, entró al local y no dudó en comprar el machete.
Rato después Sandes entró a una Quesería y le dijo al vendedor de Quesos:
- Quiero la horma de Queso Gruyere más grande que exista.
- Mirá, las hormas de Queso Gruyere suelen pesar cinco, seis kilos, pero tengo una que pesa como nueve kilos y...
- Dame ese Queso. ¿Cómo te llamas?
- Carlos... todos me conocen como Carlitos...
- Somos tocayos, yo también me llamó Carlos, dame ese Queso, rápido.
El vendedor de Quesos quedó extrañado ante la venta que había realizado pero muy contento con el dinero que había ganado. Un compañero suyo le preguntó:
- ¡Pareces eufórico Carlitos!
- Hice una venta muy extraña. Un tipo que medía más de dos metros, debía ser un basquetbolista, era un patón enorme, me compró un Queso Gruyere, la horma gigante, fue un negoción...



Carlos Sandes ya estaba decidido a cometer un asesinato aquella noche. Ya tenía la ropa de asesino, el Queso y el machete, pero le faltaba lo más importante: la víctima.
En ese momento se acordó que aquella noche su mujer organizaba una reunión con unas amigas...
- Las asesinaré a todas, les cortaré la cabeza y les tiraré un Queso – dijo entonces Carlos Sandes.
Ocurrió entonces que Carlos Sandes llegó a su casa. Su mujer le dijo:
- Hola Matías, ahora vienen las chicas...
- Ja, ja, ja, ahora ya no quiero que me digan más Matías... ahora soy Carlos, Carlos, el Queson, ja, ja, Carlos, el decapitador de Mujeres, ja, ja, Carlos, el Basquetbolista Queson y decapitador... ja, ja,
- ¿Qué te pasa, Matías? ¡Estás loco!
Sandes entonces agarró el machete, se acercó a su mujer, y sin mediar ninguna palabra más, le cortó la cabeza. Cuando terminó, tomó el Queso y lo tiró sobre el cadáver de su mujer, diciendo en voz alta:
- ¡Queso!



No tardaron en llegar las amigas de su mujer. Vinieron las cuatro juntas. El basquetbolista escondió el cadáver y la cabeza de su mujer, con el Queso incluido, en el placard. Muy sonriente, Sandes le fue diciendo a las chicas:
- Buenas noches, chicas, esperó que se sientan a gusto. Mi mujer no tardará en llegar. Las convidó con esta bebida.
El basquetbolista le sirvió a todas una bebida que las chicas tomaron con gusto. Pero la bebida contenía un narcotico, y las chicas quedaron dormidas a los pocos segundos...
El efecto duraría una hora, no más, el tiempo suficiente para que Sandes atará a las cuatro chicas a unas sillas de pies y manos. Cuando volvieron en sí, las chicas se encontraron que no podían moverse.
- Ja, ja, soy Carlos Sandes, el basquetbolista asesino, el Queson decapitador de mujeres, las mataré a todas...
A continuación, Sandes obligó a cada una de las chicas a olerle, besarle, chuparle y lamerle los pies. Primero el pie izquierdo, luego el derecho. El olor a Queso era impresionante, apestante, sofocante. Cuando la chica terminaba de olerle los pies, Sandes tomaba el machete y le cortaba la cabeza. Luego le tiraba el Queso diciendo en voz alta:
- ¡Queso!
Así con cada una de las chicas, hasta finalizar su macabra tarea... cuando lo hizo, todavía con el machete ensangrentado, telefoneó a Jonatan Treise:
- Ya está Jony, las maté a todas, les corté la cabeza y les tiré un Queso, ja, ja...



Jonatan desesperado fue a la casa de Sandes, horrorizado, vio los cadáveres de las mujeres asesinadas, los Quesos tirados al lado de cada una de las cabezas decapitadas, y encontró al basquetbolista con el machete ensangrentado sentado en una silla.
- ¿Qué hiciste, Matías?
- Me llamo Carlos. Te lo anticipé esta tarde. Debía completar una misión y aca está.
- Treise llamó a la policía, y se llevaron a Sandes con un chaleco de fuerza, a la vez que gritaba:
- ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! ¡Esto no lo hice yo! ¡Un espíritu maligno se apodero de mí!
- ¿Qué pasa, Matías?
Sandes escuchó la voz de su mujer, y ahí se dio cuenta que todo había sido parte de un sueño. Decidió tranquilizarse y olvidarse del asunto, pero cuando estaban desayunando su mujer le dijo:
- Che, tenés que hacer algo con lo del olor a Queso.
- Siempre tuve olor a Queso en los pies. Tengo pies muy grandes, juego al básquet, es inevitable, me lavo los pies todos los días, dos o tres veces, y el olor sigue...
- Pero nunca tuviste tanto olor a Queso como ahora...
- ¡Otra cosa! O mejor dicho otro Queso, ¿Para qué compraste ese Queso tan grande? Está bien que te guste mucho el Queso, que todos los días comás mucho Queso, pero esa horma tan grande...
- ¿Compré un Queso?
- Sí, ahí está... pero eso no fue lo único extraño que compraste... ese machete, para que, ¿Acaso le vas a cortar la cabeza a alguien? Ja, ja...
Carlos Matías Sandes vio el Queso, se puso guantes en las manos, tomó el machete, se dio cuenta del olor a Queso que tenía en los pies, y ahí comprendió todo, se vio al espejo, sonrío y dijo en voz alta:
- ¡Queso!


4) CARLOS MATÍAS SANDES, ¿CARLOS O MATÍAS?


Esta es la historia de Carlos Matías Sandes, Basquetbolista, Quesón y Asesino. “Nació en Villa Nueva y paseó su basquet por todo el territorio argentino. Sin dudas, un diamante nacido en la tierra del sol y del buen vino” señaló el diario mendocino “Los Andes” el 21 de julio de 2017, sobre este basquetbolista, de 2,02 metros de altura, y que calza 52 (Cincuenta y dos).
Carlos Matías Sandes nació el 14 de junio de 1984 en Mendoza (Argentina). Desde muy chico comenzó a demostrar sus grandes condiciones para el básquet, comenzando en el Murialdo Mendoza (1). 
Su debut en 2001 en Boca Juniors, equipo de la Liga Nacional, fue toda una explosión. Rápidamente se convirtió en una de las figuras del equipo, destacándose tanto por su nivel de juego como por su edad, en el rol de ala pivot, y salió campeón en dos ocasiones, en las temporadas 2004 y 2006. 


Esa época fue una edad de oro para el basquetbol argentino, la selección ganó la medalla de oro en los Juegos de Atenas 2004, y las grandes ligas profesionales del baloncesto buscaba talentos argentinos. Por eso no fue descabellado en 2005 que se mencionará su nombre para ir a la NBA.
“Carlos Sandes es otro argentino que podría ir a la NBA” publicó Infobae el 18 de junio de 2005 “El alero de Boca y del Seleccionado Sub 21 tiene serias posibilidades de continuar su carrera en la liga de básquet más competitiva del mundo”.
“El jugador mendocino fue una de las figuras de Boca, que en los dos últimos años ganó la Liga Nacional, la Copa Sudamericana, la Copa Argentina y el Top 4, además de haber logrado el subcampeonato en la última edición del certamen local” señalaba la nota entre otros datos (2).


Prometía mucho en aquel tiempo, Fabián García, uno de los periodistas que más sabe de básquet en Argentina, lo describía como “el nuevo diamante argentino”. En esa nota García señalaba su nombre completo (“Carlos Matías Sandes”) aunque también que todos lo llaman por el segundo nombre”.
Finalmente, se trató de solo una especulación periodística, y el año siguiente, Sandes terminó fichando para la competitiva liga española, considerada por muchos como la más importante de Europa, comenzando a jugar en el Tau Victoria, donde se desempeñó en la temporada 2006/07.
En las tres temporadas siguientes, Sandes jugó en el “Baloncesto Fuenlabrada”. “Gran Defensor y buen reboteador. Con personalidad, jamás se esconde en los momentos difíciles. Puede jugar de alero y de ala pivot” señalaba un álbum de figuritas sobre Carlos Matías Sandes dedicado al baloncesto español.
Durante su periplo español, su nivel deportivo fue decayendo, la gran promesa del básquet argentino, el diamante en bruto que parecía despertar, se fue diluyendo, y se convirtió en un jugador que alternaba actuaciones discretas, modestas o mediocres. Ya no se lo mencionó nunca más para la NBA, y para la selección argentina, solo lo convocaron para amistosos con rivales mediocres o torneos menores. Todo fue un fiasco.


Sin pena ni gloria, regresó a la semi profesional liga argentina, donde tuvo un olvidable paso por Boca Juniors (temporada 2010/11) y después recaló en el equipo de Sionista, de la ciudad de Paraná (Provincia de Entre Ríos), donde jugó un par de temporadas, 2011/12 y 2012/13. 
Como ya dijimos más arriba, y como señalara Fabián Garcia en su nota, a Carlos Matías Sandes todos lo llaman por su segundo nombre. En el mundo del básquet es simplemente Matías Sandes, aunque siempre se supo que su primer nombre era Carlos. Un Carlos renegado, sin duda, que sentía rechazo por el nombre Carlos.
Quizás la causa de esto sea una simple cuestión familiar, en una familia donde casi todos los hombres se llaman Carlos, mejor que te digan por tu segundo nombre, para que no te confundan. O quizás “Matías” suena más fashión, más acorde a la generación en la cual nació Sandes. Quizás alguna vez el mismo lo aclare. Quizás solo diga, con su tonada mendocina, “Siempre me dijeron Matías”. Lo cierto es que así lo conocen todos en el mundo del básquet, simplemente Matías o Mati, en realidad casi todos lo llaman de este modo en el mundo del basquetbol.


En la última temporada en que estuvo en España, cuando su carrera deportiva languidecía en el Fuenlabrada, el 27 de octubre de 2009, se cruzó con una anciana, de acento rumano, en la Calle de la Montera, pleno centro de Madrid.
“Tu eres Carlos Matías Sandes” le dijo la rumana “Eres un baloncestista del Fuenlabrada”.
Sandes la miró, asombrado por que la rumana conocía sobre su deporte y permaneció en silencio. 
“Qué olor a Queso que tienes en esos pies gigantescos y olorosos” continuó hablando la gitana “Te deberían decir EL QUESO por como huelen tus pies, eres un Carlos, niño, un Carlos, acepta tu destino, eres un Quesón, se que te gusta que todos que te digan Matías, tu segundo nombre, es un bello nombre, yo lo niego, pero eres un Carlos, como Carlos Bossio, Carlos Fernández Lobbe o Carlos Delfino, recuérdalo, aunque lo niegues, no podrás escapara a tu karma, a tu destino, el de ser un Quesón”.
Sandes quedó asombrado al escuchar a esa anciana, cerró los ojos por un par de segundos y le iba a contestar, pero al abrir nuevamente los ojos, la anciana había desaparecido como por arte de magia. Al basquetbolista aquel encuentro le resultó algo muy raro, siempre se preguntó que era aquello de “ser un Quesón” (¿Se refería acaso al olor de sus pies?) y nunca lo olvidó, aunque obviamente, siguió renegando de su primer nombre, Carlos, y todo continuó igual.


En Paraná, cuando comenzó a jugar en Sionista, durante el segundo semestre de 2011, salió una tarde a caminar por las calles de la capital entrerriana, para su sorpresa, en una esquina, estaba otra vez la anciana rumana, el basquetbolista la reconoció, aunque la notó algo más joven, como si la anciana hubiera rejuvenecido. Sandes no pudo evitar pararse ante la anciana.
“Usted” le dijo Sandes “yo la ví en Madrid, la rumana anciana, aunque parece más joven”.
“Soy yo Carlos” le dijo la anciana “¿Vistes Carlos? ¿Vistes la carrera mediocre que tenés en el básquet, eras la gran promesa de este deporte, pero no paso nada, ahora estas aca, en este equipo de modestas pretensiones, si hubieras aceptado tu destino como Carlos Delfino, ser un Carlos, ser un Quesón, serías una estrella de la NBA, una figura consagrada, sos un Carlos, acéptalo, estas desafiando al Universo, se pueden desatar cosas imposibles de controlar, hazme caso, hacete Quesón, estas a tiempo aún”
“Explíqueme que significa eso de ser un Quesón” le preguntó Sandes a la rumana.
“Eso es algo que descubrirás vos solo estimado Carlos, cuando aceptes ser un Quesón”.
“Ya sé que me llamó Carlos, lo dice mi DNI, mis tarjetas de crédito, y Carlos es un pedazo de nombre” le contestó Sandes “pero yo soy Matías Sandes, todos me conocen así, siempre me llamaron Matías, y así me conocen todos, te lo digo una vez más vieja: anda a cagar”.
“¿Anda a cagar?” preguntó la rumana.


“Sí, anda a cagar, no me moleste más, no se quien es, ni de donde me conoce, pero vayase a la mierda, señora rumana”.
“Mi nombre es Oana Raluca Dumitrescu” dijo la anciana y elevó el tono de la voz visiblemente enojada “Te lo advertí Carlos Matías Sandes, te lo advertí, ahora pagaras por esto”.
Sandes abrió la boca para decir algo, iba a lanzarle otro insulto, pero la rumana, con una rapidez asombrosa, otra vez desapareció, se esfumó en cuestión de segundos, tanto que Sandes pensó que todo aquello era producto de su imaginación. Una señora de setenta años pasaba por allí en ese momento, con una bolsa repleta de verduras, y Sandes entonces le preguntó.
“¿Señora?” dijo el basquetbolista “¿Usted vio a una anciana rumana que estaba aca hace un rato”.
“Claro que la ví, una mujer muy grosera, ví que te estaba insultando” fue la respuesta de la mujer “mira pibe allá está cruzando la calle”.


Sandes se dio vuelta y efectivamente la rumana estaba cruzando la calle, pero la velocidad que tenía era tal, que no la pudo alcanzar. “Que alto y buen mozo este chico” pensó la señora de setenta años “pero que olor a Queso que tenía”.
Y eso fue lo que ocurrió en los días siguientes. Sandes cada vez tenía más olor a Queso, apestaba a Queso en sus pies, aunque se los lavaba, se ponía talco o desodorante, cada vez era peor, tanto que sus compañeros del básquet comenzaron a llamarlo simplemente “el Queso”, y el mismo se puso una cuenta de twitter, con el usuario “quesocmsandes” aunque no la usaban nunca, y todos creían que era fake.
Abril de 2012. Otra vez Sandes caminaba por las calles de Paraná, y para su sorpresa, otra vez la anciana. Sandes la miró de reojo y no se paró, pero la anciana se acercó y le dijo: “Te lo digo por última vez Carlos, hacete Quesón, sino te van a tirar un Queso”.


El basquetbolista no paró ni un segundo, y mientras caminaba le dijo a la anciana “Ja, ja, bah merda, me encanta el Queso, ja, ja, el Sandes do Queijo (3), ja, ja, vayase a la puta que la parió, vieja de mierda, soy Matías Sandes, es mi nombre en el básquet, me pusieron Carlos por un tema familiar, pero yo soy Matías”.
Y Carlos Matías Sandes siguió su camino, era abril de 2012.

(3) “Sandes do Queijo” en portugués significa “sándwiches de Queso”

Comentarios

  1. Ja, ja,y la verdad que tiene pinta de asesino

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  2. Carlos queson sos alto psicopata, vi tus posts y te sigo anonimamente a todos lados

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  3. la gitana era Dumitrescu!

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  4. Carlos sandes me parece un tipo inescrupuloso no le importa matar un gato cascoteado o una modelo,no tiene ggustos especificos a diferencia de bossio le gusta la buena carne... este chabon se la pasa con el machetito,y tomando vino patero d mendoza jeje tal parece que podria volverse un cazador casado por un huevon por sus actitudes megalonomas

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  5. Nooo.El no es no un asesino. Lo se porque es el padre de unos de mis amigos del colegio

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  6. Y luego la rumana rejuveneción, convirtiéndose en amante de Sandes.
    ¿Quien lo habría anticipado?

    Sandes es un tanto apresurado como quesón. Le cuesta ajustarse a las normas, como lo de no quesonear a Mora Godoy, que podría haber sido una cómplice.

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