Los Asesinatos de Carlos Bossio, el Quesón



1) LA PRIMERA NOCHE DEL QUESÓN

Todo comenzó la noche del 30 de abril de 1994, la víspera del feriado del 1º de mayo, cuando una extraña tranquilidad se cernía sobre la siempre agitada ciudad de Buenos Aires. Aquel día se había jugado una edición más del Clásico de los Clásicos del Fútbol Argentino. Es otoño en el hemisferio sur en aquella parte del año, cuando los días empiezan a acortarse y las temperaturas comienzan a bajar. El reloj marcaba ya la llegada de la medianoche, cuando en una calle del barrio de Caballito, se detuvo un auto de color negro. 

Del mismo descendió un hombre muy alto, con una altura de un metro noventa y cinco más o menos. Estaba vestido totalmente de negro, con una gruesa polera que le cubría el cuello, una campera de cuero también de ese color, además de un par de guantes con que tenía enfundadas las enormes manos que poseía. También era de color negro el pantalón que vestía, de calzado lucía unas gigantescas zapatillas de color negro de un talle como el cincuenta, lo que indicaba que tenía pies muy grandes. El hombre tenía un bolso donde parecía llevar cosas muy importantes. 
Al bajar del auto, miró para un lado y para el otro. No vio nadie, por lo que avanzó con serenidad e impunidad hacia la puerta de un edificio. Ingresó al mismo con unas llaves que poseía. Se dirigió al ascensor y se miró en el espejo. 


Era un hombre joven, todavía más cerca de los veinte que de los treinta, de pelo negro y piel clara. No era precisamente lo que se dice bien parecido, pero la altura y los grandes pies que poseía lo hacían interesante para las mujeres. Tras mirarse en el espejo, el muchacho sacó un pasamontañas del bolso y se cubrió la cabeza. Totalmente vestido de negro, de la cabeza a los pies en el sentido real de la palabra, tocó el botón del ascensor que lo depositó en el décimo piso, al cual se dirigía.
Mezclando una actitud de serenidad, sigilo e impunidad con la que se había comportado hasta ahora, el muchacho se paró frente al departamento al cual iba a entrar. Antes de hacerlo, sacó del bolso unas sogas. Finalmente, ingresó al departamento, tratando de no realizar ruido alguno. Parecía conocer muy bien el lugar, pues una vez adentro, se dirigió hacia uno de los dormitorios. Una chica, con largos cabellos rubios, de unos veintitantos años, estaba durmiendo en forma muy profunda. El hombre, con su enorme cuerpo se tiró encima de la chica. Con las sogas en la mano, si alguien hubiera visto la escena habría pensado que el muchacho iba a estrangular a la chica. Pero no fue esto lo que ocurrió, el joven ató a la chica de pies y manos a la cama, con una gran rapidez. La chica intentó defenderse, pero nada pudo hacer ante la sorpresa del ataque y la rapidez con que el hombre la maniató.



El muchacho sacó del bolso un enorme cuchillo y al mismo tiempo, se sacó las zapatillas, no tenía medias y estaba descalzo, entonces puso su enorme pie derecho sobre la cara de la chica. A la mujer no le quedó otra que oler ese pie que despedía un apestante, intenso y sofocante olor a Queso. 
A la vez sostenía el cuchillo que lo puso sobre el cuello de la chica. Le dijo entonces:“¡Hola Débora! ¿Cómo estas? Al estar enmascarado seguramente no me conoces, aunque por mi voz y el olor a queso que tengo en los pies, ya te habrás dado de quien soy. Soy Carlos. Carlos Bossio ¿Te acordas de mí? Soy Carlos, el muchacho que conociste este verano en la playa. Carlos, con quien hiciste el amor, al que le juraste amor eterno y después lo ignoraste y lo desconocistes. Carlos, te gustaba jugar con mis pies, olerlos, besarlos, lamerlos. 
Bueno, aca los tenes, disfruta del olor a Queso que despiden”Mientras decía esto la chica, totalmente asustada y aterrorizada, nada podía hacer para zafar de la situación y solo podía oler los pies de Carlos, dado que los tenía encima de su cara. Este siguió diciéndole:“¿Te molesta ahora el olor a Queso que tengo? Quizás antes que un Queso humano, preferís un Queso de verdad”Carlos entonces retiró el pie de la cara de la chica y sacó del bolso una enorme horma de Queso Gruyere, esos Quesos que se caracterizan por sus grande y voluminosos agujeros. 


Tomando el Queso con sus manos, lo tiró sobre el cuerpo de la chica. Siguió diciendo, con el cuchillo en la mano:
“Lo siento Débora, pero ya pasó la hora de mis pies y la del Queso, ahora llegó la hora del asesinato” y sin mediar ninguna palabra más, se tiró sobre la chica con el largo, enorme y filoso cuchillo en la mano, y comenzó a apuñalarla en forma salvaje. 
Algunas heridas fueron muy profundas, otras más superficiales. La furia criminal de Carlos se descargó sobre todo el cuerpo de la chica, le asestó puñaladas en el cuello, el pecho y el estomago, pero también en los brazos y las piernas. Carlos perdió la cuenta de las puñaladas, una y otra vez levantaba el cuchillo y lo volvía a asestar sobre el cuerpo de la mujer. Seguramente, las primeras puñaladas provocaron la muerte de Débora, por lo que Carlos seguía apuñalando a un cadáver. 
Finalmente, en algún momento, cuando quizás ya le había asestado a Débora más de ochenta cuchilladas, Carlos se cansó, limpió el cuchillo con las sabanas, y lo guardó en el bolso, pero no finalizó todo ahí. Tras guardar el cuchillo, tomó el Queso con sus dos manos y lo tiró sobre el cadáver de la chica. Dijo entonces, en voz alta: “Queso”.
Nadie lo escuchó, pues en la habitación solo estaban el asesino y su víctima, muerta sobre la cama, totalmente ensangrentada y con más de ochenta puñaladas en su cuerpo. Carlos comenzó a retirarse del departamento con la misma impunidad con la cual había llegado al mismo. 
Pero en aquel momento, algo alteró sus planes. Escuchó pasos, como si alguien se dirigiera por el pasillo. A juzgar por el ruido de los tacos, eran los pasos de una mujer. Para sorpresa de Carlos, esa persona puso las llaves en la puerta e ingresó al departamento. El asesino, todavía con el pasamontañas que le cubría la cara, volvió a sacar el cuchillo del bolso y se puso detrás de la puerta. Una chica, de una edad similar a la asesinada, pero con cabellos negros, entró al departamento. 
Se trataba de Laura, la joven que compartía la vivienda con Débora. Carlos había pensado que estaba de viaje en el interior visitando a sus familiares. Evidentemente el calculo era erróneo y ahora no le queda otra alternativa que asesinarla. La atacó entonces desde atrás, le tapó la boca con la mano izquierda, y con la mano derecha le cortó la garganta con el mismo cuchillo con el que momentos antes había apuñalado a Débora.


La herida fue lo bastante profunda para provocar la muerte de Laura. No obstante, Carlos le asestó algunas puñaladas más en el pecho y en el estomago, cuando ya estaba tendida en el suelo. Finalizado el horrible doble crimen, Carlos volvió a entrar a la habitación donde había cometido el primer homicidio, cortó un enorme trozo del Queso que yacía sobre el cadáver de Débora. 
De contemplar la escena, cualquier otra persona hubiera pensado que Carlos iba a comer el Queso. Pero no fue esto lo que ocurrió. Regresó a donde estaba tendido el cadáver de Laura y tiró el Queso sobre el mismo, diciendo en voz alta: “Queso”Solo después de haber cumplido este extraño ritual, el asesino abandonó el lugar del crimen. El bolso estaba muy liviano, pues ya no tenía el Queso que Carlos tiró sobre sus víctimas. Mientras descendía por el ascensor, se sacó el pasamontañas que le cubría la cara. Carlos se miró al espejo y observo un rostro radiante, pleno y satisfecho por lo que había realizado. 
Ya no era Carlos Bossio, ahora era “Carlos, el Queson”, en la que sería la primera noche de una extensa y sanguinaria carrera criminal.


2) LA PROSTITUTA Y EL QUESÓN

Era una fría noche de junio en Buenos Aires, en el hemisferio sur. Gladys, una joven prostituta, recorría las calles de Constitución a la búsqueda de algún cliente. Un hombre muy alto, vestido en forma elegante, pero totalmente de negro, incluyendo unos guantes con los que se cubría las manos, se acercaba hacia ella. A la prostituta no le llamó la atención la gran altura de su potencial cliente, pero sí el enorme par de zapatos que llevaba puesto. Gladys pensó que debería calzar un cincuenta, nunca había visto a alguien con pies tan grandes.
-         ¿Cuánto cobrás? – le dijo el cliente una vez que se hubo acercado frente a ella.
-         No sé, decime como te llamas, y te diré cuanto cobro – fue la respuesta de Gladys, en un claro intento de mostrarse simpática ante su cliente.
-         Carlos – contestó el joven que tendría unos veintitantos años – Carlos Bossio. ¿Porqué cobrás tarifas diferentes de acuerdo a como nos llamemos?
-         Sí, Carlos – contestó la prostituta – ustedes los Carlos son los mejores en la cama, por eso les cobró, dígamos cincuenta, te parece bien.
-         ¿Y adonde lo haríamos?
-         En esa casa de departamentos, nadie nos verá entrar ni salir, te lo aseguró, discreción total.
-         Sí así fuera, no te pago cincuenta, te pago cien.


Y así fue que la prostituta llevó a Carlos Bossio al departamento. El joven entró una valija al departamento. La prostituta al ver cuanto Carlos cuidaba sus pertenencias, le dijo:
-         ¿Llevas dinero ahí, Carlos?
-         No, ojala fuera eso. Sí te muestro lo que tengo aca adentro vas a quedarte más que sorprendida. No lo imaginás nunca.
-         ¿Qué es eso, Carlos?
-         Esto – y Carlos sacó un enorme Queso Gruyere de la valija.
-         ¿Y para que querés ese Queso?
-         Soy maestro Quesero, voy a presentar este Queso en el Concurso Mundial de Quesos que se celebra en estos días en la ciudad. Pero dejemos de hablar de esto, que no es lo que vinimos a hacer. Vine hasta aca para tener sexo, no para hablar de Quesos.
Carlos Bossio se desnudó casi totalmente, casi, porque mantuvo los guantes negros en sus manos, algo que a la prostituta le llamó mucho la atención, pero prefirió no preguntarle nada al respecto, en cambio, sí le dijo:
-         ¿Cuánto calzas, Carlos?
-         Cincuenta.
-         Tenés unos pies enormes.
-         ¿Los querés oler? – preguntó Bossio – Dale, anímate.


La prostituta nada contestó, pero apenas unos segundos después, el enorme pie derecho talle cincuenta de Carlos estaba sobre su rostro. El olor a Queso era impresionante, intenso, la prostituta no podía resistirlo, pero Bossio la obligó a olerle también el olor del pie izquierdo. La prostituta soportó estoica la prueba, al fin y al cabo, siempre accedía a las peticiones de sus clientes, y no le diría que no a este, que parecía iba a pagarle muy bien.
-         Veo que te divertistes mucho con este juego – le dijo Carlos – pero ahora tengo preparado uno mucho mejor.
-         ¿Cuál?
A continuación Carlos tomó el Queso y se lo tiró encima a la prostituta, cuando esta intentó reaccionar, vio de repente a Carlos frente a ella, portando un gigantesco cuchillo. Ya no pudo hacerse nada, Carlos la apuñaló salvajemente una y otra vez, hasta totalizar más de sesenta o setenta cuchillazos. Cuando hubo terminado, limpió el cuchillo sobre las sabanas, tomó otra vez el Queso, y lo volvió a tirar sobre su víctima, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Minutos después, abandonó el lugar. Como la prostituta le había advertido, nadie lo vio salir de esa casa de departamentos. La discreción era total. 


3) LA SANGRIENTA DUCHA DEL QUESÓN

Un caluroso día de inicios de primavera llegó a su fin. Se trataba de una jornada con una temperatura muy elevada para el mes de septiembre. En un lugar como Buenos Aires, una auténtica ciudad de la furia, la temperatura se sentía aún más fuerte. Quizás por eso, Norma Pérez, ni bien abandonó el negocio de deportes donde trabajaba en un centro comercial del Conurbano, ya tenía pensado darse una ducha ni bien llegara a su casa.
Era curioso pero no podía olvidarse de un cliente que había atendido aquel día. Era un hombre joven, muy alto, bien vestido. El muchacho se había acercado a la chica y le preguntó:
-         Buenas tardes, ando buscando zapatillas para mí...
Norma observó las zapatillas del joven y le llamó la atención el tamaño de los pies, debería calzar como cincuenta o algo así. La chica, entonces, le preguntó:
-         Discúlpeme, señor...
-         Carlos – le dijo el cliente – Me llamo Carlos. Carlos Bossio.
-         Discúlpeme, señor Carlos, pero, ¿Cuánto calza?
-         Cincuenta. Tengo pies muy grandes – y Carlos le señaló sus dos enormes pies.
-         Para su talle tengo tres pares de aquel modelo – la chica se los señaló – cual quiere, ¿El azul, el rojo o el negro?
-         El negro, corresponden a mi estilo.


La chica le trajó el par de zapatillas y Carlos se las probó. Mientras lo hacía, el joven despedía un fuerte e intenso olor a Queso de sus pies. Norma debió disimular aunque por momentos creyó no aguantar más.
-         Me las llevó – dijo por fin Carlos.
-         Muy bien, ¿Las paga en efectivo o con tarjeta?
-         En efectivo – y entonces Carlos sacó de su billetera el dinero y agregó en forma seductora – recuerda mi nombre, Carlos Bossio, sos una excelente vendedora, ya nos volveremos a ver. Carlos Bossio, no lo olvides.
Mientras regresaba a su casa, en el ómnibus, la chica recordaba una y otra vez a aquel cliente. Por fin llegó a su departamento, y tal como lo tenía pensado, se desvistió y se metió debajo de la ducha. Cuando se estaba duchando, de repente, una enorme figura entró al baño. A Norma le pareció que un hombre muy alto y patón, estaba dentro del baño, y muy asustada, aterrorizada, corrió la cortina. Frente a ella estaba Carlos Bossio, el cliente de aquel día, vestido totalmente de negro, y sosteniendo con dos enormes guantes de aquel color, un gigantesco cuchillo.


La apuñaló al mejor estilo Psicosis. No cabe duda que Carlos había visto en varias ocasiones aquella famosa escena del recordado fin de Hitchcock. Le dio como treinta o cuarenta cuchillazos, cuando por fin hubo terminado, Carlos tomó un Queso y lo tiró sobre su víctima. Era un Queso Gruyere.
-         Queso – dijo en voz alta.
Un día despues, Carlos Bossio, el asesino, veía todas las noticias de la vendedora apuñalada bajo la ducha a la cual le habían tirado un Queso. Mientras lo hacía, comía un Queso, lo que más le gustaba en este mundo, después de asesinar, por supuesto.


4) EL CRIMEN QUESÓN DEL ASCENSOR

El almanaque ya indicaba que el mes de noviembre había pasado la mitad. El tiempo en que en Buenos Aires muchos ya empiezan a pensar en el verano y en las vacaciones. No era el caso de la abogada Monica Radebe, demasiado preocupada en sus casos judiciales. De todas formas, en enero hay feria judicial, o sea que algún tiempo importante para tener vacaciones tendría a su disposición.
Parecía ser un día cualquiera del mes de noviembre, la abogada cerró su estudio jurídico, y se dispuso a esperar el ascensor. Ya casi no quedaba nadie en aquel edificio de oficinas del centro. Quizás por eso le llamó mucho atención que del departamento de al lado, el que estuvo desocupado durante varios meses, salió un hombre muy alto, y patón, muy bien vestido. No era lo que se dice bien parecido, pero la presencia que tenía le daba cierto atractivo a aquel joven. La abogada lo miró sorprendida.
-         Buenas noches. ¿Usted es la doctora Mónica Radebe, verdad? – preguntó el joven.
-         Sí, usted...
-         Discúlpeme que no me había presentado – dijo el joven – soy su nuevo vecino. Carlos Bossio. Quedese tranquila, no soy abogado, no le quitaré ningún cliente. Me dedicó al comercio exterior y desde esta semana ocupo la oficina al lado de la suya.
-         Mucho gusto, señor Bossio – le dijo entonces la abogada - ¿Y qué clase de comercio exterior?
-         Importo y exporto Quesos – fue la respuesta de Carlos Bossio – ah, miré, el ascensor ya está aquí.
Bossio y Radebe entraron al ascensor. Pero de repente, apenas comenzó a andar, el ascensor se detuvo. Claro, Mónica no se había dado cuenta, que Carlos lo había parado con su mano izquierda.
-         ¿Porqué se detuvo el ascensor? – dijo con cierto susto la abogada.
-         No se preocupe, doctora, es solo un asesinato, yo soy el asesino y usted la víctima – y a continuación Carlos sacó un enorme cuchillo de entre sus pertenencias.


Carlos se tiró sobre la mujer, que aunque intentó resistir, nada pudo hacer ante la furia de su agresor, que la apuñaló una y otra vez. Fueron como sesenta cuchillazos. Para cometer este crimen, Carlos se había inspirado en la película “Vestida para matar”, solo que a diferencia del asesino de aquel film, empleó un cuchillo, no una navaja, y no se vistió de mujer. Cuando terminó, Carlos sacó un Queso Gruyere de su valija, y lo tiró sobre su víctima.
-         Queso – dijo en voz alta.
Entonces abandonó el ascensor y se retiró del lugar hacia arriba. En la terraza, pasó al edificio de al lado, que era un concurrido club, y pudo mimetizarse entre las decenas de personas que había en el lugar practicando deportes. No tuvo problemas en abandonar el lugar, era uno más en cientos.
Días después, los medios daban cuenta de un nuevo asesinato, Carlos entonces envío una enorme horma de Queso Gruyere a un exitosa cadena de televisión, con el siguiente mensaje:
“Los crímenes continuarán. Este fue solo el comienzo. Carlos, el Queson”.



5) EL FIN DE SEMANA LARGO DE UN ASESINO SERIAL

En aquellos tiempos un asesino serial de mujeres estaba acechando a la Opinión Pública. La prensa lo llamaba “el Queson” porque a cada una de sus víctimas, ya más  de treinta, le arrojaba un enorme Queso Gruyere o Emmenthal, luego de darles más de a todas cuarenta y seis puñaladas, ni una más, ni una menos, con un enorme cuchillo.
Cuando un nuevo crimen había despertado una vez más el interés de la gente, se estaba desarrollando una cena en uno de los restaurantes más conocidos de la ciudad. Muchos de los invitados ni se conocían entre sí, y estaban porque los había reunido el señor Juan Carlos Díaz, que festejaba su cumpleaños. Podrían haber hablado de muchos temas, pero predominaba el del “Queson”.
-          La policía no tiene un solo indicio de quien puede ser este depravado.
-          Las mujeres estan aterrorizadas, ya ninguna quiere quedarse sola. No ataca a mujeres viejas ni tampoco a niñas. Sus víctimas suelen rondar los treinta o cuarenta años.
-          No solo asesina en Buenos Aires, se han registrado casos en otras ciudades del interior, como Mar del Plata, Córdoba, Tucumán, y también en el Uruguay. Qué obsesión que tiene por los Quesos, es un psicópata muy peligroso.
-          La policía recibió notas donde el asesino se identifica como “Carlos, el Queson” pero es una locura sospechar de todos los Carlos, imagínense, vivimos en un país donde casi la mitad de los hombres se llaman Carlos.
-           Seguramente ni siquiera se llama Carlos, y se presenta con ese nombre para pasar más desapercibido, yo trabajo en un lugar donde somos cuatro, y el único que no se llama Carlos soy yo.
-          Yo me llamo Carlos, Carlos Bossio, espero que no sospechen de mí, por las dudas, no voy a comer Queso, y quizás empiezo a usar mi segundo nombre, Gustavo.


Así fue transcurriendo la conversación entre los invitados. Uno de ellos, muy alto (1,95) y patón (calzaba 50) que se llamaba Carlos, se levantó de la mesa para ir al baño, y por esas casualidades, observó como Paula, la esposa de Juan Carlos, tenía gestos demasiado amistosos y afectuosos con Martín, un joven rubio invitado a la cena. Carlos se acercó demasiado y permaneció cerca, sentado desde atrás, escuchando el dialogo entre Paula y Martín.
-          Este fin de semana Juan Carlos viaja al Brasil por unos negocios, de esas pedorradas de toros y vacas, de las que se ocupa el. ¿Qué te parece si viajamos a Mar del Plata para disfrutar de la casa de fin de semana?
-          Te iba a decir lo mismo cuando me entere que Juan Carlos se iba. La vamos a pasar muy bien.
-          Por supuesto, Martín, te amo.
-          Yo también te amo, Paula.
Carlos escuchó el dialogo y pensó: “Qué buena oportunidad. Paula será mi próxima víctima”. Sabía donde estaba la casa de fin de semana, cerca de Playa Grande, era la misma que el había alquilado dos veranos seguidos.


Tres días después, Martín y Paula acababan de tener sexo en la casa de fin de semana en Mar del Plata, cuando Martín se levantó de la cama y le dijo a Paula:
-          Que fin de semana. Pensar que muchos vienen para jugar en el Casino. Yo, en cambio, disfrutó con vos en la cama.
-           ¿A dónde vas?
-          A comer algo, voy a ver que hay en la heladera, ¿Te traigo algo, mi amor?
-          Nada, tengo sueño, voy a dormir.
Martín bajó a la cocina, que estaba en el piso inferior, pero cuando se acercó a la misma, sintió que una mano gigantesca, enfundada en un gran guante negro, le rodeaba la cara y le tapaba la boca. En ese momento un pinchazo en el cuello le provocó un sueño inmediato. Martín cayó desvanecido.
-          Dormirás un largo rato, varias horas – dijo una voz masculina.


Era Carlos Bossio, totalmente vestido de negro, con un pasamontaña que le cubría la cara, polera y guantes negros. Estaba descalzo, con sus dos enormes pies sin medias. Carlos comenzó a subir las escaleras llevando un gigantesco cuchillo en el cinturón y un enorme Queso Gruyere en sus manos. Entró en la habitación de la chica. Paula, que estaba acostada semidormida, escuchó que alguien entraba pero pensó que era Martín, su amante.
Carlos, entonces, tomó el Queso y lo arrojó encima de la chica. Esta, sobresaltada por el golpé, se dio vuelta asustada, pero Carlos ya se había tirado encima de ella. Pudo haberla apuñalado en ese mismo momento, pero el asesino prefirió atarla de pies y manos a la cama. La chica intentó resistirse, pero nada pudo hacer, ante la fuerza que tenía Carlos. El asesino puso su enorme pie derecho – calzaba cincuenta – sobre su cara y la obligó a chuparle, lamerle, besarle y olerle los pies. Primero, el derecho, luego el izquierdo. Fue una auténtica tortura, pues los pies de Carlos tenían un apestante e intenso olor a Queso. Era impresionante. Finalmente, finalizado el juego de los pies, Carlos le asestó cuarenta y seis puñaladas, ni una más, ni una menos. Una vez asesinada la chica, Carlos le tiró el Queso sobre su cadáver, y antes de abandonar la habitación, contemplando la escena del crimen, dijo en voz alta:
-          Queso.
Antes de abandonar a casa, Carlos pasó donde permanecía Martín, que seguía dormido, el asesino puso entonces el cuchillo en las manos del joven.
Rato después, Martín volvió en sí y descubrió, con espanto, que sostenía un gigantesco cuchillo totalmente ensagrentado en sus manos. Se dirigió entonces a la habitación donde estaba la chica y vio que la habían asesinado salvajemente.
-          ¡NO, NO PUEDE SER! – comenzó a gritar Martín, cuando en eso entró Gertudis, la mucama, que lo vio al joven con el cuchillo en la mano y gritó llena de espantó y terror.
-           ¡Yo no la maté! ¡Soy inocente! – gritaba Martín.
-          ¡Socorro! ¡Me persigue el asesino serial! ¡Me quiere matar!


La policía no tardó en llegar al lugar, lógicamente Martín fue detenido e incomunicado, y el Inspector Pufrock le dijo:
-          Usted no solo es el único sospechoso de haber asesinado a la señora Paula Pereyra, sino también de ser el asesino serial conocido como el “Queson”.
-           Soy inocente, nada tengo que ver con todo eso, no soy un asesino. Yo no maté a Paula, yo la amaba, eramos amantes. Además el asesino se llama Carlos, y yo me llamo Martín.
Pasaron unos días y Martín seguía detenido. Muchos medios de comunicación, muy sensacionalistas, ya lo presentaban como el asesino serial, dando por resuelto el caso. Todo indicaba que Martín era el asesino. El juez ya estaba por dictarle la prisión preventiva y procesarlo por “Homicidio por Premeditación y Alevosía” cuando un nuevo asesinato conmocionó a la opinión pública. Se trataba de una cantante en un show de hotel, Verónica Lagos, que apareció asesinada con más de cincuenta cuchillazos y un Queso sobre su cadáver. Solo el instinto criminal de Carlos Bossio salvó a Martín Palermo de ser acusado de un crimen que no había cometido.


6) UN QUESO PARA LA TAROTISTA

Rosalía de Almería, la gitana andaluza, no era andaluza, ni gitana, tampoco se llamaba Rosalía, pero así era como todos la conocían en el barrio. Era la personalidad que había adoptado para dedicarse al tarot, la videncia, la clarividencia y todas esas cosas relacionadas con lo sobrenatural y las ciencias ocultas. La verdad que Rosalía tenía ciertos poderes, y un gran número de aciertos así lo corroboraban.
Aquella tarde del mes de abril de 1997, Rosalía ya había atendido a varias clientas, todas mujeres, cuando se disponía a cerrar, lo que vamos a dar en llamar su consultorio. Imaginemos un lugar lleno de objetos y símbolos extraños. Ya había dado por finalizada su jornada laboral, cuando sonó el timbre.
-         ¿Quién es? – preguntó Rosalía.
-         ¿Rosalía de Almería? – fue la respuesta de una voz masculina.


Rosalía se acercó a la puerta y al abrirla, se encontró del otro lado, a un muchacho de cabellos negros, tez clara, dientudo, muy alto, con enormes pies, vestido de traje gris, guantes y zapatos negros y llevando un gran portafolios.
-         Buenas noches, mi nombre es Carlos, necesitó hablar con usted...
-         Mira muchacho, hoy ya estaba por cerrar, quizás mañana puedas venirme a ver...
-         Es un caso urgente, por favor, tengo que hablar con usted...
-         Bueno, muchacho, puedes entrar.
El joven entró y la gitana lo invitó a sentarse para iniciar la sesión, le dijo entonces:
-         Dime muchacho, cual es tu problema y en que te puedo ayudar... Me has dicho que te llamas Carlos, verdad?
-         Sí, mi nombre y apellido es Carlos Bossio. Estoy aquí porque he notado que quieren hacerme daño. Una compañera de trabajo complotada con una ex novia. Por eso necesitó su ayuda.
-         Dime tu fecha de nacimiento, con eso y tu nombre alcanza para empezar...
-         1° de diciembre de 1973...
-         Muy bien – dijo la gitana, qué empezó a sentir un extraño olor en el lugar, dijo entonces – Qué olor a Queso.
-         Así, es por esto...
Carlos abrió el portafolios y sacó un Queso, lo puso sobre la mesa.
-         Mejor lo dejo acá, al Queso, puede ayudar...
-         ¿Puede ayudar? Vamos a ver...




La gitana entonces comenzó a hacer una carta natal y a tirar las cartas, más una prueba de numerología, empezó a ver algo que la sobresaltó... el Queso... sangre... crímenes... asesinatos... el símbolo de la muerte... pero no en Carlos, sino desde Carlos, asustada y parándose de la silla, gritó:
-         ¡Pero, tú eres Carlos, el Queson, el asesino serial de mujeres!
-         Por supuesto – fue la fría respuesta de Carlos.
El asesino sacó entonces un gigantesco cuchillo, y se acercó hacia la gitana, en un movimiento muy rápido. La mujer intentó defenderse y opuso una gran resistencia, en realidad nunca una mujer le había opuesto tanta resistencia, pero la fuerza y furia criminal de Carlos pudo más. El asesino la apuñaló una y otra vez, en forma salvaje y desenfrenada.
Fueron una gran cantidad de puñaladas, imposibles de contar, aunque según los forenses habrían sido como cincuenta y seis.
Cuando terminó de apuñalarla, Carlos Bossio tomó el Queso con sus manos y lo tiró sobre el cadáver de su víctima mientras decía en voz alta:
-         Queso.
Sin que ocurriera más nada, y finalizada su sangrienta tarea, el asesino abandonó el lugar con total impunidad.


7) ¡QUÉ OLOR A QUESO!

Jimena estaba muy cansada después de una agotadora jornada de trabajo. Aquella noche llegó una hora más tarde de lo habitual. Encima era el mes de noviembre y las altas temperaturas comenzaban a agobiar a la gran ciudad. No tenía ganas de nada, salvo de darse una ducha, comer algo ligero y dormir profundamente. Ni siquiera tenía interés de ver la televisión. De todas formas, y para relajarse un poco, comenzó a escuchar música a un volumen razonable. Luego entró a la ducha.
Entre el ruido de la música y de la ducha, la chica no escuchó que alguien entraba al departamento. Era un hombre muy alto, patón, vestido totalmente de negro, incluyendo unos enormes zapatos, el pasamontañas que le cubría el rostro y los guantes que llevaba en las manos.
Se trataba de Carlos Bossio, el asesino serial de mujeres conocido como el “Queson” porque sobre el cadáver de cada una de sus víctimas arrojaba un enorme Queso, generalmente un Gruyere o un Emmental. En efecto, el asesino había entrado al departamento con un gigantesco cuchillo y un enorme Queso.


En un primer momento, Carlos se dirigió al baño con el aparente objetivo de entrar el mismo y apuñalar a su víctima al mejor estilo Psicosis. Pero mientras se estaba dirigiendo al lugar, cuchillo en mano, se detuvo.
-         Ya asesiné a una chica al estilo Psicosis hace dos o tres meses, cometeré este crimen de otra manera – pensó Carlos.
Entonces Carlos quedó quieto esperando que su víctima saliera del baño, sacó de entre sus pertenencias una inyección de cloroformo y esperó. Cuando Jimena salió del baño, en un movimiento muy rápido, Carlos la tomó por detrás y le inyectó el cloroformo en el cuello. La chica quedó dormida de inmediato, aunque el efecto no duraría más de quince o veinte minutos.



En ese lapso, tiempo más que suficiente, Carlos llevó a la chica a la cama, y la ató de pies y manos. Cuando Jimena volvió en sí, intentó desatarse pero nada pudo hacer.
-         ¡Socorro! ¡Auxilio! – comenzó a gritar la chica.
-         Grita lo que quieras – le dijo Carlos – con la música nadie te va a escuchar.
-         ¿Quién sos, que querés?
-         Soy Carlos Bossio, asesino serial de mujeres, el Queson.
Carlos entonces puso su enorme pie derecho talle cincuenta sobre el rostro de la chica, y esta, la olerlo, exclamó:
-         ¡Qué olor a Queso!
En efecto, el olor a Queso de los pies de Carlos era más que apestante, intenso y sofocante. El asesino obligó a su víctima a lamer, besar, chupar y oler los pies, primero el derecho, luego el izquierdo. Cuando terminó, agarró el Queso y lo tiró sobre la chica, que exclamó:
-         ¡Qué olor a Queso!
A continuación, el asesino tomó el cuchillo y apuñaló salvajemente a la chica. Fueron una gran cantidad de puñaladas, imposibles de contar, aunque según los forenses habrían sido como sesenta y siete.
Cuando terminó de apuñalarla, Carlos Bossio tomó nuevamente el Queso con sus manos y lo tiró sobre el cadáver de su víctima mientras decía en voz alta:
-         Queso.
Sin que ocurriera más nada, y finalizada su sangrienta tarea, el asesino abandonó el lugar con total impunidad.


8) CARLOS BOSSIO Y EL CRIMEN DE LA ABOGADA

Verónica debió haber abandonado su estudio jurídico hacía rato, pero estaba tan ocupada en un caso que siguió trabajando mucho más de lo habitual. Sobre todo para un día viernes. Generalmente los viernes solía terminar alrededor de las cinco, cinco y media, como tarde. Pero aquel viernes aún estaba ahí aunque el reloj ya marcaba las ocho de la noche.
- Bueno, suficiente por hoy, el lunes sigo – dijo Verónica pensando en voz alta y recordó - ¡Es cierto que debo ir a cenar a la casa de Lucrecia!
Minutos después, estaba cerrando la puerta del estudio jurídico, cuando el ascensor se detuvo en el piso, y del mismo salió un hombre muy alto, vestido totalmente de negro, incluyendo un par de guantes negros y enormes zapatos, debería calzar un talle cincuenta.
- Buenas noches – dijo el hombre - ¿Usted es la doctora Verónica Magallanes?
- Sí. ¿Usted…?
- Carlos Bossio. Mi nombre es Carlos Bossio. Necesitó hablar con usted, es urgente.
- Venga el lunes a primera hora, hoy ya finalicé.
- No puedo esperar hasta el lunes. Es algo muy grave. Me acusan de un asesinato.
La abogada expresó una mirada de asombro, y dijo:
- Bueno, señor Bossio, pase…


Abrió la puerta del estudio jurídico y Carlos Bossio entró junto a la abogada…
- Dígame Señor Bossio soy toda oídos…
- Es un caso muy grave, doctora Magallanes, me acusan de un crimen.
- ¿De qué crimen?
- Del suyo – dijo Carlos Bossio mientras sacaba un enorme cuchillo de sus pertenencias – Soy Carlos Bossio, el Queson, el asesino serial de mujeres.
A continuación Carlos atacó a la abogada con el cuchillo, dándole varias decenas de puñaladas, cuchilladas y cuchillazos, una tras otra, hasta totalizar como setenta, o quizás, ochenta puñaladas.
Cuando finalizó, Carlos Bossio agarró el Queso que tenía en su portafolios y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
Bossio abandonó el lugar, muy contento con el crimen que había cometido, uno más en la larga lista de “el Quesón”.




9) CARLOS BOSSIO Y EL CRIMEN DE LA PSICOLOGA

La Psicologa Inés Ocampo llamó a su próximo paciente, que de acuerdo a aquella lista, era también el último.
- Bossio, Carlos Gustavo.
El paciente era muy alto (1,95) y patón (50 de calzado), era realmente un hombre de una gran corpulencia, tanto que llamó la atención de la psicóloga, acostumbrada a ver de todo.
Tras las presentaciones normales, empezó el dialogo entre el paciente y la psicóloga. A Ocampo le llamó la atención que Bossio no se sacará los guantes negros que tenía puesto, pero nada le dijo, convencida que sería algo relacionado con la patología del paciente.
Al acostarse en el diván, donde lógicamente no entraba, los enormes pies de Carlos quedaron afuera del mismo. El muchacho le dijo:
- Disculpame piba, pero… ¿No te molestaría que me saque los zapatos?
- No, por supuesto, Carlos.


Bossio se sacó los zapatos, y al quedar con sus medias, un enorme e intenso olor a Queso invadió la habitación. La psicóloga intentó disimular el hecho de no poder aguantar el olor a Queso de los pies de Carlos Bossio.
- Tengo olor a Queso en los pies, ese es uno de mis problemas.
- ¿En serio Carlos, ese es el problema?
- Saqueme las medias, licenciada Ocampo, y le cuento todo…
La psicóloga le sacó las medias, pero Bossio redobló la apuesta, y le dijo:
- Olé mis pies, por favor.
Así lo hizo Inés Ocampo, apenas lo pudo soportar, Carlos le dijo:
- Ese es el problema, tengo olor a Queso en los pies. Me dicen “el Quesón”, pero eso no es nada comparado con lo que voy a decirte a continuación.
- ¿Qué me querés decir, Carlos?
- Qué el olor a Queso me despierta un instinto criminal irrefrenable, que soy un asesino serial de mujeres y que vos vas a ser mi próxima víctima.
Carlos Bossio sacó un cuchillo gigantesco de la nada, y se tiró sobre la psicóloga, apuñalándola en forma salvaje. Le dio decenas de cuchillazos, cuando terminó, sacó un Queso de sus pertenencias, y lo tiró sobre su víctima, diciendo en voz alta:
- Queso.
Se fue del consultorio sin mayores problemas, muy satisfecho con el crimen cometido. Los medios de comunicación titularon el hecho “Nuevo asesinato del Quesón” (Clarín), “El Quesón vuelve a atacar” (La Nación), “Psicologa asesinada por el Quesón” (La Razón) y “La partió como un Queso” (Crónica).



10) CARLOS BOSSIO Y EL CRIMEN DE LA CANTANTE COVER

Año 1996 o 1997. Érase una vez una cantante cover. Julieta era su nombre y se había popularizado interpretando canciones clásicas del rock argentino. Una noche en la que se destacó cantando el repertorio de “Virus” y de “Los Abuelos de la Nada” noto que entre el público un hombre muy alto y patón la aplaudió y la vivó en forma muy afectuosa.
- ¿Te diste cuenta Julieta? – le dijo Sergio, uno de los músicos que acompañaban a la cantora cover mientras saludaban al público – ese es Carlos “Chiquito” Bossio, el arquero de Estúdiantes de La Plata.
- Yo de fútbol no se nada. ¿Le dicen Chiquito? ¡Ja, ja! ¡Si es gigante! ¡Mira lo alto que es! ¡Y las patas que tiene! ¡Calza como cincuenta! ¡Y más también!
- Quizás le digan Chiquito porque tiene Chiquito otras cosas – le señaló Javier, otro de los músicos.


Lo cierto es que apenas unos minutos después, el mítico arquero de Estúdiantes estaba frente a la cantante cover pidiéndole un autógrafo. La chica se lo dio gustosa y le dijo:
- Yo debería pedirte un autógrafo a vos. De fútbol no se nada. Pero mis compañeros me dijeron que sos un gran arquero de fútbol, te dicen “Chiquito” verdad.
- Sí, Chiquito, ja, ja, Carlos Gustavo Bossio es mi nombre.
- Sos gigante pero te dicen Chiquito.
- Mido 1,95 metros, calzo 50, en mi Córdoba natal me decían “Pichón”, aca “Chiquito” ja ja…
- Tenes todo grande…
- Todo muy grande… ja, ja…
- ¿Todo? ¿Todo?
- Sí, todo, todo, lo queres ver acaso? Te puedo mostrar los pies, ja, ja, ya te dije que calzo cincuenta.
- Si me lo queres mostrar.
- Vamos a un lugar donde nadie nos vea ni nos moleste.


Y así ocurrió. Fueron a ese lugar. Carlos llevó una mochila, y tenía guantes negros en sus manos, entonces se sacó las zapatillas, las medias y le mostró los pies a la cantante.
- Huelen a Queso, mira. Por eso me dicen “el Quesón” ja ja…
La chica, obediente y sumisa, comenzó a oler los pies de Carlos, y a jugar con ellos, lamiéndolos, besándolos y chupándolos.
- Me encantaron tus pies. Son gigantescos. Igual me refería a otra cosa cuando te decía si tenes todo grande.
- Lo sé. Soy Quesón, no soy boludo – dijo Carlos – ahora viene esa parte.
Y entonces le mostró el pene. La cantante quedó asombrada y le dijo:
- La quiero chupar y después, cogeme Carlos.
- Chupame la pija y después te voy a coger. Lo haré con gusto, nena.
Y la cogió nomas para disfrute de los dos, aunque primero ella le chupó la pija. Cuando termino, la cantante cover no lo podía creer. Nunca había disfrutado tanto con el sexo como aquella vez.
- Bueno nena – le dijo Carlos Bossio – tengo que irme. Mañana tengo que entrenar temprano. Se viene un clásico con el Lobo, con Gimnasia.
- Quedate un poco más Carlos. Nunca disfrute tanto de una relación sexual.
- Bueno, me quedaté un rato más entonces ahora hay una sorpresa.
Carlos se metió al baño donde entró con la mochila. Cuando salió, estaba totalmente vestido de negro, mientras sostenía un enorme cuchillo con sus guantes negros con su mano derecha, y un Queso gigantesco con su mano izquierda.
- Te asesinaré – le dijo entonces Carlos Bossio a la cantante cover – y te tiraré un Queso.
- ¡Noooo! – gritó la cantante – vos sos el Quesón, el chabón que apuñala minas y les tira un Queso.
- Soy yo – dijo Carlos Bossio, y aunque la chica intentó resistirse nada pudo hacer ante la furia del asesino, que la apuñaló salvajemente. 
Nada pudo parar el instinto criminal de Carlos Bossio, que le dio decenas de puñaladas y al terminar, dijo en voz alta:
- Queso.
Y entonces tiró el Queso encima del cadáver de la cantante cover. Se fue con total impunidad pensando en Mariano Messera, a quien enfrentaría el domingo en el clásico platense.



11) CARLOS BOSSIO, LEYENDA URBANA

Era el año 1997, cuando por TV, en aquellas transmisiones de TyC Sports, estaban dando un partido de Estudiantes de La Plata. La cámara enfoco al legendario arquero “pincha” de ese entonces, Carlos “Chiquito” Bossio.
- Hay una leyenda urbana sobre “Chiquito” Bossio – le dijo Pablo a Emanuel, mientras miraban el partido por TV en algún lugar de la ciudad de las diagonales.
- ¿Cuál?
- Dicen que es un asesino serial de mujeres, el “Queson”.
- Ja, ja, sí, oí esas historias...
- Parece que el tipo somete a las chicas, las obliga a olerles los pies, después las asesina a cuchillazos y finalmente les tira un Queso, un enorme Queso Gruyere.
- Pero eso es todo verso.
- No tan verso, mira que aca en La Plata se dice que en 1995 hubo nueve chicas asesinadas de esa manera.
- ¿Porqué la policía no avanzó más en el tema?
- Siempre hay razones ocultas que escapan al entendimiento del común de la gente...


Algunos días después de este dialogo, una chica llamada Paula Montero conoció casi por azar a Carlos “Chiquito” Bossio, un hombre de un 1,95 metros, y 50 de calzado, famoso en aquel tiempo por jugar en Estudiantes, y por haber marcado un gol de cabeza.
Paula llevaba un mes como divorciada y necesitaba alguna alegría que le sirviera para superar las penas. Según me han contado Carlos Bossio y Paula compartieron una noche muy divertida juntos. Ella, es un evidente estado de ebriedad, le insistió a Carlos para que la llevara a su departamento. Carlos accedió a llevarla, y se dio cuenta que tenía una nueva oportunidad para satisfacer su pasión por los asesinatos y los Quesos.
La mujer estaba muy borracha, pero Carlos todavía le daba aún más alcohol. Carlos la observaba vestido totalmente de negro con un par de guantes que le cubrían las manos. La chica, vestida de rojo, se acostó en un diván, mientras Carlos le decía:
- Nos vamos a divertir mucho esta noche.
- ¿Con qué nos vamos a divertir?
- Con mis pies. Soy el Queson.



Carlos Bossio puso su pie izquierdo talle 50 sobre el rostro de la chica. Tenía un apestante, sofocante e intenso olor a Queso. La chica lo olió, chupó, besó y lamió. Luego hizo lo mismo con el pie derecho.
- Me encanta tu olor a Queso – dijo la mujer totalmente borracha.
- Sí te gustaron esos Quesos, también te va a gustar este – comentó Bossio. Agarró una enorme horma de Queso Gruyere con los guantes negros y lo tiró sobre la chica.
- Ahora empieza la diversión en serio – dijo Bossio, sosteniendo un enorme cuchillo con sus manos.
A continuación, la apuñaló sin piedad alguna. Treinta, cincuenta, más de cien puñaladas. Una tras otra. Cuando terminó, agarró el Queso y lo tiró otra vez sobre la chica, ahora sin vida.
- Queso – dijo en voz alta.
Se fue del lugar sin dejar rastro alguno salvo el Queso. Una vez más el “Queson” había agregado un crimen a su larga lista de asesinatos.


12) COMO CARLOS BOSSIO ASESINÓ A UNA MUJER

La víctima quedó sola junto al asesino, que con un enorme y muy largo cuchillo, se disponía a asesinarla. El asesino era un gigantón llamado Carlos Bossio, que medía 1,95 metros de altura y calzaba un talle cincuenta de zapatos. Se trataba de “Chiquito” Bossio, el mítico arquero de Belgrano, Estudiantes y Lanús.

Como mudo testigo entre Carlos, y la mujer, llamada Ana Pérez, un enorme Queso Gruyere observaba la escena desde una mesa.
- Por favor Carlos, piedad, no me mates, Carlos, no me mates – le rogó la víctima al asesino.
- La noche que asesinaste a tu marido no le diste ninguna oportunidad. Directamente lo mataste con un Queso envenenado.
- Mentira – dijo la victima – yo no soy una asesina, yo no asesiné a nadie. No asesiné a mi marido. Ese Queso estaba en mal estado. Yo no le eche veneno alguno.
- Mentís – contestó el asesino – sos una asesina y pagarás ahora tu crimen.
- ¿Porqué haces esto Carlos siendo un jugador de fútbol?
- Porque además de arquero de fútbol, soy un asesino. Y un asesino de mujeres.
- ¿Y porqué sos un asesino?
- Porque me llamo Carlos. Era mi destino.
- ¿Y llamarse Carlos te convierte automáticamente en asesino?
- En mi caso sí, porque tengo los pies grandes y huelo a Queso. Si un hombre se llama Carlos, calza más de 45 y tiene olor a Queso, es un asesino Queson, un asesino que asesina mujeres y les tira un Queso.

- ¿De donde salió esa costumbre de tirar un Queso?
- En tiempos antiguos la practicaban los pueblos antiguos y también los vikingos. Las mujeres adulteras o culpables de algún lado eran asesinadas y el crimen lo debía cometer el miembro de la tribu que se llamara Carlos y que tenía los pies más grandes. La ejecución era pública, el asesino obligaba a su víctima a olerle los pies, luego la asesinaba y finalmente, le tiraba un Queso. Un Queso grande, muy grande, de esos que tienen muchos agujeros.
- ¿Y me vas a tirar un Queso?
- Por supuesto, en esas sociedades lo más denigrante para una mujer era que le tiraran un Queso. Pero yo tengo dos Quesos, uno para tirartelo a vos, el otro para comérmelo.
- Tirame el Queso, Carlos.
- No, primero tendrás que oler mis pies.
Carlos puso su enorme pie derecho sobre la cara de la mujer. El olor era intenso, apestante y sofocante. La mujer creyó que no iba a poder soportarlo. Pero lo hizo y luego Carlos le puso encima su enorme pie izquierdo. Finalmente, le dijo:
- Llego la hora, Ana.
- ¡No, Carlos! – gritó desesperada la mujer, y mientras lo hacía el asesino levantó el cuchillo y descargó el golpe mortal sobre la mujer.
La apuñaló varias veces, le clavó el cuchillo en el cuello, el estomago, el pecho, el abdomen, una y otra vez. Finalmente cuando la cantidad de puñaladas superaba las cuarenta, el asesino dio por finalizada su tarea.
El asesino agarró uno de los Quesos  y lo tiró sobre el cadáver de la víctima y dijo en voz alta:
- Queso.



Comentarios

  1. ¿Así fue como empezo todo? Excelente relato sobre el "Queson", soy fan de los cuentos Quesones, escribí más

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  2. encontramos estos Cuentos Sangrientos protagonizados por Chiquito Bossio??? Reee loco

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  3. Por un momento tu cuento me aterró , creía que iba a tener que convertirme en asesino , pero a pesar que me llamo Carlos , no huelo a queso y calzo un 44 , :) . Divertido y original relato

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  4. Jorge Eduardo Hernández5 de diciembre de 2020, 21:01

    Un relato bastante curioso. No creo haber leído algo así antes, ¿es cierto lo del queso en la antigüedad? Muy bueno y muy original. Saludos...

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  5. te imaginas estar en un ascensor y que de repente entre chiquito bossio con un cuchillo, ja ja, aunque yo creo que no es necesario el cuchillo, la mata con el pie que tiene, la aplasta y listo, je, je

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