Carlos Habiague el Quesón del Tango


Carlos Habiague, un joven patón (calza zapatos y zapatillas talle 48), basquetbolista amateur y cantor de tangos profesional ofreció un show en la ciudad de Mar del Plata, fuera de la temporada de verano. Le llamaban “la voz gallarda del tango” y ofrecía un show tanguero llamado “Por amor al tango”.  El llamarse Carlos le daba algunos puntos adicionales, pues era tocayo del gran Carlos Gardel, que “cada día carta mejor”
La sala estaba llena y el show fue un éxito total. Obviamente por tratarse de un espectáculo de tango, la mayoría de los asistentes eran gente madura o veterana. Para Carlos esto era muy normal, y por eso le llamó la atención que una de las personas que más entusiasta aplaudia de pie era una chica. 
Una chica de unos veintipico años, que no paraba de gritar y aplaudir. “Vaaaamooo Caaaaaarrrrloooosssssss” dijo enfervorizada la chica. La multitud empezó a gritar lo mismo y Carlos se lució cerrando el show con tres magistrales interpretaciones de “Pasional”, “Malevaje” y “Esta noche de luna”.


Al terminar el show, Carlos salió a firmar autógrafos al público entusiasmado, vio frente a él a la chica que tanto lo aplaudía y vivaba, esta le dijo:
- Firmame un autógrafo Carlos.
- ¿Cómo te llamas?
- Valeria, pero todos me dicen “la Quesona”.
- ¿La Quesona? Que apodo tan curioso. Bueno, aca tenes – Carlos le firmó un autógrafo que decía “Para Valeria, la Quesona, con amor, Carlos” - ¿Porqué Quesona?
- Soy fetichista de los pies.
- Fetichista de los pies. Muy curioso.
- Muy curioso. ¿Cuánto calzas? Veo que tenes los pies grandes. Leí que jugabas al basquetbol.
- Juego al básquet, ja, ja – dijo Carlos – no seré Manu Ginobili, obvio, pero juego al básquet, calzo 48.
- ¡48! ¡Qué grandes! ¡Me encantan esos pies! ¡Aca te dejo mi número de celular espero me mandes fotos de tus pies descalzo, y que se vean bien las plantas!
- ¿Me están hablando en serio?
- Por supuesto Carlillos, por supuesto, espero que seas un Quesón que este a la altura. Un Quesón para esta Quesona, ja, ja.
- ¿Quesón? – Carlos empezó a pensar que la chica estaba loca y empezó a querer terminar la conversación – bueno Quesona  tengo que irme.
- Ahí te encontré por tuiter y te mande un montón de fotos de mis pies. Espero te gusten Carlillos.
- Bueno, gracias, Valeria, gracias.
- No te vayas Carlos, toma esto – y Valeria le dio un gran paquete a Carlos – espero te guste mucho. Un obsequio de la Quesona para el Quesón.
Carlos se quedó con el paquete. Olía a Queso. Recién lo abrió cuando regresó al hotel donde se alojaba. Y si olía a Queso, era por la sencilla razón de que era un Queso. Un gran Queso Pategras, de cáscara roja con agujeros bien voluminosos.
- Me encanta el Queso – pensó Carlos – me lo comería ya mismo entero yo solo…


Y efectivamente Carlos no pudo aguantar, se comió el Queso el solo, estaba delicioso. Se quedo dormido plácidamente después de haber disfrutado de semejante manjar. Tanto durmió que al día siguiente dormido se quedo, y se perdió el bus que lo debía devolver a su Córdoba.
- ¡Qué boludo! – pensó Carlos - ¡Como me quede dormido!
Resignado, Carlos decidió ir a la Terminal de Omnibus para ver que podía hacer con el boleto y tomar el primer bus que tuviera disponible. Pero al salir del hotel, lo estaba esperando ella, o sea, Valeria, la Quesona.
- ¿Te gusto el Queso, Carlillos?
- Estaba riquísimo – le contesto Carlos – mira que me encanta el Queso, y he comido los mejores Quesos, pero este Queso era excelente.
- Mejor Carlos. Lastima que no me mandaste ninguna foto de tus pies.
- Bueno Valeria, quizás no te mande ninguna foto porque es mejor que veas esos pies en vivo y directo. Y que disfrutes del olor a Queso que tienen, sudados como están.
- Vayamos a mi casa Carlillos, esta entre Playa Grande y Playa Chica, en la calle Alem y Castelli.
- Vamos para alla – fue la respuesta de Carlos.
Rato después, una verdadera fiesta sexual se desató entre la chica y el cantor de tangos. Ella le chupó, lamió, besó y olió los pies, y disfrutó mucho de ello, tanto que hasta Carlos quedó asombrado. El también hizo lo mismo con los pies de ella y accedió a que ella le hiciera cosquillas, no solo en los pies, sino en todo el cuerpo.
Ella le tiró un Queso encima, el le tiró el mismo Queso encima. Despues el chupó la concha y el culo de ella, después ella lo mismo con la pija. Ella le pidió que le diera patadas en el culo, el accedió muy contento. Después llegó la penetración anal y vaginal. Quedaron exhaustos, muy exhaustos, pero plenos de gozo y satisfacción. Cuando terminaron, Valeria quedó acostada. 


Carlos, el cantor de tangos, se levantó para ir al baño. Comenzó a sentir un impulso extraño. Como movido por una fuerza irresistible, se puso los guantes negros, y observó que en una pared, como adorno, había un enorme cuchillo, un cuchillo muy grande, un puñal con la inscripción “Valeria Ravelia”. Carlos agarró el cuchillo y comenzó a dirigirse hacia la habitación…
Valeria, acostada y envuelta en las sabanas, advirtió que Carlos entró a la habitación, pero no lo veía, le dijo:
- ¿Seguimos jugando Carlos?
- Te asesinaré Valeria – dijo Carlos.
Aterrorizada, Valeria se dio vuelta y vio encima de ella, a Carlos con un cuchillo. El cantor de tangos no tardó en atacarla con el cuchillo y se lo clavó en medio de las dos tetas, penetrándole el puñal hasta el mango. Sacó el cuchillo y le efectuó un profundo corte en el torax, de derecha a izquierda, luego otro en el cuello, y de esa manera la siguió apuñalando en forma salvaje, asesinándola en forma cruenta.


Al terminar, después de más de ciento cincuenta cuchillazos, y después de que la sangre de la joven asesinada se esparció por toda la habitación, el cantor de tangos agarró el Queso y lo tiro sobre su víctima diciendo en voz alta:
- Queso.
Carlos Habiague, la voz gallarda del tango, era ahora un asesino, y no un asesino cualquiera, sino un Quesón, un asesino serial de mujeres, un matamujeres y un tiraquesos. Rato después, el asesino se encontraba viajando en micro hacia Córdoba, mientras masticaba trozos de diferentes variedades de Queso, con total impunidad, pensaba:
- ¿A quien asesinaré ahora? ¿Quién será mi próxima víctima? ¿A quien le tiraré un Queso?



Carlos Habiague llegó a Córdoba, después de un largo viaje desde Mar del Plata, el joven cantor de tangos solo pensaba en una cosa: en el asesinato que había cometido el día anterior.
Recordaba a Valeria, la chica a la que había apuñalado…
“¿Porqué la asesine?” reflexionaba Carlos con remordimiento y después trataba de convencerme con el “era ella o yo, era una asesina, no tenía alternativa, además no puedo volver el tiempo atrás, ya está, listo, la asesiné y le tiré un Queso”.
Mientras lo hacía, en su mente estaban las estrofas del tango “Corrientes y Esmeralda”.
Amainaron guapos junto a tus ochavas cuando un cajetilla los calzo de cross y te dieron lustre las patotas bravas alla por el año... novecientos dos...


Al llegar a Córdoba, Carlos dijo “Volví” y ahí en su mente apareció el tango “Volver”…
Volver con la frente marchita las nieves del tiempo platearon mi sien.
- Qué tanto joder – dijo Carlos – voy a ver a mi novia Catalina. Y se acabó la joda.
Y ahora otro tango le sonó en su mente “Muñeca Brava”…
Muñeca brava, bien cotizada, Sos del Trianón (del "Trianón de villa Crespo..."), Che, vampiresa, juguete de ocasión...
Y mientras iba a lo de su novia Catalina, otro tango (“La que murió en París”) también apareció en su mente…
Siempre te están esperando allá en el barrio feliz, pero siempre está nevando sobre tu sueño, en París.
Pero no estaba en París, estaba en Córdoba, Córdoba la heroica, la Docta, la ciudad de Angeloz, Mestre, De la Sota y Schiaretti.



Avanzó por la calle, pasó por un Quesería, entró y compró un Queso. Una horma de Queso Pategras, los de las cascaras rojas.
- ¿Porqué compro un Queso si no tengo ganas de comer un Queso?
Otros tangos, primero “Remembranzas”, sonó en su mente….
¡Ah ¡qué triste es recordar después de tanto amar, esa dicha que pasó... Flor de una ilusión nuestra pasión se marchitó”. 
Y llegó al departamento de su novia Catalina. Y entonces en carne propia vivió el tango “Amablemente”…
La encontró en el bulín y en otros brazos...
Sin embargo, canchero y sin cabrearse,
le dijo al gavilán: "Puede rajarse;
el hombre no es culpable en estos casos."
Y al encontarse solo con la mina,
pidió las zapatillas y ya listo,
le dijo cual si nada hubiera visto:
"Cebame un par de mates, Catalina."
La mina, jaboneada, le hizo caso
y el varón, saboreándose un buen faso,
la siguió chamuyando de pavadas...
Y luego, besuqueándole la frente,
con gran tranquilidad, amablemente,
le fajó treinta y cuatro puñaladas.
Y así nomás, la apuñaló, y obviamente, el Queso le tiró…
- Queso – dijo en voz alta Carlos Habiague



Y el tango Ninguna sonó en su mente…
No habrá ninguna igual, no habrá ninguna, ninguna con tu piel ni con tu voz. Tu piel, magnolia que mojó la luna. Tu voz, murmullo que entibió el amor. No habrá ninguna igual, todas murieron en el momento que dijiste adiós.
Carlos Habiague era un Quesón. Solo restaba ver a quienes le iba ahora a tirar un Queso. Y como el otro Carlos, el gran zorzal criollo, cada día canta mejor. Aunque Carlitos Gardel diría “cada día carto mejorrrrr…”. Y Carlos Habiague, cada día quesonea mejor.



Comentarios

  1. muy buen relato... un Quesón nuevo al cual se le despertó ese Quesón que llevaba dormido

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  2. este cuento nos lleva a la reflexión... Carlos Gardel habrá sido Quesón? O en esa epoca no había quesones?

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  3. Lo interesante es que podría haber termindo en que ella lo mataba a él. Pero fue una muerte más de Ravelia Zamas, que es como un fénix, tal vez por alguna condición otorgada por Lady Dumitrescu.
    Si este es un nuevo Carlos asesino, corre peligro cualquier mujer que este cerca del ambiente, como una bailarina. Si busca famosas, Mora Godoy está en peligro. O tal vez no, tal vez la deje afuera por admirarla. Entonces podría ser víctima alguna vedette, como Mónica Farro.

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  4. Si Carla Gugino quesonea a Michael Bay, tendrá el agradecimiento de los fans de Transformers.

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