La Asesina de Gonzalo Tiesi, Sebastián Solé, Nicolás Brussino y Máximo Fjellerup (o Cuatro Quesoneados Estrangulados)
CUATRO QUESONEADOS ESTRANGULADOS
(Versiones nuevas, actualizadas y extendidas de los asesinatos de Gonzalo Tiesi, Sebastián Solé, Nicolás Brussino, Máximo Fjellerup)
Estas son las crónicas de cuatro asesinatos de Ravelia Zamas, “la Quesona”, la sanguinaria, temible, cruel e implacable asesina serial de hombres, todos ellos deportistas, un rugbier, un voleibolista, y dos basquetbolistas. A todos ellos los estranguló y asfixió destacándose las dotes de Ravelia como asesina estranguladora, a todos les tiró un Queso, porque ella es la Quesona.

LA ASESINA DE GONZALO TIESI
Gonzalo Pedro Tiesi, el imponente rugbier argentino conocido por su fuerza en el campo, se despertó de golpe con un sobresalto que le heló la sangre. Para su horror, se encontró sentado en una silla antigua de madera maciza, encadenado de pies y manos con gruesas cadenas de hierro que mordían su piel, impidiéndole cualquier movimiento. Sus músculos, forjados en años de entrenamientos brutales, se tensaban en vano contra las ataduras. Al lado de él, sobre una mesa polvorienta iluminada por una luz tenue y amarillenta, reposaba un majestuoso Queso en una bandeja de plata. Era un Emmenthal auténtico, con sus grandes y voluminosos agujeros que parecían ojos vigilantes, reluciendo bajo la penumbra como un trofeo siniestro.

Preso del pánico más absoluto, el rugbier sintió su corazón latir como un tambor de guerra. Desesperado, intentó levantarse, forcejeando con todas sus fuerzas, pero las cadenas no cedieron ni un milímetro. Sus gritos de auxilio resonaron en el vacío de la habitación oscura, probablemente un sótano abandonado donde el eco se perdía en las sombras. De repente, detrás de él, una voz femenina, ronca y seductora, rompió el silencio:
— Buenas tardes, "Gonza".

— ¿Quién sos? ¡Qué querés de mí! ¡Socorro! ¡Una loca me ha secuestrado!
— Una loca no, estimado Gonza —replicó la voz con un tono juguetón y siniestro—. Una asesina, la Quesona Asesina, je, je.
— ¡Soltame, loca!
— Grita lo que quieras —dijo la Quesona, emergiendo de las sombras con una sonrisa maliciosa en sus labios pintados de rojo sangre—. Pero nadie te escuchará. Espero que sepas complacerme, mi futuro Quesoneado.

La Quesona era una figura imponente, con curvas pronunciadas envueltas en un vestido negro ceñido que acentuaba su silueta voluptuosa. Sus ojos brillaban con una mezcla de lujuria y locura, y su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros. Se acercó lentamente, contoneando las caderas con deliberada provocación, y se sentó en el borde de la mesa, justo al lado del Queso. Sin prisa, se quitó las medias de seda negra, revelando sus pies talle 42, suaves pero firmes, con uñas pintadas de un rojo intenso que contrastaba con la palidez de su piel. El aroma sutil de su perfume mezclado con el sudor natural de sus pies invadió las fosas nasales del rugbier, una fragancia embriagadora y dominante.
— Espero que te gusten los pies de mujer —susurró la Quesona, extendiendo sus pies hacia el rostro de Gonza, rozando sus labios con los dedos grandes y arqueados—. Chupamelos, lamelos, besalos. Hazlo con devoción, o sufrirás más de lo necesario.

El rugbier, aterrorizado pero sin opciones, sintió una oleada de humillación y excitación involuntaria ante la imposición. La Quesona presionó sus pies contra su boca, obligándolo a abrir los labios. Gonza comenzó a besarlos con reticencia al principio, sus labios rozando la planta suave y cálida, sintiendo la textura ligeramente salada de la piel. Pero la Quesona no se conformaba; le exigió más, empujando los dedos dentro de su boca, haciendo que los chupara uno por uno, lamiendo entre ellos con la lengua, explorando cada pliegue y curva.
El sabor era una mezcla intoxicante de sudor femenino y loción perfumada, y la Quesona gemía suavemente de placer, arqueando los pies para profundizar el contacto. "Más profundo, Gonza", ordenaba, mientras sus dedos se curvaban en su boca, rozando su lengua en un ritmo erótico y dominante. El rugbier, con lágrimas de frustración en los ojos, succionaba y lamía con creciente intensidad, su cuerpo traicionándolo con una erección involuntaria que tensaba sus pantalones, mientras la Quesona reía con deleite sádico, frotando el otro pie contra su mejilla y cuello, dejando huellas húmedas en su piel.

Cuando la Quesona quedó satisfecha, su rostro enrojecido por el éxtasis, retiró los pies lentamente, lamiéndose los labios como si saboreara el momento. Pero su expresión cambió a una de pura maldad.
— Ahora seré yo quien jugará con los pies —anunció, tomando una pluma larga y suave de la mesa—. Te haré cosquillas, mi querido Quesoneado en potencia.
Las cosquillas fueron una tortura exquisita y prolongada. La Quesona deslizó la pluma por las plantas de los pies descalzos de Gonza, que medían un impresionante talle 46, con piel sensible y vulnerable. Al principio, eran trazos ligeros, apenas rozando los arcos y los talones, provocando risas involuntarias y espasmos que sacudían su cuerpo atado. Pero pronto intensificó el tormento, girando la pluma en círculos rápidos sobre los dedos, entre ellos y en las plantas, haciendo que el rugbier se retorciera en agonía. Sus músculos abdominales se contraían con fuerza, su risa se convertía en gritos ahogados, lágrimas corrían por su rostro mientras suplicaba entre jadeos: "¡Basta! ¡Basta de este sufrimiento!". La Quesona ignoraba sus ruegos, disfrutando cada tic y cada convulsión, su propia excitación evidente en el rubor de sus mejillas y el brillo en sus ojos. El tormento duró lo que parecieron horas, dejando a Gonza exhausto, sudado y temblando, su cuerpo al borde del colapso.

Finalmente, la Quesona tiró la pluma al piso con un gesto de desprecio, y su expresión se endureció. Agarró una soga muy gruesa, áspera al tacto, enrollada como una serpiente letal.
— Lo siento, Gonzalo —dijo con falsa lástima—, pero ahora debo asesinarte. Serás mi Quesoneado perfecto.
Puso la soga alrededor del cuello del rugbier, ajustándola con precisión cruel, sintiendo la vena yugular palpitar bajo la cuerda. Gonza, con los ojos desorbitados por el terror, forcejeó desesperadamente, sus cadenas traqueteando en vano. Medía 1,94 metros de altura, un coloso de músculos y huesos, pero la Quesona era astuta y fuerte, usando su peso para apretar. Comenzó a tirar de los extremos de la soga, estrangulándolo lentamente. El rugbier gorgoteaba, su rostro enrojeciendo, venas hinchándose en su cuello mientras luchaba por aire.
La Quesona jadeaba por el esfuerzo, sus brazos temblando, pero no cedía; tiraba con más fuerza, sintiendo cómo el cuerpo de Gonza se convulsionaba, sus piernas pateando el aire, sus manos encadenadas arañando el vacío. Los minutos se estiraron en una eternidad de agonía: el rugbier emitía sonidos guturales, sus ojos se vidriaban, saliva escapaba de sus labios entreabiertos. La Quesona, sudando y excitada por el poder absoluto, apretaba con saña, hasta que finalmente, con un último estertor ronco, el cuerpo de Gonza se relajó, inerte, su lengua colgando ligeramente, los ojos fijos en la nada.
El cadáver del Quesoneado quedó sentado en la silla, con la soga aún apretada alrededor del cuello, el cuerpo tumbado hacia adelante en una pose grotesca de derrota. La Quesona, jadeante pero triunfante, tomó el Queso de la bandeja —ese Emmenthal reluciente con sus agujeros como testigos mudos— y lo tiró con desprecio sobre el pecho del cadáver, donde rodó y se asentó como un sello macabro.
— #Queso. Gonzalo Tiesi —declaró en voz alta, con una risa maniaca que resonó en el sótano—. Y pronto, Sebastián Solé, serás el próximo Quesoneado en mi lista. Je, je.
LA ASESINA DE SEBASTIAN SOLÉ
En algún lujoso hotel perdido en el tiempo y el espacio, una mujer idéntica a la modelo Valeria Mazza, conocida como Ravelia la Quesona, se encontró a solas en una habitación con el voleibolista Sebastián Solé. La atmósfera era densa, cargada de un lujo decadente: cortinas de terciopelo rojo que caían como cascadas de sangre, una cama king size con sábanas de seda negra, y el aire impregnado de un perfume francés mezclado con el sutil aroma terroso de un enorme Queso Gruyere que reposaba sobre una mesa de mármol pulido.

Ravelia, la Quesona implacable, vestía con una elegancia letal: un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas perfectas, guantes de cuero negro que llegaban hasta los codos, y tacones altos que realzaban sus piernas interminables. Sus pies, envueltos en medias de seda transparentes, eran una tentación prohibida, perfumados con esencia de lavanda y vainilla, aunque su apodo sugería un fetiche más queso-íntimo. Sebastián Solé, el alto y musculoso voleibolista, estaba sentado en una silla antigua, dándole la espalda, ajeno al peligro que se cernía sobre él.
- Tengo que hablar con vos – le dijo Ravelia a Seba, su voz un susurro seductor y gélido, como el roce de una hoja afilada.

Mientras acomodaba el enorme Queso Gruyere sobre la mesa, sus guantes negros crujieron suavemente. Tomó una soga gruesa, áspera al tacto, hecha de fibras trenzadas que prometían una muerte lenta y dolorosa. Con un movimiento fluido, la pasó alrededor del cuello de Solé, quien se tensó de inmediato, sintiendo el roce áspero contra su piel.
- ¿Qué haces, loca? – preguntó Solé, su voz temblando en una mezcla de asombro y terror puro, mientras intentaba girarse, pero la soga ya lo retenía.

- Lo siento, Seba, pero soy una asesina, vos vas a ser mi próxima víctima. Soy la Quesona Asesina, como quieras llamarme. Te estrangularé con esta soga, te Quesonearé hasta que tu último aliento sea un suspiro ahogado – respondió ella con una frialdad que helaba la sangre, sus ojos azules brillando con un sadismo erótico.
- ¡Me estás jodiendo! – exclamó Seba Solé, su corazón latiendo como un tambor de guerra, el pánico invadiendo su cuerpo atlético.
- Si a los asesinatos los consideras una joda, sí, estoy jodiendo – replicó la Quesona, su sonrisa curvándose en una mueca perversa –. Hay una chance de que te salves. Arrodíllate ante mí, como un Quesoneado sumiso.
Con la soga apretando su cuello como un collar de muerte, Sebastián se arrodilló frente a ella, sus rodillas golpeando el suelo alfombrado con un thud sordo. La Quesona, con destreza experta, le ató las manos a la espalda usando un trozo de la misma soga, dejando sus muñecas inmovilizadas, expuestas a su merced. Su vestido se levantó ligeramente, revelando más de sus piernas perfectas, y ella se sentó en el borde de la cama, extendiendo un pie hacia él.
- Chupame los pies – ordenó con una gran frialdad, pero con un matiz de excitación en su voz, como si el poder la embriagara.
Solé, desesperado por ganar tiempo, acercó su boca a los pies de la Quesona. Comenzó lamiendo el arco delicado de su pie derecho, su lengua trazando líneas húmedas sobre la seda de la media, saboreando el perfume francés que impregnaba su piel suave y cálida. Besó cada dedo con devoción forzada, succionando el dedo gordo como si fuera un falo diminuto, sintiendo cómo ella gemía suavemente, un sonido que mezclaba placer y dominación. Olfateó profundamente, inhalando el aroma floral y sutilmente salado, no a Queso como su apodo sugería, sino a un elixir erótico que lo mareaba. Pasó al otro pie, mordisqueando ligeramente el talón, lamiendo la planta con largas pasadas de lengua, mientras la Quesona lo observaba con ojos entrecerrados, su mano enguantada acariciando su propio muslo en un gesto de autoestimulación. El acto se prolongó, cargado de humillación sexual: ella presionaba su pie contra su cara, obligándolo a chupar más profundo, a lamer entre los dedos, mientras su otra mano jugueteaba con el dobladillo de su vestido, insinuando una intimidad que nunca llegaría. Solé sentía una mezcla de repulsión y excitación involuntaria, su cuerpo traicionándolo con una erección que la Quesona notó y pisoteó suavemente con el talón, riendo con malicia.

Cuando terminó el ritual fetichista, la Quesona se levantó, su respiración agitada por el placer sadomasoquista. Tomó un látigo de cuero negro de la mesa, azotando el torso desnudo de Solé con golpes precisos que dejaron marcas rojas en su piel bronceada, cada chasquido resonando en la habitación como un preludio a la muerte. Él gritó de dolor, pero ella lo silenció colocándole una bolsa de plástico negra sobre la cabeza, sellando su rostro en un vacío asfixiante. El aire se volvió escaso de inmediato, y entonces comenzó el verdadero tormento: apretó la soga alrededor de su cuello con fuerza implacable, estrangulándolo mientras la bolsa se pegaba a su boca y nariz con cada inhalación desesperada.

Solé luchó con una resistencia feroz, su cuerpo de atleta convulsionando, músculos tensos como cables de acero, pataleando contra el suelo mientras el oxígeno se agotaba. La Quesona montó sobre su espalda, usando su peso para aumentar la presión, sus caderas moviéndose en un ritmo casi sexual contra él, como si el asesinato fuera un acto de copulación mortal. Él gorgoteaba, sus venas hinchándose en el cuello, la visión nublándose en un rojo agonizante, mientras ella susurraba en su oído: "Siente cómo te Quesoneo, Seba, cómo te convierto en mi Quesoneado eterno". La asfixia era doble: la soga cortando el flujo sanguíneo, la bolsa robando el aire, prolongando la agonía en minutos eternos de sufrimiento erótico y violento. Finalmente, tras una larga y brutal resistencia –mayor de lo que la Quesona esperaba, con Solé arañando el aire en vano–, el voleibolista cayó inerte, su cuerpo desplomándose como un títere cortado, los ojos vidriosos bajo la bolsa.

La asesina contempló el cadáver con una mezcla de satisfacción y lujuria no saciada, su pecho subiendo y bajando por la adrenalina.
- Me hubiera gustado divertirme más con vos, bueno, no pudo ser – murmuró, pasando un guante por el rostro muerto.
Tomó entonces el enorme Queso Gruyere, ese símbolo de su fetiche asesino, y lo tiró con fuerza sobre el pecho del Quesoneado, el impacto haciendo que el Queso se partiera ligeramente, esparciendo migajas amarillas sobre la piel fría. A la vez, dijo en voz alta el nombre de su víctima, como un ritual final:
- Sebastián Solé.
Ravelia Zamas, la Quesona triunfante, se fue del lugar llevándose las enormes zapatillas talle 51 del voleibolista Sebastián Solé, trofeo de aquel asesinato Quesoneado, un recordatorio palpable de su dominio absoluto.
EL TERCER QUESONEADO ESTRANGULADO DEL POST
LA ASESINA DE NICOLAS BRUSSINO
Ravelia, la Quesona Asesina, se dijo a sí misma: "¿Quién será mi próxima víctima, mi próximo Quesoneado?" Tras observar un intenso partido de basketball, no tuvo dudas... otra vez elegía como presa a un hombre joven de 25 años que medía 2,01 metros, calzaba cincuenta y pesaba 98 kilos. Se trataba de Nicolás Brussino, el basquetbolista argentino que destacaba por su agilidad en la cancha y su imponente físico.

"Ummm... Vos sos el indicado, Nicolás Brussino, cumplís con las características que necesito. Lindo Quesoneado en potencia. ¡Haber, haber! Requiero esta vez una bolsa plástica resistente, un lazo de nylon fuerte y flexible, mis guantes de cuero negro que no deben faltar nunca, y por supuesto, un Queso fresco y aromático. Cuando esté frente a él, armaré algún plan improvisado para retenerlo", pensó Ravelia, ya visualizando el encantador encuentro con su futuro Quesoneado.

Ravelia, la astuta Quesona, seguía en sus redes sociales a todas sus presas potenciales; era una manera infalible de estar más cerca de ellos. Dado que prácticamente las personas suben su vida entera a las redes, la inteligente y sagaz chica aprovechaba eso para hacerles un seguimiento exhaustivo y saber exactamente dónde estarían en cada momento, como un depredador acechando en las sombras digitales.
"¡Qué suertuda soy! Nicolás Brussino hoy juega un partido en la ciudad. Mis planes están saliendo como deseo", observó Ravelia al ver que el basquetbolista se acercaba a ella en la cancha, sudoroso y eufórico tras la victoria.
Ravelia, la Quesona Asesina, había ido a ver el partido de basquetbol, mientras el mundo de ese deporte seguía conmocionado por el reciente estrangulamiento de Patricio Garino, otro atleta que había caído en sus garras. La espera era algo larga, pues había llegado temprano, pero sus agudos ojos, brillando con anticipación malévola, estaban al acecho de Nicolás Brussino, su elegido Quesoneado.
Al finalizar el juego y en medio de algunas entrevistas al deportista, Ravelia los interrumpió con gracia felina y se presentó como una admiradora devota de Nicolás. Haciendo que los reporteros se vayan de inmediato a buscar a otros jugadores, ella se quedó a solas con él.

"Holaa, pero qué han visto mis ojos, ¡un ángel aquí cerca de mí!", dice Nicolás mientras contempla a Ravelia, su mirada recorriendo su figura curvilínea, envuelta en un vestido ajustado que acentuaba sus caderas y su escote provocador.
"Hola", contesta Ravelia mostrándose algo tímida con él para atraerlo más, bajando la vista con coquetería mientras jugaba con un mechón de su cabello oscuro. "Soy Ravelia, no quiero molestarte... ¿Me preguntaba si podrías darme un autógrafo? Sé que sonará tonto que diga esto, pero soy muy fanática tuya. Siempre he ido a todos tus juegos, te he seguido de cerca, pero no había tenido la oportunidad ni el valor de hablarte, pues vos sos prácticamente una estrella". Y luego, en un susurro cargado de insinuación, agregó: "Quiero que me hagas tuya, Nico".

Salieron juntos del lugar, caminando alrededor de 15 minutos bajo las luces tenues de la ciudad nocturna, terminando cerca de un callejón oscuro y abandonado, lejos de la concurrida zona donde estaban segundos atrás. El aire olía a humedad y basura, pero eso solo aumentaba la excitación prohibida del momento.
"¡Vamos a divertirnos, qué te parece! Creo que en ese sitio nadie nos podrá observar", dice el joven, dirigiéndose al callejón con una sonrisa lasciva, su mano ya rozando la cintura de Ravelia.
"¡Claro, porque no!", le responde la Quesona, su voz ronca de deseo fingido, mientras lo seguía con pasos calculados.
Una vez en el callejón, los besos comenzaron con furia. Nicolás, excitado por la adrenalina del partido y la belleza de Ravelia, la empujó contra la pared fría y áspera, sus labios devorando los de ella en un beso profundo y húmedo. Sus manos grandes y callosas exploraban su cuerpo: primero subiendo por sus muslos, levantando su vestido para acariciar la piel suave y cálida debajo, luego apretando sus pechos con firmeza, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la tela. Ravelia gemía suavemente, arqueando la espalda para presionar su cuerpo contra el de él, sintiendo la erección creciente de Nicolás contra su vientre.
Ella lo disfrutaba, eso la excitaba de verdad; el poder de seducir a su Quesoneado antes de destruirlo. En medio de impulsos sexuales y mucho derroche de placer, ella se separa un instante de él y ve su bolso en el suelo. Con movimientos precisos, se pone sus tan preciados guantes de cuero negro, que se ajustan como una segunda piel a sus manos delicadas, y toma la soga de nylon y la bolsa plástica, pues sabe que se acerca "ese momento" culminante.

"¿Qué sucede? ¿Por qué paras y para qué esos guantes, y la soga?", pregunta un excitado y confundido Nicolás, su respiración agitada, el sudor perlando su frente.
"No te preocupes, mi guapo chico, es solo un fetiche mío, me hace sentir más en ambiente", le responde la bella Quesona, con una sonrisa seductora que oculta su sadismo.
Cada vez el clímax aumentaba. Ellos seguían en una desenfrenada carrera por placer ligada al deseo de sexo. Ravelia, ahora con los guantes puestos, deslizaba sus manos por el torso musculoso de Nicolás, arañando ligeramente su piel con las uñas bajo el cuero, mientras él la besaba en el cuello, mordisqueando su oreja y bajando hasta sus pechos, liberándolos del vestido para succionar sus pezones con avidez. Ella respondía frotando su mano enguantada contra la entrepierna de él, sintiendo su miembro duro y pulsante a través de los pantalones.
Ravelia le pide a Nicolás que le muestre sus grandes pies, un detalle que la obsesionaba en sus víctimas.
"Sabes, me encanta y me vuelve loca los grandes pies de un hombre. Me llevarías al cielo si me los muestras", dice la insaciable Quesona, su voz temblando de excitación genuina.
"Por supuesto, Ravelia, que te dejaré ver estos grandes pies. Calzo 50", le dice el basquetbolista, quitándose las zapatillas deportivas con rapidez, luego los calcetines empapados en sudor, revelando unos pies enormes, venosos y con un olor intenso a transpiración masculina, mezclado con el cuero de las zapatillas.

Ese hedor, aquella fragancia descontroló a Ravelia al punto de arrodillarse y comenzar a besar los pies del hombre, lamiendo los dedos largos y chupando el arco plantar con devoción fetichista, mientras Nicolás gemía de placer, su erección ahora libre al bajar sus pantalones. Aquel callejón fue testigo del desenfreno y lo insaciable que podía llegar a ser la bella Quesona cuando quería algo: ella alternaba entre besar sus pies y subir para tomar su miembro en la boca, succionándolo con movimientos rítmicos y profundos, sus guantes apretando sus muslos mientras él empujaba sus caderas contra su rostro.

"¡Quiero que me hagas tuya! Házmelo aquí en este sucio callejón", le dice a Nicolás en un tono bastante sugestivo, incorporándose y quitándose la ropa interior con un gesto provocador.
El basquetbolista no pronunció palabra, solo continuó en su campaña de placer. Toda su dedicación estaba puesta en ese momento y lugar. La penetró con fuerza contra la pared, sus embestidas profundas y rápidas, sintiendo cómo el cuerpo de Ravelia se contraía alrededor de él en oleadas de placer. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en el callejón, mezclado con gemidos ahogados y el roce de la piel sudorosa. Nicolás la levantó en vilo, sus manos fuertes sosteniendo sus nalgas mientras la movía arriba y abajo sobre su miembro, besando sus pechos rebotantes y mordiendo su hombro con pasión animal.
Tuvieron sexo en ese sitio sin importar que tal vez pudiesen verlos, alcanzando un clímax simultáneo donde Ravelia gritó de éxtasis fingido, su cuerpo temblando mientras sentía el calor de su liberación dentro de ella. Cuando todo parecía perfecto para Nicolás, exhausto y jadeante, la desquiciada Quesona ataca de repente, golpeándolo en el rostro con un puñetazo preciso y violento, usando el guante de cuero para maximizar el impacto. Él se tambalea, desorientado, sin saber qué está pasando y por qué ella lo golpeó.

"¿Qué hacés, loca? ¿Sos pelotuda o qué?", le dice algo enojado, la sangre brotando de su labio partido.
Nicolás se abalanza sobre ella y la toma de ambos brazos, estrujándola con fuerza bruta, sus músculos de atleta tensándose. Esta vez las cosas no salían exactamente como las había planeado la Quesona Asesina; él era más fuerte de lo que esperaba.
Ravelia es lanzada al suelo húmedo y sucio del callejón, y pateada en el vientre por parte de Nicolás, que se mostraba bastante iracundo por lo que había hecho la chica. El dolor la recorrió como un rayo, pero avivó su furia sádica.
Todavía en el suelo, la chica le hace una zancadilla al hombre para que se caiga, logrando su cometido con un movimiento ágil, y como puede se incorpora, esta vez muy enojada, sus ojos brillando con maldad pura.
La cruel Quesona lo golpea en su entrepierna no solo una sino varias veces, con patadas certeras y brutales, sintiendo cómo sus testículos se aplastaban bajo el impacto. El hombre pierde el equilibrio y cae de rodillas por el dolor agónico, gritando ahogado mientras se retorcía en el piso.

"¡Con que oponiendo resistencia, eh! Esto es lo que merecés, imbécil, acaso no te enseñaron a no golpear a las damas", deja salir su crueldad y sadismo en ese momento, pateándolo repetidamente en las costillas y el estómago, disfrutando el crujido de huesos y los gemidos de agonía de su Quesoneado.
Magulladuras en el rostro y parte del cuerpo de Nicolás eran el precio por hacer irritar a la malévola Quesona. Moretones purpúreos se formaban en su mejilla, sangre goteaba de su nariz rota, y costillas posiblemente fracturadas lo dejaban jadeando. Al ver que ya estaba sometido el hombre, debilitado y apenas consciente, le colocó la bolsa plástica sobre la cabeza, sintiendo cómo el plástico se pegaba a su rostro sudoroso con cada inhalación desesperada, y la soga de nylon alrededor del cuello, tirando con fuerza para asfixiarlo y estrangularlo a la vez, aprovechándose de que él no podía defenderse ya. Sus manos enguantadas apretaban el lazo con precisión, sintiendo el pulso acelerado de su víctima bajo la cuerda, el cuerpo de Nicolás convulsionando en espasmos violentos mientras luchaba por aire.

"¡Ves! Por eso no se le debe agredir a una mujer, mi querido Nicolás", le dice en un tono burlón y sarcástico, inclinándose cerca de su oído para que escuche sus últimas palabras a través de la bolsa.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, solo podía retorcerse en el suelo, sus manos arañando inútilmente el plástico, sus piernas pateando el aire en vano. Este era su fin, era su paga por haber conocido a Ravelia, la Quesona Asesina. Con todas sus fuerzas, la desquiciada mujer apretó la soga hasta romperle la tráquea con un crujido audible, como una rama seca partiéndose, sintiendo cómo el cuerpo de Nicolás se volvía flácido, sus ojos vidriosos bajo la bolsa empañada por su último aliento.
Al término del crimen, Ravelia sacó el Queso de su bolso y lo arrojó sobre el cuerpo frío de Nicolás Brussino, su Quesoneado consumado... esa era la firma inconfundible para todas sus fechorías, el Queso rodando por su pecho inmóvil como un sello macabro.
Se dispone a irse rápido con las zapatillas talle 50 de Nicolás Brussino como trofeo, guardándolas en su bolso con una sonrisa satisfecha.
"Nicolás Brussino. #Queso".
Y la Quesona se fue del lugar, desapareciendo en la noche, ya pensando en quiénes serían sus próximas víctimas, sus próximos Quesoneados.
LA ASESINA DE MAXIMO FJELLERUP
El joven basquetbolista Máximo Fjellerup, jugador de San Lorenzo, con su imponente 1,98 metros de altura y su calzado n° 48, salía del entrenamiento de su club con el cuerpo aún sudado y los músculos tensos por el esfuerzo. Sus zapatillas crujían contra el pavimento, dejando huellas grandes como las de un gigante. Ravelia Zamas, la Quesona, la cruel, sanguinaria e implacable asesina serial de hombres, se encontraba merodeando en las sombras del lugar, con los ojos entrecerrados como una depredadora en cacería. Tenía un hambre voraz por asesinar a un basquetbolista, y buscaba a su próxima víctima con la paciencia de una leona. Vio pasar a media docena de basquetbolistas, todos altos y patones, pero ninguno le interesó lo suficiente hasta que sus ojos se posaron en Máximo Fjellerup.

—Qué lindo este chabón. Un gran quesudo sin duda. Lo Quesonearé —pensó Ravelia, lamiéndose los labios con anticipación—. Tiene cara de Carlos. Hubiera sido un gran Quesón. Qué lástima. Lo Quesonearé.
Ravelia, la Quesona, se acercó al basquetbolista con un contoneo hipnótico, su figura esbelta y curvilínea envuelta en un vestido ajustado que acentuaba sus formas perfectas. Era idéntica a Valeria Mazza en sus días de gloria a los 22 o 23 años: rubia platino con mechones cayendo en cascada sobre sus hombros, ojos azules penetrantes como dagas, labios carnosos pintados de rojo sangre, y una piel pálida y suave que contrastaba con su alma oscura. Máximo quedó impresionado al verla aproximarse, su mirada recorriendo su cuerpo con admiración evidente.

—Hola. ¿Sos Máximo Fjellerup, no? Leí que ibas a jugar en la NBA —dijo ella con una voz ronca y seductora, inclinándose ligeramente para que él captara el aroma de su perfume francés, mezclado con un toque sutil de peligro.
—Por ahora estoy en San Lorenzo… y vos nena, ¿quién sos? —respondió él, sonriendo con confianza, su voz grave resonando en el aire fresco de la tarde.
—Ravelia, la Quesona.
—¿La Quesona? Un sobrenombre muy gracioso —rió él, sin captar la amenaza latente en sus palabras.
—¿Muy gracioso? Te voy a tirar un Queso, Fjellerup —replicó ella, su tono volviéndose más afilado, como el filo de un cuchillo.
—¿Tirar un Queso? ¡Ja, ja! ¡Qué gracioso! —se burló él, ajeno al fuego que encendía en su interior.

A la Quesona nada le agradó esta reacción; al contrario, avivó su deseo asesino como gasolina en una hoguera. Debió contenerse para no saltar sobre él allí mismo, y en cambio, murmuró con una sonrisa falsa:
—Queso. Te tiraré un Queso, Fjellerup. Lo haré con satisfacción.
—Perfecto —dijo el basquetbolista, aún riendo—. ¿Acá lo vas a hacer? Decime dónde.
—Vení a mi departamento. Vamos juntos. Ahora. Te llevo —insistió ella, su mano rozando ligeramente su brazo musculoso, enviando un escalofrío por su espina.
La asesina revisó su bolso con disimulo: allí llevaba un Queso pesado y redondo, un puñal afilado con mango de ébano, un revolver con silenciador plateado, una bolsa plástica resistente y una soga gruesa de nailon.
—Perfecto —pensó la Quesona—. Con esto basta para Quesonearlo.
No tardaron en llegar al departamento de Ravelia, un lugar lujoso pero austero, con paredes blancas y muebles minimalistas que ocultaban su lado siniestro. Fjellerup, excitado por la promesa implícita, le dijo:
—Bueno, tírame el Queso. A ver.

—Acá va —respondió la Quesona, sacando el Queso del bolso con un movimiento fluido y lanzándolo con fuerza directamente sobre su pecho ancho. El impacto fue brutal; el Queso, duro como una piedra, lo derribó al piso con un thud sordo, dejando una marca roja en su piel.
—Vaya, era verdad. Me tiraste un Queso —murmuró él desde el suelo, aturdido pero divertido, frotándose el torso.
Aprovechando que Fjellerup yacía vulnerable en el piso como consecuencia del Queso que le había tirado, Ravelia, la Quesona, colocó sus pies delicados pero firmes encima de su pecho, presionando con el peso de su cuerpo. Sus pies, calzados en tacones altos, olían a un perfume francés exquisito, floral y embriagador. A Fjellerup le gustó la dominación inesperada; empezó a jugar con ellos, chupándolos con avidez, oliéndolos profundamente como si inhalara un elixir, besándolos con reverencia y lamiéndolos con la lengua cálida, saboreando la suavidad de su piel.

—Ahora quiero ver los tuyos —dijo ella, su voz teñida de falsa dulzura, mientras sus ojos brillaban con cálculo asesino.
—Calzo 48 —corrigió él con orgullo, aunque el usuario original dijo 48, pero en el relato avanza a 49; asumiré progresión—. Te sacaré las medias y las zapatillas.
Ravelia sacó las medias y las zapatillas de Fjellerup con manos expertas, revelando sus pies enormes, con dedos largos y plantas anchas, marcados por el sudor del entrenamiento. Al quedar descalzo, ella se arrodilló y comenzó a olerlos intensamente, aspirando el aroma tenue; luego los chupó con la boca húmeda, lamiéndolos de arriba abajo con movimientos lentos y deliberados, y besándolos como si fueran un trofeo. Pero se sintió desilusionada: no olían fuerte ni a queso rancio como esperaba, sino muy suave, casi inodoro, con un toque limpio y neutro.
—Una razón más para asesinarlo —pensó la Quesona, su decepción alimentando su rabia.
Fjellerup, ajeno a sus pensamientos oscuros, le dijo entonces a Ravelia:
—Te voy a coger, si querés, claro. No soy un abusador.
—Lo sé. Cogeremos —aceptó ella, guiándolo hacia la cama con una sonrisa predatoría.
Se desvistieron mutuamente con urgencia; él admirando su cuerpo perfecto, pechos firmes y redondos como melones maduros, caderas curvas que se movían con gracia felina, y una piel suave como seda bajo sus manos callosas. Ella, por su parte, exploró su torso musculoso, abdominales definidos por años de entrenamiento, brazos fuertes que la rodeaban con posesión. Cogieron con intensidad: él la penetró con embestidas profundas y rítmicas, su miembro grueso y largo llenándola por completo, mientras sus manos grandes apretaban sus nalgas firmes. Ravelia gemía fingidamente, montándolo con movimientos ondulantes, sus uñas clavándose en su espalda y dejando surcos rojos, pero en realidad se sentía desilusionada por su desempeño —demasiado predecible, sin el salvajismo que anhelaba—. Él disfrutó mucho, sudando y gruñendo de placer, alcanzando el clímax con un rugido, derramándose dentro de ella en oleadas calientes. Ella, en cambio, fingió un orgasmo moderado, su mente ya planeando el final.

Al terminar, con sus guantes negros ya puestos para no dejar huellas, la Quesona agarró el Queso nuevamente. Lo tiró con precisión letal, cayendo directamente sobre la cara del basquetbolista con un crack seco, rompiendo su nariz y dejando sangre salpicada en el piso. Él quedó inmóvil, los ojos vidriosos. Ravelia creyó que estaba muerto, que lo había asesinado con el golpe del Queso, y dijo en voz alta, con una risa triunfal:
—Lo asesiné con el Queso, un crimen perfecto…
Pero al acercarse, notó que Máximo aún respiraba débilmente, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo. Rápidamente, la Quesona lo ató a una silla robusta de pies y manos con la soga, nudos apretados que cortaban su circulación, haciendo que sus venas se hincharan. Fjellerup volvió en sí, parpadeando confundido, y trató de desatarse con fuerza desesperada, sus músculos flexionándose en vano.
—¿Qué vas a hacer, loca? —gruñó, el pánico tiñendo su voz.
—Te asesinaré, Fjellerup. Serás mi próximo Quesoneado —declaró la Quesona, sus ojos brillando con sadismo puro.

Ravelia entonces le colocó la bolsa plástica sobre la cabeza, ajustándola con precisión para que se pegara a su rostro sudoroso, ahogando sus gritos en un sonido amortiguado. Con la soga, comenzó a apretarle el cuello, estrangulándolo y asfixiándolo a la vez: tiraba con fuerza implacable, sus brazos delgados pero fuertes tensándose como cables de acero. El basquetbolista, maniatado e inmovilizado, pataleaba salvajemente, sus piernas largas golpeando el aire, la silla crujiendo bajo su peso. Sus ojos se desorbitaban bajo la bolsa, venas brotando en su cuello rojo, mientras jadeaba por aire que no llegaba, su rostro volviéndose púrpura, saliva y mocos mezclándose en una máscara de agonía. Ravelia saboreaba cada segundo: el sonido de sus estertores ahogados, el olor metálico de la sangre de su nariz rota, la sensación de su cuerpo convulsionando bajo su control. Finalmente, con un último espasmo violento, lo asesinó —su cuerpo se relajó, inerte, los ojos fijos en el vacío.

Cuando terminó, la Quesona volvió a agarrar el Queso, aún manchado de sangre, y dijo en voz alta, con una carcajada siniestra:
—Máximo Fjellerup. #Queso.
La asesina entonces agarró las zapatillas número 48 de su Quesoneado y se las llevó como trofeo, oliéndolas una última vez con decepción pero satisfacción por el crimen. Estaba muy satisfecha; un nuevo Quesoneado se sumaba a su lista. Como Andrés Nocioni, Nicolás Brussino y Patricio Garino, otro basquetbolista había sido estrangulado, y Ravelia, la Quesona Asesina, era la estranguladora.
—Soy la estranguladora de basquetbolistas. Ahora voy por Luis Scola. No será fácil. Un dedo suyo es igual a mi mano. Pero no importa. Aunque calce 52, lo asesinaré, y lo asesinaré estrangulándolo, ja, ja…















aca comienza la aventura de las estrangulaciones!
ResponderBorrarLA ESTRANGULADORA LOS DEJO A TODOS SIN AIRE!
ResponderBorrarcuentos tradicionales, pero muy buenas estas nuevas versiones y las imágenes son un lujo, perfecto
ResponderBorrarle gusta estrangular basquetbolistas, algúno del voley, un rugbier, pero nunca un futbolista, a esos los acuchilla o los balea, que tal "la asesina de Kevin Lomonaco"
ResponderBorrarse viene reboot de las Quesonas?
ResponderBorrarmuy buenas estas nuevas versiones, la Quesona en su máximo esplendor, como disfruta estrangulando a estos chabones
ResponderBorraresta bien las estrangulaciones, el queso, la asesina, todo, pero ya que los ahorca, no debería colgar los cadaveres en aros de basquet? ya que es tan sádica
ResponderBorrarimpone su astucia y su sed criminal sobre la fuerza de estos tipos, brillante la asesina
ResponderBorraryo me imagino esto y me hago unas pajas barbaras
ResponderBorrarninguno merecía el queso (pero lo recibieron) igual con Patricio Garino, lo que demuestra la crueldad y el sadismo de la señora Quesona
ResponderBorrarEs como una Valeria Mazza que usa la seducción como una de sus armas.
ResponderBorrarOtra es su fuerza, mayor que la de una mujer promedio, útil para estrangular y para golpear. Aunque Nicolas Brusino se defendió, la golpeó fuerte en el vientre, luego de estrujarla fuerte. Lo que fue una interesante variante-
Para algún futuro relato, las cosas podrían ponerse peligrosas para ella, necesitando el rescate de otra quesona, como su hija, la Tatuada.
Propongo que surja Carla Cardone, la Ravelia Zamas de Daniela Cardone, como quesona de anónimos o guardaespaldas de famosas.