El Asesino de Andrea Politti




Era un domingo pedorro en la vida de Andrea Politti, una mina que según Wikipedia tiene 54 años. Su vida sexual de veterana ya no tenía tantas alegrías y como ningún chabón tenía mucho interés en cojersela.
Pero Politti tenía muchas ganas de coger aquel domingo, mientras las masas se entretenían con el fútbol, y más precisamente aquella fecha con el Clásico de los Clásicos. No le quedo alternativa que llamar entonces a un gigolo.
Se lo recomendó una amiga, también veterana. 



- Le dicen “Mino”, es paraguayo, aunque de sangre europea, no guaraní.
- No importa “Rojaiju” me gustan los paraguayos, por más que sea de sangre europea, está imbuido de la cultura guaraní. Me podría cantar “Galopera” o alguna otra galopa paraguaya.
Politti estaba muy ansiosa esperando al famoso Mino. Por fin apareció. No era tan alto como ella imaginaba, pero sí muy guapo, con una mirada firme y penetrante. Y sobre todo, dos pies muy grandes.
- Hola Mino, ¿Cómo va?
- ¿Mino? Ja, ja, así me llaman solo los que me conocen, mis amistades del modelaje…
- ¿No querés que te diga Mino?
- No, preferiría que me llames por mi nombre.
- ¿Tu nombre?
- ¿Y como te llamas?
- Seguro que por la pinta te debes llamar Axel, o Jonatan, Brian tal vez…
- No – dijo secamente el gigolo – no me llamo así, tengo un nombre digamos más tradicional…
- ¿Juan?
- No, Juan no, pero bueno…
- La verdad que no sé…
- Carlos – dijo Mino – mi nombre es Carlos. Carlos Machado así me llamó según mi documento.



- Te digo Carlos entonces.
- Decime Carlos. ¿Vos sos Andrea, no?
- Pero quiero que me digas por mi apellido. Decime Politti.
- Bueno, che, Politti, ¿Dónde está el baño?
- ¿El baño?
- Tengo ganas de mear…
- ¿En serio?
- Sí, lo más común que puede tener un ser humano es mear… y los animales también…
- Quiero que me meas encima.
- ¿Qué?
- Meame encima.



A Carlos no le hizo gracia alguna. Pero accedió al pedido de Politti, que se tiró al piso, y el gigolo la rego con su orina… al gigolo no le hizo ninguna gracia pero no tenía otra que acceder al pedido de su clienta.
- Ahora quiero orinar yo encima tuyo… - dijo Politti.
- ¿Qué?
- Te lo repito – dijo Politti muy contenta - Ahora quiero orinar yo encima tuyo…
Y Carlos accedió al pedido. No le hizo ninguna gracia.
- ¿Puedo darte patadas en el culo? – fue el nuevo pedido de Politti.
- ¿Qué? Bueno, dale, pero eso tiene otro precio.
- ¿Otro precio? Ja, ja, tengo dólares, euros, yens, me cagó en todo… ja, ja…
- No, por favor no – dijo Carlos – cagar no, pégame las patadas en el culo, pero cagarme no. Ese es mi límite.
- Perfecto.



Y entonces Carlos se bancó las patadas en el culo que le dio Politti. El gigolo esperaba ahora que la veterana le dijera que era la hora de tener sexo.
Pero no. Politti ahora propuso otro juego:
- Mis pies. Quiero que me chupes mis pies.
El gigolo accedió al pedido, pero cuando terminó (los pies de Politti no olían a nada, eran de una insipidez total), el gigolo dijo:
- Ahora quiero que vos huelas mis Quesos.
- ¿Quesos? ¡Ja, ja!
Y el gigoló tiro sus Quesos sobre Politti. Eran apestantes, fuertes e intensos. Tanto que Politti primero comenzó a lamerlos, besarlos, chuparlos…
- ¡Qué olor a Queso que tenes, Carlos!
- Es que soy un Quesón, Politti.
El olor a Queso era tan fuerte que finalmente los pies de Carlos fueron una especie de narcótico y Politti se quedo desvanecida.




- ¡La puta madre que lo parió! – pensó Carlos – no puedo aceptar que esta pelotuda me cagué así. No tenía intención de cometer un crimen hoy, menos de asesinar a esta idiota, pero no me queda alternativa… Debí haber venido preparado… 
Carlos tenía guantes negros en sus manos cuando se acercó a la cocina, tomó un enorme cuchillo que había allí, y se dirigió a la heladera:
- Espero que haya lo que yo busco…
Abrió la puerta de la heladera y para su satisfacción había un Queso Miny marca Sancor.
- ¡Menos mal! ¡No es el Queso que me gustaría pero es lo que hay! 
Carlos tomó el Queso, y cuchillo en mano, desnudo, solo con guantes negros y un bóxer se acercó a Politti, que seguía acostada en el piso, mientras volvía en sí.
- ¿Me vas a coger Carlos?
- Era lo que quería hacer, era lo que iba a hacer, pero me measte encima Politti, lo siento pero eso se paga con un Queso.



Ya no hubo más palabras. El gigoló levantó el cuchillo y comenzó a apuñalar a Politti una y otra vez, hasta superar las 40 puñaladas.
Carlos Machado Mattesich contempló al cadáver de su víctima, tomó el Queso, lo arrojó sobre el cadáver mientras decía en voz alta:
- Queso.
Y abandonó la escena del crimen con total impunidad. Estaba perplejo.
- He cometido muchos asesinatos – pensó Carlos – he tirado muchos Quesos. En todos he sentido placer. Cogía minas y después las acuchillaba. Pero lo de hoy fue una mierda. Politti se lo merecía. Sí por lo menos le hubiera tirado un Queso mejor. Bueno no importa, ya vendrán crímenes mejores.

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