El Karma de Ravelia capítulo 5 "Roma 45 años A.C"



Roma, 45 años antes de Cristo, en la época de Julio César.



Había un gran alboroto en el mercado de esclavos aquella mañana. Un cargamento de treinta germanos, todos hombres fuertes y robustos, acababa de llegar.
Quinto Arrio, veterano de las Campañas de las Galias, el afeminado y sensible jefe de la casa de Arrio, concurrió al mercado con su esposa, la intrigante Ravelia, y sus fieles sirvientes, Lucio y Rómulo.
- Arrio – dijo Nagila, el sirio mercader de esclavos dirigiéndose al patricio romano – os ofrezco uno de estos germanos, son altos, patones, robustos, macizos, ideal para vuestra casa. Es una buena oportunidad, antes de que lleguen los negociantes del circo y se los lleven como gladiadores. Sería un desperdicio.
Arrio comenzó entonces a negociar con Nagila, mientras Ravelia observaba a los germanos. La romana quedó sorprendida al ver los enormes pies de aquellos hombres comparadados con los romanos. Vio a uno de ellos, el que tenía los pies más grandes que todos, y quedó literalmente prendada de el.



- Yo quiero ese – le dijo Ravelia a Arrio.
- ¿Cuál? Quo plus habent, eo plus cupiunt.
- Ese – y señaló al que tenía los pies más grandes de todos los germanos – el de los pies muy grandes.
- ¡Por Júpiter! ¡Pues tiene el pie de Hércules! (1) - dijo Lucio.
- Es el cumpleaños de Ravelia – manifestó Arrio – y por Juno y Minerva, le daré este obsequio.



Nagila ordenó traer al esclavo, y los sirvientes de Arrio, le preguntaron al traficante de esclavos:
- ¿Entiende nuestra lengua?
- El esclavo que habéis adquirido es muy inteligente. Aprendió nuestra lengua en el viaje desde las Germanias. 
- ¿Cuál es vuestro nombre? – le preguntó Arrio al esclavo.
- Kal Arl Az – fue la respuesta del esclavo.
- “Carlas” no mejor “Carlos” – dijo Ravelia – hermoso nombre. Nunca lo había sentido. Sursum corda.
- Es muy común entre los bárbaros, señora – dijo el mercader de esclavos – aunque sí, es probable que nunca lo hayais escuchado entre romanos o egipcios (2).
- Lo llevaremos. Que no sea como Aquiles, fuerte pero con una debilidad en su talón. Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus.



Arrio aprobó la compra del esclavo, pero el mercader no estaba dispuesto a terminar todo allí y le dijo:
- Arrio, por el mismo precio, os ofrezco una esclava egipcia. Las muchachas son muy útiles, además de las tareas de la casa, quedan embarazadas, y eso siempre es un bien útil para todos.
- Tenéis razón. Me llevaré también a esa esclava egipcia. Tanta potentia formae est.
Así fue como Carlos, junto a la esclava egipcia, llegaron a la casa de Arrio. Esa misma noche, Ravelia ordenó al esclavo que fuera a su habitación. 
- Por Apolo. Tus pies son muy grandes, Carlos.
- Lo sé.
- Ponlos sobre mi nariz, mi rostro.




Carlos cumplió la orden de su Domina, que quedó fascinada ante el intenso, apestante y asfixiante olor a Queso que Carlos tenía en sus pies. A Ravelia eso le encantaba. Así, todas las noches Ravelia ordenaba que el esclavo la visitará en su habitación. Como un ritual religioso, Carlos y Ravelia jugaban a los pies y luego tenían sexo. 
Arrio, el afeminado esposo de Ravelia, estaba muy contento ante la situación y mientras su esposa y el esclavo tenían sexo, el hacía lo mismo, alternando, algunas noches con Lucio y otras veces, con Rómulo.
- Espero que el esclavo germano le de a Ravelia pronto un hijo así la casa de Arrio tiene descendencia – comentó Arrio en aquellos días.
Ravelia, sin embargo, era muy mala y trataba con desprecio a todos los sirvientes de su casa, principalmente a la esclava egipcia. La excepción, por supuesto, era Carlos. 
Dialongando con Octavia, Ravelia le dijo a su fiel sirvienta:
- Esa esclava egipcia. No la puede ver. No entiendo como Arrio la pudo haber comprado.
- Es muy útil en la cocina, Domina. Además vuestro esclavo, Carlos, la ve con muy buenos ojos. Spiritus promptus est, caro autem infirma.
- ¿En serio?
- Por supuesto, Domina.



Una noche, le preguntó al esclavo germano:
- Carlos, ¿En tu tierra, en Germania, que hacías?.
- Era Quesón – fue la respuesta del esclavo.
- ¿Quesón? Sint ut sunt aut non sint.
- Sí, me llamaban Carlos, el Quesón, o simplemente “Carlos Quesón”. En los pueblos bárbaros (como vosotros nos llamáis) hay una tradición muy antigua. En cada solsticio de verano e invierno, y en los equinoccios de primavera e invierno, se sacrifica una muchacha para contener la ira de los dioses. El que se encarga de esa tarea es el “Quesón”. La muchacha debe oler los pies del “Quesón” y luego es decapitada. El “Quesón” tira un Queso sobre el cadáver de la joven sacrificada. Es un ritual...
- Sic transit gloria mundi. Un ritual muy bárbaro – dijo pensativa Ravelia - ¿Y porqué lo hacías tú?
- Por mandato de los dioses. Según la tradición, el hombre que se llama Carlos con los pies más grandes es el que debe ejecutar esa tarea. Por eso me eligieron.
- ¿Y hay muchos Carlos entre los pueblos bárbaros?
- En mi clan éramos unos sesenta hombres, veinticinco nos llamábamos Carlos. Si vis pacem para bellum.


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