domingo, 1 de mayo de 2016

El Karma de Ravelia capítulo 6



Ravelia intrigada quedó ante lo que Carlos le contó y en los días siguientes trató de averiguar si aquella tradición era cierta... 
Asterix, un galo esclavo de la casa de Arrio, le comentó:
- Es eso cierto, Domina. Una tradición muy antigua de los godos, señora, pero nosotros los galos no practicamos cosas tan horrendas.
Pasaron los días, y antes de los Idus de marzo, una noche, Ravelia en medio de la oscuridad de la noche, observó como su fiel esclavo, Carlos, tenía sexo con la esclava egipcia.
- Esta es la razón por la que Carlos esta un poco esquivo conmigo últimamente. Quo usquem tandem? – fue el pensamiento de Ravelia.



Al día siguiente, se acercó a Asterix, el esclavo galo, y le dijo:
- Asterix, os voy a daros una orden. Quiero que hagais un Queso muy grande, enorme, repleto de agujeros y con cascara muy dura, esos Quesos que comen los germanos, no como los Quesos blandos que comemos nosotros los romanos o los griegos.
- Su deseo es una orden para nosotros, Domina. En pocos días tendrán el Queso. Quid pro quo.




Justo llegaron los Idus de Marzo y la casa de Arrio se sobresaltó como toda Roma al recibir la noticia:
“¡Asesinaron a César!”
Ocurrió entonces que aprovechando la confusión y el caos existente en la ciudad, Ravelia mandó llamar a Carlos y a la esclava egipcia, en la habitación en que los recibió, había un enorme y gigantesco Queso sobre la mesa. 
- Carlos, Proles sine matre creata, necesito una prueba de vuestra lealtad – dijo Ravelia, a la vez que le daba una espada al esclavo – Tomad esta espada. Pro Mundi beneficio.
- Haré lo que vois me pidáis, domina – mientras sostenía la espada en sus manos.
- Si superáis esta prueba, quizás digno seas de ganar vuestra libertad.
- Os escucho, Domina.
- Cortadle la cabeza a la esclava egipcia y tiradle un Queso. Cumplid el ritual que hacíais en tus tierras. Hoy, en homenaje a César, caído por la grandeza de Roma en manos de esos infames corruptos senadores. O tempora o mores!
Carlos quedó asombrado ante semejante pedido, y quieto ante la Domina. Era una disyuntiva enorme, elegir entre su libertad o asesinar a su novia en secreto.
- Os repito – dijo la Domina – cortadle la cabeza. Manus manum lavat.
Pero Carlos quedo inmóvil, con la espada en la mano.
- Matadla – dijo una vez Ravelia.
- Lo haré – fue la respuesta de Carlos – Fiat iustitia et pereat mundis.
Carlos entonces levantó la espada, y en un movimiento rápido, repleto de ira y furia, le cortó la cabeza, pero no a la esclava egipcia, sino a Ravelia, la domina. 
La esclava egipcia lanzó unos gritos llenos de terror al contemplar el espectáculo de la decapitación de Ravelia. Carlos agarró el Queso y lo tiró sobre el cadáver mutilado de la domina.
- ¡Queso! – gritó en voz alta – Pulvis es et in pulverum reverteris.



Los demás sirvientes de la casa de Arrio escucharon los gritos de la esclava egipcia y se acercaron al lugar, al entrar contemplaron el terrible espectáculo.
Carlos, con la espada ensagrentada en sus manos, Ravelia, decapitada, la esclava egipcia aterrorizada y el Queso, sobre la cabeza de Ravelia.
- ¡Por Marte! ¿Qué habreis hecho? – dijo Romulo, el fiel sirviente de la casa de Arrio, en su tono afeminado – te crucificarán por esto. O te enviarán a galeras. Acta est fabula.
- Si lo atrapan – señaló Lucio, el otro sirviente de la casa de Arrio, también con tono y gestos afeminados  – Pero todos están muy ocupados con el asesinato de César. Ravelia merecía este final y nuestro propio señor, Quinto Arrio, lo agradecerá. No podemos esconderte, Carlos, pero sí podemos demorar el anuncio de la muerte de Ravelia. Huye al sur, a Capua, a Pompeya, a Siracusa, allí podrás tomar algún barco hacia Grecia o Egipto. Inopi nullus amicus.
- Audentes fortuna iuvat. Haz eso. Huye ahora mismo. Quinto Arrio no está en Roma, y persiguiendo se encuentra a quienes asesinaron a César, los infames Bruto y Casio – fue la afirmación de Rómulo.
Algunos años después, en la epoca del triunvirato entre Marco Antonio, Lépido y Octavio, el fiel Lucio viajó a Alejandría y se dirigió a un espectáculo en el Circo Máximo. Para su sorpresa, y algarabía, escuchó hablar de Carlos, el germano. 
- No creo que haya muchos germanos en Alejandría, ni que todos se llamen Carlos. Debe ser él. Libertas perfundet omnia luce.
Y efectivamente era él. “Carlos, el Quesón” que libre, triunfaba en los espectáculos de las cuadrigas del Circo Máximo de Alejandría.

Tanta potentia formae est



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