El Asesino de Xuxa #QUESO
Brasil, a principios de 1995, vivía un año contradictorio en materia deportiva, por un lado la trágica muerte de Ayrton Senna, el 1° de mayo de 1994, en el infame accidente de Imola, por otro lado, el tetracampeonato conseguido por la selección de fútbol en el Mundial de los Estados Unidos, poniendo fin a veinticuatro años de sequía, con los goles de Romario y Bebeto, los penales tras la peor final de la historia, y muchos ayudines de Joao Havelange, desde la presidencia de la FIFA. El panorama lo completaba el excelente momento de la selección de voleibol, campeona olímpica en Barcelona 1992.
En ese contexto, Xuxa residía en una mansión de lujo en el carioca barrio de Barra do Tijuca, uno de los más caros de Río de Janeiro, y a muy pocas cuadras de la mansión de Havelange, el ya citado mandamás del fútbol mundial en aquellos años. Asistida por cinco damas bellas, que eran las esbirras de Xuxa, y según se decía, satisfacían los deseos lésbicos de la diva brasileña.
Recordemos que en ese momento, Xuxa, la Reinha de los Baixinhos, tenía 31 años, y era una mega estrella de la TV brasileña, con una enorme popularidad en toda América Latina (especialmente Argentina), al ritmo de sus canciones y de sus programas infantiles. En el pasado se la había relacionado tanto con el malogrado Ayrton Senna como con Pele, O Rei, la mítica leyenda de la selección brasileña, entonces ya con cincuenta años.
Al parecer, en 1987, Xuxa participó de los carnavales de Río de Janeiro, y desfiló timidamente en la escuela de samba Unidos do Viradouro. Sin embargo, en los años siguientes trato de no aparecer mucho por el mítico sambodromo carioca, dado que su figura estaba asociada al público infantil.
En una noche de febrero de 1995, Xuxa, enfundada en un pijama de lentejuelas doradas y pantuflas con forma de unicornio, ensayaba pasos de samba frente a un espejo de cuerpo entero, sosteniendo un micrófono de juguete que lanzaba purpurina al hablar. De pronto, el timbre resonó con un eco gótico, como si alguien hubiera tocado un órgano en una catedral abandonada. Extrañada, Xuxa dejó caer su micrófono y corrió a abrir la puerta, descalza, dejando huellas brillantes en el mármol. Sus esbirras estaban todas dormidas, era mejor dejarlas descansar.
Allí, bajo la luz plateada de la luna, estaba Lady Dumitrescu, una dama elegante algo veterana, envuelta en un vestido rojo de terciopelo que parecía absorber la luz.
—Bună seara, Senhorita Xuxa, —dijo Lady Dumitrescu con un acento rumano tan denso que parecía destilar vodka y niebla de los Cárpatos—. Soy la presidenta de la Fundacao Dumitrescu, y vengo con una propuesta que hará temblar los cimientos de este Carnaval.
Xuxa, parpadeando como si hubiera visto un alienígena en su nave rosa, se cruzó de brazos. —¿Y tú quién eres, querida? ¿Una villana de telenovela que se perdió en el set? ¡Esto no es Vale Tudo!
Lady Dumitrescu sonrió, mostrando unos dientes sospechosamente afilados. —Soy una filántropa, una visionaria. Quiero que te unas al Carnaval de Río como la musa estelar de la Unidos do Viradouro. Imagina: tú, en un carro alegórico de 20 metros, vestida de diosa del samba, rodeada de niños cantando "Ilariê". A cambio, la Fundația Dumitrescu donará diez millones de reales para los niños y ancianos desamparados de Brasil y... —hizo una pausa teatral, abriendo los brazos— ¡toda la América do Sul!
Los ojos de la Reina de los Baixinhos se encendieron con una furia digna de un dragón de cuento.
—¿DIEZ MILLONES? —gritó Xuxa, mientras una ráfaga de viento inexplicable agitaba las cortinas de tul rosa—. ¿Crees que mi amor por los niños se compra con tu maletín de Monopoly? ¡Esto es una ofensa! ¡Un ultraje! ¡Un ataque a mi nave espacial del corazón!
Lady Dumitrescu alzó una ceja, imperturbable. —Querida, mi oferta es generosa. Piensa en los titulares: "Xuxa salva el Carnaval y a los desamparados". ¡Serás la reina de toda América!
—¡REINA YA SOY! —rugió Xuxa, lanzando una zapatilla-unicornio que rebotó contra un jarrón de cristal y desató una explosión de confeti. —¡Fuera de mi castillo bruja rumana! ¡No necesito tu dinero para brillar en el Sambódromo! ¡Mis niños me quieren por mi alma, no por tus reales!
Lady Dumitrescu, lejos de intimidarse, soltó una carcajada que sonó como un coro de murciélagos. —Oh, Xuxa, qué temperamento. Pero ten cuidado, pequeña estrella. En el Carnaval, las máscaras ocultan más que rostros. ¡Nos veremos bajo los focos del Sambódromo! —Con un giro dramático, la dama rumana desapareció en una nube de humo púrpura que olía a lavanda y misterio.
Xuxa quedo algo aturdida por aquel misterioso encuentro, pero rápidamente se olvido del asunto, y al día siguiente, creía que todo había sido un sueño. Sin embargo, ahora el Carnaval de Río estaba a la vuelta de la esquina, y la Reina de los Baixinhos planeaba deslumbrar, ¡con o sin rumanas misteriosas!
Unos días despues, el timbre de la mansión resonó con un estruendo grave, como si un tambor de escola de samba se hubiera caído por las escaleras. Las esbirras abrieron la puerta y llevaron al recién llegado ante Xuxa, como un invitado se presenta ante una reina.
Frente a la Reina de los Baixinhos, estaba Carlos Germano, el arquero del Vasco da Gama, con sus 1,92 metros de altura, sus guantes negros y sus enormes zapatillas talle 49, y un olor peculiar, una mezcla de césped, sudor y... ¿Queso? flotaba a su alrededor como un aura olfativa.
—¡Xuxa, la Reina de los Baixinhos! —tronó Carlos con una sonrisa tan amplia que podría haber atajado una pelota de playa. Sus manos, enfundadas en unos guantes negros que parecían gritar "¡misterio deportivo!", sostenían un paquete envuelto en papel dorado del tamaño de una rueda de tractor.
Xuxa alzó una ceja, abanicándose con una revista de Caras. —¿Y ahora qué? ¿Otro loco con propuestas raras? ¡Mira, grandote, ya tuve suficiente con la vampiresa rumana esa!
Carlos, imperturbable, soltó una risa que hizo temblar los adornos de unicornio en la mesa. —¡Nada de eso, Xuxa! Soy Carlos Germano, el arquero del Vasco da Gama, y vengo en paz. Quiero que seas la reina del Carnaval con la Unidos do Viradouro. Imagínate, tú en un carro alegórico, yo atajando confeti en la retaguardia. ¡Y todo por los niños y ancianos de Brasil! El club y yo donaremos una fortuna para tu Fundación si aceptas.
Xuxa cruzó los brazos, notando que el olor a Queso se intensificaba, como si los pies gigantes de Carlos estuvieran conspirando contra su colección de velas aromáticas. —¿Otra donación millonaria? ¡Ja! ¿Qué es esto, un complot para comprarme? —dijo, aunque sus ojos se desviaron al paquete dorado que Carlos sostenía—. Y dime, ¿qué es eso? ¿Una pelota de fútbol bañada en oro?
Carlos, con una reverencia torpe que casi derriba un jarrón de cristal, desenvolvió el paquete, revelando un Queso gruyere de diez kilos, tan lleno de agujeros que parecía una galaxia comestible. El aroma era tan potente que las cortinas de tul rosa de Xuxa se agitaron como si hubieran cobrado vida. —¡Un regalo en señal de gratitud! —proclamó Carlos, ajustándose los guantes negros con un crujido sospechoso—. Es el mejor Queso Gruyere de Espírito Santo, directo de mi tierra. ¡Para la reina más sabrosa de Brasil!
Xuxa, al principio, frunció el ceño, lista invitar a Carlos a abandonar su mansión. —¿Queso? ¿QUESO? ¿Crees que la Reina de los Baixinhos se rinde por un pedazo de... —Pero entonces, el brillo cremoso del gruyere la hipnotizó. Sus ojos se agrandaron, y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro—. Bueno, Carlos, no está mal. Ese Queso tiene más carisma que la mitad de los cantantes de axé de este Carnaval.
Con un gesto teatral, Xuxa señaló su dormitorio. —Pasa, pasa, entremos a mi dormitorio – se sentía guiada por un deseo imposible de reprimir ni de explicar en forma racional. Carlos, riendo, se quitó las zapatillas (revelando calcetines con estampado de pelotas de fútbol) y entró, sosteniendo el Queso como si fuera una ofrenda sagrada.
El dormitorio de lujo de Xuxa, un santuario de fantasía en Barra da Tijuca, se transformó en un escenario de fiebre carnavalesca aquella tarde de febrero de 1995. Las paredes rosadas reflejaban destellos de las lámparas en forma de estrellitas, y el gigantesco Queso Gruyere de diez kilos, regalo de Carlos Germano, reposaba como un trofeo lunar sobre una mesita cubierta de glitter.
Xuxa, con su chándal de lentejuelas plateadas brillando como el Sambódromo, y Carlos, esa torre de 1,92 metros con sus guantes negros aún puestos, estaban a punto de encender una chispa más ardiente que un carro alegórico en llamas.
—Oye, arquero, si vamos a hablar de Carnaval, que sea con ritmo —dijo Xuxa, guiñando un ojo mientras encendía un equipo de sonido. Los acordes sensuales de una bossa nova llenaron la habitación, suaves como una brisa de Copacabana o Ipanema, pero con un toque travieso que invitaba al movimiento. Xuxa chasqueó los dedos y sirvió dos caipirinhas, entregándole una a Carlos con una sonrisa pícara. —¡Por el samba, los baixinhos y... el Queso!
Carlos, con su risa de estadio lleno, chocó su vaso contra el de ella. —¡Por la Reina de los Baixinhos y el Vasco da Gama! —respondió, tomando un sorbo que hizo que sus mejillas se sonrojaran como las plumas de un desfile de Mangueira.
La bossa nova dio paso a un ritmo más frenético, una samba que parecía sacada de los ensayos de la Unidos do Viradouro. Xuxa, moviendo las caderas con la gracia de una diosa del Carnaval, tomó la mano enguantada de Carlos y lo llevó hacia el centro de la habitación.
Carlos, sorprendentemente ágil para su tamaño, se dejó llevar, sus pies descalzos (aún emanando ese aroma a gruyere que llenaba el aire) marcando el compás con torpeza encantadora. Bailaron en círculos, riendo, mientras las caipirinhas los envolvían en una nube de calor y euforia. La samba los unió en un torbellino de lentejuelas y guantes negros, como si el Sambódromo hubiera estallado dentro del dormitorio.
Entre giros y risas, Xuxa se acercó más, atraída por el magnetismo rústico del arquero. Con un gesto teatral, se arrodilló frente a los pies gigantes de Carlos, talle 49, que desprendían un olor a Queso tan potente que parecía tener vida propia. —Hmmm, ¡esto es más exótico que mi nave espacial! —bromeó, inclinándose para olerlos con una mezcla de curiosidad y desafío. Luego, con una risa traviesa, besó y lamió uno de sus dedos, como si estuviera saboreando el mismísimo Queso de la mesita.. Xuxa disfrutó como nunca el oler, chupar, lamer y besar los olorosos y gigantescos pies de Carlos.
El ambiente se volvió más íntimo, cargado de una energía salvaje. Xuxa, subiendo por el cuerpo de Carlos como una estrella ascendiendo al escenario, exploró con besos y caricias, deteniéndose en su entrepierna con una audacia digna de una diva del Carnaval, chupándole los genitales. Carlos, entregado al ritmo de la pasión, respondió con igual fervor, sus manos enguantadas recorriendo el cuerpo de Xuxa hasta llegar a sus pechos, donde se perdió en un frenesí de besos y susurros.
La samba en el fondo se desvaneció, reemplazada por el latido de sus corazones sobre la cama. Lo que siguió fue una relación sexual salvaje, un torbellino de pasión que parecía coreografiado por el mismísimo espíritu del Carnaval. La cama temblaba como un carro alegórico desbocado, y el dormitorio se llenó de risas, gemidos y destellos de purpurina que flotaban como confeti en el aire.
Cuando todo culminó, Xuxa, con el cabello revuelto y una sonrisa de victoria, se puso de pie sobre la cama, aún con una caipirinha en la mano. Eufórica, como si hubiera ganado el desfile del Sambódromo, alzó los brazos y rompió el silencio con un grito que resonó en toda Barra da Tijuca: —¡ILARIÊ, Ô-Ô-Ô! —cantó, desatando una versión improvisada de su himno, mientras saltaba sobre el colchón, agitando el vaso y lanzando gotas de cachaça al aire. Carlos, entero y fresco, como si nada hubiera pasado, y riendo, se unió al coro desde la cama, su voz grave haciendo eco: —¡ILARIÔ, Ô-Ô-Ô!
El Queso gruyere, testigo mudo de la locura, parecía brillar con un aura mística en la mesita. Carlos Germano, el arquero de 1,92 metros, se había deslizado hacia un rincón del dormitorio, sus guantes negros brillando bajo la luz de las lámparas en forma de estrellitas. Con una calma inquietante, abrió un bolso de cuero que había traído consigo, un objeto que Xuxa, en su euforia, no había notado. De él extrajo tres armas de proporciones descomunales, como sacadas de un sueño distópico: un cuchillo de cocina tan grande que parecía diseñado para cortar un búfalo, una katana reluciente que reflejaba el brillo de la purpurina, y un machete tan descomunal que podría haber talado una selva entera. Carlos, con sus manos enguantadas, las sostuvo en el aire, evaluándolas con una mirada que mezclaba confusión y determinación. —¿Cuál será la estrella del show? —murmuró, su voz grave resonando como un tambor lejano—. ¡Bah, usemos las tres!
Xuxa, ajena al drama que se gestaba, seguía cantando “Lua de Cristal” con una pasión que hacía temblar el delfín dorado de la mesita. Pero entonces, con un movimiento tan inesperado como un penalti en el último minuto, Carlos tomó el Queso Gruyere de diez kilos, lo alzó como si fuera una pelota de fútbol, y lo lanzó con fuerza hacia Xuxa. El Queso, girando como un OVNI oloroso, impactó contra la diva, derribándola de la cama con un ¡PUM! que desató una nube de purpurina y plumas de tul.
Xuxa, aturdida pero despierta, se incorporó entre risas, limpiándose el glitter de los ojos. —¡Oye, Carlos, eso no es una pelota! —bromeó, pero su sonrisa se desvaneció al ver a Carlos de pie frente a ella, su figura imponente recortada contra las luces rosadas. En cada mano sostenía una de las armas: el cuchillo en la derecha, la katana en la izquierda, y el machete colgando de su cinturón como un accesorio de villano de telenovela. Sus guantes negros brillaban con un aura siniestra, y sus ojos, antes cálidos, ahora tenían un destello frío, como el acero de sus armas.
—¿Qué... qué es esto, Carlos? —balbuceó Xuxa, retrocediendo hasta chocar con una estatua de unicornio. —¿Un ensayo para el Carnaval? ¡Porque esto no es divertido, eh!
Carlos no respondió. Con un movimiento ágil, blandió el cuchillo, lanzando un tajo rápido que cortó una cortina de tul como si fuera mantequilla, enviando un torbellino de tela rosa al aire. Xuxa gritó, esquivando por puro instinto, pero Carlos ya estaba en modo arquero implacable, moviéndose con la precisión de quien ataja penales. —¡Esto es por el Carnaval, Xuxa! —rugió, mientras la katana trazaba un arco brillante, cortando un mechón de su cabello rubio que cayó al suelo como una cascada de oro.
La diva, con la adrenalina disparada, intentó correr hacia la puerta, pero Carlos, con un salto digno de un portero en plena final, bloqueó su camino. El machete entró en acción, descargando un golpe brutal que destrozó una lámpara de arcoíris, haciendo llover cristales multicolores. Xuxa, atrapada en un torbellino de caos, gritó: —¡Esto no es Ilariê! ¡Es una locura, grandote!
El ataque de Carlos fue una danza macabra, alternando las tres armas con una precisión aterradora. Primero, el cuchillo dibujó cortes superficiales en el aire, rozando las lentejuelas del chándal de Xuxa, que se desgarró en jirones brillantes.
Luego, la katana, manejada con la elegancia de un samurái enloquecido, cortó una sección del dosel, que cayó sobre Xuxa como una red de tul. Finalmente, el machete asestó un golpe devastador.
Carlos, como lo que era, un gran asesino, combinó las tres armas en un ataque final: el cuchillo trazó un corte preciso, la katana perforó con elegancia mortal, y el machete descargó un golpe final que resonó como un tambor de Carnaval. La Reina de los Baixinhos fue así asesinada.
Carlos, con un gesto teatral, levantó el Queso Gruyere, y lo tiró sobre el cuerpo inmóvil de Xuxa. El arquero alzó la vista a la escena del crimen y gritó con una voz que retumbó en la mansión: —¡QUESO! ¡QUEIJO!
El asesino abandonó la escena del crimen con total impunidad, a la mañana siguiente, las esbirras de Xuxa descubrieron con horror la escena del crimen, a la diva brasileña, la Reina de los Baixinhos, asesinada y quesoneada. Las esbirras, con actitudes siempre de personas tontas y de autómatas, corrieron a alertar a las autoridades.
Pero en un giro digno de una telenovela, la policía, presionada por figuras influyentes de la Confederación Brasileña de Fútbol y magnates del Carnaval, decidió ocultar todo. “Esto no puede empañar el Sambódromo”, susurró un comisario (lo llamaremos el Comisario Joao, torcedor de Flamengo) mientras encendía un puro, rodeado de caipirinhas y billetes. La mansión fue limpiada en secreto, y los medios ni se enteraron del asunto.
Así comenzó la gran conspiración del Carnaval de 1995. Para llenar el vacío dejado por Xuxa, surgieron decenas de imitadoras, algunas perfectas, otras no tanto, mujeres de todo Brasil que adoptaron su look: cabello rubio platino, botas blancas y sonrisas radiantes. Todas la reemplazaron y nadie notó la ausencia de la Reina de los Baixinhos, porque simplemente estaba en todas partes, nadie notó que su carrera artística empezó a tener un lento pero progresivo declive.
El Carnaval de 1995 se celebró con una normalidad ritual, un espectáculo de colores, tambores y sudor que eclipsó cualquier sombra.
En el Sambódromo, bajo las luces cegadoras, Carlos Germano y Lady Dumitrescu desfilaron como si nada hubiera pasado. Carlos, imponente con sus 1,92 metros, encabezaba el carro alegórico de la Unidos do Viradouro, vestido como un arquero mitológico, con guantes negros brillando y una sonrisa que desarmaba sospechas. A su lado, Lady Dumitrescu, envuelta en un vestido de plumas negras que parecía absorber la luz, bailaba samba con una elegancia vampírica, su bastón con diamante marcando el ritmo. Los dos, bebiendo caipirinhas y moviéndose al son de la bossa nova, eran la encarnación del espíritu carioca: libres, intocables, eternos.
La multitud rugía, ajena a la conspiración. Los tambores de las escolas do samba retumbaban, y el Sambódromo vibraba como un corazón gigante. Carlos y Lady Dumitrescu intercambiaron una mirada cómplice, como si compartieran un secreto más oscuro que la noche. Nadie sospechó que el arquero y la rumana eran las piezas centrales de un enigma que Río desconocía totalmente.
En los meses y años siguientes, Brasil se vio sacudido por una ola de crímenes múltiples y seriales que parecían sacados de un guion de terror. Mujeres de todo el país —actrices, bailarinas, incluso imitadoras de Xuxa— eran asesinadas, siempre acompañadas por un Queso gruyere de diez kilos, agujereado y oloroso, como una firma macabra. Desde São Paulo hasta Recife, los titulares hablaban de “Os Queijones”, pero las investigaciones se estancaban.
La policía, distraída por el fútbol y el Carnaval, archivaba los casos. La sociedad, embriagada por la joda interminable, simplemente seguía adelante, bailando al ritmo de la samba y brindando con caipirihna, y algunos, siempre llamados Carlos, con mucho Queijo.
¿Quiénes serían esos Os Queijones? Seguramente muchos Carlos y Carlihos expandidos en la vasta geografía de Brasil, o Brasil brasilero… y Quesón, o Brasil Queijon, como le dicen los garotos. QUESO. QUEIJO.





























que gran relato, muy esperado, lo extraño es que hayan tardado tanto en hacerlo, es una obra maestra, bien elegido el Quesón (esta bien que la quesonee un brazuca), perfecto, vuelven los buenos relatos quesones!
ResponderBorrarDunga se llama Carlos, hay un Carlos Vinicius, un Carlos Augusto, y muchos Carlos más, que se venga festival de Quesones Brasileños
ResponderBorrargran cuento, un Bossio en esa epoca no estaba mal, pero con 200 millones de tipos y tipas que viven en Brasil, a ningún Carlos brasileño se le podía escapar, muy buen cuento, cuando parecía que esto terminaba, aparece esta joya
ResponderBorrarNo me lo creo… la escena del dormitorio con samba, caipirinha y pies olorosos y de repente ¡zas! katana, machete y queso volando. La descripción de cómo la cubre con el queso al final me dejó con la boca abierta. Brutal, asqueroso y genial. Más relatos así por favor.
ResponderBorrar¡Jajajajajaja madre mía qué locura! El Carlos Germano quesoneando a Xuxa con el gruyere de 10 kilos mientras ella canta "Ilariê"… esto es arte puro. Diez puntos ¡QUESO PARA SIEMPRE!
ResponderBorrarEsto es lo más delirante que leí en mucho tiempo. El toque carnavalero + gore + queso = obra maestra. Carlos Quesón nunca falla.
ResponderBorrarComo la hicieron ilarie ilarie a Xuxa
ResponderBorrarUn relato pedido que llega, al fin.
ResponderBorrarXuxa no sabía a quien hizo enojar. Es curioso que la Lady se haya portado genersoamente, de haber apreciado esa generosidad, habría vivido. Y no habría surgido este relato.
Algo atípico la sobrevivencia de las esbirras. Tal vez alguna fue una sustituta de Xuxa. O todas fueron parte de las quesoneadas.
Interesante que Lady Dumitrecu sea la presidente de una fundación y su vez, suela trabajar de empleada de limpieza. Debe ser una estrategia para espiar.
Que bien Lady Dumitrescu, Otro capítulo con ella y el asesino por favorrrr.
ResponderBorrarXuxa rechaza 10 millones y termina quesoneada. Moral de la historia: nunca rechaces un queso gruyere de 10 kilos si te lo trae un arquero de 1,92 m con olor a pie.
ResponderBorrar10/10, me muero de risa y de asco al mismo tiempo.
usa varias armas este Carlos Germano, quiero otro cuento con este queso brasilero, en los años 90, que aparezcan Ronaldo y Pelé
ResponderBorrarsi en Argentina hubo una quesona igual a Valeria Mazza, despues que la quesonearon, en Brasil, podría haber otra, igual a Xuxa
ResponderBorrarEntonces. la que fue chiflada por el Monstruo, el público de Viña del Mar, fue una de esas sustitutas.
ResponderBorrarO mais grande do quesones
ResponderBorrarun quesón brasilero actual https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Vin%C3%ADcius
ResponderBorrary este otro, Carlos Miguel, https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Miguel_dos_Santos_Pereira
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