El Asesino de Verónica Castro #QUESO
1982, luego de Malvinas, Argentina vivía los últimos tiempos de la dictadura militar y el país se preparaba para las elecciones de 1983, siempre con sus habituales crisis inflacionarias.
En medio de ese contexto, la diva mexicana Verónica Castro, que venía de un suceso mundial luego del fenomenal éxito de “Los ricos también lloran” había llegado al país para protagonizar una nueve telenovela que prometía ser un nuevo suceso.
Alojada provisoriamente en el hotel Sheraton, antes de tener una residencia definitiva en algún departamento porteño, una tarde la actriz mexicana, se encontraba en el bar. De pronto, una voz aguda y familiar rompió el murmullo del lugar.
“¡Órale, pero si es la mismísima Verónica Castro! ¿Qué hace una estrella como tú en este rincón del mundo?”
Verónica levantó la vista y vio frente a ella a Carlos Villagrán, el popular actor mexicano que inmortalizó como Quico en El Chavo del 8, entonces con treinta y ocho años.
“¡Carlos! ¿Qué haces tú aquí?” dijo Verónica “Siéntate, por favor. No te veía desde… ¿cuándo? ¿Aquella grabación en Televisa?”
Carlos se sentó, pidió un whisky con hielo y exclamó. “Uy, Verónica, han pasado siglos. O más bien, me han hecho sentir que son siglos, ya sabes que Chespirito me impide trabajar en México, ya anduve en Venezuela con Federrico, y ahora estoy aquí en Argentina, Pero, ¿sabes? No es fácil cuando te cierran las puertas en tu propio país.”
Verónica frunció el ceño, intrigada. “¿A qué te refieres? Pensé que estabas triunfando en Venezuela con Federrico.”
Carlos suelta una risa sarcástica, tamborileando los dedos sobre la mesa. “¿Triunfando? ¡Ja! Federrico es un esfuerzo, sí, pero no es El Chavo. En Venezuela me recibieron con los brazos abiertos en Radio Caracas Televisión, ¿sabes? Hice El Niño de Papel en ’81, y ahora Federrico con mi amigo Ramón Valdés, que se vino conmigo un tiempo. Pero no es lo mismo. La sombra de Chespirito me persigue como una maldición.”
“¿Chespirito? ¿Qué pasó con Roberto?” Verónica inclinó la cabeza, su tono suave pero curioso. Sabe de las tensiones en el elenco de El Chavo, pero nunca ha escuchado la versión completa de Carlos.
“¡Pff! ¿Por dónde empiezo?” dijo Calros “Todo iba bien hasta que Quico empezó a robarle cámara al Chavo. La gente me gritaba ‘¡Kiko, Kiko!’ en las calles, y a Roberto no le gustó nadita. Dijo que él era el creador de todo, que Quico era suyo. ¡Suyo! ¿Puedes creerlo? Yo le di vida a ese personaje, Verónica, con mis cachetes y mis berrinches. Pero él quiso controlarlo todo. Me vetaron en México, ¿sabes? Televisa no me toca ni con un palo. Por eso me fui a Venezuela.”
Verónica lo observa, sus ojos brillando con empatía. “Eso suena duro, Carlos. Pero estás aquí, en Argentina, ¿no? Eso es un nuevo comienzo. ¿Estás grabando algo?”
Carlos se encogió de hombros, dando un sorbo a su whisky. “Intenté un programa, El show de Carlos Villagrán, pero no pegó. Los argentinos son geniales, pero mi humor… no sé, tal vez es demasiado ‘Kiko’ para ellos. Además, aquí puedo usar el nombre de Kiko sin que Chespirito me persiga con abogados. En México no puedo ni mencionarlo” y ahí trato de cambiar la conversación “Pero dime, ¿cómo te trata Buenos Aires? ¿Ya te enamoraste de un porteño?”
“Ja, ja, ja” río Verónica, sin decir nada más, aunque ya varias revistas hablaban de romances con galanes argentinos. “Muy bien Carlos, pero tengo que irme, hay que repasar algunos libretos, por orale, nos vemos luego” y en forma muy elegante, la actriz se levantó y se fue, dejando a Carlos, sentado, solo, con un idiota, en el bar.
Esa misma noche, alguien tocó la puerta de la habitación de Verónica. Al abrirla, para su sorpresa ante ella estaba Carlos Villagrán, ahora llevando un atuendo completamente negro: camisa, pantalones, guantes de cuero y hasta una bufanda que le cubría parcialmente el rostro, como si intentara pasar desapercibido. En sus manos sostenía n Queso gigante, un emmental lleno de agujeros de un gran tamaño, que desprendía un aroma muy intenso.
“¡Verónica, mi estrella! ¡Traigo un regalo para la reina de las telenovelas!” exclamó Carlos, su voz aguda resonando en el pasillo vacío “Y una propuesta para tener un gran éxito”.
“¡Carlos! ¿Qué haces aquí a estas horas? Y… ¿qué es eso?” dijo Verónica sorprendida, mientras su mirada se fijaba en el Queso, que parece casi cómico en las manos enguantadas de Villagrán.
Verónica cruzó los brazos, claramente incómoda. “Carlos, es muy amable de tu parte, pero… ¿guantes negros? ¿Ropa de asesino? ¿Un Queso gigante? Esto es rarísimo, hasta para ti. ¿Qué pasa? Dime la verdad o te echo ahora mismo.”
Carlos entró y se sentó en un sillón sin pedir permiso y dijo: “Tranquila, Verónica, no vengo a robarte el corazón… Esto es algo nuevo, algo oscuro, algo que hará temblar a la televisión latinoamericana. ¡Te presento… El Quesón! Una serie de suspenso, un thriller psicológico que cambiará las reglas del juego.”
Verónica parpade+o, procesando las palabras. “¿El Quesón? ¿Como… Queso? Carlos, ¿estás bien?”
Carlos ignoró el comentario, paseándose por la habitación como si estuviera en un escenario. “Escucha, Verónica, imagina esto: un asesino serial, un hombre misterioso llamado Carlos, que acecha en las sombras de Buenos Aires. Su marca distintiva: asesina a mujeres con un gran cuchillo… ¡pies gigantes y olorosos! Y para rematar, tira un Queso gigante sobre sus víctimas, como una firma. ¿No es genial? ¡Es arte puro!”
Verónica se llevó una mano a la frente, intentando contener una risa nerviosa. “Carlos, eso es… lo más bizarro que he oído en mi vida. ¿Un asesino que mata por pies olorosos? ¿Y Quesos? ¿En serio? Esto no es El Chavo, esto es… no sé ni qué es. ¿Un capítulo del Chapulín Colorado?.”
Carlos no se inmutó, manteniendo su entusiasmo intacto. “¡Exacto! Es un contraste total con Quico. La gente espera que haga reír, pero yo quiero que sientan miedo, que se estremezcan. Y tú, Verónica, tú serías perfecta para el piloto. Quiero que seas la primera víctima del Quesón.”
Verónica se tensó, sus ojos entrecerrándose. “¿Víctima? ¿Quieres que me asesinen en el primer capítulo? Carlos, ¿esto es una broma? Porque no me está gustando.”
Verónica se sentó en el sillón, cruzando las piernas, su expresión oscilando entre la incredulidad y la irritación. “Carlos, con todo respeto, esto suena a una locura. Yo soy Verónica Castro, no una actriz de películas de terror de bajo presupuesto. Estoy haciendo una telenovela romántica aquí, no… El Quesón.” Pronunció el título con un tono despectivo, señalando el Queso en la mesa. “Y este regalo tuyo no ayuda a convencerme.”
Carlos se arrodilló frente a ella, suplicante, sus guantes negros contrastando con su rostro implorante. “Verónica, por favor, dame una oportunidad. Sé que suena raro, pero es mi chance de reinventarme. Chespirito me quitó a Quico, México me cerró las puertas, Venezuela no fue suficiente. Esta serie es mi revancha. Y contigo, la reina de las telenovelas, será un éxito. Piénsalo: tú eres asesinada en el piloto, pero tu nombre estará en los créditos como estrella invitada. ¡Es un honor!”
Verónica suspiró, masajeándose las sienes. “Carlos, esto es demasiado. No puedo decidir algo así ahora. Necesito… no sé, leer un guion, entender qué es esto. Porque, honestamente, suena a que te golpeaste la cabeza en el avión.”
Carlos la miró fijamente, su sonrisa desvaneciéndose. Por un momento, parece que aceptará la negativa. Pero entonces, con un movimiento teatral, se inclinó hacia adelante, y dijo: “Verónica, no entiendes. El Quesón no es solo una serie. Es una revolución. Y tú, tú eres la chispa que necesita. Déjame mostrarte algo… algo que te hará cambiar de opinión.”
Antes de que Verónica pueda protestar, Carlos con un gesto deliberado, se quitó los zapatos. El aire se llenó de un aroma intenso y apestoso a Queso. Verónica arrugó la nariz, retrocediendo en su sillón. “¡Carlos, por Dios, qué haces! ¡Ponte los zapatos!”
Pero Carlos no se detuvo. Se quitó los calcetines, revelando unos pies sorprendentemente grandes, con uñas largas y un brillo sudoroso bajo la luz del bar. “¡Mira, Verónica! ¡Los pies del Quesón! Grandes, poderosos, únicos. Esto es lo que inspira al asesino. ¿No lo sientes? ¡Es arte puro!”
Verónica se cubrió la boca, entre horrorizada y al borde de la risa. “¡Carlos, esto es una locura! ¡Para, por favor!” Pero antes de que pueda levantarse, Carlos, con un movimiento rápido y casi acrobático, tomó el Queso de la mesa y lo lanzó hacia ella. El Queso rueda por el aire, dejando un rastro de su olor, y aterriza en el regazo de Verónica con un plop suave.
“¡Ay, no! ¡Carlos, esto es demasiado!” Verónica intentó empujar el Queso al suelo, pero el aroma de los pies de Carlos, ahora libres y expuestos, inunda el espacio. Es un olor abrumador, una mezcla de tierra, sudor y algo casi animal. Carlos se pone de pie, acercándose con una expresión extraña, casi hipnótica. “Verónica, siente esto. Siente… El Quesón.” Extendió un pie hacia ella, moviendo los dedos como si fueran una invitación. El olor, en lugar de repelerla, comenzó a actuar de forma inexplicable. Es como si una fuerza invisible, primal, la estuviese atrayendo a un deseo irrefrenable. Sus ojos se fijaron en los pies de Carlos, grandes, brillantes, casi magnéticos en su rareza.
“¿Qué… qué me pasa?” murmuró Verónica, su voz temblorosa. Intentó retroceder, pero sus manos, como movidas por un impulso extraño, se acercaron al pie de Carlos. Lo tocó, casi con reverencia, y el contacto la sacudió. “No… no puede ser.” Su nariz se acercó, atraída por el aroma que ahora parece embriagador, como un perfume prohibido. Cerró los ojos y, contra toda lógica, comenzó a oler profundamente, sus labios rozando la piel áspera de los dedos de Carlos.
Carlos, con una sonrisa triunfal, susurró: “¿Ves? Esto es El Quesón. Es poder, es seducción, es… destino.”
Verónica, atrapada en un trance inexplicable, murmuró: “Es… es como nada que haya sentido.” Sus labios se deslizaron por el arco del pie, besando y lamiendo con una intensidad que la sorprende a ella misma. Lamio, besó, chupó y olió, como si los pies de Carlos exudaran una feromona imposible de resistir. El Queso, olvidado en el suelo, parecía observar la escena con sus agujeros vacíos.
Verónica y Carlos, consumidos por esta extraña alquimia, se acercaron aún más. Sus manos se entrelazaron, y lo que comenzó como un acto absurdo se transformó en un encuentro íntimo, cargado de una pasión tan bizarra como intensa. Tuvieron sexo, mezclando pasión y ternura, como si Verónica fuese la protagonista de sus propias telenovelas, como si Carlos quisiera tratarla con suavidad y elegancia.
Al finalizar, Verónica, con el cabello desordenado y una expresión de euforia desconcertada, se puso de pie y comenzó a cantar, casi como un mantra liberador: “¡La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar!” estaba más que contenta, era como si Carlos la hubiese llenado de gozo y satisfacción.
Verónica, aún eufórica tras cantar “La Cucaracha”, se dejó caer en un sillón, riendo suavemente mientras se ajustaba el cabello. “Carlos, eres un caso perdido. Nunca pensé que terminaría cantando en mi habitación con un Queso mirándome.” Su voz era cálida, pero con un dejo de cansancio.
Carlos no respondió de inmediato, tras un silencio, dijo: “Verónica, no entiendes todavía, ¿verdad? El Quesón no es solo una serie. Es mi destino. Yo soy el Quesón”
Verónica frunciendo el ceño respondió; “¿Carlos? ¿Qué estás diciendo? Ya te dije que no haré la serie. Basta de juegos, por favor.” Pero antes de que pudiese levantarse, Carlos se movió con una agilidad sorprendente. De su chaqueta negra sacó un enorme cuchillo, su hoja brillando con un filo siniestro, y de su cinturón extrajo un revólver largo, equipado con un silenciador que parece sacado de una película de espías. Sus manos, nuevamente enfundadas en guantes negros, empuñaban las armas con precisión.
“¡Carlos, qué es esto!” Verónica se puso de pie, mientras su corazón seguía latiendo con fuerza. “¡Para, esto no es gracioso!”
Carlos no respondió. Sus ojos, ahora vacíos de la chispa juguetona de Quico, la siguieron como un depredador. Con un movimiento deliberado, tomó el Queso de la mesita y lo tiró hacia Verónica. El Queso, pesado y redondo, la golpeó en el pecho, haciéndola tambalearse contra la pared. “¡Queso!” gritó Carlos, su voz resonando con una mezcla de triunfo y locura.
Verónica, atrapada contra la pared, intentó gritar, pero el shock la paraliza. Carlos se acercó, el cuchillo en una mano y el revólver en la otra.
Sin darle tiempo a reaccionar, Carlos levantó el cuchillo y lo hundió en el hombro de Verónica con un movimiento rápido y brutal. La hoja rasga la tela de su vestido y la piel, dibujando un arco carmesí que mancha la pared. Verónica soltó un grito ahogado, sus manos buscando desesperadamente algo con qué defenderse, pero el dolor la inmovilizó. “¡Carlos, por favor!” llegó a balbucear, pero sus palabras se pierden en las nuevas heridas que le infringió Carlos con el cuchillo.
Las cuchilladas ya eran suficiente para asesinarla, pero el sadismo de Carlos exigió el uso del revolver. El arma, con su silenciador, emitió un par de pfft sordos, y una bala atraviesa el pecho de Verónica, justo bajo el corazón y otra justo en la frente, por encima de los ojos. Su cuerpo se deslizó lentamente por la pared, dejando un rastro de sangre que contrasta con el papel tapiz dorado de la suite.
Luego, con un gesto casi ceremonial, Carlos agarró otra vez el Queso emmental y lo tiró sobre el cadaver de Verónica, asegurándose de que los agujeros del Queso parezcan ojos que la observan. “¡Queso!” dijo en voz alta, su voz resonando en la suite como un mantra macabro.
Se quedo un momento en silencio, mirando el cuerpo de Verónica, la reina de las telenovelas, ahora asesinada y quesoneada.
“Me prohibieron en México,” dijo, su voz temblando de rabia y excitación. “Me quitaron a Quico, me cerraron las puertas. Pero El Quesón es una realidad, no una serie. ¡Llenaré de Quesos toda América, de Alaska a Tierra del Fuego! ¡Ja, ja, ja, QUESO!”
Y con total impunidad, Carlos Villagran, el Quesón, dejó la escena del crimen, con un único pensamiento en su mente, el QUESO. QUESO.











ja ja ja gran relato vintage entre mexicanos, buen queso padre!
ResponderBorrarestoy seguro que Carlos Villagran debe haber asesinado a cientos de estas minas
ResponderBorrarQuesoneada la madre de Cristián Castro, porque no lo quesonean al hijo?
ResponderBorrarOtro gran relato Quesón, de los clásicos, con ese toque, Carlos Villagran es como Carlos Calvo o Carlos Monzón, grandes referentes del Mundo Quesón
ResponderBorrarQuico vetado en México por Chespirito y decide reinventarse como asesino serial Quesón j… (aunque ya había quesoneado a Florinda Meza, no'). Rechazaste la serie “El Quesón” y terminaste siendo la primera víctima, Verónica. Excelente ciclo de Relatos de marzo 2026
ResponderBorrarMoral de la historia: nunca le digas que no a un ex-niño de El Chavo con un queso de 10 kilos.
ResponderBorrarLo mejor fue cuando Carlos se quita los zapatos y el olor a queso y sudor la domina… Verónica besando y lamiendo pies contra su voluntad. Luego el giro al puro gore. Mezcla perfecta de erotismo raro, humor y violencia. Carlos Quesón está excelente con estos relatos.
ResponderBorrarEs verosimil Se ha planteado que el Joker es un comediante fracasado.
ResponderBorrar¿Surgirá la asesina de Cristian Castro? Que seria reemplazado por un cantante metalero.
Volvió a comentar La Niña de Embajadores. Que bien.
Primero Xuxa, ahora Verónica Castro… que tal Lucia Mendez, otra figura vintage para Carlos Villagran
ResponderBorrarItati Cantoral, la enemiga de Thalia en María la del barrio
Borrarlo único que no entendí es porque canta La cucaracha
ResponderBorrarcon Q de Quico, no Q de Queson
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