Los Asesinos de Romme Strijd y Sacha Quenby #QUESO
Erase una vez, en una noche glamorosa de París, durante la semana de la moda primavera-verano, donde las luces de la Torre Eiffel parpadeaban como ojos de Queso Gruyere. En el Grand Palais, se celebraba un after-party exclusivo para élites del modelaje internacional. Allí, entre copas de champagne y flashes cegadores, se cruzaron dos Quesones: Carlos Machado y Carlos San Juan, dos modelos masculinos de porte imponente, altos (1,88 metros cada uno, quizás un poco más), con cuerpos esculpidos por gimnasios y dietas... pero sobre todo, por su adicción insaciable al Queso. Especialmente al Emmenthaler, ese Queso con agujeros que los volvía locos.
Ambos calzaban un talle 47, pies enormes y olorosos, patones de verdad, que después de un largo día de pasarela sudaban y emanaban un olor penetrante a Queso maduro, como si hubieran pisado una fábrica de Quesos rancios. Eran los Quesones por excelencia: fetichistas de los pies, asesinos seriales de mujeres en la sombra, siempre listos quesonear minas, en cualquier momento y lugar.
Del otro lado del salón, resplandecían dos bellezas internacionales. Romme Strijd, la holandesa nacida en 1995 en Zoetermeer, ex Ángel de Victoria's Secret, con su 1,82 metros de altura, melena rubia como el oro, ojos azules que hipnotizaban y un cuerpo de diosa de pasarela que había desfilado para Yves Saint Laurent y Marchesa.
Y a su lado, Sacha Quenby, la británica nacida en Londres en 2000, rising star de 1,78 metros, con curvas perfectas, cabello castaño ondulado y una cara de ángel travieso que la había llevado a campañas para Celine, Dior y Harper's Bazaar. Ambas, frescas y radiantes, sin imaginar el destino quesón que las esperaba.
Los dos Carlos, con sus sonrisas de depredadores, se acercaron. “¡Qué noche tan de Quesones!”, murmuró Carlos Machado, paraguayo que residía en Europa, mientras Carlos San Juan, español residente en Londres, olfateaba el aire como si ya oliera el festín. Charlaron, coquetearon, bebieron champagne en la suite de lujo del Hotel Plaza Athénée, con vistas a los Campos Elíseos.
Los Carlos, fieles a su ritual, sacaron de sus maletines dos enormes hormas de Queso Emmenthaler, envueltos en papel dorado. “Un regalo para las damas más bellas de París”, dijo San Juan con voz grave. Las chicas rieron, pero arrugaron la nariz: “No comemos Queso, chicos. Demasiado calórico para la pasarela”. Los Quesones sonrieron en la oscuridad de sus mentes. Perfecto.
Subieron a la habitación presidencial, una suite de ensueño con cama king size, jacuzzi y velas perfumadas. El champagne corría como un río dorado. Pero pronto, el verdadero festín comenzó. Los dos Carlos se quitaron los zapatos italianos caros, revelando sus pies gigantes, talle 47, sudados, calientes y con ese olor inconfundible a Queso, un aroma fuerte y penetrante, mezclado con sudor masculino. “Huelen... a Queso”, susurró Romme, medio fascinada, medio asqueada. “Exacto, princesas. Ahora, adoren”, ordenó Machado.
Las modelos, hipnotizadas por el poder Quesón, se arrodillaron. Primero olieron: narices pegadas a las plantas enormes, inhalando profundo ese hedor Quesón que impregnaba el aire. Luego besaron: labios suaves contra los arcos sudados. Chuparon: lenguas lamiendo entre los dedos, saboreando el Queso. Lamen: como gatitas en celo, recorriendo cada centímetro de esos pies patones que los Carlos frotaban contra sus caras. “¡Más fuerte, Quesoneadas!”, gemía Carlos San Juan, mientras sus pies enormes cubrían las bocas de las chicas. Ellas gemían, excitadas por el fetichismo prohibido.
El encuentro íntimo escaló a la locura. Los cuatro cuerpos se enredaron en la cama de seda. Los Carlos, con sus pijas duras como bloques de Queso, penetraron a las modelos con salvajismo Quesón: Romme cabalgando a Machado, Sacha doblemente tomada por San Juan. Gemidos, sudor, fluidos mezclados con el olor a pies y champagne. Sexo de gran intensidad, salvaje, con los pies de los Carlos aún en la cara de las chicas, obligándolas a lamer mientras follaban. Orgasmos múltiples, cuerpos temblando, “¡Queso, sí, Queso!”, rugían los Carlos.
En pleno clímax, mientras Romme aún cabalgaba con furia el miembro de Machado y Sacha gemía con la polla de San Juan enterrada hasta el fondo, los dos Carlos intercambiaron una mirada oscura, esa mirada que solo los verdaderos Quesones conocen. Sin detener el movimiento de sus caderas, Carlos Machado estiró la mano hacia la mesita de noche y se puso los guantes negros con un chasquido seco. Carlos San Juan hizo lo mismo, sonriendo con los dientes apretados.
“Ahora viene lo mejor, bellezas…”, susurró Carlos Machado con voz ronca, aún dentro de Romme.
El primer puñal, largo y afilado, se clavó directo en el pecho de Romme Strijd con una fuerza brutal. La hoja atravesó piel, músculo y costillas con un crujido húmedo y carnoso, como si partiera un Queso. La holandesa abrió los ojos de par en par, un grito ahogado escapó de su garganta mientras la sangre brotaba a borbotones, caliente y espesa, como una fontana de queso fundido rojo. El puñal entró y salió varias veces, cada estocada más profunda, desgarrando pulmones y corazón.
Al mismo tiempo, Carlos San Juan no se quedó atrás. Con un movimiento rápido y preciso, hundió su puñal en el abdomen suave y plano de Sacha Quenby. La hoja giró dentro de ella y gritó, un alarido agudo y desgarrador, pero Carlos San Juan la calló con otra puñalada más arriba, luego otra en el costado, y otra en el pecho, perforando con saña. La sangre salpicaba sus tetas perfectas, sus muslos, la cara de Carlos San Juan. Las puñaladas eran rápidas, precisas y salvajes.
Las dos modelos se retorcían entre los cuerpos de los Carlos, sus gemidos de placer transformados en gorgoteos ahogados y llantos desesperados. Romme intentó suplicar, pero solo consiguió balbucear con la boca llena de sangre: “¡No… por favor…!” antes de que Carlos Machado le diera el corte final, un tajo profundo y limpio en la garganta que abrió su cuello como una sonrisa sangrienta. La sangre salió a presión, pintando las paredes y el techo de la suite con salpicaduras rojas.
Sacha, aún con las tripas colgando, recibió el mismo destino: Carlos San Juan le clavó el puñal varias veces más en el cuello y el pecho hasta que sus movimientos se volvieron lentos, débiles, hasta que solo quedaron los últimos temblores de sus cuerpos siendo asesinadas.
Ya asesinadas, los Quesones se incorporaron. Con una sonrisa satisfecha y sádica, sacaron de sus maletines dos bloques grandes y frescos de Emmenthaler. Con gesto casi ceremonial, tiraron uno sobre el cuerpo ensangrentado de Romme Strijd; el queso rebotó pesadamente sobre sus tetas destrozadas y se quedó allí, sus agujeros llenándose poco a poco de sangre espesa. El segundo bloque cayó sobre el vientre abierto de Sacha Quenby, hundiéndose ligeramente entre sus tripas expuestas.
“Quesoneadas perfectas”, murmuraron al unísono, mientras el aroma del Emmenthaler se mezclaba con el olor metálico de la sangre fresca.
Los Quesones se limpiaron, se vistieron y abandonaron la suite como si nada. Rumbo al Aeropuerto Charles de Gaulle. Carlos San Juan embarcaba a Edimburgo en el vuelo de la mañana; Carlos Machado, a Varsovia. En la puerta de embarque, una figura elegante los esperaba: Lady Dumitrescu, la dama misteriosa de los círculos Quesones, con su capa negra y sonrisa vampírica. “Mis queridos Carlos, excelente trabajo en París. Las Quesonas holandesa y británica ya son leyenda sangrienta. Felicitaciones, y hasta la próxima cacería”. Los abrazó, les dio un último bloque de Emmenthaler como trofeo y los despidió con un guiño.
Los dos Carlos subieron a sus aviones, pies talle 47 ya calzados, listos para oler a Queso en el próximo destino. París olía a doble asesinato Quesón de alta calida. Fin del relato... por ahora. #Queso #CarlosMachado #CarlosSanJuan #QuesonesAsesinos #PiesQuesones #QuesoneadaEnParís





















es una historia clásica, pero eso es lo que queremos, muy buenas imágenes, funciona muy bien esas IA, da buenos resultados, Carlos Machado y Carlos San Juan, dos quesones siempre activos, y Lady Dumitrescu, ahí esta, aunque con la apariencia de la vieja del FMI (porqué'?)
ResponderBorrarcada imagen da paara un relato quesón en si mismo, o por lo menos, unos mini relatos, un post con Carlos San Juan y otro con Carlos Machado
ResponderBorrarno los pueden acusar de racismo: una blanca y una negra
ResponderBorrarSalvo por preferir a las atractivas, los quesones nunca discriminan.
Borrarson buenos Quesones estos dos, esta bien que tengan estos cuentos y esas imagenes, un bombazo
ResponderBorrarninguna mina puede escapar al queso, no hay vueltas
ResponderBorrarestuve investigando un poquillo, y estos dos chavales tienen unos instagram con un montón de imágenes muy interesantes, son dos quesones de verdad
ResponderBorrarhay muchas modelos europeas para quesonear, estos dos se harían un festín, y porque no en cuarteto, con Carlos Sainz y Charles Leclerc
ResponderBorrarbuena idea lo de los relatos con bonus track en imagenes, voy a empezar a googlear "modelos europeas" ya que como aca ya mataron a todas, y recomendar a quien le pueden tirar unos quesos
ResponderBorrar¿Qué pasa con la Lady está con esa apariencia y no con la de mujer joven? ¿Está con una conjunción lunar en contra? ¿O busca tener la apariencia de una quesoneada, como cuando fue un un poco como Julieta Prandi?
ResponderBorrarUna morocha y una rubia, además modelo de Victoria's Secret, son una dupla irresistible. Y cerca de esos dos estaban condenadas.
Me gustó la descripción sexual tan gráfica. Machado fue más lejos, asesinando a Romme, mientras seguía teniendo sexo con ella. Es que tal vez porque no se convirtió en piltrafa.
Lo de las tripas colgando de Sacha es algo digno de Screamn 7, con sexo. Las tetas perfectas no la salvaron.
belleza de relato, quiero más así, con estas galerías de dibujos
ResponderBorrarlos quesos siguen, y eso es bueno, no es mas que eso, es queso
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