LA NOCHE DE CARLOS #QUESO (UN SIMPLE RELATO QUESÓN)

(Post publicado originalmente en junio de 2021, versión mejorada, ampliada y actualizada)
El muchacho era alto, muy alto, casi dos metros de puro músculo y hueso, y sus pies… Dios, sus pies eran legendarios. Calzaba un cincuenta fácil, dos losas de carne sudorosa que parecían haber sido diseñadas para aplastar mundos. Llevaba zapatillas blancas gastadas que, al sacarselas, liberaban una nube densa, cálida, con ese olor penetrante y cremoso a Queso curado, a Queso apestoso y sudor de gimnasio. Se llamaba Carlos. Todos los Carlos huelen así. Todos los Carlos asesinan.
Ella era joven, bellísima, con una piel que brillaba bajo las luces tenues del motel. No dijo su nombre. Nunca lo dicen.
Se conocieron esa misma tarde en la pista de hielo. Él patinaba como si el hielo le perteneciera, con esos pies monstruosos metidos en patines que parecían botes. Ella tropezó adrede. Él la sostuvo. Una hora después estaban en una habitación de hotel barato, con las cortinas cerradas y el aire acondicionado roto.
Empezaron con un striptease lento, casi ceremonial. Carlos se quitó la camiseta dejando ver un torso depilado, perfecto para anuncios de colonia. Ella se quitó el vestido con movimientos de bailarina. Luego vinieron los pies. Él se sentó en la cama y levantó uno de sus pies gigantes ante la cara de ella.
—Huele —ordenó.
Ella obedeció. El olor era brutal, animal, a Queso azul fermentado durante semanas. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero sonrió.
—Tus pies huelen a Queso, Carlos.
—Claro que sí, nena. Soy un Carlos. Soy un Quesón. Todos olemos a Queso.
Ella se quitó los tacones. Sus pies eran pequeños, perfectos, con uñas pintadas de rojo y un perfume francés carísimo. Carlos los tomó como si fueran reliquias, los olió, los lamió, los mordió con delicadeza al principio y luego con hambre. Ella gemía.
Después vino el sexo salvaje. Se ataron con las corbatas de él, se azotaron con los cinturones, simularon patadas y latigazos. Él la penetró con furia, primero de frente, luego por detrás, gruñendo como bestia. Ella gritaba de placer y de dolor.
Cuando terminaron, ella estaba exhausta, temblorosa, cubierta de sudor y mordidas. Lo miró con ojos vidriosos y susurró:
—Carlos… Carlitos… ¡Caaaaaaarrrloooossssss! ¡Quiero más, Carlos!
Él se levantó desnudo, fue hasta su mochila y sacó los guantes negros de cuero. Se los puso lentamente.
—Vas a morir asesinada, nena.
Ella rió, pensando que era parte del juego.
—¿Por qué, Carlos?
—Porque te voy a asesinar, nena.
—¿Y por qué me vas a asesinar, Carlos?
—Porque soy un asesino, nena.
—¿Y por qué sos un asesino, Carlos?
—Porque me llamo Carlos, nena.
—¿Y por qué te llamas Carlos, Carlos?
—Porque me gusta el Queso, nena.
—¿Y por qué te gusta el Queso, Carlos?
—Porque soy un Quesón, nena.
—¿Y por qué sos un Quesón, Carlos?
—Porque voy a ofrecerte el Queso Final, nena.
—¿Y qué es el Queso Final, Carlos?
—Es el ritual, nena. El sacrificio al Gran Queso. Todo Carlos debe hacerlo. La ley del Quesón.
Sacó el cuchillo. Era largo, curvo, con mango de hueso negro que parecía…. Lo levantó bajo la luz de la lámpara.
Ella dejó de reír.
El primer corte fue en el cuello, profundo, limpio. La sangre brotó como fuente roja. Ella intentó gritar, pero solo salió un gorgoteo. Carlos la empujó contra la cama y empezó el ritual.
— QUESO —dijo con voz grave, casi religiosa.
Clavó el cuchillo en su pecho, una, dos, diez, veinte veces. Cada puñalada era acompañada de una palabra:
— QUESO
La sangre salpicaba las paredes, el techo, su cara. Ella se retorcía, los ojos abiertos de terror puro. Carlos le abrió el vientre con un tajo largo y metió la mano dentro, revolviendo como quien busca algo perdido.
Del bolso sacó la gran horma. Era un Gruyère enorme, de casi diez kilos, lleno de agujeros perfectos, oloroso, maduro. Lo levantó con las dos manos por encima del cuerpo destrozado de la chica asesinada.
—QUESO —sentenció.
Y lo dejó caer.
El Queso golpeó el torso abierto con un sonido húmedo y sordo. Se hundió entre las costillas rotas, llenando los huecos con su masa cremosa. La sangre y el Queso se mezclaron en una pasta rojiza y amarillenta.
—QUESO — volvió a decir contemplando la escena del crimen.
Se levantó, se quitó los guantes, se vistió con calma. Antes de salir, colocó sobre la cara destrozada de la chica una loncha fina de Queso que cubrió sus ojos abiertos para siempre.
—Buenas noches, nena —susurró.
Y cerró la puerta.
En la habitación quedó el olor: sangre, sexo, sudor… y Queso.
Mucho Queso.
QUESO.
































EL ASESINO DEL CUENTO, SOS VOS CARLOS?
ResponderBorrarUn Carlos genérico asesinando a una desconocida.
ResponderBorrarUna historia del mundo quesón.
¿Qué tal un relato en que un quesón termine con una mechera, una mujer anónima? Y sea aplaudido por comerciantes, que se cansaron de ser robados.
¿el mensaje de estos cuentos es que todos los Carlos son asesinos de mujeres?
ResponderBorrarestan historias anónimas estan buenas, debería haber más, el asesino podría ser cualquier Carlos, aunque para mí es el que escribe el blog
ResponderBorrardel cuento de la buena pipa al cuento del buen queso
ResponderBorrarDos películas que ví hace tiempo y que no recuerdo los nombres, seguramente hechas para TV, eran como los cuentos quesones, en una un chico joven conoce a una chica en una pista de patinaje (como dice este relato) y esa misma noche la asesina a puñaladas, en otra, un tipo mata mujeres que se estaban por casar, muy quesos los asesinos
ResponderBorrarentre tantos chabones quesoneados, no se olviden de Santiago Del Moro y Gastón Dulmau
ResponderBorrarBien. Sobre todo el primero. Para Carla Conte o Carla Quevedo.
Borrarun Quesón olvidado
ResponderBorrarhttps://www.goal.com/es/amp/noticias/que-paso-con-carlos-marinelli-el-nuevo-maradona-que/a0wlvpwalbax176bjirog6chw
un relato autobiográfico
ResponderBorrarCreo que entre los relatos con quesoneadas anónimas, estaría bien un relato con mecheras. Me refiero a esas mujeres que se meten mercadería entre las ropas, para irse de los negocios sin par. Generalmente roban ropa, pero también actúan en supermercados, robando vinos caros.
ResponderBorrarA veces actúan de a varias, teniendo una el papel de tapar a las otras.
Cuando son descubiertas, puede haber represalias. Llegan a golpearlas o desnudarlas para humillarlas. ¿Qué pasaría si un par de mecheras se encontrara con un Carlos deportista o músico?
excelente este repost, era como los Cuentos de ahora, una suerte de proto cuento queson
ResponderBorrarun Carlos que representa a todos los Carlos, un Queso para quesonear a todas las quesoneadas
ResponderBorrartu propia historia, Carlitos, tu propia historia
ResponderBorrarcayo la censura que hay estas actualizaciones?
ResponderBorrarLe faltó cumplir con uno de los 20 principios quesones, darle todo el sexo que la mujer pedía.
ResponderBorrarElla pidió más y el quesón debió darse.
Falta que se entreguen el Queso de Oro 2024, que podría ser para una quesona. Y las menciones de honor.
Y casi siendo el final de año se podrían entregar los de 2025.
Para mención especial voto a Lady Dumitrescu.