El Asesino de Wanda Nara (Mundos Alternos) #QUESO

Prólogo – “El Despertar en la Matrix Quesona”

Wanda Nara caminaba descalza por el living de su casa en Buenos Aires, el mármol frío bajo sus pies. Afuera llovía fuerte, pero adentro el aire estaba cargado de un perfume caro y algo más… algo que ya conocía demasiado bien. Ese olor a Queso, imposible de ignorar.

Se detuvo frente al enorme espejo del pasillo. Vestía solo una bata de seda negra que apenas le cubría los muslos. Se miró a los ojos y soltó una risa corta, nerviosa.

—Otra vez… —murmuró—. Ya sé cómo termina esto, boluda.

De repente, las luces del living parpadearon y se tiñeron de rojo sangre. Las páginas empezaron a caer del techo: hojas impresas del blog Cuentos Sangrientos, revoloteando como murciélagos. En una de ellas se leía claramente: “Los Asesinos de Wanda Nara”. En otra: “Queso”.

Wanda agarró una al vuelo y la arrugó con fuerza.

—¡Basta! ¡Ya me asesinaron como veinte veces! ¿Qué carajo quieren ahora? ¿Otro round? ¡Tengo hijos, tengo vida, tengo…!

No terminó la frase. El olor se hizo más fuerte. Queso. Sudor. Pies gigantes. Ese aroma que siempre precedía al ritual.

Desde el fondo del pasillo apareció una silueta alta. Guantes negros. Zapatos caros que apenas contenían unos pies imposibles. Wanda sintió que se le aflojaban las rodillas, aunque luchó contra esa sensación.

—Carlos… —dijo con voz ronca, entre risa y bronca—. ¿Cuál de todos sos vos esta vez? ¿El fiscal? ¿El modelo? ¿El Zorro de mierda del 1799? ¿O venís a repetir el de siempre con el machete?

La figura se acercó. Era alto, imponente, con esa elegancia fría que todos los Carlos compartían. Se quitó lentamente un zapato. El pie salió humeante, talla 49, venas marcadas, planta brillante de sudor. El olor a Queso invadió todo el ambiente como una ola.

Wanda se tapó la nariz, pero sus ojos brillaban con una mezcla de furia y algo más oscuro, más antiguo.

—Sabés que ya conozco el guion —dijo dando un paso atrás, aunque su cuerpo parecía querer avanzar—. Oler, lamer, coger como animales… y después el cuchillo, la katana, la motosierra, el puñal… siempre termina igual. Cabeza rodando y un Queso gigante arriba. “Queso”, decís. Siempre “Queso”.

Se rio. Una carcajada histérica, hermosa y aterradora, igual que la de Valeria Mazza en circunstancias similares.

—Pero esta vez es distinto —continuó, señalando el espejo donde su reflejo ya mostraba versiones asesinadas de ella misma riendo—. Voy a romper la Matrix. Voy a cambiar el final. No pienso dejar que me “Quesonees” de nuevo sin pelear.

El Carlos (o el que fuera esta vez) sonrió con calma. Extendió el pie enorme hacia ella. El olor era hipnótico, repulsivo y adictivo.

Wanda tragó saliva. Sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia… y excitación.

—Vení entonces, boludo —susurró, arrodillándose lentamente a pesar de su propia voluntad—. Pero te aviso: esta vez voy a intentar asesinarte yo primero.

El prólogo del loop se cerró. El delirio multiversal se abrió de nuevo.

Y en algún lugar, el universo Quesón se rio con ella.













Capítulo 1: El Fiscal Carlos Gonella (Queso Judicial)

Wanda Nara se encontraba sentada en una silla de cuero negro dentro de una sala de interrogatorios que parecía más un departamento de lujo que una fiscalía. Las paredes eran de vidrio esmerilado, las luces tenues y rojas. Sabía perfectamente dónde estaba: otro mundo alterno, otra vuelta de la Matrix Quesona.

Frente a ella, revisando unos papeles con lentitud deliberada, estaba el Fiscal Carlos Gonella. Alto, traje impecable oscuro, cabello peinado hacia atrás. Pero lo que más destacaba eran los guantes negros de cuero fino que no se había quitado ni un segundo. Guantes quirúrgicos por encima, pero de cuero por debajo. Fetichista hasta la médula.

—Doctora Nara —dijo con voz grave y profesional, sin levantar la vista—, está acusada de obstrucción a la justicia… y de intentar escapar del guion. Otra vez.

Wanda soltó una risa corta y nerviosa.

—Mirá vos. El fiscal Carlos Gonella. ¿Ahora también sos parte del club de los Carlos, de esos Quesos? Qué original. ¿Vas a leerme mis derechos antes de asesinarme o directamente pasamos al ritual de siempre?

Gonella finalmente levantó la mirada. Sus ojos eran fríos, calculadores. Se puso de pie lentamente y rodeó la mesa. Los guantes negros crujieron cuando flexionó los dedos.

—Sabés cómo funciona esto —murmuró—. Pero me gusta cuando intentás resistir. Hace que el final sea más… satisfactorio.

Wanda intentó levantarse, pero una fuerza invisible (el loop) la mantuvo clavada en la silla. Carlos Gonella se acercó y se quitó lentamente un zapato. El pie salió: talla 49, venas marcadas, planta ancha y brillante de sudor. El olor a Queso apestoso, sudor de todo el día en tribunales y algo más oscuro invadió la sala.

—Olé —dijo Wanda entre dientes, luchando contra el impulso—. Ya conozco ese olor. Es el mismo de siempre. Queso… siempre el puto Queso.

Carlos Gonella puso el pie enorme sobre la mesa, justo frente a su cara. Los guantes negros le sujetaron la nuca con firmeza.

—Lamé.

Wanda resistió unos segundos, temblando de rabia… hasta que el olor la golpeó. Enterró la cara en la planta caliente y sudada. Primero con odio, después con hambre. Su lengua recorrió cada pliegue, lamió entre los dedos gruesos, chupó el talón calloso. Cada lamida iba acompañada de un gemido ahogado y una risa rota.

—Hijo de puta… —susurraba entre lengüetazos—. Sé que esto termina mal… pero no puedo parar…

Carlos Gonella sonrió por primera vez. Se quitó el otro zapato y la levantó como si no pesara nada. La tiró sobre la mesa de interrogatorios. Le arrancó la ropa con violencia contenida. Los guantes negros recorrieron su cuerpo, apretando, marcando. Wanda lo montó con furia, cabalgándolo mientras seguía lamiendo el pie que él le ponía en la cara. El sexo fue brutal, salvaje, lleno de insultos y gemidos. Ella intentaba dominar, arañarlo, morderlo… pero los guantes negros la controlaban.

—Esta vez no vas a ganarla —jadeaba Wanda mientras se corría—. Voy a romper el loop… te voy a…

No terminó la frase.

Carlos Gonella, todavía dentro de ella, sacó de debajo de la mesa un gran cuchillo de hoja ancha y afilada. Los guantes negros brillaron bajo la luz roja mientras lo clavaba con fuerza precisa en el costado de Wanda. Una puñalada. Dos. Tres. Cuatro. Profundas, rituales. La sangre salpicó la mesa y los guantes negros.

Wanda arqueó la espalda, tosiendo sangre, pero seguía riendo.

—Otra vez… boludo… con cuchillo… —balbuceó entre risas y gorgoteos—. Sabía que ibas a usar los guantes… siempre los guantes negros…

Carlos siguió penetrándola mientras la apuñalaba una y otra vez, metódico, casi judicial. El último golpe fue directo al corazón. Wanda convulsionó, sus ojos vidriosos aún llenos de desafío.

El fiscal se levantó, todavía con los guantes negros manchados de sangre. Tomó una horma enorme de Queso Gruyere que apareció sobre la mesa (como siempre) y la dejó caer pesadamente sobre el cuerpo ensangrentado y desnudo de Wanda.

—Queso —dijo con voz fría y satisfecha.

La cabeza de Wanda, todavía con los ojos entreabiertos, soltó una última risa débil.

—…te voy a… romper… el guion… la próxima…

La sala se oscureció. El loop continuó.












Capítulo 2: Charlie Villanueva (Motosierra en Nueva York)

El olor a Queso todavía le impregnaba la nariz cuando el mundo cambió de nuevo.

Wanda abrió los ojos y ya no estaba en la sala de interrogatorios. Ahora se encontraba en un loft industrial enorme en el Lower East Side de Nueva York. Ventanales del piso al techo, luces de neón rosadas y azules que entraban desde la calle, el ruido lejano de sirenas y bocinas. Vestía solo un vestido corto de diseñador roto en varios lugares, tacones altos y nada más.

—Nueva York… claro —murmuró, tocándose el costado donde Gonella la había apuñalado. No había herida. El loop la había “reseteado” otra vez—. Siempre me mandan a la ciudad que nunca duerme para que me duerman para siempre.

La puerta del loft se abrió con un golpe seco.

Charlie Villanueva entró. Dos metros con once centímetros de puro músculo dominicano-americano. Ex jugador de la NBA, hombros anchos, brazos tatuados y una mirada hambrienta. Llevaba una campera de cuero abierta, jeans y zapatillas enormes. Talle 53 o 54, mínimo. En la mano derecha arrastraba casualmente una motosierra apagada, como si fuera un accesorio más.

—Wanda Nara —dijo con una sonrisa ancha y peligrosa, acento neoyorquino marcado—. Me dijeron que ibas a intentar romper el guion esta vez. Qué lindo. Me gustan las que pelean.

Wanda retrocedió hasta chocar contra una columna de hormigón. Intentó mantener la voz firme.

—Charlie Villanueva. El grandote de la NBA. Ya sé cómo termina esto también. Pies gigantes, olor a Queso después del partido, me hacés lamerlos, me cogés como un animal… y después la motosierra. ¿No se cansan de repetir la fórmula?

Charlie Villanueva soltó una carcajada grave. Se sentó en un sillón de cuero negro frente a ella y se quitó lentamente una zapatilla. El pie salió: talla 53-54, enorme, venoso, la planta ancha y brillante de sudor después de “entrenar” todo el día. El olor golpeó a Wanda como un tackle: Queso fuerte, sudor de basquetbolista, un toque de cancha de Nueva York.

—Vení —ordenó, extendiendo el pie—. Sabés que no podés resistir.

Wanda apretó los dientes. Intentó correr hacia la puerta, pero el loop la trajo de vuelta como un imán. Cayó de rodillas frente a él. Con lágrimas de rabia en los ojos, enterró la cara en aquel pie gigantesco. Primero lo olió con asco. Después, con hambre creciente. Su lengua recorrió la planta sudorosa, lamió entre los dedos gruesos, chupó el talón mientras gemía de frustración y placer.

—Hijo de puta… siempre el mismo olor… siempre el Queso… —jadeaba entre lamidas.

Charlie la levantó sin esfuerzo, la tiró sobre una mesa de acero y le arrancó lo poco que quedaba del vestido. El sexo fue animal, brutal, neoyorquino puro. Él la penetraba con fuerza mientras ella seguía lamiéndole el otro pie, gritando insultos mezclados con gemidos. Wanda intentaba dominar, arañarle la espalda, morderle el cuello, pero Charlie la controlaba con facilidad. La motosierra apagada estaba tirada a un costado, amenazante.

—Esta vez… te voy a… —intentaba decir Wanda mientras se corría violentamente.

No pudo terminar.

Charlie agarró la motosierra con una mano. La encendió con un rugido ensordecedor. El ruido llenó el loft entero. Wanda abrió los ojos como platos.

—¡No! ¡Charlie, esperá! ¡Podemos negociar! ¡Tengo contactos! ¡Puedo…!

El primer corte fue en el hombro. Sangre caliente salpicó las paredes de ladrillo visto. Wanda gritó. El segundo corte le abrió el pecho. El tercero casi le separó un brazo. Charlie seguía follándola mientras la destrozaba con la motosierra, trozos de carne y sangre volando por el aire. Era un baño de gore brutal, ruidoso y sin piedad.

Wanda, ya casi en pedazos, todavía soltó una risa rota y gorgoteante.

—…motosierra en Nueva York… qué grone de mierda… otra vez… el loop…

Con el cuerpo convulsionando, Charlie Villanueva apagó la motosierra, tomó una rueda gigantesca de Queso y la dejó caer pesadamente sobre lo que quedaba de Wanda.

—Queso —gruñó satisfecho.

La cabeza de Wanda, medio separada del cuerpo, aún tuvo fuerzas para susurrar con una sonrisa sangrienta:

—…la próxima… te corto yo la cabeza a vos… boludo…

El loft se oscureció. Nueva York siguió brillando afuera.

El loop continuaba.












Capítulo 3: Carlos Machado en Milán (Un Giallo Italiano)

El loft neoyorquino se disolvió en un torbellino de colores saturados. Cuando Wanda abrió los ojos, estaba en Milán.

Era de noche. Un palazzo antiguo reconvertido en estudio de moda para la Fashion Week. Luces rojas y doradas, espejos enormes, telas de seda y terciopelo colgando como cortinas de teatro. El aire olía a perfume caro, incienso y… ese maldito Queso otra vez.

Wanda llevaba un vestido largo plateado, casi transparente, de alta costura. Tacones de aguja. Se miró en uno de los espejos y soltó una risa amarga.

—Milán… claro. Ahora viene el capítulo bonito. El giallo de mierda.

Una figura elegante apareció caminando entre las sombras de las columnas. Carlos Machado. Modelo internacional, 1,87 m de proporciones perfectas, rostro afilado y mirada peligrosa. Traje negro impecable, camisa abierta, guantes de cuero negro fino. En la mano derecha sostenía un estilete largo y delgado, casi quirúrgico.

—Bella Wanda —dijo con acento paraguayo, pues era oriundo de la tierra guaraní —. Siempre tan hermosa… incluso sabiendo cómo termina la película.

Wanda retrocedió, pero sus tacones resonaban en el piso de mármol como una sentencia.

—Carlos Machado. El modelo. El que trabaja en Europa. Ya sé tu guion también. Vas a hacer que sea “artístico”. Múltiples puñaladas bonitas, como en las películas de Argento. Sangre que chorrea como pintura. ¿Me equivoco?

—No te equivocas, agrega los streap tease también. En la tierra de Argento, hace de cuenta que sos un personaje de un giallo, caro ragazza.

Carlos Machado sonrió con encanto letal. Se sentó en un diván de terciopelo rojo y se quitó lentamente un zapato italiano hecho a mano. El pie salió: talla 48, largo, delgado pero poderoso, planta ligeramente sudada después de horas en el backstage. El olor a Queso maduro italiano se elevó como una nota de perfume caro y prohibido.

—Primero… el ritual —susurró.

Wanda luchó. Corrió hacia una puerta, pero el loop la devolvió al centro de la sala. Cayó de rodillas frente a él. Con lágrimas de impotencia, tomó el pie entre sus manos y enterró la cara en él. Lo olió profundamente. Lo lamió con lentitud al principio, después con desesperación. Su lengua recorrió cada dedo, chupó la planta, mordió suavemente el talón mientras gemía.

—Siempre… siempre termino lamiendo… —susurró entre lengüetazos—. Pero esta vez voy a cambiarlo… te juro que…

Carlos la levantó con elegancia. La llevó hasta una pasarela improvisada en el centro del salón, rodeada de espejos. Le arrancó el vestido plateado con un movimiento fluido. El sexo fue sensual, cinematográfico, casi coreografiado. Carlos la penetraba con movimientos precisos y profundos mientras Wanda le lamía el otro pie, montándolo con furia y deseo. Los espejos multiplicaban sus cuerpos desnudos bajo las luces rojas y doradas. Era bello y obsceno al mismo tiempo.

Wanda intentaba dominar el ritmo, arañarle el pecho, susurrarle al oído:

—Pará… podemos irnos juntos… romper el loop… no tenés que asesinarme…

Carlos solo sonrió. En un movimiento fluido, tomó el puñal o cuchillo, es lo mismo.

La primera puñalada fue casi delicada: en el costado, como un corte de modista. Sangre roja brillante corrió por la piel pálida de Wanda. Ella jadeó.

La segunda fue más profunda, en el abdomen. La tercera en el pecho, cerca del corazón. Cada puñalada era precisa, artística, como si estuviera firmando una obra. La sangre salpicaba los espejos y el piso de mármol creando patrones casi bellos.

Wanda se arqueaba, tosiendo sangre, pero aún reía entre gemidos de dolor.

—Qué… elegante… hijo de puta… múltiples puñaladas… como en las películas… —balbuceó—. Pero sigo viva… sigo aquí… el loop no me va a ganar…

Carlos siguió follándola mientras la apuñalaba una y otra vez. Ocho, nueve, diez puñaladas. Cada una más profunda. La sangre corría por el cuerpo de Wanda como un vestido rojo líquido. Finalmente, un último golpe certero al corazón.

Wanda convulsionó, sus ojos vidriosos mirándolo con desafío.

—…la próxima… te corto yo el traje… boludo…

Carlos Machado se levantó, todavía impecable a pesar de la sangre. Tomó una rueda grande de que apareció sobre la pasarela y la dejó caer suavemente sobre el cuerpo destrozado y hermoso de Wanda.

—Queso —dijo con voz baja y elegante, casi susurrando.

Los espejos reflejaron la escena desde todos los ángulos: una obra maestra de giallo.

Wanda, con los últimos segundos de conciencia, soltó una risa débil y rota:

—…Milán… siempre tan fashion… hasta para asesinarme…

Las luces se apagaron lentamente.

El loop continuaba.












Capítulo 4: Carlos Eisler (La América Española 1799)

El palazzo de Milán se disolvió en una bruma de sangre y seda. Cuando Wanda abrió los ojos, el aire era distinto: cálido, húmedo, cargado de olor a tierra, jazmín y cuero.

Estaba en una hacienda colonial de la América Española, año 1799. Luna llena. Antorchas encendidas. Vestía un vestido de época blanco y rojo, escotado, con corsé que le marcaba las curvas. Parecía una dama criolla de alta sociedad… o la víctima perfecta.

—1799… —susurró Wanda, tocándose el pecho donde Carlos Machado la había apuñalado—. Ahora me mandan al pasado. Qué original.

Un caballo relinchó cerca. De las sombras surgió una figura montada: capa negra ondeando, sombrero de ala ancha con máscara, espada al cinto. Desmontó con elegancia felina.

Carlos Eisler. 1,92 m de altura, cuerpo atlético y elegante, cabello oscuro. La “marca C” bordada en plata en su capa. El Zorro de los Quesones. Sus botas altas ocultaban (apenas) unos pies de talla 48.

—Doña Wanda —dijo con voz grave y seductora, haciendo una reverencia teatral—. En este siglo también os persigue el destino. ¿O ya sabéis que no podéis escapar?

Wanda retrocedió hacia el interior de la hacienda, iluminada por candelabros. Intentó agarrar un candelabro como arma.

—Carlos Eisler. El espadachín. El de la marca C. Ya sé quién sos. El Zorro fetichista. Vas a hacer que sea romántico, ¿no? Capa, espada, pies sudados después de cabalgar… y al final me abrís en dos. Pero esta vez no va a ser tan fácil.

Carlos sonrió bajo la máscara. Entró a la sala principal y cerró las puertas con pestillo. Se quitó las botas altas lentamente. Los pies salieron: grandes, calientes, marcados por horas de cabalgar. El olor a Queso curado, cuero y sudor de jinete invadió la estancia.

—Arrodillaos, mi señora.

Wanda luchó. Corrió hacia una ventana, pero el loop la trajo de vuelta frente a él. Cayó de rodillas sobre las alfombras persas. Con lágrimas de furia, tomó aquellos pies coloniales y los adoró. Los olió profundamente, lamió las plantas polvorientas y sudorosas, chupó cada dedo grueso mientras gemía de rabia y excitación.

—Siempre… siempre termino aquí… lamiendo pies de Carlos… —susurraba entre lengüetazos—. Pero te juro que esta vez voy a clavarte tu propia espada…

Carlos Eisler la levantó con fuerza caballeresca. La tiró sobre una mesa grande de roble. Le arrancó el corsé y el vestido con la espada, cortando las telas con precisión. El sexo fue apasionado, salvaje y romántico al mismo tiempo: contra la mesa, sobre las alfombras, a la luz de las velas. Wanda lo montaba con furia, lamiéndole los pies mientras él la penetraba profundamente, capa negra aún sobre los hombros. Ella arañaba, mordía, intentaba tomar la espada. Él reía y la dominaba.

—Esta vez… te asesino yo… —jadeaba Wanda mientras se corría.

Carlos Eisler, todavía dentro de ella, desenvainó la espada. La hoja brilló bajo la luz de las velas.

—Para la marca C, la marca C de Carlos —susurró.

El primer tajo fue limpio: un corte profundo en el costado. Wanda gritó. El segundo en el pecho. El tercero en el vientre. Cada estocada era elegante, precisa, casi un baile. La sangre corría por su cuerpo desnudo como un vestido rojo colonial. Wanda se arqueaba, tosiendo sangre, pero aún reía.

—…el Zorro… siempre tan dramático… —balbuceó—. Pero sigo aquí… sigo resistiendo… el loop no va a ganarme…

Con un movimiento final y maestro, Carlos Eisler le atravesó el corazón. Wanda convulsionó, sus ojos clavados en él con desafío.

El espadachín se levantó, limpió la espada con su capa y tomó una rueda grande de Queso (traída de alguna bodega secreta del Virreinato) que apareció sobre la mesa. La dejó caer sobre el cuerpo ensangrentado de Wanda.

—Queso —dijo con voz solemne, quitándose la máscara por un segundo. Su rostro era el de siempre: frío, elegante y letal.

Wanda, con los últimos segundos de vida, soltó una risa débil y rota:

—…1799… y sigo muriendo igual… la próxima vez… te corto la capa… Carlos de la marca C…

Las antorchas se apagaron. El siglo XVIII se desvaneció.

El loop continuaba.












Capítulo 5: Karl Malone (Cacería en el bosque)

El siglo XVIII se disolvió entre sangre y tela rasgada. Cuando Wanda recuperó la conciencia, el aire era frío, húmedo y olía a pino, tierra mojada y musgo.

Estaba en un bosque denso, casi prehistórico. Estaba en Wyoming, en el Noroeste de los Estados Unidos, Estado famoso por sus bosques. Árboles gigantes, niebla baja, luz tenue de un atardecer que parecía eterno. Vestía ropa de trekking moderna rota: pantalones ajustados, campera ligera y botas. Nada que le sirviera realmente para huir.

—Un bosque… —murmuró Wanda, mirando alrededor con la respiración agitada—. Ahora soy la presa. Qué sorpresa.

A lo lejos oyó un silbido bajo. Luego, pasos pesados.

Karl Malone apareció entre los árboles. Dos metros trece de puro músculo, ex estrella de la NBA, “The Mailman”. Camuflaje oscuro, rifle largo con silenciador en las manos, mochila. Su mirada era la de un cazador paciente.

—Wanda Nara —dijo con voz grave y profunda—. Corriste mucho en los otros mundos. Acá no hay donde esconderte.

Wanda empezó a correr. Zigzagueó entre los árboles, saltó raíces, el corazón latiéndole con fuerza. Karl la seguía sin prisa. De vez en cuando disparaba: el silenciador hacía un “pfft” seco y una bala impactaba cerca, astillando la corteza de un árbol. No quería asesinarla todavía. Quería cazarla.

Después de varios minutos de persecución, Wanda tropezó y cayó en un claro. Karl apareció frente a ella, imponente.

—Fin de la carrera —dijo.

Se sentó en un tronco caído y se quitó una bota. El pie salió enorme: talla 53, venoso, calloso, brillante de sudor después de horas caminando por el bosque. El olor a Queso fuerte, sudor de deportista y tierra húmeda invadió el claro.

Wanda, exhausta y temblando, intentó gatear lejos. El loop la arrastró de vuelta. Cayó de rodillas y enterró la cara en aquel pie gigantesco. Lo olió con desesperación, lo lamió, chupó los dedos gruesos y la planta sucia mientras gemía de rabia.

—Siempre… siempre termino oliendo pies… —jadeaba—. Pero esta vez voy a escaparme… te voy a dejar tirado en este bosque de mierda…

Karl Malone sonrió. La levantó como si no pesara nada y la apoyó contra un árbol. El sexo fue brutal, animal, propio de una cacería. La penetró de pie, con fuerza salvaje, mientras Wanda le lamía el otro pie que él mantenía en alto. Ella intentaba arañarlo, morderlo, escapar… pero el placer y el loop la traicionaban. Se corrió gritando insultos y gemidos.

Cuando terminaron, Karl Malone no le dio respiro.

Sacó el rifle con silenciador. El primer disparo le dio en el muslo. Wanda gritó y cayó. El segundo en el hombro. El tercero en el abdomen. Cada impacto era preciso, controlado, como si estuviera entregando el correo de la muerte.

Wanda se arrastraba por el suelo del bosque, dejando un rastro de sangre.

—…cazador de mierda… —tosía sangre, riendo débilmente—. Creés que ganaste… pero sigo aquí… sigo resistiendo el loop…

Karl Malone se acercó, apuntó con calma y disparó el tiro final: directo al corazón. Wanda se arqueó violentamente y quedó inmóvil, con los ojos abiertos y una sonrisa desafiante congelada.

Karl Malone tomó de su mochila una rueda grande de Queso y la dejó caer pesadamente sobre el cuerpo ensangrentado.

—Queso —dijo con voz baja y respetuosa, como quien cumple un ritual antiguo.

El bosque quedó en silencio. Solo se oía el viento entre los árboles.

Wanda, en sus últimos segundos de conciencia, susurró:

—…la próxima… te cazo yo a vos… Mailman de mierda…

La niebla se cerró.

El loop continuaba.












Capítulo 6: Carlos San Juan (El Sol de Andalucía)

La niebla del bosque se disolvió entre sangre y disparos silenciados. Cuando Wanda abrió los ojos, el calor la golpeó como una bofetada.

Estaba en Sevilla, de noche. Un tablao flamenco antiguo, lleno de velas y sombras. El aire olía a vino, azahar, sudor y canela. Vestía un vestido rojo de flamenca, con volantes y escote profundo, el pelo suelto y una rosa roja en la oreja.

Sevillanas, bulerías y pasodobles sonaban de fondo, tocados por guitarras invisibles.

—Ahora… ópera —murmuró Wanda, tocándose el pecho donde Malone la había baleado—. Carmen. Traición y puñal. Qué poético.

De las sombras del tablao surgió Carlos San Juan. Alto, moreno, traje corto de torero negro con bordados plateados, pañuelo rojo al cuello. Mirada apasionada y peligrosa. En la mano derecha brillaba un puñal afilado de hoja curva.

—Mi Carmen… —dijo con acento andaluz marcado, acercándose con pasos de baile—. Siempre volvés a Sevilla. Siempre volvés a mí.

Wanda retrocedió hacia el centro del tablao. Las guitarras aceleraron.

—Carlos San Juan. El andaluz. Ya sé tu rol. Vas a hacerme bailar, me vas a coger con pasión, y después me vas a clavar el puñal como en la ópera. Pero esta vez no pienso caer tan fácil.

—En realidad soy canario, no andaluz, pero da igual pues estamo en Sevilla, mi niña, además para vosotros los argentinos somos todos gallegos.

Carlos sonrió con fuego en los ojos. Empezaron a bailar. Sevillanas primero, intensas, provocadoras. Luego bulerías más rápidas y salvajes. Wanda bailaba con rabia y arte, intentando dominar el ritmo. Pero el loop la traicionaba. Carlos la atraía hacia sí.

Se quitó las botas de tacón alto de torero. Sus pies salieron: talla 48, calientes, sudados después del baile, con un olor intenso a Queso, sudor y tierra de plaza de toros.

—Arrodíllate y honra al torero —ordenó.

Wanda luchó, pero cayó de rodillas en el tablao. Enterró la cara entre aquellos pies ardientes y los adoró. Los olió, los lamió con desesperación, chupó cada dedo mientras las guitarras seguían sonando. Gemía de frustración y placer.

—Siempre… siempre termino lamiendo pies… en Sevilla también… —jadeaba entre lamidas.

Carlos la levantó con pasión. La tiró sobre una mesa de madera entre botellas de vino. Le subió el vestido y la penetró con fuerza gitana, salvaje y teatral. Bailaban mientras follaban: pasodobles, giros, golpes de cadera. Wanda lo arañaba, le mordía el cuello, intentaba quitarle el puñal del cinto.

—Esta vez te mato yo… —gemía mientras se corría—. Rompo el guion… rompo la ópera…

Carlos San Juan, todavía dentro de ella, sacó el puñal.

El primer golpe fue pasional: directo al costado. Wanda gritó. El segundo en el pecho. El tercero en el vientre. Cada puñalada acompañada de un golpe de guitarra. Sangre salpicando los volantes rojos del vestido. Era dramático, trágico, bello y horrible.

Wanda se arqueaba, tosiendo sangre, pero seguía riendo con voz rota.

—…como en Carmen… el puñal del torero… qué cliché andaluz… pero sigo viva… sigo resistiendo…

Con un último movimiento teatral, Carlos le clavó el puñal en el corazón. Wanda convulsionó entre sus brazos, aún bailando débilmente.

Carlos la sostuvo un momento, como en el final de la ópera. Luego tomó una rueda grande de Queso manchego que apareció sobre la mesa y la dejó caer sobre el cuerpo ensangrentado.

—Queso —dijo con voz grave y apasionada.

Las guitarras callaron.

Wanda, con los ojos vidriosos, susurró una última vez:

—…Olé… hijo de puta… la próxima… te clavo yo el puñal…

Las velas se apagaron. Sevilla se desvaneció.

El loop continuaba.












Capítulo 7: Carlos Monzón (Los Años Setenta)

El tablao sevillano se disolvió entre puñaladas y guitarras. Cuando Wanda abrió los ojos, el calor era distinto: pegajoso, tenso, cargado de cigarrillo, asado y miedo.

Estaba en Buenos Aires, 1978. Un departamento lujoso en Recoleta, durante el Mundial. Afuera se escuchaban bocinas, cánticos de Argentina y el ambiente pesado de la dictadura. Wanda llevaba un vestido elegante de la época, pelo voluminoso y maquillaje dramático. Parecía una actriz o vedette de la época.

En el living, sentado en un sillón con un vaso de whisky, estaba Carlos Monzón. El campeón mundial de boxeo. Físico imponente, torso marcado, mirada dura y carismática. A su lado, en una foto sobre la mesa, se veía a Susana Giménez sonriendo. La relación era pública en este mundo.

Monzón la miró de arriba abajo y sonrió con esa mezcla de encanto y peligro que lo caracterizaba.

—Wanda… siempre aparecés en los momentos más difíciles del país. Como Susana. Pero vos… vos sos diferente. Vos sabés que esto es un loop.

Wanda retrocedió hacia la ventana. Afuera se veían banderas argentinas y patrullas.

—Carlos Monzón. El campeón. El de Susana Giménez. Ya sé cómo termina esto también. Me vas a coger con toda tu fuerza de boxeador, me vas a estrangular… y después el Queso. Pero esta vez voy a pelear como nunca.

Carlos Monzón se puso de pie. Se quitó los zapatos. Sus pies salieron: talla 49, grandes, fuertes, sudados después de un día de entrenamiento. El olor a Queso fuerte, sudor de ring y cuero invadió el departamento.

—Vení —ordenó.

Wanda intentó resistir. Corrió hacia la puerta, pero el loop la trajo de vuelta. Cayó de rodillas y adoró aquellos pies de campeón. Los olió, los lamió con furia, chupó los dedos gruesos mientras las transmisiones del Mundial sonaban de fondo en la tele.

—Siempre… siempre termino lamiendo… hasta en el ’78… —gemía.

Carlos la levantó con su fuerza legendaria y la tiró sobre la cama grande. El sexo fue brutal, físico, de boxeador. La penetraba con golpes potentes, la levantaba, la tiraba. Wanda lo arañaba, lo mordía, intentaba dominarlo, gritando insultos y gemidos. Afuera sonaban los goles de Argentina.

—Esta vez… te voy a noquear yo… —jadeaba Wanda mientras se corría.

Carlos, todavía dentro de ella, pasó sus manos fuertes alrededor de su cuello. Empezó a estrangularla. Sus dedos de boxeador apretaban con precisión letal. Wanda se debatía, arañándole los brazos, pataleando. Su cara se ponía roja, luego morada.

—…Carlos Monzón… como con las otras… —logró susurrar con voz ahogada—. Pero yo… sigo aquí… rompo el loop…

La estrangulación fue larga, cruel y personal. Wanda convulsionó violentamente, sus ojos fijos en los de él con desafío hasta el final. Cuando dejó de moverse, Carlos Monzón la soltó y se levantó.

Tomó una rueda grande de Queso que apareció sobre la mesa de noche (un “Queso Mar del Plata” de la época) y la dejó caer sobre el cuerpo sin vida de Wanda.

—Queso —dijo con voz ronca, casi como un round final.

En la tele, Argentina 6, Perú 0, Argentina finalista. Afuera el país festejaba.

Wanda, en sus últimos segundos de conciencia, logró articular con voz rota y una sonrisa sangrienta:

—…campeón… la próxima… te mando al ring yo… decile a Susana… que la Matrix es una mierda…

La habitación se oscureció. El año 1978 se desvaneció.

El loop continuaba.












Capítulo 8 (Final): Carlos Matías Sandes – El Canon Oficial

Todos los mundos se derrumbaron al mismo tiempo.

Wanda abrió los ojos por última vez en su propia casa, la misma donde todo había empezado en 2013. La misma sala, los mismos muebles, la misma noche. Pero ahora ella llevaba encima las marcas de todos los mundos: cortes, moretones, recuerdos de puñaladas, balazos, estrangulaciones y espadas. El loop la había traído de vuelta al origen.

—Esta vez… —susurró con voz rota pero llena de fuego—. Esta vez lo termino yo.

La puerta se abrió.

Carlos Matías Sandes entró. 2,02 metros de altura imponente, cuerpo robusto de basquetbolista profesional. Camiseta de Quimsa, pantalones cortos, guantes negros y sin medias. Sus pies eran monstruosos: talla 55, gigantes, venosos, con una planta ancha y brillante de sudor. El olor a Queso era abrumador, el más intenso de todos los Carlos.

Llevaba una horma enorme de Queso bajo el brazo y un machete en la mano derecha.

—Volviste al principio, Wanda —dijo con voz profunda y tranquila—. Soy el mismo de siempre. Fiel esposo de Maru. Excelente padre. Y el Quesón más implacable que existe. Las mujeres tiemblan al escuchar mi nombre. CARLOS MATÍAS SANDES.

Wanda lo miró con odio, cansancio y una risa histérica que ya no podía contener.

—Carlos Matías Sandes… el canon. El original. El Top. Sabés que te vi en todos los mundos. Asesinandome de todas las formas posibles. Pero esta vez vine preparada. No pienso dejar que me decapites como la primera vez.

Sandes sonrió con calma. Se sentó en el sillón y extendió uno de sus pies gigantes talla 55. El olor invadió todo.

—Primero el ritual. Siempre.

Wanda luchó con todas sus fuerzas. Intentó correr, agarrar un cuchillo de la cocina, romper una ventana. El loop la devolvió una y otra vez hasta que cayó de rodillas frente a aquellos pies colosales. Con lágrimas de rabia y resignación, los olió, los lamió, los adoró con desesperación. Su lengua recorría cada pliegue, chupaba el sudor espeso, mordía los talones mientras gemía.

—Siempre… siempre termino aquí… lamiendo tus putos pies de talla 55… —lloraba y reía al mismo tiempo.

Sandes la levantó sin esfuerzo y la llevó a la cama. El sexo fue brutal, salvaje, idéntico al del relato original pero cargado de toda la memoria multiversal. Wanda lo montaba con furia, arañándolo, mordiéndolo, intentando dominarlo mientras le lamía el otro pie. Gritaba, insultaba, suplicaba y se corría al mismo tiempo.

—Esta vez… no vas a ganar… —jadeaba.

Pero Sandes era implacable. En medio del orgasmo, tomó el machete con ambas manos.

El golpe fue perfecto. Limpio. Poderoso.

La cabeza de Wanda Nara voló en un arco de sangre, rodando por el piso hasta detenerse contra la pata de la cama. Su cuerpo decapitado se convulsionó unos segundos más y quedó inmóvil.

Sandes, todavía excitado y cubierto de sangre, tomó la horma enorme de Queso y la lanzó con fuerza sobre el cuerpo sin cabeza.

—Queso —dijo con voz grave y satisfecha.

Luego sacó su teléfono, levantó la cabeza de Wanda por el pelo, se puso al lado del cuerpo y sacó una selfie perfecta: él sonriendo tranquilo, la cabeza sangrante en la mano y el Queso como corona macabra.

Guardó la foto, envió un mensaje con un solo texto: “Objetivo cumplido. Loop cerrado.”

Se calzó nuevamente sus zapatillas, miró el cuerpo por última vez y murmuró casi con cariño:

—Hasta la próxima, Wanda. Sos la mejor.

Cerró la puerta detrás de sí.

En el silencio de la casa, la cabeza de Wanda, con los ojos aún abiertos, soltó una última risa débil y rota que pareció resonar en todos los mundos:

—…otra vez… pero la próxima… juro que te gano…

El loop se cerró.

O tal vez… solo empezó de nuevo. QUESO

FIN




























Comentarios

  1. otra obra sublime, la subsaga de los Mundos Alternos se viene con todo?

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  2. me hago unas pajas con estas imagenes y con wanda

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  3. muy buenos estos reboots, cual vendrá ahora?

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  4. ja ja ja que Carlos Monzon quesonee a Wanda en los 70 es algo muy interesante, bien como siempre Machado, Eisler y San Juan, muy estereotipados, y Charlie Villanueva el queson de la motosierra

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  5. una nueva saga, una idea interesante, merece otras, aunque hay que encontrarle algo para que no sea tan repetitiva, igual, magistral relato, la propia wanda va comentando sus asesinatos, no puede salir del "loop" (repite siempre eso), cuentazo

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  6. hubo algun encuentro entre Wanda y Valeria Mazza en la vida real? me las imagino hablando entre ellas cada una de su Carlos y de su queso

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  7. esta bueno, pero podria haber aparecido Maxi Lopez en algun loop, Mauro Icardi y alguna mencion a la China Suarez, quesoneada por el Chino Luna, cuanto queso!

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  8. pero Valeria Mazza volvio como quesona en Ravelia Zamas, Wanda Nara no, esa es una gran diferencia

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  9. vos te debes coger con dos muñecas inflables, Valeria mazza de un lado, wabda nara del otro

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  10. pues nos ha dejado muy bien a los españoles una vez más Carlos San Juan, haz unos mundos alternos de Penelope Cruz, ya la han quesoneado, que la quesoneen varias veces

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  11. otra obra maestra del siempre inagotable mundo queson

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  12. que no haya unos crimenes alternos de matias candia, ya con candia nooooo

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