La Asesina de Aleksandr Nikolov #QUESO
Aleksandr Nikolov es la gran figura del voleibol búlgaro: dos metros siete de altura y unos pies que eran leyenda en los vestuarios. Talla 51, como dos lanchas de guerra con dedos largos, uñas gruesas y una planta que podía aplastar una pelota sin esfuerzo. Sus zapatillas customizadas olían a victoria, sudor rancio y un toque misterioso de Queso que nadie explicaba.
No sabemos como ni porque, lo cierto es que en las montañas brumosas del este de Europa, en un valle perdido de los Balcanes donde las rocas parecían Quesos gigantes erosionados por el viento, Carla la Quesona lo esperaba con una sonrisa de asesina profesional. Vestida totalmente de negro, sostenía con las dos manos un Queso gigantesco, un gruyere-búlgaro híbrido con más agujeros que estrellas en el firmamento de una noche clara.
— ¡Mirá, boludo! Te traje este Queso de regalo —dijo ella, empujándoselo contra el pecho enorme—. Un Queso top, con agujeros para que tus patas grandotas respiren. ¡Quesón de los buenos, che! Perfecto para vos.
Aleksandr no entendió nada, dado que no hablaba castellano, miró el Queso, luego a Carla. Parpadeó lento, como un búho que no entiende el chiste.
— Queso… Da, Queso —murmuró, aceptándolo con manos enormes.
Un rato después, en el hotelucho más perdido de los Balcanes, la cosa se puso interesante. Aleksandr, todavía con la camiseta del equipo puesta y sentado al borde de la cama como si estuviera en la banca de suplentes, decidió mostrar sus gigantescos pies. Se sacó las zapatillas con lentitud ceremonial y los levantó hacia Carla como si ofreciera un sacrificio.
— Queso… Mirá. Queso —dijo con voz grave, moviendo los dedos largos y sudorosos.
Carla se iluminó como si le hubieran regalado el Código Quesón completo. Se arrodilló frente a él, ojos brillantes, y empezó a jugar. Los olfateó, los lamió con devoción, los masajeó, metió los dedos entre los suyos y los apretó como quien amasa masa para empanadas. Los pies del búlgaro eran calientes, húmedos, con un aroma que mezclaba cancha, victoria y ese misterioso “Queso” que él repetía.
— ¡Ay, Aleksandr, qué pedazos de patas tenés, la concha de tu hermana! —gimió Carla entre risas y jadeos—. Son los más grande de entre todos los Quesoneados, lo juro por los Quesoneados Agustín Loser o Matías Solanas. Mirá cómo se mueven… ¡qué cosa, boludo! Vení, meté esos dedos aquí…
El encuentro sexual fue… mixto. Carla se subió encima, lo montó con ganas, le chupó los pies mientras él la penetraba. Pero Aleksandr estaba en modo pasivo total. Se dejaba hacer sentado en la cama, con cara de “Queso… Da… Queso…”, gimiendo de vez en cuando sin entusiasmo real. Movía las caderas como si estuviera haciendo un ejercicio de rehabilitación. Carla sudaba, gemía, disfrutaba de los pies pero al final se quedó con cara de “y esto es todo, boludo?”.
— ¡Movete un poco, la puta madre! Parecés un poste de voley pasivo —protestó ella, pero él solo respondía:
— Queso… Ne razbiram… Queso…
El clímax de él fue un bostezo disimulado. El de ella, incompleto y frustrado. Carla se quedó mirando el techo con la ceja arqueada.
Y entonces… la sorpresa.
Aleksandr seguía sentado en el borde de la cama, con los pies todavía desnudos y la camiseta subida, recuperando el aliento en silencio. Carla se levantó como si fuera a buscar agua, con los guantes negros, pero en vez de eso sacó de debajo de la cama un cuchillo enorme, largo y filoso como una espada corta. La hoja brillaba con restos de sangre seca de víctimas anteriores: manchas marrones, restos de “trabajo” previo que le daban un brillo siniestro y profesional.
Aleksandr levantó la vista. Vio a la Quesona de pie frente a él, cuchillo en mano, sonrisa de loca.
Sus ojos se abrieron de golpe. Por primera vez pareció entender algo.
— Tazi tipa e ubiets i shte me ubie… Queso! —gritó en búlgaro, con voz grave y aterrorizada—. (¡Esta tipa es una asesina y me va a asesinar… Queso!)
Carla no le dio tiempo a más. Se abalanzó sobre el gigante sentado y lo atacó con precisión de Quesona. El cuchillo grande y filoso subió y bajó media docena de veces: cuello, pecho, más cuello, más pecho. Puñaladas limpias, profundas, que hicieron brotar sangre como fuente de yogur búlgaro. Aleksandr se convulsionó sentado, sin poder levantarse del todo, los pies gigantes pataleando en el aire.
— Ubit sŭm… Queso… —suspiró con su último aliento, voz ronca y resignada—. Asesinado soy, Queso…
Y se quedó quieto, el cuerpo enorme desplomado hacia atrás sobre la cama, los pies todavía en alto como dos banderas blancas de rendición.
Carla, jadeando y con el cuchillo chorreando, levantó el Queso gigante que le había regalado y se lo tiró encima del pecho agujereado.
— ¡Queso, Aleksandr Nikolov! —gritó triunfante.
El Queso aterrizó con un “plof” húmedo, mezclando sangre fresca con los agujeros del Queso. Arte. Ritual. Código Quesón cumplido.
Se limpió las manos en las sábanas, agarró las zapatillas gigantes del voleibolista (todavía tibias y con aroma a victoria y pies) y las metió en su mochila como trofeo sagrado.
— Unas patas así no se dejan tiradas en los Balcanes, che. Para la colección de las Quesonas.
Salió del hotelucho silbando “La Cumparsita” versión gore, dejando atrás un cuarto que parecía un after de Queso, sangre y pies enormes. Otro capítulo perfecto para la leyenda. Carla la Quesona, que deportista sería el próximo en recibir el QUESO?


ahora sabemos porque Bulgaria no clasifico mas a los Mundiales, se dedican al voley y encima se los quesonean
ResponderBorrarbien el quesoneado, lo hizo mierda la quesona
ResponderBorrarla Quesona esta muerta, es un espectro, y aparece en cualquier parte, para quesonear a los chabones, mi teoría
ResponderBorrares asi y usa cuerpos de otras chicas para quesonear
Borrarestos grandotes deberían ser quesones, pero como no se llaman carlos, los quesonean, yo creo que deberían tener su saga de mundos alternos como quesones, llamandose Carlos claro, por ejemplo Karles Nikolov
ResponderBorrarMax Verstappen proximo quesoneado, por favor, a Jannik Sinner ya lo quesonearon, seguro hay mas, el de Verstappen deberia ser en una alianza con Charles Leclerc y la quesona
ResponderBorrarque la qeusona se convierta en queso asi como los vampiros se transforman en murcielagos
ResponderBorrarya asesinaron a tantos deportistas argentinos, que esta bien que vayan por extranjeros, y por estos, que no los conoce nadie, ruso bulgaro o lo que sea
ResponderBorrares o no es la rubia que amasijaba a los matias? se quejo de la liga de las matias que ya no quesonearon a ninguno mas?
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