el Relato Pulp Quesón de Carlos, de la Prehistoria a la Eternidad #QUESO
El mitológico origen de los QUESONES
En las profundidades de la selva prehistórica, donde los rayos de sol se filtraban como dagas doradas entre hojas gigantes y ruinas cubiertas de musgo ancestral, el temible Carlos el Quesón Asesino se alzaba imponente bajo la luz implacable del cambio de luna. Cuatro ciclos lunares habían pasado desde su última ofrenda, tal como dictaba la tradición impuesta por la diosa Quesara: cada cuatro cambios de luna, cuando el sol iluminaba la selva con su fuego purificador, una mujer debía caer. Su torso desnudo, marcado con la palabra “CARLOS” en cicatrices profundas y sangrantes, brillaba de sudor. A sus pies colosales y descalzos —enormes, callosos, sucios de tierra húmeda y con un hedor espeso, salvaje, a queso apestoso, sudor ancestral y selva podrida— yacía la Princesa Alzacia de rodillas, rodeada de cráneos blanqueados y hormas de Queso apiladas como trofeos sangrientos.
Su nombre era temido por todas las mujeres del mundo conocido. En las aldeas lejanas, en las montañas nevadas y junto a los ríos sagrados, las madres susurraban con terror: “Que Quesara nos proteja del Quesón Asesino”.
Las guerreras afilaban sus lanzas al oír su nombre, las sacerdotisas quemaban hierbas para ocultarse de su sombra, y las princesas como Alzacia temblaban en sus tronos dorados, sabiendo que ninguna belleza, ningún linaje, las salvaría cuando llegara su turno bajo la luz solar.
Alzacia, de ojos azules llenos de pánico y cabello dorado pegado a la piel por el sudor del terror, levantó la mirada. —Es el cambio de luna, princesa —gruñó Carlos con voz ronca y fría, levantando uno de sus pies gigantescos—. Cuatro lunas han pasado. Una mujer debe caer con la luz del sol. Primero, huele. Es la tradición de la diosa Quesara.
Con lágrimas rodando por sus mejillas perfectas, Alzacia acercó su nariz delicada al pie colosal. El aroma la golpeó como un mazazo brutal: fermentado, animal, abrumador, una niebla espesa que le invadió los pulmones. Tosió, se atragantó… pero algo cambió. El hedor sagrado, en lugar de quebrarla del todo, encendió un fuego prohibido en su vientre. Sus ojos se entrecerraron, un gemido escapó de sus labios y, contra todo terror, su cuerpo traicionero se arqueó hacia él. Carlos sonrió con oscuridad, presionando el pie con más fuerza contra su rostro.
—Siente el aroma de Quesara —susurró.
Lo que siguió fue un ritual que todas sus víctimas anteriores habían vivido.
Alzacia, princesa de linaje real y piel de seda, se entregó con un placer salvaje y desesperado. Se arrastró hacia Carlos, besando aquellos pies inmensos con labios temblorosos, lamiendo el sudor salado y el hedor ancestral como si fuera néctar divino. Él la levantó con brutalidad, arrancándole las vestiduras finas, y la tomó allí mismo, sobre el suelo fangoso entre cráneos y hormas de Queso. Su miembro grueso y duro la penetró con fuerza animal, una y otra vez, mientras ella gemía de éxtasis, las uñas clavadas en su espalda marcada.
“¡Sí… más!”, suplicó Alzacia entre jadeos, su cuerpo retorciéndose en olas de placer prohibido, las piernas enredadas alrededor de su cintura, sus pechos perfectos rebotando con cada embestida brutal. El hedor de sus pies aún flotaba en el aire, mezclándose con el olor de su sexo húmedo y el sudor de ambos. Carlos la folló como un dios maldito, profundo, salvaje, hasta que ella gritó de orgasmo una, dos, tres veces, su placer resonando entre las ruinas como un sacrilegio ante Quesara.
Pero el ritual no terminaba en placer. Cuando el sol alcanzó su cenit, Carlos la arrojó de nuevo al suelo. Alzacia, aún jadeante y con los ojos vidriosos de éxtasis, intentó incorporarse. —Por favor… —susurró, una última súplica rota.Carlos levantó el mítico cuchillo de Carlos —forjado en un meteorito con restos de quesos milenarios, hoja brillante y eterna, imposible de perder—. Con un rugido gutural, descendió sobre ella. La primera puñalada atravesó su pecho izquierdo con un sonido húmedo y carnoso.
Alzacia gritó. La segunda le abrió el vientre, derramando sangre caliente sobre la tierra. La tercera y la cuarta rasgaron sus costillas, cortando carne y hueso. Él no se detuvo: cuchillazo tras cuchillazo, decenas de ellos, salvajes y precisos, desgarrando sus pechos hermosos, su cuello delicado, sus muslos que aún temblaban de placer. La sangre salpicaba su torso marcado, mezclándose con el sudor. Alzacia se convulsionaba, gorgoteando, sus ojos azules llenos de una mezcla final de placer y agonía, hasta que el último golpe le atravesó el corazón. Su cuerpo quedó inerte, destrozado, cubierto de heridas abiertas y sangre que empapaba el suelo fangoso.
Carlos respiró con calma, limpiando la hoja ensangrentada en lo que quedaba de las vestiduras de la princesa. Tomó una enorme horma de Queso de las que lo rodeaban y la dejó caer sobre su cadáver destrozado, como ofrenda final a Quesara.
— QUESO —dijo en voz alta y clara.
—Misión cumplida —murmuró—. Cuatro lunas más de paz… hasta la próxima.
Pero Alzacia no era la primera, ni sería la última. La maldición que lo ataba venía de miles de ciclos lunares atrás, cuando la diosa Quesara, señora del queso salvaje y guardiana de los aromas prohibidos, castigó al antepasado Karlos por rebelarse. Desde entonces, cada portador del linaje —Carlos el actual— nacía con pies desproporcionados que crecían hasta volverse legendarios, emanando un olor que purificaba almas antes de la muerte. Tres reglas inquebrantables: debía ocurrir bajo luz solar tras cuatro cambios de luna, la víctima debía oler los pies primero y, tras las puñaladas, siempre caía la horma de Queso.
Así habían caído otras bellas mujeres bajo su sombra, y su nombre hacía palidecer a todas las del mundo conocido. La hija del jefe de la aldea, de piel de miel y curvas suaves como la luna, se había entregado con placer similar antes de recibir cincuenta cuchilladas entre las chozas. La guerrera de las montañas, de músculos firmes y melena negra como noche, había gritado de éxtasis y luego de dolor mientras su cuerpo era abierto a golpes de acero bajo un cielo de picos nevados. La sacerdotisa del río, etérea y de ojos esmeralda, había suplicado más placer antes de que las puñaladas la silenciaran para siempre, su sangre tiñendo las aguas. Y muchas más: la reina de las llanuras, la hechicera de los pantanos, la cazadora de las nieves… todas hermosas, todas temerosas, todas caídas bajo el Quesón Asesino.
En lo más profundo de su ser, una parte de Carlos buscaba aún a la mujer que pudiera resistir el aroma sin desmayarse, sin vomitar, sin suplicar… la única que rompería la maldición. La otra parte, la maldita, ya olfateaba el aire húmedo, pensando en la próxima luna.
Con el mítico cuchillo al hombro, el olor de sus pies flotando como una niebla espesa y una sonrisa oscura en el rostro, Carlos desapareció entre la vegetación espesa, dejando tras de sí solo el goteo de la humedad, el eco de un rugido lejano que parecía reírse y el silencio de la selva prehistórica.
QUESO
Su nombre era temido por todas las mujeres del mundo conocido. En las aldeas lejanas, en las montañas nevadas y junto a los ríos sagrados, las madres susurraban con terror: “Que Quesara nos proteja del Quesón Asesino”.
Las guerreras afilaban sus lanzas al oír su nombre, las sacerdotisas quemaban hierbas para ocultarse de su sombra, y las princesas como Alzacia temblaban en sus tronos dorados, sabiendo que ninguna belleza, ningún linaje, las salvaría cuando llegara su turno bajo la luz solar.
Alzacia, de ojos azules llenos de pánico y cabello dorado pegado a la piel por el sudor del terror, levantó la mirada. —Es el cambio de luna, princesa —gruñó Carlos con voz ronca y fría, levantando uno de sus pies gigantescos—. Cuatro lunas han pasado. Una mujer debe caer con la luz del sol. Primero, huele. Es la tradición de la diosa Quesara.
Con lágrimas rodando por sus mejillas perfectas, Alzacia acercó su nariz delicada al pie colosal. El aroma la golpeó como un mazazo brutal: fermentado, animal, abrumador, una niebla espesa que le invadió los pulmones. Tosió, se atragantó… pero algo cambió. El hedor sagrado, en lugar de quebrarla del todo, encendió un fuego prohibido en su vientre. Sus ojos se entrecerraron, un gemido escapó de sus labios y, contra todo terror, su cuerpo traicionero se arqueó hacia él. Carlos sonrió con oscuridad, presionando el pie con más fuerza contra su rostro.
—Siente el aroma de Quesara —susurró.
Lo que siguió fue un ritual que todas sus víctimas anteriores habían vivido.
Alzacia, princesa de linaje real y piel de seda, se entregó con un placer salvaje y desesperado. Se arrastró hacia Carlos, besando aquellos pies inmensos con labios temblorosos, lamiendo el sudor salado y el hedor ancestral como si fuera néctar divino. Él la levantó con brutalidad, arrancándole las vestiduras finas, y la tomó allí mismo, sobre el suelo fangoso entre cráneos y hormas de Queso. Su miembro grueso y duro la penetró con fuerza animal, una y otra vez, mientras ella gemía de éxtasis, las uñas clavadas en su espalda marcada.
“¡Sí… más!”, suplicó Alzacia entre jadeos, su cuerpo retorciéndose en olas de placer prohibido, las piernas enredadas alrededor de su cintura, sus pechos perfectos rebotando con cada embestida brutal. El hedor de sus pies aún flotaba en el aire, mezclándose con el olor de su sexo húmedo y el sudor de ambos. Carlos la folló como un dios maldito, profundo, salvaje, hasta que ella gritó de orgasmo una, dos, tres veces, su placer resonando entre las ruinas como un sacrilegio ante Quesara.
Pero el ritual no terminaba en placer. Cuando el sol alcanzó su cenit, Carlos la arrojó de nuevo al suelo. Alzacia, aún jadeante y con los ojos vidriosos de éxtasis, intentó incorporarse. —Por favor… —susurró, una última súplica rota.Carlos levantó el mítico cuchillo de Carlos —forjado en un meteorito con restos de quesos milenarios, hoja brillante y eterna, imposible de perder—. Con un rugido gutural, descendió sobre ella. La primera puñalada atravesó su pecho izquierdo con un sonido húmedo y carnoso.
Alzacia gritó. La segunda le abrió el vientre, derramando sangre caliente sobre la tierra. La tercera y la cuarta rasgaron sus costillas, cortando carne y hueso. Él no se detuvo: cuchillazo tras cuchillazo, decenas de ellos, salvajes y precisos, desgarrando sus pechos hermosos, su cuello delicado, sus muslos que aún temblaban de placer. La sangre salpicaba su torso marcado, mezclándose con el sudor. Alzacia se convulsionaba, gorgoteando, sus ojos azules llenos de una mezcla final de placer y agonía, hasta que el último golpe le atravesó el corazón. Su cuerpo quedó inerte, destrozado, cubierto de heridas abiertas y sangre que empapaba el suelo fangoso.
Carlos respiró con calma, limpiando la hoja ensangrentada en lo que quedaba de las vestiduras de la princesa. Tomó una enorme horma de Queso de las que lo rodeaban y la dejó caer sobre su cadáver destrozado, como ofrenda final a Quesara.
— QUESO —dijo en voz alta y clara.
—Misión cumplida —murmuró—. Cuatro lunas más de paz… hasta la próxima.
Pero Alzacia no era la primera, ni sería la última. La maldición que lo ataba venía de miles de ciclos lunares atrás, cuando la diosa Quesara, señora del queso salvaje y guardiana de los aromas prohibidos, castigó al antepasado Karlos por rebelarse. Desde entonces, cada portador del linaje —Carlos el actual— nacía con pies desproporcionados que crecían hasta volverse legendarios, emanando un olor que purificaba almas antes de la muerte. Tres reglas inquebrantables: debía ocurrir bajo luz solar tras cuatro cambios de luna, la víctima debía oler los pies primero y, tras las puñaladas, siempre caía la horma de Queso.
Así habían caído otras bellas mujeres bajo su sombra, y su nombre hacía palidecer a todas las del mundo conocido. La hija del jefe de la aldea, de piel de miel y curvas suaves como la luna, se había entregado con placer similar antes de recibir cincuenta cuchilladas entre las chozas. La guerrera de las montañas, de músculos firmes y melena negra como noche, había gritado de éxtasis y luego de dolor mientras su cuerpo era abierto a golpes de acero bajo un cielo de picos nevados. La sacerdotisa del río, etérea y de ojos esmeralda, había suplicado más placer antes de que las puñaladas la silenciaran para siempre, su sangre tiñendo las aguas. Y muchas más: la reina de las llanuras, la hechicera de los pantanos, la cazadora de las nieves… todas hermosas, todas temerosas, todas caídas bajo el Quesón Asesino.
En lo más profundo de su ser, una parte de Carlos buscaba aún a la mujer que pudiera resistir el aroma sin desmayarse, sin vomitar, sin suplicar… la única que rompería la maldición. La otra parte, la maldita, ya olfateaba el aire húmedo, pensando en la próxima luna.
Con el mítico cuchillo al hombro, el olor de sus pies flotando como una niebla espesa y una sonrisa oscura en el rostro, Carlos desapareció entre la vegetación espesa, dejando tras de sí solo el goteo de la humedad, el eco de un rugido lejano que parecía reírse y el silencio de la selva prehistórica.
QUESO
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MAS QUESO MAS CARLOS SENSACIONAL
ResponderBorrarsi hay remake o reboot de Potter, habrá de los Quesones?
ResponderBorrares más de lo mismo, pero potente la historia, y excelentes las imágenes, diez puntos sobre diez
ResponderBorrarel origen mitológico de los quesones, una diosa, Carlos Quesón quesoneando desde tiempos ancestros, que magnifico universo que es el mundo queson
ResponderBorraruna franquicia son los quesones, toda una franquicia
ResponderBorrarlos quesos serian con leche de mamut? mas relatos pulp!
ResponderBorrarBrutal. Gran construcción de la mitología quesonesca. esta diosa era un antepasado de Dumittrescu?
ResponderBorrargran invento el pulp queson, esto de la prehistoria ya es una saga dentro de la saga
ResponderBorrarse podría llamar "la maldicion de Quesara"
ResponderBorrarme encanto por las imagenes, el tipo andaba de aqui x alla amasijando minas, y comiendo queso, en fin
ResponderBorrarMi única objeción es que la falta castigada por la diosa haya sido cometida por mujeres, por princesas o sacerdotisas.
ResponderBorrarY que los Carlos o Karlos sean elegidos, no castigados.
Sugiero una variante en que Niobe, la que se burló de la diosa Leto, Madre de Apolo y Artemiss, sea quesoneada. Y que a los hijos varones le envien una quesona. Y a sus hijas, un quesón.
moriría feliz siendo asesinada por un Carlos así
ResponderBorrarme gusta la idea del Fauno; ya que a Carlitos Quesón ahora le gusta escribir estos relatos en otras épocas y mitologías, lo de Artemisa no está mal, y también el Asesino de Penelope, la de Ulises
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