La Asesina de Germán Chiaraviglio #QUESO
(Post original de 2019, versión mejorada y ampliada)
Año 2018. El atleta olímpico Germán Chiaraviglio entrenaba solo en la pista de Santa Fe, bajo un sol que quemaba como en las finales que soñaba. Saltaba la garrocha una y otra vez, imaginándose en el podio, la medalla dorada colgando del cuello. De pronto sintió una mirada clavada en la nuca. Giró y vio a la rubia: alta, perfecta, idéntica a Valeria Mazza pero más joven, más viva, más peligrosa. El entrenamiento se le derrumbó en segundos; la vara le temblaba en las manos.
—Ojalá me tiraras la garrocha, nene, pero para mí solita —gritó ella desde la tribuna vacía, voz ronca, divertida.
Germán se acercó furioso, garrocha en mano.
—¿Quién sos? ¿Por qué viniste a molestarme? Estoy entrenando, necesito concentración.
—Hola Germán —dijo ella bajando con calma de la grada, tacones resonando en el cemento—. No vine a molestarte, todo lo contrario. Te admiro. Sé que podés ganar la dorada, nada de conformarte con una final o con “participar”. Eso es de boludos. Podés escucharme o seguir en la tuya.
—¿Y vos tenés la fórmula mágica? Me mato entrenando.—Mi nombre es Ravelia. Aunque todos me dicen la Quesona.
—¿Quesona? —Germán sintió un escalofrío que le recorrió la columna—. Qué buen apodo… Quesona… —Al repetirlo, algo cambió: la palabra le sonó sucia, obscena, irresistible—. Si no la hubieran asesinado, diría que sos Valeria Mazza.
—Muchos lo dicen. Pero a ella la decapitaron y le tiraron un Queso. Yo soy Ravelia, la Quesona. Un coprovinciano tuyo la quesoneó, je je.
—Sí, acá todos admiran a Carlos Delfino. Hijo dilecto. Ciudad de Quesones. Carlos Monzón, Carlos Delfino…
—¿Y cuál es la fórmula mágica para el oro?
—Vení conmigo ahora mismo y te la muestro —susurró ella, ya tan cerca que él sintió su aliento caliente—. Acá nomás, en la pista. Nadie nos ve.
Lo tomó de la mano y lo llevó detrás del galpón de las colchonetas, donde el olor a goma quemada y césped cortado se mezclaba con su perfume caro. Allí, bajo la última luz del atardecer, la Quesona se quitó el vestido blanco de un solo tirón y quedó desnuda, gloriosa, la piel brillando de sudor anticipado.
Germán, hipnotizado, se dejó desvestir. Ella lo empujó contra las colchonetas apiladas, se arrodilló y le hizo cosquillas salvajes en las plantas de los pies hasta que él lloró de risa y placer. Después le puso los suyos en la cara: pies perfectos, altos arcos, uñas rojo sangre, olor animal y caro a la vez. Germán los lamió, los mordió, inhaló como si fueran oxígeno puro mientras ella se montaba encima, lo arañaba hasta sangrar, lo obligaba a penetrarla con furia de amazona. Lo hizo correrse tres veces, cada vez más débil, hasta dejarlo temblando, vacío, rendido sobre el césped.—Así competían los verdaderos campeones griegos —susurró ella, todavía encima, jadeando—. Sudor, sangre y placer antes de la gloria… o de la muerte.
Se levantó desnuda, caminó hasta donde había dejado su bolso y sacó la garrocha antigua: bronce oscuro, punta triangular afiladísima, un arma disfrazada de herramienta deportiva.
Germán, aún atontado por el orgasmo, vio el brillo metálico y entendió al fin.
—No… Quesona… por favor…Intentó levantarse, pero ella ya estaba sobre él. Germán rodó, agarró su propia garrocha de competición que había quedado tirada y la levantó como lanza.
—¡No te me acerqués, loca hija de puta!
La Quesona sonrió, los ojos encendidos de locura pura.—Mirá qué lindo… el atleta quiere pelear. ¡Dale, Germán! ¡Quesoneame vos a mí si podés!
Chocaron las garrochas en el aire con un clang metálico que retumbó en la pista vacía. Germán era alto, fuerte, entrenado; por un segundo pareció que podía ganar. Clavó un golpe que rozó el hombro de ella y le abrió un tajo sangriento. La Quesona gritó de placer más que de dolor.—¡Sí, nene! ¡Así se siente vivo un hombre antes de ser Quesoneado!
Giró como una bailarina de muerte, esquivó el segundo ataque y con un movimiento brutal le metió la punta de bronce justo debajo de la clavícula. El grito de Germán fue un alarido animal. Ella retorció la garrocha, disfrutando el crujido del hueso, la carne desgarrándose, la sangre caliente salpicándole los pechos desnudos.
Germán dejó caer su garrocha, las manos temblando, intentando tapar la herida. La Quesona sacó la lanza de un tirón y la hundió otra vez, ahora en el abdomen. Las tripas asomaron entre los dedos del atleta cuando intentó contenerlas.
—¡Quesona… por favor…!—Shhh… vas a ser el Quesoneado más hermoso de todos.Lo empujó al suelo, se paró sobre su pecho con un pie desnudo y empezó a contar en voz alta, excitada, cada estocada como si fueran repeticiones de entrenamiento:
—Uno… dos… siete… doce…Cada vez que sacaba la garrocha la alzaba para ver cómo goteaba roja, luego la clavaba en otro sitio: muslo, hombro, cuello, testículos. Germán ya no peleaba; solo gorgoteaba, los ojos desorbitados viendo cómo la mujer que lo había hecho gozar ahora lo destrozaba a lanzazos bajo el cielo de Santa Fe.
En la estocada número veinte, la Quesona dejó la garrocha clavada en el corazón, se montó sobre el asta y empujó hasta el fondo con todo su peso, retorciéndose de placer sádico mientras él daba los últimos espasmos.
Se levantó jadeante, cubierta de sangre desde el pelo hasta los pies. Fue hasta su bolso, sacó el enorme Queso Gruyere y lo estrelló con las dos manos sobre el cadáver destrozado.
—¡QUESO! —gritó al cielo vacío—. ¡Germán Chiaraviglio… oficialmente QUESONEADO!
Se agachó con ternura, le quitó las zapatillas deportivas todavía calientes, manchadas de sangre y césped, y las abrazó contra su pecho ensangrentado.
—Bienvenido a la colección, campeón.
Se miró en el reflejo de la garrocha ensangrentada, sonrisa de diosa vengadora.
—Soy Ravelia, la Gran Quesona —dijo al metal—. La asesina serial del deporte argentino. Y todavía quedan muchos atletas por QUESONEAR. Soy la Quesona, la gran Quesona, asesina de hombres, una asesina cruel e implacable, capaz de cometer los crímenes más terribles y sangrientos.











un tiro por elevación para Carlos Delfino?
ResponderBorrarlo podría haber asesinado con la garrocha y ser más cruel pero ella es fiel a su estilo
ResponderBorrarsi me agarras con unas copas de más, y me apuras un poco, te digo que mis relatos quesones preferidos son los de esta asesina
ResponderBorrarque asesina mamita que asesina
ResponderBorrarA ver si logro comentar.
ResponderBorrarBella y letal es esta quesona, la iniciadora de las asesinas. Por algo las Carlas la tienen como referente.
esta mina ya asesinó al equivalente de una villa olímpica, hasta se podría formar un seleccionado de fútbol con todas sus víctimas
ResponderBorrarpobre, le clavaron la garrocha, pero llego a herir a la Quesona
ResponderBorrardebe haber otros atletas quesoneados! este pobre chabón terminó con la garrocha adentro
ResponderBorrarla formula 1 tiene quesones, que tenga quesoneados, la asesina de Max Verstappen
ResponderBorraresplendida la asesina, aunque en esta nueva versión parece que la han herido, pero como siempre quesoneados quedan los chabones
ResponderBorrarLa garrocha para el atleta como arma assina, una innovación con mucha ironía.
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