viernes, 22 de mayo de 2015

La asesina de Diego Reinhold


Tres meses después de asesinar a Ignacio Corleto, la asesina deseaba cometer un nuevo crimen pero no encontraba ningún muchacho que la convenciera como nueva víctima. Sabía que no podía asesinar a nadie que se llamara Martín, Gonzalo, Mario, Iván ni Ignacio, pues sus cinco víctimas anteriores tenían ese nombre. 
Se fijó en la vitrina donde lucían los calzados de sus víctimas, con los nombres y el número de calzado. Estaban los zapatos de “Martín 44”, “Mario 43” e “Iván 45”, y las zapatillas de “Gonzalo 43” e “Ignacio 45”.
Ocurrió entonces, en aquellos días, que Carla fue al teatro, actuaba un joven llamado Diego Reinhold. Carla, la “Mujer Queso”, se había tomado la costumbre de llevar siempre consigo un revolver cuarenta y cinco con silenciador, siempre cargado, guantes negros y un pequeño Queso por sí tenía que asesinar a algún hombre en forma inesperada. Mientras miraba la función fue creciendo su instinto criminal y su deseo de asesinar a Diego Reinhold. No respondía al perfil que sus víctimas solían tener, pues no era ni atractivo, ni apuesto, ni nada, tampoco parecía tener pies grandes, más bien todo lo contrario, pero la asesina decidió ejecutarlo.


- Diego, serás mi sexta víctima – pensó la asesina mientras miraba la función.
Al finalizar la función teatral, la asesina comenzó a esperar la salida de los actores, y cuando salió Reinhold, lo siguió. El actor se metió en un auto, y en ese momento, la asesina lo sorprendió.
- Buenas noches, Diego Reinhold, ¿Me das un autografo? – dijo la asesina.
Sorprendido, el actor bajó el vidrio y asomó la cabeza, le preguntó a la mujer:
-         Muy bien, dame que te firmó.


El actor estaba firmando el autografo, cuando la asesina, en forma muy rápida, sacó el revolver, y en un gran movimiento, lo metió en la boca del actor y disparó un balazo que provocó la muerte del muchacho. No fueron necesarias más balas. La asesina tiró el Queso sobre Reinhold, abrió la puerta del auto, sacó los zapatos de su víctima, los guardó y se fue el lugar, no sin decir antes en voz alta:
- Diego Reinhold. 
Un nuevo crimen era una realidad.

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