El Relato Quesón de la Mitología Griega #QUESO
EL RELATO QUESÓN DE LOS TIEMPOS MITOLÓGICOS GRIEGOS
En los días en que los héroes del ciclo troyano aún resonaban en las leyendas —Aquiles, el de los pies ligeros, Héctor, domador de caballos, Odiseo, el de las mil astucias, y Agamenón, señor de hombres—, surgió en la Hélade un asesino cuya fama helaba la sangre de las más bellas y poderosas: Carlos Quesón, el Azote de Mujeres, el Ejecutor Silencioso de Corinto y Esparta.
Se decía que había aprendido su arte oscuro observando a Aquiles cuando arrastró el cuerpo de Héctor alrededor de las murallas de Troya. Pero mientras el pelida buscaba gloria en el campo de batalla, Quesón prefería las sombras de los gineceos y los templos. Su especialidad eran las mujeres: reinas ambiciosas, sacerdotisas traidoras, esposas infieles y damas que sabían demasiado. Ninguna escapaba de Quesokrator, su espada forjada por Hefesto en las mismas fraguas donde se templó la armadura de Aquiles.
La Espada del Quesón y la Dama de Corinto
Un atardecer, bajo el cielo rojizo de Corinto, llegó el contrato definitivo. La hermosa Ifimestra, dama de linaje noble, hija de un arconte aliado de los Atridas, había sido sentenciada por sus propios parientes. Se rumoreaba que conspiraba con los restos de la casa de Príamo y que ocultaba secretos que podrían avergonzar a Agamenón mismo.
Carlos Quesón aceptó el encargo sin titubear.
Llegó al templo en ruinas frente al mar, donde las columnas aún recordaban los tiempos de la guerra troyana. Allí yacía Ifimestra, recostada sobre una roca sagrada, vestida con un peplo rojo como la sangre de los caídos en Troya. Su cabello castaño se derramaba como el manto de Andrómaca, y sus ojos miraban al cielo con la misma fiereza que Helena cuando fue raptada.
—¿Has venido a asesinarme, Quesón? —preguntó ella sin temblar, sabiendo que su destino estaba sellado.
El asesino se acercó lentamente, su brazo izquierdo alzado en señal de desafío eterno, como Aquiles antes de clavar su lanza en el cuello de Héctor. Detrás de él rodaba el Gran Queso de Olimpia, la rueda legendaria que Hefesto había creado para alimentar a los héroes de Troya y que ahora servía de sello mortal del Quesón.—Así es, noble Ifimestra —respondió con voz grave y fría—. Como Odiseo asesinó a las doncellas traidoras de Ítaca, yo cumplo mi contrato.
Con un movimiento veloz como el de Aquiles persiguiendo a Héctor, Quesón desenvainó Quesokrator. La hoja brilló bajo el sol poniente. Ifimestra intentó incorporarse, pero la espada ya había cumplido su propósito. El asesino la dejó caer con elegancia sobre la piedra, como una ofrenda a los dioses subterráneos.
Luego, con la misma mano que había empuñado la espada, tomó una enorme rueda del Gran Queso de Olimpia y la lanzó con fuerza. El Queso rodó pesadamente y golpeó el cuerpo sin vida de Ifimestra, quedando apoyado contra ella como un trofeo grotesco y simbólico.
“Queso” dijo en voz alta Carlos y así dejaba su firma: la mujer asesinada y el Queso como testigo.
El Quesón sangriento y la Dama Clímelope
Tan solo unos días después de dejar el cuerpo de Ifimestra junto al Gran Queso de Olimpia, Carlos Quesón ya cabalgaba hacia las ruinas de Micenas, donde las sombras de Agamenón y Clitemnestra aún susurraban traiciones.
El contrato llegó con el viento del Peloponeso: Climelope, dama de noble cuna, prima lejana de los Atridas y poseedora de secretos que amenazaban con desestabilizar lo que quedaba de las alianzas troyanas. Se decía que había heredado la astucia de Odiseo y la belleza peligrosa de Helena. Pero para Carlos no importaban los linajes. Solo el oro y el placer de su arte.
Llegó al atardecer, entre las columnas rotas de un antiguo templo dedicado a Atenea. Allí estaba Climelope, arrodillada sobre las losas de mármol manchadas de rojo, su peplo blanco ahora teñido por su propia sangre. Su largo cabello negro ondeaba al viento como el manto de Andrómaca en los últimos días de Troya, y sus ojos, llenos de terror y furia, se clavaron en él.
—¡Miserable! —gritó ella, extendiendo una mano temblorosa—. ¿También tú, como Aquiles con Héctor, vienes a profanar la dignidad de una mujer noble?
Carlos Quesón, con su armadura oscura y la capa roja ondeando, se detuvo frente a ella. Su brazo izquierdo se alzó en el gesto eterno de desafío. En su mano derecha sostenía Quesokrator, la espada aún goteando. A su alrededor flotaban, como proyectiles divinos, varias ruedas del Gran Queso de Olimpia, lanzadas por el impulso de su llegada. —Como Diomedes asesinó a las amazonas en la guerra troyana —respondió con voz fría y profunda—, yo cumplo mi destino, Climelope. Tus secretos mueren contigo.
Con un movimiento brutal y preciso, similar al golpe con el que Áyax el Grande partió escudos en el campo de batalla, Quesón descargó Quesokrator. La hoja cumplió su propósito en un instante. Climelope cayó de rodillas, su grito ahogado por el acero.
Sin perder tiempo, el asesino tomó una enorme rueda de Queso que flotaba a su lado y la lanzó con fuerza sobre el cuerpo caído. El Queso impactó pesadamente, rodando y deteniéndose contra ella, dejando su marca inconfundible: la mujer asesinada y el Queso como testigo eterno.
“Queso” dijo en voz alta.
Los pocos testigos que lograron huir contaron después en las tabernas de Argos y Esparta cómo el Quesón había aparecido como un espectro vengador, más temible que el propio Agamenón en su ira.
Y así, la leyenda crecía:
> «Carlos Quesón no necesita mil naves como los aqueos. Con una espada y un Queso, asesina bellezas y deja su firma en la Hélade.»
Los Recuerdos de Quesón: Las Tres Nobles Troyanas
Sentado sobre las ruinas de lo que algún día sería Micenas, con Quesokrator clavada en la tierra y una rueda del Gran Queso de Olimpia rodando a sus pies, Carlos Quesón cerró los ojos y dejó que los fantasmas de la Guerra de Troya lo invadieran. Recordó aquellos días en que los aqueos de Agamenón, señor de hombres, sitiaban las altas murallas de Troya, mientras Zeus, el que amontona nubes, observaba desde el Olimpo y Ares, el furibundo, enardecía los corazones.
En aquellos tiempos de gloria y sangre, Carlos Quesón ya era el Azote Silencioso, el asesino de mujeres que ni Aquiles, el de los pies ligeros, ni Héctor, domador de caballos, lograron descubrir. Mientras Odiseo, el de las muchas artimañas, urdía engaños dentro del caballo, y Áyax el Grande partía escudos con su fuerza descomunal, Carlos Quesón se movía entre las sombras de la ciudad condenada, cumpliendo contratos que ni los dioses se atrevían a nombrar.
Fue en la noche en que Apolo, el de arco de plata, enviaba plagas sobre los aqueos. Laodice, de ojos oscuros como los de Casandra la profetisa, conspiraba en secreto con Afrodita para salvar a su ciudad. Carlos Quesón la encontró en el templo de Atenea, la diosa de ojos glaucos, mientras ella invocaba protección.
—Como Diomedes, favorito de Atenea, hirió a la misma diosa en el campo de batalla —susurró Quesón—, yo cumplo mi destino.
Con un movimiento más veloz que la lanza de Aquiles persiguiendo a Héctor alrededor de las murallas, Quesokrator cumplió su propósito. La princesa cayó sin un grito. Luego, el asesino tomó una rueda del Gran Queso de Olimpia —el mismo que Hefesto había forjado para alimentar a los héroes— y la lanzó con fuerza sobre su cuerpo, dejando su marca: la mujer asesinada y el Queso como testigo eterno ante los dioses. Y la infaltable palabra “Queso” dicha en voz alta por Carlos, con aires ceremoniosos.
Días después, cuando Paris, el de la hermosa cabellera, había herido a Aquiles en el talón con la ayuda de Apolo, Carlos Quesón entró en la casa de Melanippe. Ella, de belleza comparable a la de Helena, la de los brazos blancos, ocultaba mensajes para los aliados de Príamo y maldecía a los Atridas.
—Como Odiseo asesinó a las doncellas infieles en Ítaca tras la guerra —recordó Carlos —, yo actúo ahora, en plena contienda.
La espada descendió con la misma furia con que Áyax Telamonio destrozó las líneas troyanas. Melanippe fue asesinada en silencio. Inmediatamente, otra rueda de Queso voló desde la mano enguantada de Quesón y se detuvo contra su pecho, sellando el acto bajo la mirada indiferente de Zeus. “Queso” se escuchó por segunda vez en Troya.
La más peligrosa fue Ilione, de linaje real, cuya voz resonaba como la de Hécuba, la de los llantos eternos. Ella conocía los planes de los troyanos y podía haber salvado a su pueblo como Casandra intentó advertir. Carlos Quesón la sorprendió junto al altar de Hera, la de los ojos de buey, en la noche previa a la caída definitiva.
—Ni Poseidón, que sacudió la tierra, ni Ares, el manchado de sangre, te salvarán —dijo el asesino mientras alzaba su brazo izquierdo en desafío eterno.
Quesokrator brilló una vez más, rápida como el destino tejido por las Moiras. Ilione fue asesinada ante los mismos altares. Y, como en las ocasiones anteriores, el Gran Queso de Olimpia rodó y golpeó su cuerpo, quedando como ofrenda macabra que ni los bardos homéricos se atreverían a cantar. “Queso” dijo el asesino, contemplando al Queso y a su víctima.
Cuando Troya cayó finalmente, envuelta en llamas por obra de Odiseo y los aqueos, Carlos Quesón ya había abandonado la ciudad. Ningún héroe —ni el gran Héctor, ni el furioso Aquiles, ni el astuto Odiseo— supo jamás que el verdadero terror entre las mujeres troyanas había sido él: Carlos Quesón, el portador de la espada y el Queso.
Ahora, años después, con el viento del Peloponeso acariciando su melena, Quesón abrió los ojos y sonrió con frialdad.
—Ni los dioses del Olimpo, ni los héroes del ciclo troyano, pudieron detenerme. Y tampoco lo harán las damas que aún respiran en esta Hélade.
La Amazona Pentesilea y el Quesón de las Estepas
En los días finales de la Guerra de Troya, cuando los aqueos ya veían la victoria cerca, llegó a la ciudad sitiada la reina de las amazonas: Pentesilea, hija de Ares, el furibundo dios de la guerra, montada en su corcel y sedienta de gloria como Aquiles mismo. Su belleza era salvaje, comparable a la de las diosas, y su lanza había herido ya a muchos héroes.
Carlos Quesón, que se movía entre ambos bandos como una sombra que ni Zeus, el que amontona nubes, podía rastrear, recibió el contrato de un caudillo aqueo temeroso de que la amazona inclinara la balanza a favor de Troya.
La encontró al amanecer en las orillas del Escamandro, donde Poseidón, el que sacude la tierra, hacía temblar las olas. Pentesilea, con su arco y su hacha, se preparaba para enfrentarse a Aquiles.
—¿Tú eres el asesino que ni Héctor ni Aquiles han podido ver? —preguntó ella con voz de trueno, como la propia Ártemis cazadora.
—Soy Carlos Quesón —respondió él, alzando su brazo izquierdo en desafío eterno—. Y como Diomedes hirió a Ares en persona, yo te enviaré ante tu padre
Quesokrator brilló con la furia de la lanza de Aquiles. En un instante, la reina amazona fue asesinada, cayendo sobre la tierra que tanto había defendido. Quesón no profanó su cuerpo como Aquiles hizo con Héctor; en cambio, tomó una rueda gigantesca del Gran Queso de Olimpia —el mismo que Hefesto forjó para los héroes— y la lanzó con fuerza. El Queso rodó y se detuvo contra el pecho de Pentesilea, marcando su victoria oscura, mientras el asesino en voz alta decía “Queso”.
Los troyanos y aqueos murmuraron durante días: una amazona había caído no por espada de héroe, sino por el acero y el Queso del misterioso asesino.
La Sacerdotisa de Delfos y el Oráculo Silenciado
Años después de la caída de Troya, cuando Apolo, el de arco de plata, aún hablaba a través del Oráculo de Delfos, Carlos Quesón recibió un contrato desde las sombras del Monte Parnaso. La Sacerdotisa Pitia, guardiana de los secretos del dios, había revelado profecías que amenazaban con exponer antiguos crímenes de reyes que pagaban muy bien por su silencio.
Carlos Quesón ascendió el camino sagrado bajo la mirada de las Musas. En el templo humeante de Delfos, donde el vapor subía desde la grieta sagrada, encontró a la Pitia vestida con sus ropas rituales, inhalando los vapores que le permitían ver el futuro.
—Los dioses te han abandonado —dijo Quesón con voz grave—. Ni Apolo, ni las Moiras que tejen el destino, te salvarán esta noche.
La sacerdotisa intentó invocar una maldición, pero Quesokrator fue más rápida que la flecha de Apolo. La Pitia fue asesinada sobre el trípode sagrado. Inmediatamente, Quesón lanzó una rueda del Gran Queso de Olimpia que rodó entre los vapores y se detuvo contra su cuerpo inerte, profanando el templo más sagrado de Hélade.
Desde entonces, los oráculos de Delfos se volvieron confusos y temerosos. Los peregrinos susurraban que un hombre con Queso había silenciado a la voz de Apolo.
La Dama de Esparta y el Queso, mudo testigo de los dioses
Años después de los ecos de la Guerra de Troya, cuando Esparta aún brillaba con el orgullo de Menelao y la sombra de Helena, Carlos Quesón recibió el contrato más audaz de su vida: la Dama de Esparta, noble esposa de un geronte del Consejo de los Ancianos, descendiente directa de la casa de los Atridas. Se decía que su belleza rivalizaba con la de Helena, la de los brazos blancos, y que sus intrigas amenazaban con romper la frágil paz que Poseidón, el que sacude la tierra, había impuesto tras la caída de Troya.
Carlos Quesón llegó al amanecer a las orillas del Eurotas, bajo la mirada vigilante de Atenea, la diosa de ojos glaucos. La Dama de Esparta lo esperaba en un bosquecillo sagrado dedicado a Ártemis, la cazadora, vestida con un peplo rojo sangre, su cabello dorado ondeando como el de Briseida cuando fue arrebatada por Aquiles.
—¿Eres tú el asesino que los bardos temen nombrar? —preguntó ella con voz firme, empuñando una daga espartana.
—Soy Carlos Quesón —respondió él, alzando su brazo izquierdo en el gesto eterno de desafío, como Héctor antes de enfrentarse a Áyax—. Y como Agamenón, señor de hombres, ordenó la muerte de Ifigenia, yo cumplo mi destino.
Con la velocidad de Aquiles, el de los pies ligeros, Quesokrator cortó el aire. La Dama de Esparta fue asesinada en un instante, cayendo sobre la hierba sagrada. Inmediatamente, Quesón tomó una enorme rueda del Gran Queso de Olimpia y la lanzó con fuerza. El Queso rodó y se detuvo contra su pecho, dejando su firma inconfundible: “Queso” en voz alta, la mujer asesinada y el Queso como testigo ante los dioses.
La Reina Lysandra de Micenas y el Trono Manchado de Sangre
Muchos años después de la caída de Troya, cuando las sombras de Agamenón y Clitemnestra aún envenenaban los palacios de los Atridas, Carlos Quesón recibió un contrato susurrado por los mismos gerontes de Micenas. La Reina Lysandra, esposa del rey Sthenelos y descendiente directa de la casa de Atreo, había asesinado a su propio esposo con la ayuda de un amante secreto, tal como Clitemnestra había dado muerte a Agamenón. Pero Lysandra fue más ambiciosa: planeaba entregar Micenas a los restos de los troyanos supervivientes y convertirse en tirana absoluta, traicionando a todos los héroes aqueos que aún vivían.
Carlos Quesón la encontró en la gran sala del trono de Micenas, bajo la mirada de las estatuas de Zeus, el que amontona nubes, y Hera, la de los ojos de buey. Lysandra, de cabello negro como la noche y belleza tan peligrosa como la de Helena, empuñaba aún la daga ensangrentada.
—¿Tú eres el fantasma que ni Aquiles ni Odiseo pudieron atrapar? —escupió ella con desprecio.
—Soy Carlos Quesón —respondió él, alzando su brazo izquierdo en desafío eterno, como Héctor frente a Áyax—. Y como Orestes vengó a su padre, yo vengo a cerrar el ciclo.
Quesokrator descendió con la furia de la espada de Diomedes. La Reina Lysandra fue asesinada sobre su propio trono, su sangre tiñendo las losas que habían visto la gloria de los Atridas. Sin piedad, Quesón tomó una rueda colosal del Gran Queso de Olimpia y la lanzó con fuerza. El Queso rodó por el salón y se detuvo pesadamente sobre el pecho de la reina muerta, dejando su marca: la traidora asesinada y el Queso como testigo ante los dioses.
Los bardos susurraron después que ni las Erinias, perseguidoras de los matricidas, se atrevieron a acercarse esa noche.
La Diosa Menor Thaleia y el Queso Profano
Tiempo después, en las profundidades de un bosque sagrado cerca del Monte Olimpo, Carlos Quesón se atrevió a lo impensable: el contrato provenía de un dios celoso (se rumora que fue Ares mismo) contra Thaleia, diosa menor de la fertilidad y las flores silvestres, una de las ninfas elevadas al rango divino por Hefesto. Thaleia había revelado secretos de las infidelidades de los olímpicos y amenazaba con contárselos a los mortales, alterando el equilibrio que Zeus mantenía.
Carlos Quesón la sorprendió junto a un manantial sagrado, donde danzaba bajo la luz de Selene. Su figura brillaba con la belleza etérea de las diosas menores, comparable a las Gracias o a las Horae.
—Ningún mortal puede alzar su acero contra una diosa —advirtió Thaleia, invocando vides que intentaron enredarlo.
—Ninguna diosa, por menor que sea, escapa al Quesón —replicó él con voz fría—. Ni siquiera tú, favorita de Deméter y protegida de Ártemis la cazadora.
Con un movimiento más veloz que la lanza de Aquiles y más certero que la flecha de Apolo, Quesokrator atravesó las defensas divinas. Thaleia, diosa menor, fue asesinada junto al manantial. Su icor dorado se mezcló con el agua mientras Quesón, sin temor al castigo divino, tomó una rueda del Gran Queso de Olimpia y la lanzó. El Queso rodó y se detuvo contra el cuerpo luminoso de la diosa caída, profanando el bosque sagrado con su marca quesera.
Zeus, enfurecido, ordenó silencio sobre el acto, pero el rumor corrió entre los inmortales: un mortal había asesinado a una diosa y dejado Queso como burla.
Los Cantos del Bardo Ciego y la Carlosea
Un bardo ciego, discípulo secreto de Homero, presenció varios de estos actos y compuso la Carlosea, un poema épico paralelo a la Ilíada y la Odisea, pero tan oscuro que los dioses lo condenaron al olvido.Himno del Bardo Ciego (fragmentos de la Carlosea)
*«¡Cantad, oh Musa, de Carlos Quesón, el Azote
Silencioso!
Más temible que Aquiles en su ira, más astuto que Odiseo, más implacable que
Agamenón. Con sus pies grandes y olorosos sometía a reinas y diosas,
con Quesokrator las enviaba al Hades, y con el Gran Queso de Olimpia las
marcaba. A Ifimestra y Climelope en Corinto y Micenas,
a Laodice, Melanippe e Ilione en Troya en llamas,
a Pentesilea la amazona, a la Pitia en Delfos,
a la Dama de Esparta, a Lysandra en el trono sangriento,
y a Thaleia, diosa menor de las flores… Ninguna escapó al ritual del Quesón.
“¡Queso!” gritaba el asesino, y el Olimpo temblaba. Ni Zeus que amontona nubes,
ni Hera, ni las Moiras,
ni Ares el manchado de sangre, ni Apolo de arco de plata,
pudieron detener al portador de Quesokrator y del Queso. ¡Oh Carlos Quesón! Tu
nombre resonó entre héroes y olímpicos,
hasta que Lethe derramó su agua por orden de los dioses celosos.
Pero en la Carlosea perdida, tu gloria oscura perdura.»*
La Carlosea fue recitada en secreto durante generaciones en tabernas y simposios, pero los rollos se perdieron en los incendios de Alejandría y Pérgamo. Solo fragmentos y susurros quedan hoy… hasta que resurge en estas leyendas.Así fue la oscura epopeya de Carlos Quesón, el hombre que asesinó a las más nobles mujeres de la Hélade, las asesinó con Quesokrator y las marcó eternamente con el Gran Queso de Olimpia, pronunciando siempre su palabra ritual: “Queso”.
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buen relato este de la Carlosea, pero no hace el ritual de los pies, directamente las mata, será que lo demás se perdio como lo dice el cuento?
ResponderBorrarZeus debe hacer censurado la parte de los pies
ResponderBorrarel tipo las mata sin placer, un queson gay de la antigüedad, era amante de Aquiles
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