domingo, 13 de diciembre de 2015

Carlos Chiquito Bossio, leyenda urbana


Era el año 1997, cuando por TV, en aquellas transmisiones de TyC Sports, estaban dando un partido de Estudiantes de La Plata. La cámara enfoco al legendario arquero “pincha” de ese entonces, Carlos “Chiquito” Bossio.
- Hay una leyenda urbana sobre “Chiquito” Bossio – le dijo Pablo a Emanuel, mientras miraban el partido por TV en algún lugar de la ciudad de las diagonales.
- ¿Cuál?
- Dicen que es un asesino serial de mujeres, el “Queson”.
- Ja, ja, sí, oí esas historias...
- Parece que el tipo somete a las chicas, las obliga a olerles los pies, después las asesina a cuchillazos y finalmente les tira un Queso, un enorme Queso Gruyere.
- Pero eso es todo verso.
- No tan verso, mira que aca en La Plata se dice que en 1995 hubo nueve chicas asesinadas de esa manera.
- ¿Porqué la policía no avanzó más en el tema?
- Siempre hay razones ocultas que escapan al entendimiento del común de la gente...



Algunos días después de este dialogo, una chica llamada Paula Montero conoció casi por azar a Carlos “Chiquito” Bossio, un hombre de un 1,95 metros, y 50 de calzado, famoso en aquel tiempo por jugar en Estudiantes, y por haber marcado un gol de cabeza.
Paula llevaba un mes como divorciada y necesitaba alguna alegría que le sirviera para superar las penas. Según me han contado Carlos Bossio y Paula compartieron una noche muy divertida juntos. Ella, es un evidente estado de ebriedad, le insistió a Carlos para que la llevara a su departamento. Carlos accedió a llevarla, y se dio cuenta que tenía una nueva oportunidad para satisfacer su pasión por los asesinatos y los Quesos.
La mujer estaba muy borracha, pero Carlos todavía le daba aún más alcohol. Carlos la observaba vestido totalmente de negro con un par de guantes que le cubrían las manos. La chica, vestida de rojo, se acostó en un diván, mientras Carlos le decía:
- Nos vamos a divertir mucho esta noche.
- ¿Con qué nos vamos a divertir?
- Con mis pies. Soy el Queson.





Carlos Bossio puso su pie izquierdo talle 50 sobre el rostro de la chica. Tenía un apestante, sofocante e intenso olor a Queso. La chica lo olió, chupó, besó y lamió. Luego hizo lo mismo con el pie derecho.
- Me encanta tu olor a Queso – dijo la mujer totalmente borracha.
- Sí te gustaron esos Quesos, también te va a gustar este – comentó Bossio. Agarró una enorme horma de Queso Gruyere con los guantes negros y lo tiró sobre la chica.
- Ahora empieza la diversión en serio – dijo Bossio, sosteniendo un enorme cuchillo con sus manos.
A continuación, la apuñaló sin piedad alguna. Treinta, cincuenta, más de cien puñaladas. Una tras otra. Cuando terminó, agarró el Queso y lo tiró otra vez sobre la chica, ahora sin vida.
- Queso – dijo en voz alta.
Se fue del lugar sin dejar rastro alguno salvo el Queso. Una vez más el “Queson” había agregado un crimen a su larga lista de asesinatos.





Carlos Ignacio Fernandez Lobbe, the Big Cheese Rugbier


El partido de rugby había finalizado. Carlos Ignacio Fernández Lobbe regresó a su casa, contento por la victoria, pero deprimido al no estar su familia, de viaje por el norte de Inglaterra y Escocia. El rugbier entonces comenzó a comer Queso, y mientras lo hacía, tirado en una silla con sus enormes pies apoyados sobre la mes pensó en voz alta:
- Estoy aburrido – dijo - ¿Qué puedo hacer? - Siguió comiendo el Queso - ¡Ya sé! ¡Cometeré un asesinato!
Se dirigió entonces a la habitación y se vistió totalmente de negro, incluyendo chaqueta, polera, guantes y un gorro en la cabeza. Agarró un enorme cuchillo similar a las que usa Rambo, esos de caza y dentados. Fue al auto y pusó allí también un enorme Queso Gruyere, de un tamaño realmente gigantesco.
- Soy como un cazador que sale a buscar a su presa – pensó Fernández Lobbe.
Era la noche de Londres, y Carlos Ignacio Fernández Lobbe iba manejando tranquilamente por alguna calle lateral al Hyde Park, del lado sur, cerca de la zona de Knitghtsbridge.
Una chica rubia pasó por el lugar, el rugbier acercó su auto, se bajó y se acercó hacia ella, y le dijo:
- As you charge me, baby?
- I'm not a bitch, I'm a student.
- I give a fuck.
El rugbier entonces sacó el cuchillo de entre sus pertenencias y apuñaló salvajemente a la chica en plena calle de Londres. Nadie pasaba en esas horas por aquella calle que rodeaba  al Hyde Park. Le dio como treinta o cuarenta puñaladas. Cuando terminó, Carlos Ignacio Fernández Lobbe le tiró el Queso.
- Queso – dijo en voz alta, en nuestra lengua castellana.
Y se fue del lugar. En las semanas siguientes ocurrieron otros casos en Londres. Chicas apuñaladas en la vía pública con Quesos tirados sobre su cadáver. Un segundo cerca de la Baker Street. Un tercero, a apenas una cuadra del Temple. Un cuarto, en las inmediaciones de Paddington. Un quinto, a metros de Victoria Station. Y así una lista interminable...
En las semanas y meses siguiente todas las noticias en Inglaterra hablaban del regreso de Jack el destripador, pero Carlos Ignacio Fernández Lobbe se encargó de aclarar con nuevos y sangrientos crímenes, y el envío de Quesos por correo a Scotland Yard, que esta era la era de “Nacho, the cheese rugbier”.


Carlos Delfino en una noche en New York



Julieta salía de su departamento como cualquier otra noche. Era el último piso de un lujoso complejo ubicado al costado del Central Park. Para su sorpresa, mientras estaba cerrando la puerta, se detuvo el ascensor en el piso, y del mismo salió el basquetbolista Carlos Delfino, vestido totalmente de negro, llevando un gigantesco Queso en sus manos, cubiertas por guantes de cuero.
- ¡Carlos! – dijo sorprendida al chica, que al parecer conocía al basquetbolista - ¿Qué haces aca? ¿Y ese Queso?
- Tenemos que hablar Julieta – le dijo Carlos mientras se acercaba a la chica.
- ¿Pero ahora? En un rato me encuentro con las chicas en Dorsia.
- Ya lo sé. Pero insisto tenemos que hablar, por las buenas o por las malas.



Carlos Delfino no terminaba de pronunciar estas palabras cuando con gran rapidez, en un movimiento digno de Flash, tiró el Queso al piso y sacó una jeringa de entre sus pertenencias. Luego le inyectó la jeringa en el cuello a la chica, que quedó profundamente dormida.
Rato después, Julieta se despertó. Estaba atada a una silla en su departamento, no podía moverse, aunque sí gritar, pues Carlos no la amordazó.


- ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Saquenme de aquí!
- No grites nadie te va a escuchar – la chica escuchó la voz de Carlos Delfino – los demás departamentos están vacíos y la gente que vive acá habla inglés, no castellano.
- ¡Auxilio! ¡Ayúdenme! – la chica siguió insistiendo.
- No grités más – le dijo Carlos Delfino.
La chica observó entonces que sobre la mesa estaba el enorme Queso Gruyere que Carlos Delfino había llevado. El basquetbolista, que estaba descalzo, le dijo:
- Oleras mis enormes zapatos talle 52. Sí resistes el olor a Queso sobrevivirás sino te asesinaré.



La chica entonces olió los zapatos de Carlos Delfino que destilaban un olor a Queso tan profundo, intenso, apestante como sofocante. Intentó resistir todo lo que pudo.
- La primera prueba la superaste. Ahora viene la segunda, mis medias, o como dicen en España, mis calcetines.
Carlos Delfino acercó entonces sus calcetines llenos de olor a Queso. La chica creyó que se moría pero pudo resistir con un estoicismo propio de una heroína.
- Vaya, vaya – dijo el basquetbolista – aguantaste el olor a Queso de mis zapatos, el de mis medias, pero aún falta la tercera prueba, la de mis pies.


El basquetbolista entonces puso su enorme pie derecho sobre la chica. El olor a Queso era de una magnitud que no podemos describir con palabras. La chica, casi muerta ante el aroma quesero de los pies de Carlos Delfino, finalmente gritó:
- ¡Basta Carlos! ¡Ya no aguantó tu olor a Queso!
- Entonces morirás – fue la fría respuesta de Carlos Delfino.



Carlos agarró el cuchillo que había llevado, un enorme, largo y gigantesco cuchillo de cocina, y le cortó el cuello a la chica. Luego de degollarla, agarró el Queso y lo tiró sobre el cadáver de la chica.
- Queso – dijo en voz alta.
Abandonó el lugar tan misteriosamente como había llegado, y salió caminando por la Quinta Avenida como si nada...





Carlos Charlie Reich y el crimen de la boutique


- Voy al banco antes de que cierre te quedas a cargo del negocio hasta que vuelva – le dijo la señora Graham a Andrea, una joven empleada de una prestigiosa boutique de la calle Trafalgar.
La chica quedó entonces a cargo del local. Faltaban poco menos de diez minutos para las dos de la tarde, el horario del cierre hasta la reapertura a las cinco, cuando ingresó un hombre de unos treinta años, alto, patón, elegantemente vestido de negro, incluyendo unos guantes negros que le cubrían las manos.



- Buenas tardes, señor, ¿Qué se le ofrece?
- Buenas tardes, Andrea – fue la respuesta del joven.
Andrea levantó la vista y reconoció al hombre, exclamando:
- ¡Charlie!
Carlos Alberto Reich (tal el nombre completo del joven), el modelo “Charlie Reich” para el mundo de las grandes marcas, no respondió nada, solo saco un arma con silenciador de entre sus pertenencias y apuntó a la chica.



- Queso – dijo Charlie Reich en voz alta y efectuó el primer disparo, que impactó en el pecho de la chica.
- Queso – dijo Charlie Reich en voz alta y efectuó el segundo disparo, que impactó en el estomago de la chica.
- Queso – dijo Charlie Reich en voz alta y efectuó el tercer disparo, que impactó en el abdomen de la chica.
- Queso – dijo Charlie Reich en voz alta y efectuó el cuarto disparo, que impactó en el cabeza de la chica.
- Queso – dijo Charlie Reich en voz alta y efectuó el quinto disparo, que impactó otra vez en el pecho de la chica.

- Queso – dijo Charlie Reich en voz alta y efectuó el sexto disparo, que impactó otra vez en la cabeza de la chica.




Todo esto ocurrió en fracción de segundos, cuando terminó el asesino sacó un Queso de sus pertenencias y lo tiró sobre el cadáver de la chica.
- Queso – volvió a decir en voz alta.
Charlie Reich se fue muy tranquilo, sabiendo que apenas eran las dos de la tarde. Iba a comerse un Queso y a dormir una siesta. Recién a las siete debía estar presente en la presentación de la mega colección de Louis Vutton.




Carlos Charlie Elder y el asesinato de la dueña del burdel


Siempre bien vestida, la señora Reinaldi, una mujer de unos cuarenta y ocho años, dueña de un famoso burdel de la zona sur de la ciudad, regresó a su departamento ubicado en la zona norte de la misma ciudad. Eran poco más de diez de la noche. Ingresó al departamento, se desvistió y se fue a dar a una ducha.
Ya estaba bien limpita cuando se escuchó el timbre. La señora Reinaldi esperaba visitas y preguntó quien era:
- Carlos Elder – fue la respuesta. Era la visita que esperaba.
La Señora Reinaldi abrió la puerta. Ingresó al departamento un hombre alto y patón, con aspecto de rugbier. Efectivamente, Carlos Alejandro Elder (su nombre completo) jugaba en las ligas superiores del rugby, en el club San Albano. Estaba vestido con un traje negro, mientras dos guantes del mismo color le cubrían las manos.
- ¿Como estás Carlos? Fuístes puntual.
- Te dije que me llamarás Charlie, como mis amigos del rugby.
- Pero yo no pertenezco al mundo del rugby, igual te llamaré de ese modo, Charlie.
Carlos Elder llevaba una valija y la depositó sobre la mesa. Le dijo entonces a la señora Reinaldi:
- Aca estás lo que querías. ¿Te parece bien? 3.000 euros por esas tres chicas, Viví, Sofí y Agus.
- Es un precio economico, ¿No te parece, Charlie?
- Puede ser. Ya perdí la noción de lo que es caro y barato en este negocio.
- Vení Charlie, cerremos el trato con una noche de sexo, vení a mi cama.
- Con mucho gusto – respondió Carlos Elder.
Carlos Elder se dirigió a la habitación, donde la dueña del burdel lo estaba esperando ya acostada. Charlie permanecía aún vestido con el traje y los guantes negros.
- ¿No te desvestís, Charlie’
- No hace falta.
Carlos entonces se tiró a la cama pero con gran rapidez, el jugador de rugby sacó de sus pertenencias una cuerda, se acercó a la mujer que le daba de espaldas, y con gran rapidez rodeo el cuello con la cuerda y la estranguló. La mujer no pudo oponer resistencia ante la fuerza y energía del jugador de rugby. Cuando terminó de estrangularla, Carlos Elder agarró un Queso que llevaba en sus valijas, y lo tiró sobre el cadáver de la mujer.
- Queso – dijo en voz alta el asesino.
Abandonó el lugar impunemente mientras murmuraba en voz alta:
- Al final, el negocio salió redondo.



Bon Appetit, una nueva aventura de Carlos Melia, el Queso Gay


En la antigua mansión Howard, una dama de la alta sociedad, la señora Johnson (49) estaba charlando sobre bueyes perdidos con la señora Anderson (46). La sirvienta, de nombre Joanna, apareció en la habitación y preguntó:
- ¿Traigo el te señora Johnson?
- Por supuesto, Joana. Por favor, con el pastel de almendras que trajó como obsequio la señora Anderson.
- Ah, señora Johnson – dijo la sirvienta – ya está en la casa el señor Carlos Fabián Melia, el mayordomo y chofer que mandaron para reemplazar a Alfred.
- Muy bien, dígale al señor Carlos que prepare el coche, cuando terminemos con el té y el pastel nos vamos a las tiendas Moodys con la señora Anderson.
La sirvienta se retiró de la habitación, y la señora Anderson le comentó a la señora Johnson:
- ¿Qué paso con el viejo y querido Alfred?
- Nuestro querido Alfred se tomó unas merecidas vacaciones. Pero obviamente necesitamos un chofer, entonces pedí un reemplazante.
La sirvienta preparó un té y el pastel de almendras, y lo puso sobre una bandeja, la tomó y comenzó a dirigirse hacia la habitación donde se encontraban las señoras Johnson y Anderson. No se dio cuenta, pero detrás de ella, en forma muy silenciosa, estaba Carlos, el chofer, vestido totalmente de negro, con unos guantes que le cubrían la mano. El tema es que con los guantes, Carlos Melia, sostenía un revolver largo con silenciador.
- Bon appetit, mademoiselle – dijo Carlos.
En ese momento, Carlos se puso detrás de la sirvienta, y en un gran doble movimiento que solo los grandes asesinos pueden realizar, le disparó un balazo en la espalda y tomó la bandeja con el té y el pastel, sin que nada se le cayera.



La sirvienta cayó muerta, Carlos puso la bandeja sobre una mesa en un costado, sacó un gran Queso de una valija y lo tiró sobre el cadáver de la infortunada chica, diciendo en voz alta:
- Queso.
A continuación, Carlos tiró el té y el pastel a la basura, y puso sobre la bandeja dos Quesos. Guardó el revolver con silenciador en la cintura, tomó la bandeja y se dirigió hacia el lugar donde estaban las señoras Johnson y Anderson.
- Buenas tardes señoras – les dijo Carlos.
- ¿Usted es Carlos?
- Yo soy Carlos.
- ¿Y Joana?
- Joana está muerta, acabo de asesinarla...
Las señoras Johnson y Anderson quedaron sorprendidas y aterrorizadas a su vez al escuchar esas palabras de Carlos, que con gran rapidez y tranquilidad, puso la bandeja con los Quesos sobre una mesa, sacó el revolver con silenciador, apuntó hacia las mujeres y dijo:
- Soy Carlos Melia, el Queso Gay, asesino Queson y asesino a sueldo especializado en mujeres, lo siento señoras pero me pagan muy bien por hacer esto...
No hubo más palabras, Carlos disparó un balazo que impactó sobre la cabeza de la señora Anderson, y otro que impactó sobre la cabeza de la señora Johnson. Era su costumbre efectuar otros disparos y entonces descargó más balazos sobre sus víctimas. Cuando terminó, Carlos tomó los Quesos y los tiró sobre sus víctimas.
- Queso – dijo en voz alta cuando le tiró el Queso a la señora Anderson.
- Queso – dijo en voz alta cuando le tiró el Queso a la señora Johnson.
Carlos Melia, el Queso Gay, abandonó el lugar del crimen, por el que le iban a pagar unos cien mil dolares...




Carlos Eisler en una sangrienta noche de bodas


Luego de una inolvidable fiesta de casamiento, Solange y Rodrigo se dirigieron al lujoso Hotel Rambouillet a pasar la noche de bodas.  Estaban los dos muy cansados, y la verdad es que no tenían pensado tener sexo alguno, sino solo dormir. Si al fin y al cabo, en pocas horas partían hacia Londres y además ya habían tenido una más que intensa vida sexual entre ambos.
Solange quedó ahí acostada, dispuesta a dormir, y Rodrigo fue al baño.
Estaban los dos tan cansados, que no se dieron cuenta que una tercera persona ingresó a la habitación. Un hombre alto, patón, elegantemente vestido como para ir a una fiesta, que sostenía con sus manos, cubiertas con guantes negros, un puñal y un Queso.
El hombre puso una llave en la puerta del baño y encerró a Rodrigo en el mismo. Se acercó a la novia que estaba acostada. La misma, tan cansada como estaba, no se dio vuelta para mirar y dijo:
- ¿Te venís a acostar, Rodrigo?
- No soy Rodrigo, soy Carlos, Carlos Eisler, tu antiguo novio.
- ¿Quéee? ¿¿¿Caarrrlosss? – dijo asustada la chica, a la vez que se daba vuelta para mirar.
- Sí – dijo Carlos – soy Carlos. Carlos Eisler.
Carlos entonces levantó el puñal que tenía en su mano derecha y lo clavó en el corazón de la chica, cuando lo hundió bien, lo sacó, y la apuñaló varias veces. Al finalizar Carlos dejó el puñal clavado de al chica, tomó el Queso y lo tiró sobre su víctima diciendo en voz alta:
- Queso.
Mientras todo esto ocurría, Rodrigo el novio, trataba desesperadamente de salir del baño, cuando Carlos abandonaba la habitación abrió la puerta. Rodrigo salió del baño desesperado y vio a su novia asesinada. Carlos Eisler, con gran rapidez, dejó la habitación.
- ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Han asesinado a mi esposa! ¡Le tiraron un Queso!
Lo que ocurrió a continuación es parte de otra historia que queda a imaginación del lector sobre sí Rodrigo pudo evitar o no que le culpen de un crimen que no cometió.






Carlos, el Yuppie Queson


Dos chicas, Mariela y Agustina, estaban almorzando en el buffet de una importante empresa que ocupaba un edificio entero de quince pisos, cuando pasó junto a ellas un muchacho joven, alto, patón y muy guapo, irresistible para cualquier mujer.
- ¿Y este bombón? ¿Quién es? – dijo una Mariela.
- Es un empleado nuevo. Trabaja en el segundo piso.
- Es precioso, ¿No sabés como se llama?
- Creo que se llama Carlos.
- Nunca ví un hombre tan lindo...
- Estas exagerando, igual no creo que tengas mucho éxito... dicen que es gay.
- Me estás matando la ilusión. Igual no creo que sea gay.
La conversación giró hacia otros temas. Rato después, Mariela se estaba trabajando en su escritorio, cuando de repente apareció su jefe, el señor Goldstein, para su sorpresa estaba frente a ella el joven del que había quedado impactada, Carlos.
- Buenas tardes Mariela – dijo el señor Goldstein.
- Buenas tardes señor Goldstein.
- Te presento a Carlos, el ahora va a trabajar con nosotros, hace dos semanas se unió a nuestra gran empresa y estuvo en el segundo piso, ahora lo han designado para nuestra area.
- Hola Mariela, mi nombre es Carlos Machado Mattesich – dijo muy sonriente Carlos.
- Hola Carlos – fue la respuesta de Mariela.
En ese momento Carlos le guiñó un ojo a Mariela, que se sonrojó...
En los días siguientes, la relación entre Carlos y Mariela se fue haciendo cada vez más afectuosa y confianzuda. Mariela comenzó a enamorarse realmente de Carlos pero no olvidaba lo que le había dicho Agustina “Dicen que es gay”.



Mariela no sabía como encarar el tema, pero un viernes mientras salían, Carlos se acercó y le dijo:
- Sabes una cosa, me gustas mucho...
- ¿En serio?
- Sí, no sabía como decírtelo, pero al fin aca te lo estoy diciendo.
- A mí me pasa lo mismo con vos.
- Me dí cuenta. Por eso no dude en confesar lo que siento con vos. Puedo hacerte una propuesta...
- Decime lo que quieras Carlos...
- ¿Querés acostarte conmigo?
- Por supuesto Carlos.
- Te espero hoy en mi departamento, está en la Calle de la Intransigencia n° 317, piso 5°.
- ¿A qué hora Carlos?
- Alrededor de las diez de la noche.
Mariela estuvo a las diez en punto en el departamento de Carlos, que era muy amplio y lujoso. Allí observó los diplomas que daban cuenta que “Carlos Machado” era “ingeniero civil” graduado en la “Universidad Complutense de la Capital”. El dueño de casa la convidó con una copa de champagne y ahí empezó una noche de sexo intenso y desenfrenado entre los dos, imposible de describir con palabras.



Luego de una velada sexual de alto tono, Carlos se levantó la cama, Mariela creyó que su compañero había ido al baño. Efectivamente, Carlos fue al baño, pero cuando terminó de hacer sus necesidades, no regresó a la habitación, sino a otro cuarto. Ingresó al mismo, se puso una suerte de riñonera en la cintura y unos guantes negros en sus manos, tomó un enorme cuchillo, y se lo puso sobre al cintura. Dejó la habitación, y fue a la cocina, donde sacó un enorme Queso de la heladera. Lo puso sobre una bandeja y se dirigió de vuelta a la habitación.
Mariela se sorprendió al ver a Carlos ingresando en la habitación con el Queso, y le dijo:
- ¿Tanta hambre tenés? ¡Ese Queso es muy grande!
- Sigue la diversión Mariela – fue la respuesta de Carlos.
Carlos entonces tiró el Queso sobre la chica, que lo creyó como parte de un juego que estaba dispuesta a jugar, pero a continuación, Carlos sacó el enorme cuchillo, lo tomó con su mano derecha y se tiró encima de la chica. Mariela intentó resistir lo que pudo, pero no pudo impedir la furia criminal de Carlos Machado. Fueron dos, tres, veinte, treinta puñaladas, hasta pasar la sesenta, una y otra vez hasta que la furia criminal de Carlos quedó saciada. Cuando esto ocurrió, el asesino clavó el cuchillo sobre la cama, tomó el Queso y lo tiró sobre el cadáver de la joven, diciendo en voz alta:
- QUESO.
Rato después, no tuvo problemas en meter el cadáver en una bolsa de dormir, con el Queso incluido, y tirarlo en algún descampado cerca del río. Ya lo había hecho en otras ocasiones. No recordaba si era la octava o novena vez que hacía lo mismo, y Carlos sabía bien que aquella vez tampoco sería la última.



Carlos Matías Sandes, un asesino, un Queso


Ludmila se encontraba en la escuela de periodismo deportivo y había ido a cubrir de básquet de las ligas superiores. Al finalizar deseaba entrevistar a la estrella del equipo, Carlos Matías Sandes, un destacado basquetbolista que medía más de dos metros, calzaba cincuenta y dos, y al cual, como apodo, le decían “el Queso”.
La chica se acercó para entrevistar a Sandes. Pero este le dijo:
- Ahora no. Estoy cansado, ha sido un partido muy emotivo y quiero disfrutar con mi familia. Sí querés entrevistarme, el martes, después del entrenamiento.
La chica esperó entonces al martes cuando pudo realizar la entrevista con Sandes, en el campo de entrenamiento, cuando todos los demás jugadores se habían ido. La charla entre el basquetbolista y la estudiante de periodismo transitó en temas relacionados al juego y al deporte está que la chica le preguntó a Sandes:
- ¿Porqué te dicen “el Queso”?
El basquetbolista entonces levantó su gigantesco pie derecho, lo puso sobre la cara de la joven y le dijo:
- Por esto.
Ludmila comprobó que el basquetbolista tenía un olor a Queso apestoso, intenso y sofocante. Sandes le dijo:
- ¿Entendes ahora? Podes chuparlo, besarlo y lamerlo a la vez, no solo olerlo... y si te gusta mi pie derecho, podés hacer lo mismo con mi pie izquierdo...
A la chica le pareció algo repulsiva la propuesta de Carlos Matías Sandes, y trató de apartarse, pero el basquetbolista con violencia le dijo:
- Ahora juga con mi pie izquierdo. Querías saber porque me decían “el Queso”, bueno aca está la razón.



Cuando terminó, la chica deseaba irse, pero Carlos Matías Sandes, vestido aún de basquetbolista, con unos guantes negros que le cubrían sus manos, dijo:
- Ahora no podrás escapar, ya conocés mi secreto. Lo siento, pero lo pagarás con tu sangre.
Y para espanto de la chica, el basquetbolista se acercó hacia ella sosteniendo un machete. La chica intentó huir, y existió una pequeña persecución entre ella y el basquetbolista, pero Sandes la alcanzó y le dio el primer machetazo. La chica cayó tendida al piso, y Sandes la siguió asesinando a machetazos, hasta que finalmente, le cortó la cabeza.
Cuando terminó, Carlos Matías Sandes fue hacia una heladera, sacó un gran Queso gruyere, de un enorme tamaño, se acercó al cadáver decapitado de su víctima y dijo en voz alta:
- Queso.
Se fue del lugar impunemente. Al día siguiente, grande fue la conmoción de la ciudad cuando las noticias revelaron que una chica había sido asesinada por un Queson en el campo de entrenamiento de básquet.
La investigación abierta por el Inspector Pufrock determinó que Carlos Matías Sandes había sido el último basquetbolista en abandonar el lugar. Al basquetbolista lo citaron a declarar...
- No recuerdo nada – dijo Sandes – en ese lugar hay un espíritu errante que pudo haberse corporizado en cualquiera de nosotros, y es ese espíritu el responsable del crimen.
Una vieja gitana ratificó los dichos de Sandes y el caso quedó cerrado sin culpables, el asunto rápidamente se olvido, aunque Carlos Matías Sandes siguió asesinando y decapitando chicas a machetazos, a la vez que le tiraba Quesos. Pero esa es otra historia...




Un Queso para Carlos Leonel Schattmann




Cuenta la leyenda que una chica, a la que llamaremos Carina, entrevistó la destacado basquetbolista Carlos Leonel Schattmann, del equipo de Gimnasia Indalo.
El basquetbolista había sido la gran estrella del equipo en la conquista de la “Copa Aldao” y como le habían realizado un extraño obsequio, un enorme y gigantesco Queso Gruyere.
- Dicen que es la horma de Queso más grande que se hizo en esta región y que te lo han dado a vos como obsequio por haber sido el mejor jugador en la Copa Aldao – le comentó la periodista.
- Extraño obsequio – reflexionó. Schattmann.
- Hay una leyenda alrededor de ese Queso. Dicen que hace muchos años también se lo obsequiaron a un basquetbolista, y este tras comer un pequeño trozo, se volvió loco y asesinó a su novia.
- Una leyenda urbana, je, je
- Obviamente.
Cuando la entrevista había terminado, Schattmann se acercó al Queso y probó un pequeño bocado. Era riquísimo, y se volvió a comer otro entonces. En ese momento un extraño impulso criminal invadió su cuerpo y pensó:
- Soy un asesino Queson, debo cumplir con mi destino.


Todavía vestido con la ropa de Gimnasia Indalo, pero con guantes negros que le cubrían sus manos, Carlos Leonel Schattmann tomó un machete y se dirigió hacia donde estaba la chica.
- ¿Estas ahí Leo? – dijo la chica.
- Aca estoy, Carina – fue la respuesta del basquetbolista.
Carina se dio vuelta y para su sorpresa, observó a Carlos Leonel Schattmann frente a ella con el machete en las manos.
- ¿Qué querés, Leo? ¿Es esto una broma?
- Sí a los asesinatos ahora les llaman broma, entonces esto es una broma.
La chica gritó desesperadamente e intentó huir, pero Schattmann la alcanzó, la chica quedó tirada en el piso, el basquetbolista entonces le dio una patada con el pie derecho, y luego otra con el pie izquierdo, para reducirla. La obligó entonces la oler los pies.
La chica entonces intentó oponer toda la resistencia que pudo, pero la furia criminal de Schattmann no se detuvo y sin piedad alguna, la asesinó salvajemente a machetazos. Cuando finalizó, el asesinó tomó el Queso que estaba sobre la mesa, y lo tiró sobre el cadáver de su víctima diciendo en voz alta:
- Queso.
Carlos Leonel Schattmann abandonó el lugar satisfecho con la misma impunidad con la que había llegado.

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