domingo, 16 de agosto de 2015

¡Qué olor a Queso!


Jimena estaba muy cansada después de una agotadora jornada de trabajo. Aquella noche llegó una hora más tarde de lo habitual. Encima era el mes de noviembre y las altas temperaturas comenzaban a agobiar a la gran ciudad. No tenía ganas de nada, salvo de darse una ducha, comer algo ligero y dormir profundamente. Ni siquiera tenía interés de ver la televisión. De todas formas, y para relajarse un poco, comenzó a escuchar música a un volumen razonable. Luego entró a la ducha.
Entre el ruido de la música y de la ducha, la chica no escuchó que alguien entraba al departamento. Era un hombre muy alto, patón, vestido totalmente de negro, incluyendo unos enormes zapatos, el pasamontañas que le cubría el rostro y los guantes que llevaba en las manos.
Se trataba de Carlos Bossio, el asesino serial de mujeres conocido como el “Queson” porque sobre el cadáver de cada una de sus víctimas arrojaba un enorme Queso, generalmente un Gruyere o un Emmental. En efecto, el asesino había entrado al departamento con un gigantesco cuchillo y un enorme Queso.



En un primer momento, Carlos se dirigió al baño con el aparente objetivo de entrar el mismo y apuñalar a su víctima al mejor estilo Psicosis. Pero mientras se estaba dirigiendo al lugar, cuchillo en mano, se detuvo.
-         Ya asesiné a una chica al estilo Psicosis hace dos o tres meses, cometeré este crimen de otra manera – pensó Carlos.
Entonces Carlos quedó quieto esperando que su víctima saliera del baño, sacó de entre sus pertenencias una inyección de cloroformo y esperó. Cuando Jimena salió del baño, en un movimiento muy rápido, Carlos la tomó por detrás y le inyectó el cloroformo en el cuello. La chica quedó dormida de inmediato, aunque el efecto no duraría más de quince o veinte minutos.



En ese lapso, tiempo más que suficiente, Carlos llevó a la chica a la cama, y la ató de pies y manos. Cuando Jimena volvió en sí, intentó desatarse pero nada pudo hacer.
-         ¡Socorro! ¡Auxilio! – comenzó a gritar la chica.
-         Grita lo que quieras – le dijo Carlos – con la música nadie te va a escuchar.
-         ¿Quién sos, que querés?
-         Soy Carlos Bossio, asesino serial de mujeres, el Queson.
Carlos entonces puso su enorme pie derecho talle cincuenta sobre el rostro de la chica, y esta, la olerlo, exclamó:
-         ¡Qué olor a Queso!
En efecto, el olor a Queso de los pies de Carlos era más que apestante, intenso y sofocante. El asesino obligó a su víctima a lamer, besar, chupar y oler los pies, primero el derecho, luego el izquierdo. Cuando terminó, agarró el Queso y lo tiró sobre la chica, que exclamó:
-         ¡Qué olor a Queso!
A continuación, el asesino tomó el cuchillo y apuñaló salvajemente a la chica. Fueron una gran cantidad de puñaladas, imposibles de contar, aunque según los forenses habrían sido como sesenta y siete.
Cuando terminó de apuñalarla, Carlos Bossio tomó nuevamente el Queso con sus manos y lo tiró sobre el cadáver de su víctima mientras decía en voz alta:
-         Queso.
Sin que ocurriera más nada, y finalizada su sangrienta tarea, el asesino abandonó el lugar con total impunidad.



Un Queso para la tarotista


Rosalía de Almería, la gitana andaluza, no era andaluza, ni gitana, tampoco se llamaba Rosalía, pero así era como todos la conocían en el barrio. Era la personalidad que había adoptado para dedicarse al tarot, la videncia, la clarividencia y todas esas cosas relacionadas con lo sobrenatural y las ciencias ocultas. La verdad que Rosalía tenía ciertos poderes, y un gran número de aciertos así lo corroboraban.
Aquella tarde del mes de abril de 1997, Rosalía ya había atendido a varias clientas, todas mujeres, cuando se disponía a cerrar, lo que vamos a dar en llamar su consultorio. Imaginemos un lugar lleno de objetos y símbolos extraños. Ya había dado por finalizada su jornada laboral, cuando sonó el timbre.
-         ¿Quién es? – preguntó Rosalía.
-         ¿Rosalía de Almería? – fue la respuesta de una voz masculina.



Rosalía se acercó a la puerta y al abrirla, se encontró del otro lado, a un muchacho de cabellos negros, tez clara, dientudo, muy alto, con enormes pies, vestido de traje gris, guantes y zapatos negros y llevando un gran portafolios.
-         Buenas noches, mi nombre es Carlos, necesitó hablar con usted...
-         Mira muchacho, hoy ya estaba por cerrar, quizás mañana puedas venirme a ver...
-         Es un caso urgente, por favor, tengo que hablar con usted...
-         Bueno, muchacho, puedes entrar.
El joven entró y la gitana lo invitó a sentarse para iniciar la sesión, le dijo entonces:
-         Dime muchacho, cual es tu problema y en que te puedo ayudar... Me has dicho que te llamas Carlos, verdad?
-         Sí, mi nombre y apellido es Carlos Bossio. Estoy aquí porque he notado que quieren hacerme daño. Una compañera de trabajo complotada con una ex novia. Por eso necesitó su ayuda.
-         Dime tu fecha de nacimiento, con eso y tu nombre alcanza para empezar...
-         1° de diciembre de 1973...
-         Muy bien – dijo la gitana, qué empezó a sentir un extraño olor en el lugar, dijo entonces – Qué olor a Queso.
-         Así, es por esto...
Carlos abrió el portafolios y sacó un Queso, lo puso sobre la mesa.
-         Mejor lo dejo acá, al Queso, puede ayudar...
-         ¿Puede ayudar? Vamos a ver...




La gitana entonces comenzó a hacer una carta natal y a tirar las cartas, más una prueba de numerología, empezó a ver algo que la sobresaltó... el Queso... sangre... crímenes... asesinatos... el símbolo de la muerte... pero no en Carlos, sino desde Carlos, asustada y parándose de la silla, gritó:
-         ¡Pero, tú eres Carlos, el Queson, el asesino serial de mujeres!
-         Por supuesto – fue la fría respuesta de Carlos.
El asesino sacó entonces un gigantesco cuchillo, y se acercó hacia la gitana, en un movimiento muy rápido. La mujer intentó defenderse y opuso una gran resistencia, en realidad nunca una mujer le había opuesto tanta resistencia, pero la fuerza y furia criminal de Carlos pudo más. El asesino la apuñaló una y otra vez, en forma salvaje y desenfrenada.
Fueron una gran cantidad de puñaladas, imposibles de contar, aunque según los forenses habrían sido como cincuenta y seis.
Cuando terminó de apuñalarla, Carlos Bossio tomó el Queso con sus manos y lo tiró sobre el cadáver de su víctima mientras decía en voz alta:
-         Queso.


Sin que ocurriera más nada, y finalizada su sangrienta tarea, el asesino abandonó el lugar con total impunidad.



El asesino de Rocío Marengo


Tercer tiempo de un partido de rugby, de las competencias de la URBA, un triste y anodino San Albano vs Liceo Naval que seguramente ni siquiera quienes lo jugaron lo recordarían al día siguiente. Entre los jugadores de San Albano, estaba por supuesto, nuestro conocido Carlos Alejandro “Charlie” Elder, también paisajista además de rugbier. Estaba charlando con otros rugbiers, Germán Vidal e Ignacio Gastaldi,  cuando alguien dijo:
- ¡Miren quien esta ahí!
- ¡Rocío Marengo!
- ¡Esa mina en el tercer tiempo!
Charlie dio vuelta su mirada y efectivamente, vio que Rocío Marengo estaba ahí, en el tercer tiempo, con una copa de agua mineral saborizada de pomelo.
- Parece que no toma cerveza esta mina – agregó Gastaldi.
- Estaría bueno que se comiera algún Queso – dijo Vidal.
- Yo le voy a dar de comer mi Queso – agregó Elder.
- ¿Te la vas a levantar? – preguntó Gastaldi.
- Será fácil, esta regalada – dijo Elder.
Charlie avanzó adonde estaba Marengo. La mediática miró al rugbier y le dijo:
- Lindos los rugbiers, todos bien fortachos, fuertes, altos, patones.
- Yo soy el más patón de todos.
- ¿De todos los rugbiers?
- No – dijo Carlos – eso se lo reservo a mi amigo “Quesón” Carlos Ignacio Fernández Lobbe, me refiero que soy el más patón de los que estamos aca.
- ¿Cuánto calzas?



- 47/48 – dijo Elder – y también soy Quesón, ja, ja.
- No sé que significa que sos un Quesón, me suena a Queso, eso sí – dijo Marengo.
- Hay un cuarto acá, del otro lado de la cancha, lo podemos usar, si queres probar mis Quesos por supuesto.
- Dale – dijo Marengo – pero no ahora, cuando se vayan todos.
- ¿Es que acaso te importa?
- ¿Porqué no me va a importar?
- Perfecto. Así quedamos.
Elder volvió con sus amigotes rugbiers, que le preguntaron, cerveza va y cerveza viene:
- ¿Y qué paso?
- Ja, ja, nada, ja, ja – se río Charlie Elder y rápidamente cambió de tema, empezando a hablar de los All Blacks y los Springboks.
Así fue que el rugbier Carlos Alejandro Elder, “Charlie” para sus allegados, arregló tener una noche de sexo con la mediática Rocío Marengo. Cuando ya no había nadie en el tercer tiempo, Charlie fue al famoso cuarto y efectivamente, Marengo estaba allí, desnuda.
- No me dijistes como te llamas – le dijo Marengo - ¿O acaso tu nombre es “Quesón” como me dijiste que te llamaban?.
- Ja, ja, soy Quesón, sí. Mi nombre es Carlos. Pero todos me dicen “Charlie” aca. Igual todos los Quesones nos llamamos Carlos.
- Carlos. Charlie. Hermoso nombre. Muy interesante.



Marengo estaba desnuda, así esperaba la mediática, mientras Carlos se desnudaba al pie de la cama.
Carlos Elder se sacó las medias, los zapatos y se desnudó completamente, quedando con los calzoncillos y los guantes negros en las manos como su única vestimenta. En ese momento, ingresó al baño. 
Mientras estaban en el baño, Rocío Marengo, entonces, agarró las medias y los zapatos de Carlos, y las olió. Se las acercó a la nariz, pero ante el apestante olor a Queso que tenían las apartó espantada y asustada.
-         ¡Qué olor a Queso! – exclamó Marengo – Ahora entiendo porque dijo que era Quesón.
Carlos Elder salió del baño, Marengo lo observó y le dijo:
-         Qué olor a Queso que tenés...
-        Soy Quesón, ya te lo dihe – dijo muy tranquilo Carlos – es lógico que tenga olor a Queso. Seguro que tus pies deben tener un lindo olor también...
-         Probame mis pies si querés, Charlie...
Marengo extendió sus piernas y Carlos comenzó a oler los pies de la chica, primero el izquierdo, después el derecho.
-         Tus pies no parecen pies, no huelen a nada – declaró decepcionado Carlos.
-         Soy muy limpita.
-         Yo también soy limpio, pero tengo olor a Queso en los pies porque soy Quesón, ya te lo dije.
-         ¿Quesón? Sí, me lo dijiste hasta el cansancio. Ja, ja, me causa gracia, ¿Sos un Queso grande, acaso?
-         Muy grande.
Tras decir estas palabras, Carlos Elder puso sus pies sobre el rostro de Rocío Marengo, la chica le dijo:
-         No, no, sacame los pies de encima, tienen mucho olor a Queso.
-         Entonces vas a saber en que consiste ser Quesón...
Carlos se tiró sobre Marengo, y le empezó a chupar las tetas, la besó y le chupó todo el cuerpo, completo, entero, a Rocío le gustó mucho, entonces la penetró por la vagina con fuerza y satisfacción para mediática.
- ¿Te gusta que sea Quesón, Rocío?
- Por supuesto. Me encanta. Dame mas, Quesón.
Carlos entonces se tiró literalmente sobre la chica y con las manos, cubiertas con guantes negros, la tomó del cuello, y comenzó a estrangularla.
- Aaaaaaajjjjjjjjjj – comenzó a exhalar Marengo sus suspiros mientras se iba quedando sin aire.
Rocío Marengo intentó gritar, defenderse, resistir, pero la furia del asesino, que recordemos era jugador de rugby, se impuso sobre la resistencia de la chica. Finalmente, transcurridos unos minutos, el asesino finalizó su tarea.
Entonces, Carlos Elder agarró el bolso que había llevado y del mismo sacó un Queso, un gran Queso, agarró entonces el Queso con sus manos y lo tiró sobre el cadáver de su víctima mientras decía en voz alta:
-         Queso.


Sin que ocurriera más nada, y finalizada su labor, el asesino agarró el cuerpo de su víctima, y lo metió en una bolsa de dormir, con el Queso incluído. Avanzó por una ruta, y paró el auto. Sacó el cadáver de Marengo para tirarlo ahí, en un descampado, donde no había nadie.
Carlos ya estaba por tirar el cadáver cuando se frenó y dijo en voz alta:
- No, mejor no. Haré algo mejor.
Se acercó entonces a una zona con arboles y sacó una soga, colgó entonces el cadáver de Marengo en el árbol, y también colgó el Queso del árbol, dejando un cartel, con una pizarra:
- Rocío Marengo. #QUESO.
Carlos Elder abandonó entonces el lugar con total impunidad, con la satisfacción que solo los grandes asesinos sienten cuando piensan que han cometido un gran asesinato.


El delirio místico y criminal del basquetbolista que tenía olor a Queso


Dicen que al finalizar un entrenamiento de básquet en Boca, Carlos Matías Sandes le dijo a Jonatan Treise:
- Soy un Queson.
- ¿Un Queson? ¿Porqué?
- Porqué tengo los pies muy grandes, calzo 51.
- Yo también soy patón... aunque no tanto, claro... lo tuyo es muy grande, en serio, si es verdad, sos muy Queson, ja, ja...
- Claro que soy muy Queson, yo tengo olor a Queso en los pies. Por más que me los lave el olor es intenso, apestoso y sofocante.
- Ja, ja, me haces reír Mati...
- Aunque cuando hablo de mis Quesos prefiero que me llamen por mi primer nombre, Carlos...
- ¿En serio? Sí todos te conocemos por tu segundo nombre, bueno, no hay problemas Mat... perdón señor Carlos, ja, ja.
- Yo no me reiría tanto, lo del olor a Queso es en serio.
- Ya que insistís tanto, ahora quiero oler tus pies...
- Bueno, dale...
Ocurrió entonces que Jonatan Treise se agachó en el piso, y Carlos Matías Sandes puso sus enormes y gigantescos pies sobre su rostro. Jonatan apenas aguantó el olor a Queso de su compañero, que realmente apestaba... y retiró rápidamente su rostro de debajo de los pies de Sandes.
- Es verdad Mati... perdón Carlos, así es como te voy a llamar ahora, Carlos, el olor a Queso que tenés es impresionante.
- ¿Vistes? ¡No es mentira!
- Usa talco...
- No, es peor. Eso me lo expande aún más. Pero el problema del olor es que me crea un instinto asesino...
- ¿Instinto asesino?
- Sí, tengo ganas de cometer un asesinato...
- ¡No me asustes! ¡A ver si me matas a mí! – exclamó Jonatan con una mezcla de miedo, sorpresa y burla.
- No, tranquilo Jonatan... tengo ganas de asesinar a alguien... pero no a un hombre, sino a una mujer...
- Bueno Mat.. digo Carlos... como broma ya es suficiente. Hasta mañana.
- Espero que mañana nos veamos Jonatan... si puedo controlar este instinto asesino.
Treise ya no quiso escuchar más a su compañero, creyéndolo loco, fue a decirle al médico de la delegación...
- Che, Matías está loco... No deja de hablar pavadas.
- No pasa nada – dijo el facultativo – tiene el “Síndrome de Gruyere”, es por el olor a Queso en los pies, lo lleva a hablar cosas sin sentido.
- Pero hay que tratarlo, es grave las cosas que dice...
- Tranquilo, no pasa nada, ya inició un tratamiento, en un rato le harán efectos los medicamentos que le dimos y se quedará tranquilo. Mañana no se va acordar de nada.
Jonatan se tranquilizó al escuchar esa respuesta, y totalmente despreocupado, regresó a su hogar.



Mientras tanto, Carlos Sandes se fue del entrenamiento. Pero no regresó a su casa sino que se fue de compras.
Primero pasó por un negocio de ropa, se compró un piloto de color negro, guantes negros y un gran sombrero de ala ancha también negro...
Después pasó por esos negocios que venden armas y al mirar a la vidriera quedó impresionado por un gran machete de más de medio metro de longitud.
- Qué lindo machete para asesinar a una mujer – pensó Carlos Sandes.
En ese mismo momento, entró al local y no dudó en comprar el machete.
Rato después Sandes entró a una Quesería y le dijo al vendedor de Quesos:
- Quiero la horma de Queso Gruyere más grande que exista.
- Mirá, las hormas de Queso Gruyere suelen pesar cinco, seis kilos, pero tengo una que pesa como nueve kilos y...
- Dame ese Queso. ¿Cómo te llamas?
- Carlos... todos me conocen como Carlitos...
- Somos tocayos, yo también me llamó Carlos, dame ese Queso, rápido.
El vendedor de Quesos quedó extrañado ante la venta que había realizado pero muy contento con el dinero que había ganado. Un compañero suyo le preguntó:
- ¡Pareces eufórico Carlitos!
- Hice una venta muy extraña. Un tipo que medía más de dos metros, debía ser un basquetbolista, era un patón enorme, me compró un Queso Gruyere, la horma gigante, fue un negoción...



Carlos Sandes ya estaba decidido a cometer un asesinato aquella noche. Ya tenía la ropa de asesino, el Queso y el machete, pero le faltaba lo más importante: la víctima.
En ese momento se acordó que aquella noche su mujer organizaba una reunión con unas amigas...
- Las asesinaré a todas, les cortaré la cabeza y les tiraré un Queso – dijo entonces Carlos Sandes.
Ocurrió entonces que Carlos Sandes llegó a su casa. Su mujer le dijo:
- Hola Matías, ahora vienen las chicas...
- Ja, ja, ja, ahora ya no quiero que me digan más Matías... ahora soy Carlos, Carlos, el Queson, ja, ja, Carlos, el decapitador de Mujeres, ja, ja, Carlos, el Basquetbolista Queson y decapitador... ja, ja,
- ¿Qué te pasa, Matías? ¡Estás loco!
Sandes entonces agarró el machete, se acercó a su mujer, y sin mediar ninguna palabra más, le cortó la cabeza. Cuando terminó, tomó el Queso y lo tiró sobre el cadáver de su mujer, diciendo en voz alta:
- ¡Queso!



No tardaron en llegar las amigas de su mujer. Vinieron las cuatro juntas. El basquetbolista escondió el cadáver y la cabeza de su mujer, con el Queso incluido, en el placard. Muy sonriente, Sandes le fue diciendo a las chicas:
- Buenas noches, chicas, esperó que se sientan a gusto. Mi mujer no tardará en llegar. Las convidó con esta bebida.
El basquetbolista le sirvió a todas una bebida que las chicas tomaron con gusto. Pero la bebida contenía un narcotico, y las chicas quedaron dormidas a los pocos segundos...
El efecto duraría una hora, no más, el tiempo suficiente para que Sandes atará a las cuatro chicas a unas sillas de pies y manos. Cuando volvieron en sí, las chicas se encontraron que no podían moverse.
- Ja, ja, soy Carlos Sandes, el basquetbolista asesino, el Queson decapitador de mujeres, las mataré a todas...
A continuación, Sandes obligó a cada una de las chicas a olerle, besarle, chuparle y lamerle los pies. Primero el pie izquierdo, luego el derecho. El olor a Queso era impresionante, apestante, sofocante. Cuando la chica terminaba de olerle los pies, Sandes tomaba el machete y le cortaba la cabeza. Luego le tiraba el Queso diciendo en voz alta:
- ¡Queso!
Así con cada una de las chicas, hasta finalizar su macabra tarea... cuando lo hizo, todavía con el machete ensangrentado, telefoneó a Jonatan Treise:
- Ya está Jony, las maté a todas, les corté la cabeza y les tiré un Queso, ja, ja...



Jonatan desesperado fue a la casa de Sandes, horrorizado, vio los cadáveres de las mujeres asesinadas, los Quesos tirados al lado de cada una de las cabezas decapitadas, y encontró al basquetbolista con el machete ensangrentado sentado en una silla.
- ¿Qué hiciste, Matías?
- Me llamo Carlos. Te lo anticipé esta tarde. Debía completar una misión y aca está.
- Treise llamó a la policía, y se llevaron a Sandes con un chaleco de fuerza, a la vez que gritaba:
- ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! ¡Esto no lo hice yo! ¡Un espíritu maligno se apodero de mí!
- ¿Qué pasa, Matías?
Sandes escuchó la voz de su mujer, y ahí se dio cuenta que todo había sido parte de un sueño. Decidió tranquilizarse y olvidarse del asunto, pero cuando estaban desayunando su mujer le dijo:
- Che, tenés que hacer algo con lo del olor a Queso.
- Siempre tuve olor a Queso en los pies. Tengo pies muy grandes, juego al básquet, es inevitable, me lavo los pies todos los días, dos o tres veces, y el olor sigue...
- Pero nunca tuviste tanto olor a Queso como ahora...
- ¡Otra cosa! O mejor dicho otro Queso, ¿Para qué compraste ese Queso tan grande? Está bien que te guste mucho el Queso, que todos los días comás mucho Queso, pero esa horma tan grande...
- ¿Compré un Queso?
- Sí, ahí está... pero eso no fue lo único extraño que compraste... ese machete, para que, ¿Acaso le vas a cortar la cabeza a alguien? Ja, ja...
Carlos Matías Sandes vio el Queso, se puso guantes en las manos, tomó el machete, se dio cuenta del olor a Queso que tenía en los pies, y ahí comprendió todo, se vio al espejo, sonrío y dijo en voz alta:
- ¡Queso!


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