sábado, 12 de julio de 2014

Quesones Extraños en un Tren



Carlos Bossio, un muchacho de unos treinta y pico de años, subió al tren expreso que al mediodía partía de la estación central hacia la Costa. Ingresó en uno de los vagones de la Clase Ejecutiva, con asientos muy grandes, ideales para un hombre como él, que era muy alto y patón, pues medía 1,95 metros y calzaba cincuenta. Estaba muy bien vestido, con un traje gris oscuro, y a juzgar por su apariencia y sus maletas, todo indicaba que Carlos era un hombre de negocios.

Llegó al asiento 37, ventanilla, que era el que tenía asignado. En el de al lado, el 36, ya estaba sentado su ocupante. Era también un hombre de unos treinta y pico de años, tan alto y patón como Carlos, vestido con un estilo similar.
-         Buenas tardes – dijo Carlos.
-         Buenas tardes – contestó el otro muchacho y mientras Carlos acomodaba su maleta en el lugar que le correspondía agregó - ¿Quiere que corra mi maleta para acomodar mejor la suya?
-         No, gracias, ya está todo bien acomodado, con este lugar me alcanza.
-         Perfecto, cualquier cosa me avisa.
Carlos se sentó en su asiento y le preguntó a su ocasional compañero de viaje:
-         ¿Le molesta si dejó la ventanilla abierta o prefiere que corra la cortina?
-         No hay problema, dejela abierta, no me molesta.
-         Perfecto, gracias.




El tren no tardó en arrancar, Carlos observaba el paisaje de los barrios suburbanos por los que pasaba el tren, pero al correr su vista, observó los zapatos de su compañero de viaje. Espontáneo como era, Carlos, le preguntó:
-         Disculpeme, ¿Puedo preguntarle algo?
-         Por supuesto, dígame.
-         ¿Dónde consiguió esos zapatos? Le preguntó porque calzó cincuenta, tengo pies muy grandes, y no me es nada fácil conseguir zapatos. ¿Son de alguna zapatería?
-         Sí, claro, usted es tan alto como yo, somos dos gigantes que viajan uno al lado del otro. Yo calzo un poco menos que usted, un cuarenta y ocho, para ser exactos. Estos zapatos los adquirí en Charles Shoes, está en el 3300 de la Quinta Avenida, entre la 45 y la 46.
-         No lo conozco. Lo voy a anotar – Carlos sacó un anotador y una lapicera y comenzó a anotar – Me dijo, la Quinta...
-         Entre la 45 y la 46, Charles Shoes.
-         Bueno, de Charles Shoes no creo que me olvide, es mi nombre, me llamo Carlos.
-         Yo también me llamo Carlos – dijo el otro muchacho – con razón había tanta afinidad entre los dos.
-         Ya lo creo, para un Carlos no hay nada mejor que otro Carlos. Es uno de mis lemas preferidos.
-         Ja, ja, buen lema, me gusta...
En ese momento, pasó el guarda del tren y comenzó a pedir los boletos de los pasajeros.
-         Fernández Lobbe, Carlos Ignacio, muy bien, gracias, y usted?
-         Bossio, Carlos Gustavo, aca tiene mi boleto.
-         Perfecto, muchas gracias.
El guardia se fue, y los dos Carlos quedaron otra vez solos. Bossio le dijo a Fernández Lobbe:
-         ¿Vos no jugabas al rugby?
-         Sí, jugué varios años en las ligas superiores, hoy soy entrenador – Lobbe iba a seguir hablando pero de repente sonó el teléfono celular, el rugbier se levantó y le dijo a Bossio – Disculpame, voy a atender esta llamada, ahora vuelvo.




Fernández Lobbe tardó un buen rato, hasta que regresó. Bossio notó a su tocayo mucho más preocupado que antes. Lobbe le dijo:
-         Disculpame Carlos, pero tengo un problema personal muy serio, y tuve que atender el llamado.
-         Si puedo ayudarte en algo, Carlos, a veces la voz de un desconocido puede servir de aliento.
-         Precisamente Carlos, por ser vos un desconocido, te lo voy a contar. Se trata de mi esposa, me engaña con otro hombre, con un ex jugador de rugby, un ex compañero mío, los dos piensan que yo no se nada, pero los descubrí. Me siento traicionado por todos lados. Estoy muy mal.
-         La verdad que no se que decirte, Carlos, es muy duro lo que me contas.
-         Tan duro que pense lo peor.
-         ¿Lo peor?
-         Sí, pensé en asesinar a mi esposa – Confesó en forma dramática Carlos Ignacio Fernández Lobbe - La otra noche, cuando regresé de una reunión en el club, fui a la cocina, y agarré el cuchillo más grande que ví, lo toqué por un buen rato, pensé en entrar al dormitorio y apuñalarla. Así de simple. No pude creer tener ese impulso asesino. No se que se pasó por la cabeza, pero me frené, y deposité el cuchillo sobre la mesa.
-         Hubiera sido una gran torpeza cometer un crimen así – dijo Carlos Bossio – te hubieran descubierto muy fácil. Ahora estarías preso. Puedo ayudarte a cometer ese crimen y te aseguro que nadie va a sospechar de vos.
-         ¿Me estás hablando en serio? – expresó Carlos Ignacio Fernández Lobbe con una sorpresa más que evidente.
-         Por supuesto – acotó Bossio – el crimen perfecto es aquel donde no existe conexión alguna entre el asesino y su víctima. La policía no tiene forma de investigar. No hay móvil.
-         ¿Pero que sentido tiene cometer un asesinato si el asesino no conoce a su víctima? No hay razón alguna, es matar por matar, como un asesino serial.
-         No siempre es así. El crimen puede tener un motivo, pero la policía no lo descubre. Siempre pensé que si dos asesinos se intercambian sus víctimas, bueno, ese sería el crimen perfecto.
-         ¿A dónde querés llegar, Carlos?
-         Es simple. Voy a ir directamente al Queso, como me gusta decir a mí. Porque un Queso es más sabroso que un grano, ja, ja. Bueno, bromas aparte, el plan es el siguiente, yo asesinó a tu esposa, vos asesinas a la mía.
-         ¿Me estás hablando en serio?
-         Por supuesto Carlos, jamás hablé más en serio. Yo también tengo problemas con mi esposa. No me quiero divorciar, no es negocio, hay que repartir bienes, no es lo aconsejable.
-         ¿Me estás proponiendo que asesiné a tu esposa?
-         Sí, pero a cambio yo asesinó a la tuya. Hasta hoy, Carlos Ignacio Fernández Lobbe y Carlos Bossio no se conocían, y quizás nunca más vuelvan a verse en el futuro. ¿Quién podría sospechar entonces que Carlos Ignacio Fernández Lobbe asesiné a la esposa de Carlos Bossio, y viceversa? No tiene lógica. En el momento del crimen, cada esposo tiene una coartada perfecta, que no puede fallar, con testigos que acrediten que no pudo haber cometido el hecho. Es el crimen perfecto.
-         Me asombra tu frialdad al hablar de esto – manifestó Carlos Ignacio Fernández Lobbe – como si tuvieras experiencia en estas cosas.
-         Bueno, mi actual esposa es mi tercera esposa, he sido viudo en dos ocasiones.
-         ¿Asesinaste a tus dos esposas anteriores?
-         Eso no importa. No es lo que importa ahora – dijo Carlos Bossio – pude haberlas asesinado yo mismo, pude haber recurrido a un asesino a sueldo, pude haber intercambiado víctimas como podemos hacerlo nosotros.
-         La verdad, Carlos, no se que pensar.
-         Mirá Carlos, esto es simple. El tren ya está llegando a nuestro destino. Si aceptas el plan, llamame a este número – Bossio le dio a Lobbe un número de teléfono – si no estás de acuerdo, rompés ese papelito y nosotros no nos vemos nunca más. Como si este dialogo jamás hubiera existido.


Lobbe lo guardó en su bolsillo, Bossio siguió hablando.
-         Es sencillo, si aceptas, yo asesinó a tu esposa, vos a la mía, primero yo cometo el crimen dado que tengo experiencia, dejamos pasar dos o tres semanas y tenés que cumplir tu parte del pacto. A la policía la desconcertamos por partida doble. Sobre el cadáver de tu esposa yo tiró un Queso.
-         ¿Un Queso?
-         Sí, un Queso, ayer leí un artículo en la revista Muy Interesante. En tiempos antiguos, los pueblos bárbaros ejecutaban mujeres con un extraño ritual. Se trataba de mujeres infieles, traidoras o delincuentes. Las ataban a una piedra, y la mujer, antes de ser asesinada, debía oler los pies de su asesino, finalmente el asesino la mataba usando una espada o un hacha. Cuando terminaba de asesinarla, el asesino tomaba un Queso y lo tiraba sobre la mujer a la que acababa de asesinar.
-         Alguna vez escuche una historia parecida. Creía que se trataba de una leyenda.
-         Durante mucho tiempo se pensó que era una leyenda. Pero investigaciones muy recientes, con hallazgos en muchos lugares de Europa y Asia, permitieron descubrir que el ritual era real, y lo practicaban los antiguos escitas. Y hay algo muy curioso, ideal para nosotros, los que cometían esos crímenes rituales eran muchachos altos, previamente elegidos, que según una tradición, se llamaban Carlos como nosotros.
-         Eso no te lo creo. No existía el nombre Carlos en esa epoca.
-         Bueno, no exactamente Carlos. Sino Karl, como es nuestro nombre en alemán. Es el plan perfecto, la policía creería que estos crímenes los comete algún loco o depravado que se identifica con estos rituales macabros y sangrientos.
Bossio remarcó con énfasis lo de “macabros” y “sangrientos”. Carlos Ignacio Fernández Lobbe quedó muy pensativo. En ese momento, el tren empezó a entrar a la estación. Bossio acotó:
-         Bueno, Carlos, ya te lo dije, si estás de acuerdo con el plan, ahí tenés mi telefono. Si no, no nos vemos nunca más y este dialogo jamás existió.
Carlos Bossio y Carlos Fernández Lobbe se separaron y cada uno continuo su camino...



Al día siguiente, Carlos Bossio se encontraba bastante despreocupado, creía que la propuesta que le había hecho a Carlos Fernández Lobbe no pasaría a mayores, que era solo un plan, cuando recibió una llamada. Era Fernández Lobbe.

-         Hola Carlos, soy Carlos Ignacio Fernández Lobbe ¿Estás todavía en la ciudad?

-         Sí, claro, hasta mañana, que vuelvo a la Big Apple.

-         Te espero en el Bar de la Paix, en media hora, en el cruce de la calles de la Romareda y Mestaya, ¿Podrías ir?

-         Estoy cerca de ahí, Carlos, en unos minutos puedo llegar.

-         Perfecto Carlos, en media hora nos vemos.



Carlos Bossio llegó al Bar de la Paix, y lo vió a Lobbe sentado en una de las mesas. Bossio se sentó, pidieron unos cafés, y Lobbe le dijo:

-         Bueno Carlos, aceptó el plan que me propusiste.

Bossio se sorprendió, había pensado que Lobbe no se decidiría por un plan tan audaz, pero envalentonado, no dudó en aceptar.

-         Perfecto. Entonces debemos proceder con gran cautela. No hay que dejar ningún detalle librado al azar.

-         Lo único Carlos, que hoy mismo deberás asesinar a mi esposa. Tengo una reunión en el Club, y es la ocasión perfecta. El amante de mi mujer, Gonzalo Longo, estará también en ese meeting de esta noche.

-         Esta noche asesinaré a tu esposa y le tiraré un Queso. Cuando haya cumplido con la parte de mi plan, te voy a mandar un mensaje de texto muy simple. Solo dirá una palabra “Queso” significa que tu mujer ha sido asesinada.

-         Muy bien Carlos, te prometo que en un par de semanas, yo cumpliré con mi parte del plan. Asesinaré a tu esposa, y le tiraré un Queso.

-         Muy bien, Carlos, y ya sabés...

-         ... para un Carlos no hay nada mejor que otro Carlos.

Esa noche, Carlos Ignacio Fernández Lobbe participó de una intensa reunión en el Club de Rugby. Eran las once de la noche cuando sonó su telefono celular. Lo atendió en forma fría y tratando de mostrar una gran despreocupación. El remitente era “Bossio, Carlos”, y el mensaje era tan sencillo, como directo y preciso.

“Queso” decía. Ninguna otra palabra más, solo “Queso”.

Finalizada la reunión, Lobbe invitó a tres rugbiers a su departamento a tomar unos whiskys. Entre los asistentes estaba Gonzalo Longo, el amante de la esposa de Lobbe. Cuando entraron al departamento, Lobbe empezó a convidar a sus compañeros con los whiskys. Longo preguntó:

-         ¿Y tu mujer?

-         Debe estar acostada en su habitación.

Lobbe empezó a charlar con los rugbiers. Longo simuló ir al baño pero en realidad fue a saludar a su amante en el dormitorio. Abrió la puerta del mismo, prendió la luz, y para su sorpresa, observó con horror una escena espantosa. La cama estaba deshecha, la mujer estaba acostada, muerta con los ojos abiertos, totalmente ensangrentada, con un enorme cuchillo clavado sobre el pecho, y encima del cadáver un enorme Queso Gruyere. Longo gritó con horror. Los demás rugbiers se acercaron y descubrieron lo que había pasado.

La policía no tardó en llegar. El crimen no tenía sospechosos. El veterano Inspector Pufrock manifestó que era todo obra de un maniático y un psicopata, basado en antiguas leyendas barbaras.



Quince días después, en la Big Apple, Carlos Bossio recibió un llamado a su celular, lo atendió.

-         Hola Carlos, soy tu tocayo y amigo, Carlos Ignacio Fernández Lobbe.

-         ¡Carlos!

-         Vengo a cumplir mi parte del plan.

-         Primero nos juntamos para no dejar ningún detalle al azar.

Los dos Carlos se encontraron en un bar. Fieles a su genio, el encuentro fue en el Charlie’s Pub. Mientras tomaban unas copas, los dos Carlos estaban comiendo un Queso. Bossio le pasó la información que Lobbe necesitaba.

Esa noche, la esposa de Carlos Bossio regresó a su casa como todas las noches. Vivían en un lujoso departamento, en el piso veinticinco, cerca del Central Park. Era un largo viaje en ascensor. La mujer por fin llegó al piso, cuando empezó a abrirse el ascensor. La puerta se abrió, pero frente a ella, la mujer vio a un hombre muy alto, vestido de rugbier, con sus manos cubiertas de guantes negros, sosteniendo un enorme cuchillo. Era Carlos Ignacio Fernández Lobbe. La mujer se horrorizó, pero Carlos Ignacio interceptó los botones del elevador, y en forma tan rapida como precisa, se abalanzó sobre la mujer, clavándole el cuchillo en el estomago. Le dio un corte de punta a punta. Luego, la siguió apuñalándola una y otra vez. Cuando terminó, Lobbe dejó el cuchillo clavado en su víctima, cuyo cadáver permaneció sobre el espejo, y tomó un Queso, lo tiró sobre el cadáver, y dijo en voz alta:

-         Queso.

Al rato Carlos Bossio recibió un mensaje en su celular. Solo contenía una palabra, directa y precisa. “Queso” y el remitente era Carlos Ignacio Fernández Lobbe.

El pacto entre los Carlos y los Quesos estaba sellado. ¿Habría nuevos crímenes en el futuro?



lunes, 7 de julio de 2014

El Asesino de Leticia Bredice




Carlos Delfino había compartido un programa con Leticia Bredice, era Sabado Bus. En esa época la opinión pública estaba conmocionada por una serie de asesinatos que había tenido como víctimas a bellas mujeres famosas. Una por una, a Valeria Mazza, a Julieta Prandi, a Silvina Luna y a Zaira Nara, el asesino les estaba cortando las cabezas y tirando un Queso a sus víctimas. Según un rumor el criminal era el “Basquetbolista Asesino”.



En el programa, Nico Repetto, bromeó al respecto con Carlos Delfino, y le dijo:
-    ¿Qué opinas del Basquetbolista Asesino de quien se dice que decapitó a Valeria Mazza y mató a las demás?
-   La verdad que no entiendo de donde salió que ese asesino serial es un basquetbolista, no hay ninguna prueba de ello.
-    Es un rumor que circula por Internet.
-    Hay que ver que dice el expediente policial antes de hacer una aseveración tan seria.
-    Eso, desde ya...
-   Me causa gracia que alguien pueda pensar que Emanuel Ginobili, Luis Scola, Fabricio Oberto o incluso yo pueda ser un asesino serial.
-    A las familias de las víctimas no creo que les cause tanta gracia.
-    Bueno, es una forma de decir.




Leticia Bredice intervinó en la conversación bruscamente y dijo:
- No importa quien sea el Basquetbolista Asesino, seguramente ni siquiera sea basquetbolista, pero sí sea un asesino. Lo que sí importa es que Carlos Delfino es realmente un hombre muy hermoso, daría la vida para pasar una noche con el.
Carlos se sonrojó y sonrío, no sabía que decir. El programa continuo con niveles de tensión más bajos... Al finalizar, Bredice se acercó a Delfino y le dijo:
- Si queres tener sexo conmigo esta noche, te espero Carlitos, aca tenés mi dirección.
Bredice le dio el papel a Carlos, que lo leyó. “Calle de Don Agustín Larra n° 47 piso 3° departamento “C”. En forma seductora, Bredice le dijo a Carlos:
- C” de Carlos, te espero Carrrrrrrrrlooooooossssssssss (poniendo gran énfasis en la “R” y la “S” de Carlos), no me fallés.



Carlos nada contestó. Dejó que Bredice se marchara, mientras se dirigió a un auto. Carlos abrió el baúl, se puso los guantes negros, tomó una espada samurai que tenía guardada allí y un enorme Queso.
- No tenía pensado asesinar a ninguna mujer esta noche – reflexionó Carlos Delfino – pero esta me tiró los galgos y no voy a desaprovechar la ocasión. Por suerte, siempre tengó la espada samurai y un Queso a mano.
Sin pensarlo más, Carlos se dirigió a la dirección de Leticia Brédice. La actriz lo recibió con muchas ganas, el basquetbolista entró al departamento, la actriz le dijo:
-         Vamos a pasar una noche inolvidable, Carlos.
-         Ya lo creo, será muy difícil de olvidar.
-         ¿Qué tenés atrás Carlos?
-         Ah, esto – y Carlos sacó de atrás la espada samurai y la pusó sobre la cabeza de Leticia Bredice – es la espada samurai con la que le corte la cabeza a Valeria Mazza, a Julieta Prandi, a Silvina Luna y a Zaira Nara, ahora llegó tu turno, Leticia.
-         Entonces vos sos...
-         ... el Basquetbolista asesino.




Carlos levantó la espada samurai y pareció dispuesto a decapitar a Bredice que, aterrorizada y presa del pánico, se arrodilló.
- ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Piedad Carlos! ¡No me asesines!
- Ya te asesinaron en “Caballos salvajes” ahí te apuñalaban de lo lindo, ja, ja, yo te cortaré la cabeza.
- Hago lo que sea Carlos, piedad, piedad.
- Si vos fueras una asesina no tendrías piedad alguna con tus víctimas, ja, ja, ¿En un programa no asesinabas a Nicolas Cabré? ¡También participaste en Mujeres Asesinas! ¡Ja, ja!
- Piedad, Carlos, piedad, soy vuestra esclava. Te dije que quería tener sexo con vos, sos muy patón, sos mucho hombre, muy fuerte, muy basquetbolista, sos el Macho Bus.
- Perfecto – Carlos puso su enorme pie derecho talle cincuenta sobre el rostro de Bredice.
El olor a Queso en los pies de Carlos era tan fuerte e intenso que actuó como narcotico y anestesia. Bredice empezó a olerlo, lamerlo, besarlo y chuparlo. Primero el pie derecho, después el pie izquierdo. Los pies de Carlos son muy grandes: talle cincuenta, pero aquella noche parecían ser mucho más grandes, un sesenta tal vez.
Bredice quedo acostada sobre el suelo, mientras el basquetbolista seguía con los pies encima de su rostro. Carlos le dijo:
- Solo si vos queres, cogemos Leticia, solo si vos queres.
- Cojamos Carlos, cojamos Carlos, cojamos. Ya te lo dije Carlos: sos el Macho Bus.
Carlos se tiró sobre Leticia y la ató de pies y manos, no quería sorpresas, aunque Bredice no opuso resistencia, el asesino temía alguna actitud traicionera de la actriz. Entonces cogieron, Carlos la penetró por la vagina, ante el deleite de Bredice, que estaba plena de gozo y satisfacción.



Al terminar Carlos levantó la katana y dijo:
- Ahora sí Leticia Bredice.
- ¡Noooooooooooooooooo! – fue el grito de terror de Leticia Bredice.
Carlos le arrancó la cabeza a Leticia Bredice. Asi la decapitó, y finalmente, le tiró el Queso. 
- Queso – dijo en voz alta.
Y abandonó el lugar, así, sin mayores inconvenientes.






domingo, 6 de julio de 2014

El Asesino de Cecilia Bonelli




Cecilia Bonelli salía de su departamento como cualquier otro día. Cerró la puerta, se dio vuelta y comenzó a caminar por el corredor. No se dio cuenta que una enorme sombra la cubrió por detrás, y una mano gigantesca envuelta en un gran guante negro, le puso un paño con cloroformo sobre la nariz. Cecilia comenzó a sentir un gran sueño y quedó desvanecida.




Cuando se despertó, Cecilia estaba sentada en una silla, atada de pies y manos, y frente a ella había un hombre muy alto, con aspecto de basquetbolista, que con sus manos sostenía un enorme cuchillo. El basquetbolista le dijo:
Mi nombre es Carlos Delfino
Soy el basquetbolista asesino
Asesinó mujeres de oeste a este
Con un gran cuchillo como este
A las chicas les corto el pescuezo
Las mató y despues les tiró un Queso
Serás una de mis víctimas
Una integrante más de una larga lista
Espero no molestarte 
Pero tengo muchas ganas de asesinarte   
Antes de asesinarte
Mis pies deberás oler
Será mejor que un Beso
Pues probar mi olor a Queso
Antes de morir el privilegio tendrás

Te aseguro no te arrepentirás 



El basquetbolista asesino terminó de decir este extraño verso, ante el terror de la chica. Carlos se sacó sus zapatos y acercó sus pies al rostro de Cecilia Bonelli. Primero le acercó el pie izquierdo, luego el derecho. El olor a Queso era apestante, intenso y sofocante. La chica no podía soportarlo, luego Carlos la obligó a oler los zapatos. Eran unos enormes zapatos de color negro, talle cincuenta. Apestaban. Carlos se aprestaba ya a asesinar a la chica, pero antes le dijo:
-     En tiempos antiguos, en los pueblos bárbaros, las mujeres que cometían algún delito eran ejecutadas, pero antes debían oler los pies de su asesino. Luego de matarlas, el asesino debía tirarles un Queso. Era un ritual.
A Cecilia no le importó estos comentarios de Carlos. El asesino tomó el cuchillo se pusó detrás de su víctima y le clavó el cuchillo en el cuello, y se lo atraveso de lado a lado. Cuando terminó, tomó el Queso, lo tiró sobre su víctima y dijo en voz alta:
      -     Queso.
Habiendo cometido un asesinato más a su larga lista, Carlos abandonó del departamento tan misteriosamente como había llegado.

El Asesino de Brenda Gandini



Como era habitual cada vez que tenía un evento importante, Brenda Gandini esperaba a su peluquero personal en su departamento. Transcurrían las horas de la tarde, cuando la señora Alicia, la asistente de Gandini, le comunicó a Brenda la noticia:
-         Charly, tu peluquero, no va a poder venir. Me acaban de avisar de la peluquería que esta enfermo.
-         ¿Entonces? – preguntó temerosa Brenda.
-         Va a venir un suplente, se llama Carlos, igual que Charly.
-         Bueno, esperemos que sea competente. ¿Qué le pasó a Charly?
-         Me dijeron que estaba enfermo.



Unos veinte minutos después, sonó el timbre. La señora Alicia fue a abrir la puerta, y al hacerlo, se encontró frente a ella a un muchacho joven, de cabellos negros, muy alto, con todo el aspecto de ser un basquetbolista. Estaba vestido totalmente de negro, incluyendo unos guantes negros que le cubrían las manos, llevaba una gran valija consigo.

-         Buenas tardes, ¿Aca vive la señora Brenda Gandini? Soy Carlos, Carlos Delfino, vengo de la peluquería – preguntó el muchacho.
-         Sí, claro, adelante, señor Carlos – dijo la señora Alicia – por favor, acompáñeme.
La señora Alicia caminó junto a Carlos y tocó la puerta donde estaba Brenda, avisándole previamente:
-         Brenda, acaba de llegar Carlos, el peluquero.
-         Que pase.



Carlos entró a la habitación. Brenda se asombró al ver la gran altura del suplente de Charly, y no pudo evitar preguntarle:

-         ¿Cuánto medís? Sos enorme ¡Qué pies gigantescos que tenés!
-         Mido dos metros y calzo cincuenta.
-         Debiste dedicarte al básquet...
-         Juego al Básquet, además de ser peluquero.
-         ¿Puedo decirte Charly? Te llamas Carlos, no...
-         No, sí me llamo Carlos, decime Carlos. Carlos es mi nombre, Delfino mi apellido, Carlos Delfino. Decime Carlos o señor Delfino, como quieras.
A Brenda Gandini le llamó la atención lo cortante de la respuesta de Carlos, y prefirió no hacer más preguntas. Carlos le preguntó:
-         ¿Hacemos el peinado que me dijo Charly?
-         Sí, claro – contestó Brenda.



La chica se sentó dándole la espalda a Carlos, que sin que Brenda lo pudiera ver, fue a la gran valija que había llevado, y sacó de la misma dos cosas, lo primero fue un gran Queso Gruyere, lo segundo un enorme y largo cuchillo de cocina, muy grande. Carlos se fue acercando adonde estaba la chica con el cuchillo en la mano, parecía que iba a atacarla, cuando Brenda dijo:
- ¡Qué olor a Queso!
- Sí, viene de mis zapatillas, de mis pies, siempre sudo los pies, siempre tengo olor a Queso, porque soy un Quesón.
- ¿Un Quesón? ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso! ¡Dejame ver esos Quesos Carlos dale!
Carlos Delfino puso el cuchillo en su cinto, y se sacó las zapatillas. Puso entonces sus enormes pies, aún con medias, sobre el rostro de Brenda.
- ¡Como huelen esos calcetines! – dijo Brenda bromeando con acento español - ¡Qué olor a Queso tienen!
- Disfrutalos Brenda, disfrútalos, dale, toma, toma, son mis medias, son mis pies, son mis Quesos.



Brenda, sentada, empezó a oler, chupar, besar y lamer los pies de Carlos, con medias. Mientras lo hacía murmuraba ““Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos”. Ella misma le sacó las medias a Carlos, e hizo lo mismo, ahora con los pies descalzos, “Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos” volvió a murmurar extasiada.
Cuando terminó, Carlos ya sostenía el cuchillo con sus manos para asesinarla, pero Brenda le dijo:
- Quiero ver tu pija. Sacate el calzoncillo.
- Lo haré – señaló Carlos – pero siempre y cuando vos me muestres tu concha.
- Con mucho gusto.
Entonces los dos cumplieron el deseo, ella chupó la pija de Carlos, y Carlos chupó la concha de Brenda. Obviamente, el la penetró por la vagina. Ella, en ningún momento, dejó de decir: “Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos, Queso, Carlos, Carlitos”.
- ¿Qué mas puede pasar ahora, Carlitos? – dijo Brenda.
- Ahora te tiraré el Queso.
Entonces Carlos tomó el mango del cuchillo, dándole la espalda a Brenda, y cuando llegó justo detrás de ella, levantó el cuchillo, y con una enorme rapidez, la degolló cortándole el cuello, de una punta a otra. La chica nada pudo hacer, sorprendida, por la herida que recibió.




Carlos agarró el Queso y lo tiró sobre el cadáver de su víctima.

-         Queso – dijo en voz alta.

-         ¿Ocurre algo? – era la voz de la señora Alicia que parecía acercarse adonde había sido asesinada Brenda Gandini.

El cuerpo de la chica degollada quedo sentado sobre la silla, mientras el asesino cuchillo en mano se fue acercando hacia donde venía la señora Alicia. Esta entró a la habitación, y sin que el asesino le diera siquiera la chance de defenderse, Carlos le hundió el cuchillo en el estomago. El asesino repitió el ritual anterior, tomó otro Queso y lo tiró sobre el cadáver de la señora Alicia.

-         Queso – dijo en voz alta.
Carlos Delfino se retiró del departamento, conforme, satisfecho y alegre por el doble asesinato que había cometido.







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