Los Mundos Alternos de CARLOS TEVEZ, Quesón y Quesoneado #QUESO
Lady Dumitrescu entró al estudio de Dumitrescu TV con la elegancia de quien llevaba décadas practicando el arte de parecer apenas entrada en los cincuenta, aunque su edad real superaba con creces los ochenta. El vestido negro le caía con la precisión de un hábito, los guantes de seda negra no se quitaron ni un segundo, y el cabello plateado, peinado en un moño bajo, brilló bajo las luces como si acabaran de teñírselo de plata esa misma tarde. Antes de sentarse saludó a cámara con una inclinación breve y recordó que esa noche el programa formaba parte de la serie Héroes del espectáculo, la cultura y el deporte, que ella misma producía y publicaba en su canal. Era hincha de River desde siempre; lo decía sin énfasis, como quien menciona el clima.
Se sentó frente a Carlos Tévez, cruzó las piernas con lentitud casi ceremonial y le ofreció una sonrisa que no llegó a los ojos.
—Bienvenido, Carlitos —dijo, con voz suave que no necesitaba alzar para llenar el estudio—. En Dumitrescu TV no solemos invitar a futbolistas. Hoy haremos una excepción. Leímos juntos “La Asesina de Carlos Tévez”.
Carlos Tévez se acomodó en el sillón, miró la tablet que ella le acercó y frunció el ceño.
—Esto es rarísimo, Lady. Me seduce una mina en un bar, me tira un Queso, yo le tiro otro, y después me crecen los pies a 44 o 45 porque estoy excitado. Me chupa los pies, me huele, y cuando me voy a duchar para estrangularla con las sábanas, salgo y me encuentro con Valeria Mazza apuntándome con un revólver con silenciador. Me dice “Carlitos” como veinte veces mientras me llena de balazos y al final me tira un Queso encima. Very dificul.
Lady Dumitrescu inclinó apenas la cabeza.
—En el relato usted también planeaba asesinarla. Guantes negros, sábanas, el clásico ritual. Solo que ella se adelantó. ¿Se reconoció en esa versión del Apache que decide asesinar después del sexo?
Carlos Tévez soltó una risa corta.
—Yo no soy un asesino, Lady. Crecí en Fuerte Apache. Vi morir a muchos pibes. La mayoría de mis amigos de la infancia ya no están. Pero yo no amasijo minas. En el cuento me confundo con Valeria Mazza, que estaba muerta, asesinada por Carlos Delfino. Eso ya es otro nivel de delirio. Yo salgo de la ducha en calzoncillos y me empiezan a disparar mientras gritan mi nombre. Es heavy. Pero asesino no soy.
Ella no discutió. Con un gesto mínimo deslizó sobre la mesa, una tras otra, varias tabletas. En cada una brillaba el título de un relato distinto.
—Entonces le muestro estos. “El Asesino de Mica Viciconte”. Usted aparece en Combate, la droga con una picada de Quesos, despierta desnudo en un telo, recibe videos de sí mismo haciendo un striptease y cogiendo, le piden un millón de dólares y otro de euros. Va a Fuerte Apache, retira guantes negros, un Queso y un magnum 45 con silenciador, y en el estacionamiento del canal forcejea con ella, le pega una patada criminal y le descarga las ocho balas. Después tira el Queso sobre el cadáver y, ya en el programa, mira a la cámara y dice “QUESO”.
Carlos Tévez se pasó la mano por la cara.
—¿Me filman desnudo y me extorsionan? ¿Y yo voy y la lleno de balazos? Che, yo no drogo a nadie con Queso. Y esa patada a Ham… sí, se la di. Pero de ahí a asesinar a Mica Viciconte en un estacionamiento… Very dificul.
Lady Dumitrescu pasó a la siguiente.
—“El Asesino de Valeria Archimó”. En Bailando por un Queso ustedes hacen un número masoquista donde ella lo asesina en el escenario y le tira un Queso. Después, a solas, tienen sexo. Usted le dice que es como hacer un golazo. Al terminar, se pone los guantes, saca el revólver, usa el Queso como silenciador y le descarga una docena de balas. Nadie escucha nada. La gente, que vio el crimen, empieza a gritar “¡Carlitos! ¡Carlitos!” como si hubiera convertido.
Carlos Tévez se rió, pero la risa le duró poco.
—¿El Queso de silenciador? Eso es brillante y enfermo a la vez. Y que la gente me ovacione después de asesinarla… en Boca capaz que pasa. Pero yo no le disparo a una mina después de coger. Aunque… si me dice que siempre quiso tener sexo con un futbolista, capaz que le digo que sí. Después no.
La tercera tablet apareció.
—“El Asesino de Karina Jelinek”. Usted la encuentra en un hotel de la concentración de Boca, con la camiseta puesta y los guantes negros. Le pregunta si cogen, si le chupa los pies, si le chupa la concha, si le puede dar masajes en el culo. Ella responde siempre “lo dejo a tu criterio”. Usted le hace chupar y oler los pies, que le crecieron a 46 o 47 y huelen a Queso. Le pega patadas en el culo como a Ham. Después le dispara diez veces: tetas, ojos, frente, cuello, estómago. Tira el Queso. Al salir, un periodista le pregunta si juega contra River y usted responde “lo dejo a tu criterio”.
Carlos Tévez se enderezó. Lady Dumitrescu, hincha de River, no cambió de expresión.
—Esa frase me tiene podrido. Si me la repiten todo el tiempo, capaz que sí me caliento. Pero dispararle a los ojos… eso es feo. Y los pies que me crecen otra vez. Lady, yo calzo normal. Que me huelan a Queso es… very dificul. Aunque la idea de que todo lo dejo a mi criterio y después la lleno de balazos tiene su gracia enfermiza.
Ella no se detuvo.
—“El Asesino de Paz Cornú”. Secuela. Cornú recibe el cuerpo embalsamado de Jelinek, reconstruido con silicona porque usted se pasó con los balazos. Tiene sexo con el cadáver de su amiga. Al despertar lo ve a usted parado en la cabecera de la cama. Usted le dice: “Soy un asesino y vos serás mi próxima víctima”. Le descarga una docena de balas con silenciador y le tira un Queso. Se va.
Carlos Tévez se quedó mirando la tablet un segundo más de lo necesario.
—¿Sexo con el cadáver embalsamado? Eso ya es demasiado. Y yo aparezco ahí como si fuera el monstruo de la película. Che, yo no ando embalsamando a nadie. Aunque… si me dice “nooooooooooooooooo” con esa voz, capaz que me da risa antes de disparar. Very dificul.
La penúltima.
—“El Asesino de Florencia Bertotti”. Usted va al teatro con sus hijos a ver “El Regreso de Floricienta”. Hay un motín porque suspenden la función por una huelga de la CGT. Una gorda quema los asientos. Usted se queda, encuentra a Bertotti en los vestuarios, se insultan, ella le chupa la pija y los pies, tienen sexo mientras se dicen de todo. Después usted saca el revólver y le dispara diciendo “Queso” con cada balazo. El teatro se quema. Usted sale en medio del humo y le dice al policía “Very dificul”.
Carlos Tévez se rascó la nuca.
—Mis pibes estaban ahí. ¿Yo les Quesoneo a Floricienta y después el teatro se incendia? Eso es de locos. Y que me chupe los pies otra vez… parece que en estos cuentos siempre termino con alguien oliéndome los pies. Muy bizarro. Pero lo del motín y la gorda que quiere quemar todo… eso sí me suena a Argentina.
Lady Dumitrescu dejó la última tablet con un gesto casi ceremonioso.
—“El Asesino de Laura Esquivel”. Después de perder la final con Tigre en Córdoba. El estadio se vacía de golpe. Aparece Laura Esquivel, la de Patito Feo, y le pide un video para Instagram. Usted saca el arma con silenciador del bolso, le descarga diez balazos, saca un Queso, se lo tira y se va. Todo en menos de un minuto.
Carlos Tévez se reclinó hacia atrás y soltó una carcajada larga.
—¿La de Patito Feo me intercepta después de perder una final y yo le disparo diez veces porque me pide un video? Eso es lo más absurdo y lo más argentino que leí. “No estoy para videos, nena”. Y después el Queso. Siempre el Queso. Lady, si esto es un multiverso de Carlitos asesinos, el mío es el que dice “very dificul” y se va caminando como si no hubiera pasado nada.
Lady Dumitrescu lo miró en silencio un momento. El Queso que había dejado sobre la mesa desde el principio seguía ahí, intacto. Ella, que esa misma semana había subido al canal un episodio de Héroes del espectáculo, la cultura y el deporte dedicado a figuras de River, no apartó la vista.
—En todos estos relatos usted es el Quesón. En el primero lo Quesonean. En los otros, Quesonea. ¿Cuál de los dos Carlitos es más verdadero?
Carlos Tévez miró el Queso, después a ella, y sonrió de costado.
—El que no se deja asesinar fácil. El que, si le preguntan de frente, capaz que dice que sí. Pero si le apuntan con un silenciador o le piden un video después de perder una final… saca el arma, tira el Queso y se va. Aunque no me guste admitirlo, Lady… en estos cuentos el Apache siempre termina diciendo “Queso”. Very dificul. Pero es lo que hay. Y usted, aunque sea gallina y de River, me trató bien. Gracias por el programa.
Lady Dumitrescu asintió apenas. La cámara se apagó. El Queso quedó sobre la mesa, entre los dos, como si esperara que alguien lo tirara.
Cuando la cámara se apagó, Lady Dumitrescu se levantó sin decir más. El Queso quedó sobre la mesa, intacto, entre los dos sillones vacíos. Carlos Tévez se quedó solo en el estudio. Lo miró un momento. No lo tocó. Afuera, en el pasillo de Dumitrescu TV, las luces empezaron a fallar. Un zumbido bajo recorrió las paredes. El aire se espesó. En el centro del estudio se abrieron varios agujeros negros, pequeños al principio, después más grandes, con bordes que giraban como agua sucia. El Queso sobre la mesa tembló. Carlos Tévez sintió el tirón en el pecho antes de ver la luz
El Doctor Strange apareció del otro lado de uno de los agujeros, con la capa ondeando sobre un traje negro de la Fundación Dumitrescu. Le tendió la mano en medio del vestuario de la Bombonera, aunque el vestuario ya no estaba del todo ahí.
—La Fundación necesita que veas algo, Carlitos —dijo Strange, con voz baja—. Un callejón. O una bodega. Depende de cómo lo mires. En el Multiverso es las dos cosas a la vez.
Carlos Tévez no preguntó. Había leído demasiado. Aceptó.
El portal se cerró detrás de él y el olor a Queso viejo lo golpeó de lleno. Estaba en un pasillo estrecho, de ladrillos húmedos, con estanterías de madera a ambos lados cargadas de ruedas de Quesos Gruyere y Emmental que goteaban. La luz venía de una sola lámpara colgada del techo, amarilla y débil. Al fondo, sentada sobre una mesa baja, lo esperaba ella.
Ravelia no se presentó. No hacía falta. Llevaba el mismo vestido negro que había usado en el relato, guantes de seda negra hasta los codos, y una sonrisa que no llegaba a los ojos. En la mano derecha sostenía un Queso pequeño, redondo, perfecto.
—Llegaste —dijo—. El Doctor Strange cobra caro, pero la Fundación paga.
Carlos Tévez se acercó. El suelo crujía bajo las botas. El olor a Queso se mezclaba con el de ella: perfume caro y algo más denso, como sudor viejo y metal.
—¿Esto es el callejón o la bodega? —preguntó.
—Las dos. En este universo no se elige.
Ella se bajó de la mesa. No hubo preámbulo. Lo empujó contra las estanterías, le abrió el pantalón con las dos manos enguantadas y se arrodilló. Carlos Tévez sintió la boca de ella alrededor de la pija, caliente, precisa, sin prisa. Mientras lo chupaba, con la mano libre le acarició los pies por encima de las botas. Él notó el cambio: los pies empezaron a hincharse dentro del calzado, a presionar, a crecer. Calzaba 44. Después 45. El cuero crujió.
—Siempre te pasa —murmuró ella, sin soltarlo—. Solo cuando se enciende.
Carlos Tévez la levantó. La sentó otra vez sobre la mesa, le subió el vestido y le bajó la ropa interior. Ella abrió las piernas. Él la penetró de una sola embestida, fuerte, como quien entra a un área chica. Ravelia le clavó las uñas en la espalda a través de la camiseta. Las ruedas de Queso temblaron en las estanterías. Él le chupó las tetas, le mordió el cuello, le metió dos dedos en la boca mientras la cogía. Ella le devolvió el gesto: le agarró la cara con las dos manos y le lamió los labios, la cicatriz del cuello, la oreja.
Los pies de Carlos Tévez terminaron de crecer. Las botas se rompieron por los costados. Ravelia bajó la mirada, sonrió y, sin dejar de moverse sobre él, se inclinó y le olió los pies descalzos. El olor a Queso y a sudor de partido llenó el aire. Ella los lamió, los chupó, los besó uno por uno mientras él seguía dentro de ella, más hondo, más bruto.
Cuando terminaron, los dos quedaron quietos un segundo. El único sonido era la respiración y el goteo de un Queso en alguna estantería.
Ravelia se bajó de la mesa. Se acomodó el vestido. Carlos Tévez se subió el pantalón, descalzo ahora, con los pies grandes y húmedos sobre el piso de ladrillo. Ella metió la mano en un bolsillo oculto del vestido y sacó un Queso pequeño, idéntico al que había tenido al principio. Se lo mostró, abierto en la palma, a la altura del pecho.
Carlos Tévez la miró. Metió la mano en el bolsillo de la campera que había dejado sobre una silla y sacó el suyo. El mismo tamaño. El mismo tipo. Lo sostuvo frente a ella, a la misma altura.
Los dos Quesos quedaron uno frente al otro, a veinte centímetros de distancia, en el centro del callejón-bodega. Ninguno de los dos lo tiró. Ninguno habló. La lámpara parpadeó una vez.
Ravelia inclinó apenas la cabeza.
—Ahora sabés —dijo—. En este universo no se elige quién tira primero.
Carlos Tévez miró el Queso en su mano, después el de ella, después sus propios pies descalzos que todavía olían a Queso.
—Very dificul —respondió.
Los dos Quesos siguieron ahí, suspendidos entre ellos, mientras el portal del Doctor Strange empezaba a abrirse otra vez detrás de Carlos Tévez, con el logo de la Fundación Dumitrescu brillando débilmente en el borde.
Ravelia no esperó a que el portal terminara de abrirse. Mientras Carlos Tévez todavía sostenía el Queso frente a ella, descalzo, con los pies hinchados y húmedos sobre el ladrillo, ella guardó el suyo en el bolsillo del vestido y sacó el revólver con silenciador que había dejado oculto entre dos ruedas de Gruyere.
Carlos Tévez vio el movimiento. Bajó la mirada hacia el arma y después la subió otra vez hacia la cara de ella.
—¿En serio? —dijo—. Acabamos de coger.
Ravelia no contestó. Apuntó al pecho y disparó.
El primer balazo le dio justo debajo de la cicatriz del cuello. Carlos Tévez retrocedió un paso, el Queso se le cayó de la mano y rodó por el piso. El segundo impacto le entró en el hombro derecho. El tercero, en el abdomen. Él intentó avanzar, descalzo, pero los pies grandes le resbalaron en el ladrillo húmedo. El cuarto balazo le atravesó el muslo. Cayó de rodillas.
—Very… —alcanzó a decir.
Ravelia se acercó. El silenciador no hizo ruido. El quinto disparo le dio en la frente. El sexto, en la boca abierta. El séptimo y el octavo le entraron en el pecho, uno al lado del otro. Carlos Tévez quedó sentado contra la estantería, la camiseta de Boca manchada, los pies descalzos estirados hacia adelante, todavía grandes, todavía oliendo a Queso y a sudor.
Ella guardó el arma. Se agachó, recogió el Queso que él había soltado y lo sostuvo un segundo sobre el cuerpo. Después lo dejó caer, plano, sobre el pecho de Carlos Tévez, justo donde habían impactado los últimos balazos.
—Carlos Tévez —dijo, en voz baja—. Queso.
El portal del Doctor Strange terminó de abrirse detrás de ella. La luz azulada de la Fundación Dumitrescu iluminó el callejón-bodega durante un instante. Ravelia no miró atrás. Cruzó el umbral con el vestido negro impecable y los guantes todavía puestos. El portal se cerró.
Carlos Tévez quedó solo, sentado contra las ruedas de Queso, con el Gruyere sobre el pecho y los pies descalzos apuntando hacia la lámpara que seguía parpadeando. El olor a Queso viejo llenó otra vez el lugar. Nadie más entró.
Carlos Tévez no soltó el Queso. Mientras Ravelia todavía lo sostenía frente a él, descalzo sobre el ladrillo húmedo, metió la mano libre detrás de la espalda y sacó el revólver con silenciador que había llevado oculto desde que cruzó el portal. El Doctor Strange no lo había revisado. La Fundación Dumitrescu tampoco.
Ravelia vio el movimiento. Bajó apenas la mirada hacia el arma y después la subió otra vez.
—¿Después de coger? —preguntó.
Carlos Tévez no contestó. Apuntó al pecho y disparó.
El primer balazo le dio justo entre las tetas. Ravelia retrocedió un paso, el Queso se le escapó de la mano y rodó bajo la mesa. El segundo impacto le entró en el hombro izquierdo. El tercero, en el abdomen. Ella intentó alcanzar el arma que había dejado entre las ruedas de Gruyere, pero Carlos Tévez avanzó descalzo. Los pies grandes, todavía hinchados, no resbalaron. El cuarto balazo le atravesó el muslo. Cayó de rodillas.
—Carlitos… —alcanzó a decir.
Él se acercó. El silenciador no hizo ruido. El quinto disparo le dio en la frente. El sexto, en la boca abierta. El séptimo y el octavo le entraron en el pecho, uno al lado del otro. Ravelia quedó sentada contra la estantería, el vestido negro manchado, los guantes de seda todavía puestos, las piernas abiertas sobre el piso.
Carlos Tévez guardó el arma. Se agachó, recogió el Queso que ella había soltado y lo sostuvo un segundo sobre el cuerpo. Después lo dejó caer, plano, sobre el pecho de Ravelia, justo donde habían impactado los últimos balazos.
—Ravelia —dijo, en voz baja—. Queso.
El portal del Doctor Strange terminó de abrirse detrás de él. La luz azulada de la Fundación Dumitrescu iluminó el callejón-bodega durante un instante. Carlos Tévez no miró atrás. Cruzó el umbral descalzo, con los pies todavía grandes y el olor a Queso pegado a la piel. El portal se cerró.
Ravelia quedó sola, sentada contra las ruedas de Queso, con el Gruyere sobre el pecho y los guantes negros apuntando hacia la lámpara que seguía parpadeando. El olor a Queso viejo llenó otra vez el lugar. Nadie más entró.
El portal se cerró por última vez detrás de Carlos Tévez. El Doctor Strange lo esperaba del otro lado, en una sala blanca de la Fundación Dumitrescu donde no olía a Queso. La capa estaba quieta. Strange no preguntó qué había pasado.
Carlos Tévez se sentó en el suelo, descalzo. Los pies habían vuelto a su tamaño normal, pero el olor a Gruyere y a sudor todavía le quedaba en la piel. Miró las palmas de las manos. Estaban limpias. No había sangre. No había Queso.
—En un lado la asesiné yo —dijo, sin levantar la vista—. En el otro me asesino ella. En los dos tiramos el Queso al final. En los dos dijimos el nombre del otro antes de dejarlo caer.
Strange asintió apenas.
—El Multiverso no elige. Solo muestra las dos posibilidades al mismo tiempo. La Fundación las registra. Después las archiva.
Carlos Tévez se quedó callado un momento. Se tocó la cicatriz del cuello.
—¿Y cuál queda?
—Ninguna —respondió Strange—. O las dos. Depende de quién abra el archivo. Para vos, Carlitos, las dos ya pasaron. Para Ravelia también. El Queso siempre termina sobre alguien. Eso no cambia.
Carlos Tévez se levantó. Caminó descalzo hasta la puerta de la sala. Antes de salir se detuvo y miró hacia atrás.
—Very dificul —dijo.
Strange no contestó. La puerta se cerró. En el archivo de la Fundación Dumitrescu quedaron registradas las dos versiones, una al lado de la otra, con el mismo final escrito en letras pequeñas al pie de cada expediente: el Queso sobre el cuerpo, el nombre dicho en voz baja, y el olor que no se iba.
Nadie volvió a abrir esos archivos.
Carlos Tévez subió un solo video. Lo grabó de madrugada, sentado en el living, descalzo, con la camiseta de Boca y dos Quesos Gruyere sobre la mesa. No puso intro. No puso música. La cámara quedó fija desde el primer segundo. El título apareció en letras blancas sobre fondo negro: Carlitos, Quesón o Quesoneado. Debajo, en rojo: Carlos Tévez y los Quesos, asesino de mujeres o asesinado por una mujer.
Lo primero que dijo fue para ella.
—Antes que nada, un saludo afectuoso a Lady Dumitrescu. Una amiga gallina, bien hincha de River. La conozco desde que me invitó a su programa en Dumitrescu TV, el de la serie Héroes del espectáculo, la cultura y el deporte. Me trató bien. Me mostró las historias. Me dejó hablar. Aunque sea de River, es de las buenas. Un abrazo, Lady. De verdad.
Después cambió el tono. Contó todo de corrido, como si ya no hubiera principio ni final separados.
Empezó por el reportaje. Cómo ella le había puesto enfrente “La Asesina de Carlos Tévez”. Cómo él había dicho que no era un asesino. Cómo ella, sin discutir, le había mostrado las otras: Mica Viciconte, Archimó, Jelinek, Cornú, Bertotti, Esquivel. Los pies que crecían. Los Quesos. Los silenciadores. El “lo dejo a tu criterio”. El “very dificul”. Él lo narró sin apuro, con la misma voz baja de cuando hablaba del Apache.
—Ahí pensé que era solo ficción —dijo—. Después me llevaron.
Contó el portal. El Doctor Strange con la capa de la Fundación Dumitrescu. El lugar que era callejón y bodega al mismo tiempo. El olor a Queso viejo. Ravelia sentada sobre la mesa, con los guantes negros. El sexo. Cómo los pies le volvieron a crecer dentro de las botas hasta romperlas. Cómo ella se los olió y se los chupó mientras él la penetraba contra las estanterías. Cómo terminaron quietos, respirando, y los dos sacaron su Queso y lo sostuvieron frente al otro, a la misma altura, sin tirarlo.
—Ahí se partió —dijo Carlos Tévez—. En un lado ella saca el revólver y me dispara ocho veces. Me caigo descalzo. Me tira el Queso sobre el pecho y dice mi nombre. En el otro lado saco yo el arma. Le disparo a ella. Se cae con los guantes puestos. Le tiro el Queso y digo el de ella. Las dos cosas pasaron. Al mismo tiempo. Yo las vi las dos. El Doctor Strange me dijo que el Multiverso no elige. Que la Fundación las archiva juntas. Que para mí ya pasaron las dos. Que para ella también. Que el Queso siempre termina sobre alguien.
Se quedó callado. Agarró los dos Quesos de la mesa y los sostuvo uno en cada mano, a la misma altura, como en la bodega.
—Yo crecí en Fuerte Apache. Vi morir a muchos. La mayoría de mis amigos de la infancia ya no están. Salí. Jugué. Gané. Perdí. Dije “very dificul” mil veces. Pero en todas esas historias… siempre hay un Queso al final. Siempre. No importa si disparo yo o me disparan a mí. El Queso cae. El nombre se dice. Y el olor queda.
Miró a cámara. La cicatriz del cuello se le marcó bajo la luz del living.
—Lady, si estás viendo esto: gracias por mostrarme las historias. Aunque seas gallina y de River. En el Multiverso no se elige quién tira primero. Acá tampoco. Pero el saludo es de verdad.
Dejó caer los dos Quesos al mismo tiempo sobre la mesa. El sonido fue seco.
—Queso —dijo.
El video se cortó ahí.
No puso más título. La gente lo llamó igual: “Carlitos, Quesón o Quesoneado”. En menos de un día pasó los diez millones. Los comentarios se llenaron de capturas de los dos expedientes de la Fundación, uno al lado del otro, y de mensajes para Lady Dumitrescu. Carlos Tévez no volvió a hablar del tema. Solo, días después, cuando le preguntaron en una conferencia si el saludo a la hincha de River había sido en serio, respondió sin mirar a nadie:
—Very dificul.
Y Carlos se fue caminando.
CARLOS TÉVEZ, QUESÓN O QUESONEADO, QUESO



























el cuentazo queson que Carlitos Tevez merecía
ResponderBorrarlos multiversos salvaron al mundo queson, sino te quedabas sin personajes
ResponderBorrarja ja ja me cago de risa viendo las fotos con Tevez rodeado de tanto queso
ResponderBorrargran relato, como todos estos de los Mundos Alternos, con la presencia del Doctor Strange, gran aporte, se aclara así porque Carlos Tevez ha tenido los dos papeles, el de queson y el de quesoneado, aunque creo que debe prevalecer el primero, es un gran asesino, y lo demuestran los crímenes aca descriptos, como el de Mica Viciconte o la de Patito Feo
ResponderBorrarun relato que reinvidica a Tevez como lo que es, un gran Carlos y por ende, gran Quesón, el autor del blog dado que es de River siempre lo menosprecio un poco, y por eso lo había quesoneado, pero aca ha estado muy bien, cinco quesos gruyere y treinta y tres pies de basquetbolistas
ResponderBorrarDumitrescu ahora youtuber! en el otro relato ya se moria, pero ahora es youtuber! la que se viene
ResponderBorrarque mas relatos de mundos alternos nos esperan? es una buena colección, parece que la onda del blog ya pasa por ahí, la censura existe sin duda
ResponderBorrarcomo hincha de River opino que es una obra maestra de literatura carlesca y quesona
ResponderBorrarCarlos Tevez es bajo y no es paton, en la realidad, pero en los multiversos le crecen los pies y así es queson, todo es posible en el mundo del queso
ResponderBorrarDumitrescu TV. Sin duda, un canal que vería.
ResponderBorrarMe gusta que aparezca Ravelia con su nombre, claramente con su apariencia.
Me gusta más como quesona que como quesoneada
un lujo leer estos relatos, muy bien hechos, una gran evolución del mundo quesón
ResponderBorraryo no se si será leer todos estos relatos, pero yo lo veo a Carlos Tevez en TV y siento el olor a queso
ResponderBorrarhazte algun mundo alterno con los carlos y personajes españoles
ResponderBorrarMe gustó el resumen de relatos. Especialmente El asesino de Karina Jelinek y El asesino de Paz Cornú, que están conectados.
ResponderBorrarVeo que sigue comentando La Niña de Embajadores. Bien