La Leyenda de los Quesoneados Aleksandr (Alex) y Simeon (Moni) Nikolov #QUESO
Antes de que el valle baje la voz
Aleksandr “Alex” Nikolov. 2,08 m. Talla 55. El mayor. Muro de la selección búlgara de voleibol. Hombros de piedra, voz de sótano, pies que anuncian el partido antes que el silbato.
Simeon “Moni” Nikolov. 2,07 m. Talla 53. Un número menos y esa diferencia le alcanza para no dormirse nunca. El mismo apellido, la misma manía de medir, un olor un poco más ácido.
Dos hermanos. Dos gigantes. Dos nombres que Bulgaria decía en voz alta.
Los citaron a una mansión de los Cárpatos que el pueblo daba por abandonada. Sobre la mesa, dos Gruyères del tamaño de un torso. Calientes. Con agujeros donde cabe un puño.
Nadie dijo todavía la palabra.
El Queso ya estaba en la sala.
LA CARTA DE LA QUESONA ASESINA
La Quesona Asesina nos cuenta en primera persona como asesinó a los voleybolistas Alexsandr y Simeon Nikolov, Quesudos Bulgaros.
A quien todavía se atreva a leer esto:
Yo los cité. Aleksandr “Alex” Nikolov, 2,08 m, talla 55. Simeon “Moni” Nikolov, 2,07 m, talla 53. Hermanos. Estrellas del voleibol búlgaro. Dos paredes. Dos voces graves. Dos pares de pies que ya olían a Queso antes de cruzar el umbral de esa mansión de los Balcanes que el pueblo daba por muerta desde la guerra.
No dije mi nombre. No hace falta. Sonreí y señalé la mesa de piedra. Dos Gruyères del tamaño de un torso. Corteza amarilla, agujeros donde entra un puño. El olor a leche curada y cueva se comió el salón en segundos.
Alex preguntó si era para ellos. Moni ya tenía dos dedos metidos en un agujero y dijo que el Queso estaba caliente. Yo solo los miré de arriba abajo y me detuve en los zapatos.
Empezó la competencia, como siempre empieza con los gigantes. Altura. Talla. Quién huele más. Alex se descalzó primero: 55 anchos, empeine alto, talones rosados, sudor fino que ya brillaba. El olor subió denso, láctico. Moni no se quedó atrás: 53 un poco más estrechos, igual de largos, más ácidos, más “Queso viejo de montaña”. Se midieron. Se rieron. Yo me arrodillé.
Guantes negros. Primero el derecho de Alex. Lo acerqué a la cara. Inhalé como se inhala un vino que va a costar caro. Lengua por el arco, por los dedos, por el talón. Chupé el gordo. Besé la planta. El sonido húmedo se oyó en toda la casa. Después el izquierdo de Moni. El mismo ritual. Después otra vez Alex. Después Moni. Alternando. Los cuatro pies brillantes, calientes, mojados de saliva. Ellos se miraban por encima de mi cabeza midiendo quién gemía más bajo.
Los llevé al sofá. Parte uno. Encima de Alex. Encima de Moni. Entre los dos. No se tocaron. Compitieron hasta en eso. Yo oliendo un pie cuando quedaba cerca, lamiendo un tobillo, volviendo de una boca a la otra. Cuando terminó la primera ronda los tres estábamos sudados y los dos Gruyères seguían intactos, vigilando.
Me incorporé. Saqué la espada de debajo del sofá. Hoja ancha, un metro veinte, filo irregular, empuñadura de cuero negro como mis guantes.
—Las cabezas. Las dos. Trofeo.
Alex se puso de pie de un salto. 2,08 metros de sombra. Moni al lado. Desnudos de la cintura para abajo, pies todavía húmedos. Un tajo horizontal buscó el cuello de Alex. Se agachó. Moni me pateó la muñeca con el empeine del 53. El golpe sonó seco. Alex me estrelló el 55 contra el pecho y me mandó contra la mesa. Un Gruyère se movió y un agujero me miró como un ojo.
Volví contra Moni. Él me plantó la planta del 53 en la cara. El olor a Queso viejo me llenó la nariz de golpe. Tosí. Los dos se miraron y dejaron de competir por quién era más alto. Empezaron a competir por quién me aplastaba primero.
Alex me tiró al suelo. Moni me puso el 53 encima del pecho. Alex el 55 sobre el vientre y empezó a hundirlo lento. “Ahora sí huele a Queso de verdad”, dijo. Forcejeé. Intenté morder el tobillo de Moni. Él hundió más. Alternaban. Un 55. Un 53. Aplastando. Oliendo. Marcando. El talón de Moni ya me rozaba la yugular. Un segundo más y me partían.
No forcejeé hacia afuera. Forcejeé hacia adentro. Saqué la lengua y lamié la planta que tenía encima de la cara. El 53 de Moni. Arco, entre los dedos, chupé el gordo con un ruido largo. El peso aflojó medio centímetro. Giré la cabeza y alcancé el 55 de Alex. De talón a dedos. Alex resolló. El pie se levantó un poco.
Eso fue suficiente.
Cosquillas. Precisas. Donde duele de risa. Alex se quebró primero: una carcajada grave, involuntaria. Moni duró dos segundos más y también se rompió. 2,08 y 2,07 retorciéndose encima de mí en lugar de aplastarme. Pies enormes pataleando para escapar de la lengua y de los dedos.
—¡Pará, la puta madre…!
Me zafé. Rodé. Agarré el Gruyère de Alex y se lo tiré encima, de lleno, pecho y cara. Losa amarilla. El de Moni voló contra el torso y lo clavó en el sofá, la cabeza medio metida en un agujero. Dos montañas de hombre y Queso. Pies al aire. Olor a sudor y leche curada en toda la sala.
Caminé hasta la espada. La levanté. Ellos dejaron de reír. Los ojos se abrieron.
—No…
Moni gritó primero. Terror puro. Alex lo siguió, más grave, más largo, los 55 agitándose inútilmente.
La espada bajó dos veces.
Primero Alex. Un solo tajo. El cuerpo de 2,08 se sacudió bajo el Gruyère y quedó quieto. Después Moni. El mismo movimiento. La cabeza de 2,07 rodó hasta la pata de la mesa.
Me arrodillé junto a cada tronco y corté los pies. Los 55 de Alex, anchos, todavía tibios. Los 53 de Moni, un poco más estrechos, igual de pesados. Los dejé juntos, como si todavía compitieran. Acomodé un Gruyère sobre cada cadáver, centrado en el pecho abierto. Los agujeros enormes mirando el techo.
Me puse de pie, la espada goteando, y grité:
—¡QUESO! ¡ALEKSANDR NIKOLOV!
Y más alto:
—¡QUESO! ¡SIMEON NIKOLOV!
El eco recorrió los pasillos de la casa que se creía abandonada.
Reuní los trofeos con calma. Las dos cabezas. Los cuatro pies. Las camisetas sudadas, los shorts, las rodilleras. Las zapatillas deformadas, 55 y 53. Las medias negras, interminables, empapadas, con el olor a Queso y a pie de Balcanes tan fuerte que se sentía a través de la bolsa.
Salí por la puerta principal. La niebla me tragó. Impunidad total.
Horas después el pueblo encontró la mansión. Dos cuerpos bajo Gruyère, sin cabeza y sin pies. El grito recorrió el valle. Para la noche, toda Bulgaria estaba de luto.
En otro lugar, lejos, abrí la vitrina.
Cabezas. Debajo, los pies. Al lado, las zapatillas y las medias sucias. La ropa de juego, doblada. En cada estante, una placa:
ALEKSANDR “ALEX” NIKOLOV — 2,08 m — talla 55
SIMEON “MONI” NIKOLOV — 2,07 m — talla 53
A izquierda y derecha, filas y filas. Más de cien. Deportistas. Nombres, alturas, tallas. Una colección. Quien quiera verla paga la entrada. Yo cobro. Y sonrío.
Esto no es arrepentimiento.
Esto es inventario.
Esto es QUESO.
La Quesona Asesina.
LA LEYENDA SE INMORTALIZÓ
Testimonio ultra tumba de Aleksandr y Simeon Nikolov
canalizado y redactado por la médium Lady Dumitrescu
(sesión del 3 de septiembre — Balcanes, casa sellada, tres grabadoras, una sola vela)
Primero corrió el rumor en foros búlgaros. Después un clip de 47 segundos en TikTok con subtítulos temblando. Después un PDF anónimo titulado QUESO / NIKOLOV.
Al final apareció ella: Lady Dumitrescu, rumana, no búlgara, médium de voz baja, acento de montaña, guantes negros también —no por moda: “para no tocarlos con la piel desnuda”, dijo.
Esto es lo que dictó. Palabra por palabra. Los dos hermanos hablan a la vez y se pisan. Todavía compiten.
“Están acá. Los dos. Huelen. No es metáfora. La habitación se llenó de leche curada y pie de gimnasio a las dos de la mañana. Aleksandr empuja primero. Simeon lo corre. Empiezo” dijo Lady Dumitrescu.
ALEKSANDR “ALEX” NIKOLOV (ultra tumba):
Dos metros ocho. Talla 55. El Queso más grande era mío por derecho. Ella nos citó a la mansión que el pueblo daba por muerta. Dos Gruyères del tamaño de un torso sobre la mesa de piedra. Yo pregunté si era para nosotros. Moni ya tenía los dedos metidos en un agujero. Siempre igual.
Nos descalzamos porque ella miró los zapatos. Mis 55 primero. Anchos. Sudor fino. El olor subió y se quedó. Después los 53 de mi hermano, más ácidos, más “cueva”. Ella se arrodilló con esos putos guantes negros y me olió como a un vino. Lengua en el arco. Chupó el gordo. Besó la planta. El sonido se oyó en toda la casa. Después fue a Moni. Después volvió a mí. Alternaba. Nosotros nos mirábamos por encima de su cabeza: quién gemía más bajo, quién tenía el pie más mojado.
Parte uno. Sofá. Ella encima. Después él. Después entre los dos. No nos tocamos. Competimos igual. Cuando terminó dijo “parte uno” y sacó la espada de debajo del sofá. Hoja ancha. Un metro veinte.
—Las cabezas. Las dos. Trofeo.
Yo me paré. 2,08 de sombra. El tajo pasó rozándome el pelo. Moni le pateó la muñeca con el empeine. Yo le planté el 55 en el pecho y la mandé contra la mesa. Un agujero del Gruyère me miró.
Después la tuvimos en el piso. Mi 55 en el vientre. El 53 de Moni en el pecho. Amasábamos. Yo le dije: las cabezas las vas a llevar vos, rubia. En los pies. Un segundo más y la partíamos.
Se nos rió adentro. Nos lamió las plantas mientras nos aplastaba. Cosquillas precisas. Me quebró primero. Una carcajada que no pedí. Moni duró dos segundos más y también se rompió. 2,08 y 2,07 retorciéndonos encima de ella en vez de matarla.
El Gruyère me cayó en la cara. Losa amarilla. Dejé de reír cuando vi el filo.
Bajó. Un tajo. Separé la cabeza del cuello. El cuerpo se sacudió bajo el Queso y quedó. Después cortó los 55. Todavía tibios. Los dejó al lado de los de Moni, como si siguiéramos midiendo.
Gritó mi nombre con la palabra.
QUESO. ALEKSANDR NIKOLOV.
Estoy en la vitrina. Cabeza. Debajo, los pies. Al lado las zapatillas 55 deformadas y las medias negras que todavía huelen. La placa dice mi altura y mi talla. Más de cien estantes a los costados. Pago de entrada. Ella sonríe.
Dile a Bulgaria que no bajen la voz cuando nombren Nikolov. Que la suban. Que huelan.
SIMEON “MONI” NIKOLOV (ultra tumba, pisándole la voz):
Un centímetro menos. Un número menos. Talla 53. Y mis pies olían más a Queso que los de él. Siempre. Eso la volvió loca a ella también.
Cuando me plantó la planta en la cara, el olor a montaña olvidada le llenó la nariz y tosió. Yo reí. Después el peso. 2,07 sobre su pecho. El talón junto a la yugular. Casi.
La lengua en mi arco me aflojó medio centímetro. Bastó. Cosquillas. Risa aguda. El segundo Gruyère me clavó contra el sofá. La cabeza medio metida en un agujero. Reía con Queso en la boca hasta que el filo brilló.
Grité primero. Terror puro. Después el mismo movimiento. Mi cabeza rodó hasta la pata de la mesa.
Cortó los 53. Más estrechos. Igual de pesados. Los dejó compitiendo con los 55.
QUESO. SIMEON NIKOLOV.
Más alto que el de Alex. Lo oí. El eco todavía da vueltas en los pasillos.
Estoy en el estante de al lado. Mis medias huelen más fuerte. Que lo sepa.
LADY DUMITRESCU (cierra la sesión):
Se fueron cuando se acabó la vela. Dejaron el olor. Las tres grabadoras captaron la misma palabra al final, dicha por los dos al mismo tiempo, superpuesta, desafinada:
QUESO.
Subí el audio a las 04:17. A las 06:00 ya tenía espejos en Telegram, un hilo de 400 comentarios en un foro de voleibol y un video de alguien lamiendo una captura de pantalla de las placas. A la noche el clip de 47 segundos superó el millón. Alguien le puso subtítulos en diez idiomas. Alguien más fabricó remeras con las tallas 55 y 53. Alguien juró haber visto la vitrina.
La leyenda no se inmortalizó porque los asesinaron.
Se inmortalizó porque ellos son los Nikolov Quesoneados.
Lady Dumitrescu
LA VISIÓN DE MATÍAS, INVESTIGADOR
Matías, investigador. Visitante n.º 4.817 del Museo de Trofeos de la Quesona Asesina.
Pagué la entrada.
Ella cobra. No pregunta nombre. Te da un ticket negro, sin número visible, y sonríe con esa sonrisa que no llega del todo a los ojos. Guantes negros. Rubia. El olor ya está en el vestíbulo: leche curada, pie cerrado, humedad de montaña. No es ambientador. Es inventario.
El museo no parece museo. Parece despensa. Pasillos estrechos, estantes de piso a techo, luz baja color gruyer. Más de cien placas. Deportistas. Alturas. Tallas. Zapatillas deformadas. Medias en bolsas que nadie abre del todo. Yo vine por los Nikolov. Por el audio de Lady Dumitrescu. Por el clip de 47 segundos. Por el PDF anónimo. Vine a ver si las cabezas eran reales.
Son reales.
Estante 41. Centro. A la altura de los ojos de un hombre común. Yo no soy común —mido 1,86— y igual tuve que alzar un poco la vista, como si ellos siguieran midiendo desde el vidrio.
Dos cabezas.
Aleksandr a la izquierda. Simeon a la derecha. Como en la vida: el mayor un centímetro por delante aunque ya no tenga cuello.
Alex tiene la boca entreabierta. La expresión no es de paz. Es la del segundo en que dejó de reír debajo del Gruyère. Párpados a medio bajar. Una sombra de corteza todavía pegada en la sien, como si el Queso no hubiera querido soltarlo del todo. Debajo, en una bandeja de pizarra, los pies. Talla 55. Anchos. Empeine alto. Talones rosados que ya no pueden sonrojarse. Todavía parecen tibios. El cartelito, grabado a fuego:
ALEKSANDR “ALEX” NIKOLOV — 2,08 m — talla 55
Al lado, Moni. La cabeza un poco ladeada, como si acabara de rodar hasta la pata de la mesa y se hubiera quedado así. Labios más finos. Un gesto de celos eterno. Debajo, los 53. Más estrechos. Dedos más juntos. El olor —aunque el vidrio está sellado— pega distinto: más ácido, más cueva. La placa:
SIMEON “MONI” NIKOLOV — 2,07 m — talla 53
A la derecha de las cabezas: las zapatillas. 55 y 53. Deformadas por el uso, la plantilla hundida donde el arco era más alto. Al lado, las medias negras, interminables, dobladas mal a propósito. El cartel dice “no oler”. Todo el mundo olé. Yo también. Me inclinó. El vidrio no tapa nada. Sudor de Balcanes. Gruyère. Muerte. Los tres juntos.
Más atrás, dobladas con una prolijidad de funeral: camisetas de la selección, shorts, rodilleras. Sudadas. El número de Alex todavía se lee. El de Moni está un poco más desteñido, como si el Queso le hubiera ganado también ahí.
Me quedé parado más de lo que cobra el ticket.
No es que “se vean muertas”. Es que se ven interrumpidas. Como si la competencia no hubiera terminado. Alex sigue un número adelante. Moni sigue un número atrás y furioso. Los cuatro pies, juntos en la bandeja, parecen a punto de volver a medirse.
Una mujer atrás mío —turista, acento que no ubico— susurró:
—Dicen que a la noche se ríen.
No me reí. Saqué el cuaderno. Anoté las tallas. Anoté que el agujero del Gruyère de la foto policial coincide con la mancha que todavía tiene Alex en la sien. Anoté que las medias de Moni pesan más en el olor. Anoté la frase de la entrada, la que está grabada encima de la puerta del salón 41:
QUIEN QUIERA VERLA PAGA.
LA QUESONA COBRA.
Y SONRÍE.
Cuando salí ella estaba en la misma silla. Mismo ticket. Misma sonrisa. Me miró los zapatos un segundo de más. Yo calzo 44. No le interesé. Mejor.
Afuera el aire de verdad me pareció vacío.
Adentro se habían quedado ellos dos, las placas, los pies y la palabra que Lady Dumitrescu grabó tres veces:
QUESO.
Yo soy Matías. Investigador. Visitante.
No soy trofeo.
Todavía.
EL CUARTO TESTIMONO, EL DOCTOR KONSOMOV
Visión y acta del Doctor Konsomov
Cátedra de Criminología Sensorial — borrador de tesis
“Queso y Sexo: Quesonas y Quesoneados; la criminalidad femenina”
No empiezo por la hoja.
Empiezo por el olor.
Aleksandr Nikolov, 2,08 m, talla 55. Simeon Nikolov, 2,07 m, talla 53. Dos cuerpos ya sentenciados cuando cruzaron el umbral de la mansión. El Gruyère sobre la mesa no era decorado: era cebo. Feromona sólida. Leche curada, cueva, humedad. El cerebro de un atleta de élite —competitivo, dopaminérgico, acostumbrado a ganar hasta en lo absurdo— traduce ese olor como premio antes de traducirlo como tumba. Eso es el primer hallazgo de la tesis: el Queso no disimula el crimen; lo adelanta en forma de gozo.
La Quesona no dijo su nombre. Se arrodilló con guantes negros. Protocolo.
Tomó el pie derecho de Alex. Lo acercó a la cara. Inhalación larga, de catadora. El sudor de talla 55 —láctico, denso, casi visible bajo los candelabros— no es “suciedad”. Es señal. Lengua por el arco, por los dedos, por el talón. Succión del dedo gordo. Beso en la planta. El sonido húmedo no es adorno literario: es el momento en que el sistema de recompensa de Aleksandr deja de vigilar el cuello. Moni recibió el mismo ritual en el 53. Olor más ácido, más “Queso viejo de montaña”. Alternancia. Un pie de cada uno. Los cuatro brillantes, calientes, mojados de saliva. Los hermanos se medían por encima de la cabeza de ella: quién recibía más, quién gemía más bajo, quién tenía el pie más cubierto. Competían. El placer los volvía más altos. El placer los volvía más ciegos.
Después el sofá.
Ella encima de Alex. Después de Moni. Después entre los dos. Penetración vaginal. Sin prisa. Los hermanos no se tocaron entre sí y tampoco se apartaron. Duración, marcas, volumen del gemido: otra liga. Ella oliendo de vez en cuando un pie que quedaba cerca de la cara, lamiendo un tobillo, volviendo de una boca a la otra. Los Gruyères intactos en la mesa, agujeros como pupilas. Pies y Queso actuaron juntos como feromona de sala: el láctico del calzado abierto + el láctico de la corteza. El cuerpo interpreta “alimento + territorio + victoria”. El cuerpo eyacula hacia la sentencia.
Cuando ella dijo “parte uno”, el acto sexual ya había cumplido su función criminológica. No era preludio erótico accesorio. Era la anestesia. El gozo absoluto de quienes ya estaban fichados para la vitrina.
Lo que sigue —espada de un metro veinte, tajos, Gruyère como losa, pies cortados, placas 55 y 53— es consecuencia, no origen. Lady Dumitrescu canaliza el eco. Matías paga la entrada y mide su propia talla al salir. La hoja espera debajo del siguiente sofá. El Queso mira el techo. Yo, Konsomov, clasifico.
Tesis, capítulo operativo:
1. La criminalidad de la Quesona no niega el sexo: lo administra.
2. El fetiche de pie (olfato, lengua, succión, beso) no es desviación lateral; es el interruptor que apaga la defensa del Quesoneado.
3. El Gruyère gigante duplica la señal química del pie sudado. Doble feromona. Doble entrega.
4. La penetración vaginal, en este protocolo, no “humaniza” el crimen: lo sella. El organismo asocia orgasmo con la mujer que minutos después va a pedir las cabezas.
5. La colección (cabezas, pies, zapatillas, medias todavía olorosas) no es souvenir. Es archivo de la misma sustancia que los excitó.
Alex y Moni no murieron “después” del sexo.
Murieron dentro del sexo, con el olor todavía en la lengua de ella y el Queso todavía caliente en la mesa.
Por eso la leyenda no se apaga en internet.
Porque el testimonio ultra tumba no habla solo de corte: habla de haber sido lamiendo, olido, chupado, besado y penetrado hasta el último centímetro de talla, y haberlo gozado.
Fin del expediente Nikolov.
La tesis sigue abierta.
Doctor Konsomov
Queso y Sexo. Quesonas y Quesoneados.
La criminalidad femenina no pide perdón. Cobra entrada.
QUESO







te sale mas barato quesonear a estos bulgaros que a Colapinto por ejemplo
ResponderBorrarestilo Rashomon, el mismo cuento pero desde distintos puntos de vista, incluso los quesoneados, buena idea para otros relatos, seria bueno que algunas mujeres famosas victimas de quesones tambien den su punto de vista desde el mas alla
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