Carlos Rivero, el Super Quesón de la Nueva Generación #QUESO
Soy CARLOS RIVERO.
Carlitos o Charly para los amigos.
Carlos para las minas que Quesoneo.
Juego al básquet. Salí campeón de la Liga Nacional con Gimnasia de Comodoro Rivadavia, pero no vengo a hablar de eso.
Mido 2,06. Calzo 55. Crecí admirando a Carlos Delfino y a Carlos Matías Sandes. Conozco todos sus asesinatos, toda su leyenda. Me encanta como Carlos Delfino decapita a las minas con la katana, o como Carlos Matías Sandes hace lo mismo con el machete. Mi destino no podía ser otro: ser un Quesón.
Los Carlos de siempre —Reich, Elder, Eisler, Bossio— abrieron el camino con talla 47, 48, 50. Hay pocos Carlos jóvenes. No es que se hayan acabado: es que el Código no se hereda fácil. Hay que nacer con el pie, con el hambre y con la disciplina de Quesonar minas. Pero somos los suficientes para que los Quesos se sigan tirando sobre las minas y para que la leyenda de los QUESONES, LOS CARLOS ASESINOS, no se apague. Yo no vengo a tapar a nadie. Vengo a agrandar la rueda.
Ahora les voy a contar cómo asesiné a diez minas en dos semanas, para convertirme en CARLOS RIVERO, EL SUPER QUESÓN DE LA NUEVA GENERACIÓN.
Lunes 1 — el cuchillo. Vestuario del club de barrio.
Entrenamos hasta las once. Ella se quedó “a devolverme una remera”. Mentira de las dos partes. Apagué la mitad de las luces. Me senté en el banco largo, me desaté las 55 despacio. El olor subió de golpe: sudor de triple en tiempo extra, cuero viejo, Queso que todavía no está pero ya se siente.
Ella hizo la cara. Después se agachó. No la toqué. Olió la planta. La lengua le tembló en el dedo gordo. Lamió el arco, el talón, el espacio entre los dedos donde el entrenamiento se pudre rico. Le dije, bajo, claro, para que lo llevara al fondo:
—Soy Carlos Rivero. El Super Quesón de la nueva generación.
Se rió como si fuera un apodo de vestuario. Yo no me reí.
Cuando la saliva ya le brillaba en la barbilla la subí al banco. La 55 le quedó apoyada en el pecho mientras yo le abrí las piernas con las rodillas. Entré de una, lento al principio porque 2,06 pesa y ella era chica contra el concreto del club. La tuve de frente, después de costado, el pie todavía húmedo de ella rozándole la cara cada vez que empujaba. Gritó contra la suela. Le tapé la boca con el empeine. Acabó temblando, con la nariz aplastada contra mi planta. Yo también. El vestuario olía a sexo, a pie y a cloro barato.
Ahí saqué el cuchillo: hoja de carnicero agrandada, más larga que mi antebrazo, cabo envuelto en tela negra para que no se me resbale el guante. Se lo pasé por el cuello mientras todavía tenía la boca abierta contra mi pie. La sangre corrió hacia el desagüe. El Gruyère —rueda que casi no entra en la bolsa— lo calenté un segundo contra el radiador y se lo apoyé en el pecho.
—QUESO.
Me llevé las zapatillas de ella. Las mías las volví a atar. Salí por la puerta de servicio. Al otro día el club olía a lavandina y a algo que nadie quiso nombrar.
Martes 1 — el puñal. Estacionamiento del shopping, planta baja, fondo.
La vi mirando vidrieras. Le ofrecí llevarla “hasta la esquina”. Subió. En el asiento de atrás le dije que me mataban los pies. Se rió. Cuando aparecieron las 55 el auto se llenó. Se tapó la nariz y a los diez segundos ya no se tapaba: inhalaba. Lengua en el dedo gordo. Beso en el talón. El cuero del asiento se manchó de saliva.
—Carlos Rivero. Super Quesón de la nueva generación —le dije con el pie en su falda—. Quedan pocos como yo. Los suficientes.
Se subió encima. En el espacio estrecho del atrás yo casi no cabía; ella sí, a horcajadas, con una 55 apretada contra la mejilla. La moví yo. El auto se mecía. Le agarré la nuca y la bajé otra vez al pie cuando ya no podía más: que terminara oliendo lo que la había traído hasta acá. Acabó con un gemido tapado contra la planta. Yo la seguí, profundo, hasta que se le aflojaron las rodillas.
El puñal era corto y ancho, casi un machete chico. Lo tenía bajo el asiento, envuelto. Entró debajo de las costillas, un solo empuje, guante negro firme. Ella todavía tenía la cara contra la suela. El Gruyère lo saqué del baúl —iba en una bolsa de deporte, como si fuera un balón medicinal— y lo dejé encima, centrado.
—QUESO.
Cerré con llave. Caminé hasta el colectivo. Dormí ocho horas. El miércoles había que entrenar.
Miércoles 1 — el machete. Cancha abierta, reflectores de un solo lado.
Quedamos “a tirar unos tiros”. Nadie más. La hice sentarse en la línea de libres y le puse el pie 55 en el regazo.
—Olélo bien. Si no llega al fondo no cuenta.
Llegó. Lengua, saliva, ese ruidito. Le presenté el nombre completo mientras ella tenía la boca ocupada. Lo repitió mal, con la lengua torpe. Lo corregí.
Después la recosté sobre la pintura. Entré entre las piernas con las 55 todavía descalzas a los costados de su cabeza, como dos columnas. Cada embestida le acercaba la cara a la planta. Sudábamos los dos bajo el reflector cojo. La hice acabarse con un pie apoyado en su boca, el otro clavado en el piso, como si estuviera en un pivote. Cuando terminé, me quedé adentro un segundo más, respirando el olor a cancha, a ella y a mí.
El machete estaba apoyado contra el tablero, hoja enorme, oxidada a propósito. Un tajo de costado. El cuerpo cayó sobre la pintura. El Gruyère lo tiré como un pase extra: pegó en el aro, rebotó y le cayó en el pecho.
—QUESO.
El eco me gustó más que cualquier triple en contra. Barrí la sangre con una toalla del club. Me fui.
Jueves 1 — la katana. Hotel cerca de la estación, baño de mármol.
Pieza pagada en efectivo. Ella quería “una noche distinta”. Yo quería el espejo. Me saqué las 55 sobre el mármol frío. El vapor armó una nube. Ella se arrodilló porque el olor no le dejó otra. Lamió la planta entera, de talón a dedos. Yo me veía: 2,06, guantes negros brillando, katana de hoja larga que casi toca el techo.
—Mirá. Carlos Rivero. El Super Quesón. La nueva generación no pide permiso.
La levanté contra el azulejo. Una pierna de ella al hombro, la otra temblando. En el espejo se veía todo: el pie enorme al lado de su cara, yo entrando, ella mordiendo el labio y después la suela porque no le alcanzaba otra cosa. El mármol se puso resbaloso. Acabó primero ella, con un grito que el vapor absorbió. Yo después, con la frente contra el espejo y el pie todavía en su mejilla.
El corte fue horizontal, limpio. En el espejo se vio el Gruyère ya sentado y mi pie todavía húmedo de ella.
—QUESO.
Lavé los guantes en la pileta. Bajé por la escalera de servicio. La recepción ni levantó la vista.
Viernes 1 — la espada tipo guillotina. Terraza de un edificio en obra.
Viento. Ella quería fotos con la ciudad atrás. Yo quería altura. Pies descalzos sobre el cemento. Ella se quejó del frío y del olor y después se quedó. Se arrodilló igual, con la ciudad tirándole el pelo para atrás. Lamió como si el viento se llevara el asco y dejara solo la gana.
Le dije el nombre entero. El viento se llevó la mitad. Lo repetí más cerca de su oreja, con el pie 55 entre sus manos.
Después la tuve de pie, contra el pretil bajo, de espaldas a la ciudad. Yo atrás. Las 55 plantadas en el cemento como si fuera la pintura de un gimnasio. Cada embestida la acercaba un poco al borde. Acabó agarrada al filo del muro, con la cara vuelta, oliendo todavía. Yo también. El viento nos secó el sudor enseguida.
La espada la había encargado a un taller de Avellaneda: hoja ancha, pesada, caída vertical, más teatro que esgrima. No hace falta el detalle del filo. El Gruyère lo dejé al borde, casi colgando sobre la calle.
—QUESO.
Abajo nadie miró para arriba. Bajé por el montacargas. Fin de la primera semana. Cinco. El cuerpo ya tenía el ritmo.
Lunes 2 — el martillo. Galpón detrás de un club que cierra tarde.
Ella era de las que se quedan a “ayudar a guardar”. Mentira otra vez. Primero los pies sobre un cajón. Ella lloraba y lamió igual. El olor a 55 en un galpón cerrado es otra especie: más espeso, más Queso.
—Carlos Rivero. Super Quesón. Quedan pocos jóvenes. Los justos para que esto no se muera.
La bajé del cajón a una lona vieja. La tuve con las rodillas abiertas y una 55 cruzada sobre su pecho, como quien marca territorio. Entré hondo. El galpón devolvía el sonido. Le pedí que no dejara de oler mientras yo la follo. Obedeció. Acabó con lágrimas y saliva en la planta. Yo la seguí hasta que el cajón se corrió unos centímetros.
El martillo no era de obra: cabeza como una pelota medicinal, mango largo. El golpe bajó. El piso de cemento se quebró un poco. El Gruyère tapó lo que había que tapar.
—QUESO.
Salí con la capucha. El martillo lo dejé adentro, demasiado grande para llevármelo en el bondi.
Martes 2 — el hacha. Zona de carga de un súper, de madrugada.
La enganché cuando salía del after. “Te acerco.” Entre dos contenedores le dije que me sacara las zapatillas. El olor a 55 a esa hora es más denso. Se le llenaron los ojos. Lamió.
El nombre se lo di con el pie en su cara y la ciudad todavía prendiéndose atrás del súper.
Después la apoyé contra el contenedor. Piernas al cuello de ella, casi. El metal frío le marcaba la espalda; yo le marcaba otra cosa. La 55 le golpeaba el hombro a cada movimiento. Acabó mordiendo mi tobillo para no gritar. Yo acabé con los guantes negros apoyados a los costados de su cabeza, sin sacármelos.
El hacha era de leñador agrandada, filo brillante. Subió y bajó. El Gruyère —esta vez uno más hueco, más “Queso de verdad”— lo acomodé con las dos manos.
—QUESO.
Me fui. Las cámaras del súper miraban para otro lado. Siempre miran para otro lado.
Miércoles 2 — la itaka. Cancha cubierta, portón cerrado con candado que yo tenía.
La itaka la soñé desde pibe. Cañón largo, culata envuelta. Ella de rodillas en la línea central, cara en el empeine, yo con el arma al hombro como si fuera un entrenamiento de fuerza.
Antes del estruendo, el ritual completo. Le presenté el nombre. Le hice repetir “Super Quesón” con la boca contra la planta. Después la recosté en el círculo central. Entré con las 55 a ambos lados de su cabeza, como en un bloqueo. El piso de parqué crujía. Acabó primero ella, con un gemido que rebotó en los aros. Yo después, lento, mirando el techo de la cancha como si estuviera en la hora extra.
El estruendo me dejó los oídos en si bemol dos días. El Gruyère lo puse despacio, casi con respeto.
—QUESO.
Esa noche dormí como si hubiera ganado un playoff.
Jueves 2 — la soga. Quincho prestado de un conocido que no pregunta.
Soga de amarra, gruesa, que deja marca. La enrosqué después. Primero la nariz clavada en la suela. El olor la tenía ida: ya no distinguía si era asco o ganas.
—Soy Carlos Rivero. El Super Quesón de la nueva generación. Los Carlos jóvenes somos pocos. Alcanza.
La tuve en el banco del quincho, ella arriba, yo sentado, las 55 todavía descalzas contra el piso de cemento. La subí y la bajé. Le pedí que oliése cada vez que bajaba. Obedeció hasta que se le cortó la voz. Acabó con las uñas en mis hombros y la cara otra vez en el pie, como si el sexo la devolviera al principio. Yo la terminé así: adentro de ella y con la planta contra su boca.
Apreté. Esperé. El Queso Gruyère estaba al lado, listo. Lo acomodé.
—QUESO.
Cerré el quincho. Devolví la llave al día siguiente como si nada.
Viernes 2 — el Queso.
No llevé acero. Llevé la rueda más grande que conseguí. Tuve que levantarla con las dos manos, como un rebote ofensivo sucio. Quincho otra vez, distinto, más lejos. Me saqué las 55. La dejé trabajar hasta que la saliva le corría por la muñeca.
—Carlos Rivero. Super Quesón. Esto es la firma.
La tuve en el piso, sobre una manta prestada. Pies primero, siempre. Después el cuerpo entero: yo encima, 2,06 cubriéndola, una 55 al lado de su cara para que no olvidara el orden. Largo. Hondo. Ella acabó dos veces; la segunda ya no gritaba, solo inhalaba. Yo me retiré un segundo, me paré donde estaría la línea de triples, miré el techo de chapa y volví a entrar hasta terminar. El olor a pie, a sexo y a Queso ya era el mismo olor.
Giré. Lo tiré. El Queso viajó pesado, verdadero, y le cayó en el pecho como la firma que yo quería. Me acerqué, puse el pie 55 al lado de su cara y miré el techo de chapa.
—QUESO.
Diez.
La nueva tanda. Cómo se planea.
El récord no se defiende dormido. Se ataca.
Ya tengo el cuaderno. No nombres: iniciales, barrio, horario de salida, si usa colectivo o Uber, si se queda después del partido, si le gusta el after. Lunes a viernes otra vez. Otras diez. Armas nuevas o las mismas pero más grandes. El cuchillo de la primera semana ya me queda corto en la cabeza: quiero uno que parezca una espada. El martillo puede ser de dos manos. La soga puede ser de piano, más fina, más cruel. Y siempre, siempre, un QUESO más enorme que el anterior. Quiero que el último de esta segunda tanda no se pueda levantar solo. Quiero necesitar impulso de piernas, como un dunk.
Ya marqué tres posibles para el lunes que viene: una que sale del microciclo a las 22:40, otra que se queda a “estirar” en el club de Muñiz, otra que espera Uber detrás de un bowling. Las tres tienen esa cara cuando uno se saca las zapatillas. Esa cara es el scout.
Cuando cierre la segunda tanda van a ser veinte. Todavía no es el número que quiero. El número que quiero no tiene techo.
2,06. Talla 55. Calendario. Queso.
Soy Carlos Rivero.
Para los amigos, Charly.
Para ellas, Carlos.
Para la Hermandad, el Super Quesón de la nueva generación.









CARLON SUPER QUESONAZO
ResponderBorrarlas minas quesoneadas serían desconocidas, pero en las imagenes estan las de Game of Thrones, que asesino tiene la nueva generación
ResponderBorrary si este rompe los codigos y tambien mata a algunos chabones? quizas la nueva generacion exige tambien nuevos codigos
ResponderBorrarSerían mejor que lo hicieran las quesonas, mujeres quesoneando mujeres.
BorrarParece que habrá relatos para rato, para furia de la Liga de la Pureza.
ResponderBorrarPodría tener una misión conjunta con Carlos Rivera.
Noto una inspiración de Games of Thronnes. Sospecho que si Jon Snow se hubiera llamado Carlos, en algun variación, el asesinato de Daenierys habría sido aceptado.
Diría que la mayor parte, consciente o inconscientemente, buscaron al quesón.
¿Carlos Portalupi es un quesón? Actuó en Corralón, película en que la quesoneada Brenda Gandini es atada por el cuello. ¿Lo fue el actor Carlos Artigas?
Carlos Portalupi muy gordo para ser quesón pero deberia serlo, aunque por ahora no lo inclureimos en la nómina; el actor Carlos Artigas, afuera, era muy petiso; un buen Carlos, pero no le da para queson, como Carlitos Bala por ejemplo ja ja
Borrarun auténtico show de quesos, un gran Carlos para tener por muchos años
ResponderBorrarbuen cuento, acorde con el estilo de este tiempo, un post bien hecho, perfectas las ilustraciones, propongo otros relatos de mundos alternos, por ejemplo, Carlos Bossio apuñalando a Valeria Mazza o Carlos Reich liquidando a balazos a Wanda Nara
ResponderBorrarel concepto de super quesón es una novedad en el mundo queson?
ResponderBorrarCarlos Rivero - Carlos Rivera da para un dupla como propuso el Fauno?
ResponderBorrarme gustaría ver a este queson quesoneando a Maru Sandes, digo porque es basquetbolitsta como Sandes
ResponderBorrarun queso viviente este chaval, ha nacido para ser un queson
ResponderBorrar