La Divina Comedia de Sasha Ferro y Brisa Marcos #QUESO
LAS DIVINAS SASHA FERRO Y BRISA MARCOS
En el Círculo de los Vicios Carnales, noveno foso del séptimo círculo del Infierno, donde las almas que vendieron y disfrutaron la carne como moneda eterna ardían en un lago de semen hirviente y perfumes baratos, flotaban dos figuras recién llegadas. El aire olía a azufre mezclado con el aroma dulzón y penetrante del Queso maduro.
Allí, frente a frente sobre una roca negra y resbaladiza, se encontraron Sasha Ferro y Brisa Marcos.
Sus cuerpos etéreos conservaban las heridas mortales con un detalle obsceno y glorioso: tajos profundos que aún supuraban sangre luminosa, moretones en forma de manos grandes, huellas de pies gigantes (talla 48 y 49) marcadas en sus pechos y muslos, y, coronando cada cadáver flotante, un enorme Queso Gruyère entero, pesado, sudado, con sus agujeros goteando un suero dorado que olía a pecado bendito.
Sin embargo, sus rostros no mostraban terror. Sasha lucía una sonrisa lánguida y satisfecha, los ojos entrecerrados de placer post-orgásmico. Brisa mordía su labio inferior, con una expresión de éxtasis casi ridícula para un alma condenada.
Sasha fue la primera en hablar, su voz ronca y sensual, como si aún estuviera jadeando en el yate del Tigre:
—Brisa… ¿vos también? Ja… mirá que somos putas con suerte. Yo pensaba que me iba a tocar el fuego eterno… y en cambio me mandaron al mismo foso que a vos. ¿Viste cómo me dejó Charles? —Se señaló el vientre abierto de un tajo limpio y profundo, casi quirúrgico—. Usó un cuchillo tan largo como una espada… me lo metió todo mientras yo le pedía más. Me corrió adentro y afuera al mismo tiempo. Y después… el golpe final. Y el Queso encima. Todavía siento el peso. Es… rico, ¿no?
Brisa soltó una carcajada gutural que resonó entre las llamas lejanas. Su cuerpo mostraba cortes más salvajes, obra de la gran espada de Charly Buemo.
—Ay, Sasha, boluda… yo pensaba que era la única que había muerto feliz. Charly me destrozó. Primero me hizo chuparle los pies durante casi una hora, sudados de tanto basquet. Esos pies enormes, calientes, con olor a Queso viejo… me volví loca. Después me folló como un animal contra la pared del departamento. Y cuando ya estaba acabando, sacó la espada. Un solo mandoble… me abrió desde el cuello hasta el pubis. Me corrí mientras me moría, te juro. Y el Gruyère… mirá cómo me lo dejó. Todavía me chorrea por el tajo. Es como si el Quesón me hubiera marcado para siempre.
Ambas se miraron las heridas y los Quesos, y rieron con esa complicidad bizarra de dos almas que murieron en plena éxtasis asesino.
—Quesoneadas… —susurró Sasha, casi reverente—. Nos Quesonearon bien Quesoneadas.
—Totalmente Quesoneadas —respondió Brisa, tocando el Queso sobre su propio cadáver flotante—. Este Queso es más pesado que cualquier cadena del infierno.
En ese momento, una luz dorada y tibia cortó la penumbra sulfurosa. De ella descendió un ángel purificador, alto, de alas traslúcidas que parecían hechas de Queso fundido y luz. Su rostro era sereno pero firme, y en su mano derecha sostenía un pequeño Queso fresco, aún goteando.
—Hijas del Pecado y de la Carne —dijo con voz que sonaba como un coro lejano de gemidos y plegarias—. Sasha Ferro y Brisa Marcos. Habéis vivido de los vicios del sexo y del goce sin freno. El Círculo os reclamaba. Y sin embargo…
El ángel extendió la mano y tocó los Quesos que coronaban sus cuerpos. Un resplandor cálido brotó de ellos.
—…el Queso Sagrado os ha redimido. El rito del Quesón, aunque nacido en la oscuridad más profunda del deseo humano, contiene una chispa de trascendencia. Vuestros asesinos, los Quesones, os marcaron no solo con muerte, sino con un sello místico. El sacrificio de la carne entregada en éxtasis total os ha abierto una puerta inesperada.
Sasha y Brisa se miraron, sorprendidas pero excitadas.
—¿O sea que… no nos quedamos acá? —preguntó Brisa, aún con la mano en su herida.
El ángel negó suavemente.
—Descenderéis al Purgatorio de las Quesonas Redimidas. Allí purgaréis vuestros excesos. Pero sabed esto: el camino al Paraíso no es de abstinencia, sino de pruebas Quesonas. Deberéis ser Quesoneadas nuevamente, una y otra vez, por otros Quesones que el destino os envíe. Cada encuentro carnal y mortal será una prueba. Cada pie gigante que os domine, cada hoja afilada que os atraviese, cada Queso que os cubra… será un escalón hacia la luz.
El ángel levantó el pequeño Queso que llevaba y lo partió en dos. De él emanó un aroma embriagador.
—Solo quien se entrega por completo al rito, quien goza y sufre en igual medida, quien muere sonriendo bajo el peso del Queso… podrá ascender. ¿Aceptáis el Purgatorio y sus pruebas?
Sasha y Brisa, con los ojos brillantes de lujuria mística, respondieron al unísono:
—Aceptamos.
El ángel sonrió por primera vez, una sonrisa casi perversa.
—Entonces id. Y recordad: en el Purgatorio, el placer y el dolor son uno. Los Quesones os esperan… y esta vez, cada muerte os acercará más al Paraíso.
Una brisa cálida las envolvió. Sus cuerpos etéreos comenzaron a disolverse en luz y Queso fundido, mientras sus risas mezcladas con gemidos resonaban en el foso.
Antes de desaparecer del todo, Sasha le susurró a Brisa:
—Te veo en el Purgatorio, hermana. La próxima vez que me Quesoneen… quiero que sea más largo.
—Y más salvaje —respondió Brisa, lamiéndose los labios ensangrentados.
Y así, las dos almas Quesoneadas descendieron… no al castigo eterno, sino a un purgatorio de éxtasis infinito, donde el pecado y la redención se fundían en un solo, delicioso, oloroso y sangriento ritual.
EL QUESO DE CARLOS RIVERO Y SASHA FERRO
La bruma del Purgatorio se rasgó como un velo de seda empapada. Sasha abrió los ojos y sintió el calor húmedo del mundo tangible otra vez. Ya no estaba en el foso infernal ni en el limbo etéreo. Estaba viva —o al menos, lo suficientemente carnal— en un invernadero abandonado en las afueras del Tigre, rodeada de plantas exóticas, hojas gigantes y cristales empañados por el vapor de la noche.
El lugar olía a tierra mojada, flores nocturnas y sudor masculino.
Una nueva orgía había comenzado. Cinco basquetbolistas del plantel de un equipo de ascenso —altos, musculosos, con pies enormes y sonrisas depredadoras— la rodeaban. Sasha, desnuda y con el cuerpo aún marcado por las heridas fantasmales de su primera muerte, se entregó con hambre renovada. Gemidos, risas y sonidos húmedos llenaron el invernadero mientras los cuerpos se entrelazaban entre macetas y bancos de madera.
Manos grandes recorrían su piel, bocas hambrientas la devoraban, y ella reía con placer salvaje, recordando las palabras del ángel: cada encuentro será una prueba.
Cuando el grupo se sació y comenzó a retirarse entre risas y promesas de repetir, Sasha se quedó sola con el último de ellos.
Carlos Rivero.
Dos metros seis de altura pura. Cuerpo de titán, hombros anchos, piernas interminables. Calzado 55. Sus pies eran monstruosidades perfectas: largos, anchos, con dedos gruesos y una planta que parecía capaz de aplastar mundos. Sudados después del esfuerzo, con ese aroma intenso, masculino y ligeramente ácido que Sasha ya asociaba con la redención Quesona.
—Vení… —susurró ella, arrodillándose frente a él en el suelo de tierra húmeda del invernadero.
Carlos sonrió con esa mezcla de arrogancia y deseo oscuro. Se sentó en un banco de madera y levantó uno de sus pies gigantes hacia la cara de Sasha.
Ella no dudó. Hundió la nariz entre los dedos, inhalando profundamente, temblando de placer. El olor era fuerte, salado, con notas de cuero viejo y Queso curado. Lo besó con devoción, lamió la planta despacio, recorriendo cada surco, chupando los dedos uno por uno, metiéndoselos en la boca hasta casi ahogarse. Gemía mientras lo hacía, excitada hasta el delirio.
—Son perfectos… tan grandes… tan Quesones… —murmuraba entre lamida y lamida.
Carlos gruñó de placer y la levantó como si no pesara nada. La penetró contra una pared de vidrio empañado, follándola con fuerza brutal, sus caderas chocando contra ella mientras Sasha le clavaba las uñas en la espalda. El sexo fue salvaje, animal, lleno de mordidas y gemidos. Ella se corrió dos veces antes de que él estuviera cerca del final.
Entonces Carlos la bajó al suelo, la puso de rodillas otra vez y sacó el arma que había dejado apoyada contra una maceta.
Era un espadón gigante de una sola hoja, negro y plateado, exactamente como el de la imagen: hoja ancha y pesada, con dos agujeros circulares en la parte superior, filo brutal y empuñadura ornamentada. Brillaba bajo la luz tenue del invernadero.
Sasha levantó la vista, los ojos brillantes de éxtasis místico.
—Hacélo… —suplicó—. Quesóname.
Carlos la miró desde arriba, sosteniendo el espadón con ambas manos. Primero le dio una última caricia con el pie gigante en la cara, presionando la planta sudada contra su boca. Sasha lo besó con desesperación.
Luego, con un movimiento fluido y poderoso, levantó el espadón y lo bajó con fuerza demoledora.
El filo entró por el hombro derecho de Sasha, atravesando carne, hueso y pulmón en un solo tajo diagonal. La sangre brotó caliente y abundante. Sasha gritó de placer y dolor, arqueando el cuerpo. Carlos no se detuvo: giró la espada y le dio un segundo corte cruzado, abriéndole el torso. El tercer golpe fue el definitivo, profundo en el vientre, casi partiéndola en dos.
Ella se derrumbó sobre el suelo del invernadero, temblando, con una sonrisa extasiada en los labios mientras la sangre formaba un charco oscuro alrededor de su cuerpo desnudo.
Carlos, jadeando, levantó el enorme Queso Gruyère que había traído. Lo sostuvo un segundo sobre ella, mirándola a los ojos.
—Queso —dijo con voz grave y ritual.
Dejó caer el Queso pesado directamente sobre el torso abierto de Sasha. El impacto hizo que más sangre salpicara, y el suero del Queso comenzó a mezclarse con su sangre, goteando entre las heridas abiertas.
Sasha exhaló su último aliento con un gemido largo y satisfecho, los ojos entrecerrados de puro gozo.
En el Purgatorio, Brisa Marcos sintió la nueva muerte de su hermana en el pecado y sonrió en la penumbra.
—Una más, Sasha… seguí acumulando pruebas. Nos vemos pronto.
EL QUESO DE CARLOS CANTERO Y BRISA MARCOS
Mientras el eco del último gemido de Sasha aún vibraba en el Purgatorio, Brisa sintió el tirón místico. El ángel purificador apareció un instante, sonriendo con esa serenidad perversa:
—Tu turno, hija del goce. Ve y acumula más marcas. El Queso te observa.
Brisa abrió los ojos en el mundo tangible.
Se encontraba en un departamento minimalista futurista en Puerto Madero, piso 28. Paredes blancas impecables, muebles de líneas rectas en negro y gris, luces LED indirectas que cambiaban de color, ventanales del piso al techo con vista al río y una terraza con hidromasaje. Sonaba de fondo un beat electrónico mezclado con cuarteto.
Carlos Iván Cantero, conocido en Instagram y TikTok como “Carlitos Cantero”, la recibió con una sonrisa amplia y peligrosa. Medía 1,98 m, cuerpo atlético de influencer que entrena duro, cabello prolijamente despeinado y unos pies gigantes (talla 50) que ya asomaban descalzos sobre el piso de porcelanato brillante.
—Brisa… por fin llegaste —dijo con voz seductora, extendiendo la mano—. Te estaba esperando para jugar.
Empezaron con risas. Jugaron a la mancha por todo el departamento: ella corría descalza, riendo a carcajadas, él la perseguía con pasos largos y poderosos. Cada vez que la atrapaba, la apretaba contra una pared, la besaba con hambre y le hacía cosquillas en los costados. Brisa se retorcía de risa y placer.
Después pusieron música fuerte: primero cumbia bien villera, después cuarteto cordobés a todo volumen. Bailaron como posesos en el living amplio. Carlitos la levantaba, la hacía girar, le agarraba la cintura y le apretaba el culo. Brisa se movía contra él, rozando todo su cuerpo, sintiendo cómo se endurecía.
—Sacate los zapatos… quiero verlos —pidió ella, jadeando.
Carlos se sentó en el amplio sofá modular blanco y levantó sus pies monumentales. Talla 50, plantas anchas, dedos largos y gruesos, ligeramente sudados después del baile. Brisa se arrodilló al instante, reverente.
Empezó besándolos con devoción, inhalando el aroma intenso y masculino. Luego lamió las plantas despacio, saboreando cada centímetro, chupando los dedos uno por uno, metiéndoselos profundamente en la boca mientras gemía. Carlitos gruñía de placer, agarrándole el pelo.
—Sos una puta Quesona… me encanta.
Del pie pasaron directo al sexo. La cargó hasta la isla de la cocina futurista y la folló ahí mismo, fuerte, profundo, mirándola a los ojos. Después la llevó a la cama king size con sábanas negras. La penetró en todas las posiciones: misionero salvaje, perrito contra el ventanal, ella arriba cabalgándolo mientras le chupaba los dedos de los pies al mismo tiempo. Los gemidos y los golpes de piel llenaban el departamento.
Cuando ambos estaban al borde, Carlitos sacó de debajo de la almohada un cuchillo largo y afilado, casi tanto como una espada corta, con hoja brillante y mango negro.
Brisa sonrió con lujuria mística.
—Hacélo… marcame otra vez.
Carlitos la puso de espaldas sobre la cama, le separó las piernas y la penetró una última vez con fuerza. Mientras la cogía, levantó el cuchillo y comenzó a clavárselo. Primero en el hombro, después en el costado, tajos precisos y profundos. Brisa gritaba de placer, corriéndose violentamente con cada herida.
Finalmente, con un movimiento limpio y brutal, le hundió todo el cuchillo en el corazón. El cuerpo de Brisa se arqueó, tembló y quedó inmóvil, con una expresión de éxtasis absoluto en el rostro.
Carlitos, aún dentro de ella, respiró agitado. Tomó el enorme Queso Gruyère que tenía preparado sobre la mesita de luz y lo dejó caer pesadamente sobre el torso ensangrentado de Brisa.
—¡QUESO! —dijo en voz alta, casi como un grito ritual.
El Queso aplastó ligeramente las heridas, y su suero comenzó a mezclarse con la sangre caliente, creando un charco dorado y rojo sobre las sábanas negras.
En el Purgatorio, Sasha sintió la llegada de su compañera y sonrió en la penumbra.
—Bien Quesoneada, hermana… ahora sí estamos a la par.
El ángel purificador apareció ante ambas almas, sosteniendo dos Quesos pequeños que brillaban.
—Habéis completado vuestras segundas pruebas. El camino se hace más corto… pero las próximas serán aún más intensas. ¿Estáis listas para continuar?
EL QUESO ESPACIAL DE SASHA FERRO
La luz dorada del Purgatorio envolvió nuevamente a Sasha. El ángel susurró antes de enviarla:
—Esta vez el escenario será más lejano… y más frío. Acumula tu tercera marca, Quesona.
Sasha abrió los ojos dentro de una nave espacial de lujo, flotando en órbita cerca de Saturno.
A través de los ventanales panorámicos se veía un espectáculo sobrecogedor: los anillos de Saturno brillaban como un mar de hielo y diamantes fragmentados, millones de partículas girando en perfectos planos dorados y plateados bajo la luz del Sol lejano. A lo lejos se distinguía Encélado, la luna helada y brillante, con sus géiseres de agua expulsando vapor al espacio, y Titán, envuelta en una espesa atmósfera naranja. Mimas, con su cráter que parecía un ojo gigante, vigilaba en silencio. La nave orbitaba entre ellos, silenciosa y lujosa, con gravedad artificial.
Allí la esperaba Carlos Schattmann, ex basquetbolista de 1,93 m, cuerpo fibroso y atlético, condenado a cadena perpetua en la prisión subterránea de Encélado por haber degollado a varias mujeres en la Tierra. Ahora era un fugitivo que había tomado control de esta nave.
Tenía los pies enormes, talla 49, perfectos para una Quesona. Sudados dentro de las botas espaciales que acababa de quitarse.
—Sasha… viniste hasta Saturno por mí —dijo con voz grave y peligrosa, sonriendo de lado.
Empezaron con una aventura a bordo. Recorrieron la nave riendo: jugaron a perseguirse por los pasillos antigravedad (activando y desactivando la gravedad para flotar), bailaron en la sala de control al ritmo de una playlist que mezclaba cumbia espacial y reggaetón. Sasha se movía contra él, provocándolo, rozando su cuerpo mientras los anillos de Saturno giraban majestuosamente detrás de ellos.
Pronto llegaron a la cabina principal, con cama amplia y vista directa a los anillos.
Carlos se sentó en el borde de la cama y levantó sus pies gigantes. Sasha se arrodilló inmediatamente, flotando un poco por la baja gravedad.
—Huelen a espacio… a encierro… a Quesón —susurró ella antes de hundir la cara entre sus pies.
Los olió profundamente, besó las plantas anchas y calientes, lamió cada dedo con devoción, chupándolos con hambre mientras gemía. Carlos gruñía de placer, agarrándole el pelo y presionando los pies contra su rostro.
Del juego de pies pasaron al sexo salvaje. La folló contra el ventanal, con los anillos de Saturno y Encélado de fondo. La penetró con fuerza animal, levantándola en el aire, cambiando de posición mientras las estrellas y las lunas giraban a su alrededor. Sasha se corrió gritando, arañándole la espalda.
Cuando estaba al borde, Carlos tomó un cuchillo largo y curvo, similar a los que usaba en la Tierra para degollar.
—Hora de la marca final —dijo.
La puso de rodillas frente a él. Sasha lo miró con ojos brillantes de placer místico.
—Degollame… Quesóname.
Carlos la penetró por última vez desde atrás y, mientras la cogía con embestidas profundas, le pasó el filo del cuchillo por el cuello. Un corte limpio, profundo, preciso. La sangre brotó caliente, flotando en gotas rojas perfectas por la baja gravedad. Sasha se estremeció en un orgasmo final intenso, sonriendo mientras su vida se escapaba.
Carlos la sostuvo hasta el final, luego tomó el Queso Gruyère que tenía preparado (traído ilegalmente desde la Tierra) y lo dejó caer suavemente sobre el cuerpo flotante de Sasha. El Queso giró lentamente en el aire antes de posarse sobre su pecho abierto.
—Queso —dijo con voz ritual, casi reverente.
La sangre y el suero del Queso se mezclaron en gotas flotantes que brillaban bajo la luz de Saturno.
En el Purgatorio, Brisa recibió a Sasha con una sonrisa cómplice.
—Degollada entre los anillos… te estás superando, boluda.
El ángel purificador apareció ante las dos:
—Tercera marca completada. Vuestras almas brillan más. Pero el camino aún es largo… ¿Preparadas para la próxima?
EL QUESO CON AROMA A FRANCIA DE BRISA MARCOS
El ángel purificador inclinó la cabeza ante Brisa y susurró:
—Esta vez el escenario será de pura elegancia… pero el rito sigue siendo el mismo. Ve y acumula tu tercera marca, Quesona.
Brisa abrió los ojos en un departamento de lujo en el último piso de un edificio histórico frente a la Torre Eiffel. El ventanal panorámico enmarcaba la dama de hierro iluminada en todo su esplendor, brillando dorada contra el cielo nocturno de París. El interior era puro opulencia minimalista: muebles de diseño italiano, mármol blanco, luces cálidas y una enorme cama con sábanas de seda negra.
La esperaba Charles Leto, modelo internacional francés, alto (1,96 m), cuerpo escultural, rostro de ángel caído y una sonrisa que prometía placer y muerte. Calzaba 50. Sobre la mesa ya había varias botellas de champagne Dom Pérignon y varios Quesos Gruyère y Roquefort perfectamente cortados.
—Brisa… mon amour Quesona —dijo con acento seductor, descorchando una botella—. Esta noche todo es Queso y champagne… hasta que deje de serlo.
La fiesta comenzó de inmediato.
Bebieron champagne directamente de la botella, derramándolo sobre sus cuerpos y lamiéndolo. Charles untó Queso cremoso sobre los pechos y el sexo de Brisa y lo devoró lentamente. Ella hizo lo mismo con sus pies enormes: untó Queso entre los dedos y lamió todo, saboreando la mezcla salada y potente mientras Charles gemía.
Jugaron, rieron, bailaron desnudos frente a la vista de la Torre Eiffel. Brisa se arrodilló nuevamente y le rindió culto total a sus pies talla 50: los olió, besó, lamió y chupó con devoción absoluta, excitada por el aroma masculino mezclado con el Queso. Charles la levantó y la folló contra el ventanal, con París de testigo. La penetraba con fuerza elegante pero brutal, mientras bebían más champagne entre embestida y embestida.
La orgía de dos se volvió cada vez más intensa y bizarra. Charles untaba más Queso sobre sus cuerpos mientras cogían, el cremoso se mezclaba con sudor y fluidos. Brisa se corría una y otra vez, gritando de placer.
Entonces Charles sacó sus armas favoritas: tres puñales largos tipo aguja, finos, afiladísimos, casi como estiletes quirúrgicos pero más largos y elegantes, con empuñaduras de plata.
—Estos son mis favoritos… —susurró mientras la ponía de espaldas sobre la cama, aún dentro de ella.
Brisa sonrió con lujuria mística, arqueando el cuerpo.
—Perforame, Charles… haceme sangrar bonito.
Mientras la cogía con embestidas profundas y ritmadas, Charles comenzó a clavarle los puñales con precisión quirúrgica. Uno en el hombro, otro en el costado, perforaciones limpias que hacían brotar sangre roja y brillante. Brisa gemía de éxtasis con cada penetración doble (la de su miembro y la de los puñales).
El golpe final fue el más profundo: un puñal largo directo al corazón. Brisa se convulsionó en un orgasmo final brutal, con los ojos en blanco y una sonrisa de puro gozo en los labios, mientras la Torre Eiffel brillaba detrás de ellos.
Charles extrajo el puñal lentamente, disfrutando el momento, y luego tomó un enorme Queso Gruyère entero. Lo levantó sobre el cuerpo ensangrentado y lo dejó caer con fuerza controlada.
—QUESO —dijo en voz baja y ritual, casi como una plegaria parisina.
El Queso aplastó las heridas, y su suero dorado se mezcló con la sangre de Brisa, creando un charco sagrado sobre las sábanas de seda.
En el Purgatorio, Sasha recibió a su compañera con una carcajada.
—Puñales-agujas en París… te salió elegante la muerte, reina. Yo fui degollada entre anillos de Saturno, pero la tuya tiene estilo.
El ángel purificador se materializó ante las dos almas, más brillante que nunca:
—Tercera marca para Brisa. Vuestras pruebas avanzan. El Queso os acerca cada vez más a la redención… pero aún quedan muchas muertes por disfrutar. ¿Quién quiere la siguiente?
DAME QUESO EN EL BUZÓN DE TU QUESÓN
El ángel purificador miró a ambas almas con una sonrisa luminosa y perversa:
—Esta vez irán juntas. El Queso os une cada vez más. Disfrutad… y morid bien.
Una luz cálida las envolvió y, cuando abrieron los ojos, Sasha y Brisa estaban en una isla tropical paradisíaca del Caribe. Palmeras altas, arena blanca, mar turquesa cristalino y una villa de lujo frente a la playa privada. El sol dorado del atardecer lo teñía todo de magia.
Allí las esperaba Carlos Baute, carismático, bronceado, con esa sonrisa de cantante romántico que escondía algo mucho más oscuro. Alto, con pies grandes (talla 47) y una energía contagiosa.
—Mis dos Quesoneadas favoritas… —dijo abriendo los brazos—. Hoy cantamos, bailamos y nos Quesoneamos.
La fiesta empezó de inmediato.
Carlos puso música y comenzó a cantar sus grandes éxitos, versionados especialmente para ellas:
Primero “Dame de eso”, pero cambiando la letra en vivo mientras las miraba con deseo:
Dame de eso… dame de eso…
Dame un poquito de tu Queso…
Que yo quiero probar tu Queso…
Sasha y Brisa reían y cantaban con él, ya medio desnudas. Bailaron descalzas sobre la arena tibia, moviendo las caderas al ritmo de la salsa y el pop. Carlos las agarraba a las dos, las hacía girar, las besaba alternadamente. Champagne, ron y trozos de Queso volaban por todos lados.
Después llegó “El Buzón de tu corazón”, que adaptó sin vergüenza:
Deja que sea yo tu Quesón…
El que meta el Queso en tu buzón…
Las tres voces (las dos mujeres y el cantante) se mezclaban entre risas y gemidos mientras bailaban pegados, frotándose sin pudor.
El juego de pies fue glorioso. Carlos se sentó en una hamaca grande y levantó sus pies. Sasha y Brisa se arrodillaron una a cada lado, compitiendo por lamer, oler, besar y chupar sus pies sudados de tanto bailar. Él gemía de placer mientras las dos lenguas trabajaban al mismo tiempo.
De ahí pasaron al sexo salvaje en la villa. Los tres en la enorme cama con mosquitero blanco, cuerpos entrelazados, sudor, Queso untado sobre la piel, champagne derramado y lamido. Carlos las cogía alternadamente y a las dos juntas, mientras ellas se besaban entre sí. La diversión era total: risas, nalgadas, posiciones creativas y gemidos que se mezclaban con el sonido del mar.
Cuando el placer llegó al punto máximo, Carlos cambió el tono. Su mirada se volvió oscura y ritual.
Sacó dos sogas fuertes y blancas.
—Llegó el momento, mis hermosas Quesoneadas…
Primero las ató espalda con espalda, de pie sobre la arena, bajo una palmera fuerte. Las besó con pasión una última vez y comenzó a cantar suavemente mientras apretaba las sogas alrededor de sus cuellos:
Dame de eso… dame de eso…
Apretó con fuerza. Sasha y Brisa se miraron a los ojos, sonriendo con placer místico mientras la soga se hundía en su carne. Sus cuerpos se sacudieron, pies descalzos pateando la arena, manos buscando el cuerpo del otro. El estrangulamiento fue lento y prolongado, permitiéndoles sentir cada segundo del éxtasis mortal.
Carlos las levantó suavemente y terminó de ahorcarlas, colgadas de una rama gruesa de la palmera. Sus cuerpos giraron lentamente, una frente a la otra, con expresiones de gozo absoluto incluso en la muerte. La lengua ligeramente afuera, ojos entrecerrados de placer, piel brillante de sudor y champagne.
Cuando sus cuerpos dejaron de moverse, Carlos trajo dos enormes Quesos Gruyère, uno para cada una.
Primero colocó el de Sasha sobre su torso colgante. Luego el de Brisa.
Con voz grave y cantada susurró:
—Queso… Queso para mis Quesoneadas eternas.
Los Quesos pesados hicieron que los cuerpos se balancearan más fuerte. El suero dorado comenzó a correr por sus pieles, mezclándose con la poca sangre que brotaba de las marcas de la soga.
En el Purgatorio, el ángel purificador recibió a ambas almas al mismo tiempo. Estaban radiantes, unidas por la misma experiencia.
—Cuarta marca conjunta… estáis brillando con fuerza. El Queso os acerca al umbral. ¿Queréis seguir juntas o separadas en la próxima prueba?
LOS QUESONES ORIGINALES
El ángel purificador extendió sus alas de luz y Queso fundido ante Sasha y Brisa, que flotaban unidas en el Purgatorio.
—Habéis avanzado mucho, mis Quesoneadas. Ahora os envío a un lugar especial… el Lugar del Primer Pecado. Allí os encontraréis con vuestros Quesones originales. Juntas. Una sola noche de gloria y muerte. Id y cerrad el círculo.
Una luz cegadora las envolvió.
Cuando abrieron los ojos, Sasha y Brisa estaban en una mansión abandonada de lujo en las afueras del Tigre, la misma zona donde todo había empezado. La casa estaba iluminada con velas y luces rojas tenues. Afuera llovía fuerte, pero adentro el ambiente era cálido y cargado de electricidad sexual.
Allí los esperaban sus asesinos originales:
Carlos “Charly” Buemo, el basquetbolista enorme (2,01 m), con su gran espada apoyada contra la pared.
Carlos “Charles” Pirovano, el influencer elegante y letal, con su cuchillo largo como una espada envainado al costado.
Los cuatro se miraron un instante… y estallaron en risas y deseo.
—Volvieron las dos putas Quesoneadas —dijo Charly con una sonrisa salvaje.
—Esta vez juntas… va a ser memorable —agregó Charles, ya quitándose la camisa.
La noche fue pura orgía al estilo Quesón.
Los cuatro bailaron, bebieron y comieron Queso untado en los cuerpos. Sasha y Brisa se arrodillaron juntas para rendir culto a los pies gigantes de sus Quesones: cuatro pies enormes (talla 48 y 49) que olían a sudor masculino intenso. Las dos lamían, chupaban, besaban y olfateaban al mismo tiempo, gimiendo como en trance mientras Charly y Charles las miraban desde arriba.
Después vino el sexo salvaje. Las dos mujeres fueron cogidas por los dos hombres en todas las combinaciones posibles: en el sofá, contra la pared, sobre la mesa del comedor. Doble penetración, besos entre ellas, manos y bocas por todos lados. El sonido de la lluvia acompañaba los gemidos y los golpes de piel.
En el punto más alto de la lujuria, los dos Carlos sacaron sus armas originales.
Charly levantó su gran espada. Charles desenvainó su cuchillo largo y letal.
—Hora de repetir la historia… pero mejorada —dijo Charly.
Pusieron a Sasha y Brisa de rodillas una al lado de la otra, mirándose a los ojos, sonrientes y excitadas. Los dos hombres las penetraron por última vez con fuerza brutal.
Mientras las cogían, comenzaron el ritual.
Charles degolló a Sasha con un corte profundo y limpio de su cuchillo, al mismo tiempo que Charly le clavaba la gran espada en el pecho a Brisa. Luego invirtieron: Charles apuñaló repetidamente a Brisa con su cuchillo largo y Charly abrió a Sasha con mandobles poderosos de la espada.
Las dos mujeres se miraban fijamente mientras morían, con expresiones de éxtasis absoluto, agarrándose de las manos. Sus cuerpos se sacudían con cada golpe, la sangre salpicaba, y aun así sonreían.
Cuando sus cuerpos cayeron sin vida sobre el piso de madera, los dos Carlos trajeron dos enormes Quesos Gruyère.
Colocaron uno sobre Sasha y otro sobre Brisa.
Al unísono, con voces graves y rituales, dijeron:
—QUESO.
Los Quesos pesados aplastaron los cuerpos heridos, y el suero dorado se mezcló con la sangre formando un charco sagrado bajo la luz de las velas.
De regreso en el Purgatorio, Sasha y Brisa aparecieron al mismo tiempo, más brillantes y unidas que nunca. El ángel purificador las recibió con una reverencia casi solemne.
—Quinta marca completada. El reencuentro con vuestros Quesones originales ha cerrado un ciclo importante. Vuestras almas están cerca del umbral… pero aún hay más pruebas por delante.
El ángel hizo una pausa y sonrió:
—¿Queréis seguir juntas en la próxima… o deseáis algo aún más extremo?
LA SENTENCIA DEL ANGEL PURIFICADOR
El Ángel Purificador elevó sus alas y el aire mismo del Purgatorio se volvió denso, cargado de una solemnidad antigua. A su lado, la figura de Dante Alighieri se materializó con mayor claridad, como si el poeta hubiera sido invocado directamente desde los versos de La Divina Comedia.
—Sasha Ferro y Brisa Marcos —habló el Ángel con voz que retumbaba como un eco entre círculos infernales y celestiales—. Habéis transformado el pecado en rito, el dolor en placer y la muerte en éxtasis repetido. El Queso os ha marcado más profundamente que cualquier llama del Infierno. Sin embargo…
Dante dio un paso al frente, observándolas con mirada profunda y melancólica.
—Vuestro caso no encaja en los nueve círculos que yo describí. No sois dignas del fuego eterno, pues encontrasteis redención en el mismo acto de vuestra perdición. Tampoco habéis alcanzado la pureza absoluta que exige el Paraíso. Vuestro amor por la carne, por el pie gigante, por el cuchillo y por el Queso fue demasiado carnal, demasiado terrenal, demasiado… delicioso.
El Ángel extendió las manos y ante las dos mujeres se abrió una visión:
A un lado ardía el Infierno. Al otro resplandecía el Paraíso. Pero entre ambos, envuelto en una luz suave y grisácea, apareció el Primer Círculo: el Limbo.
—Vuestro destino final será el Limbo Quesón —sentenció el Ángel—. Un lugar que ni siquiera Dante imaginó del todo. Allí no hay tormento, pero tampoco está la plenitud divina. Es un eterno crepúsculo de placer melancólico, donde podréis revivir vuestras muertes y vuestros éxtasis una y otra vez, sin fin. Vuestros Quesones aparecerán para Quesonearos eternamente. Sentiréis el peso del Queso sobre vuestros cuerpos, el filo de las espadas y cuchillos, el estrangulamiento dulce, el sabor de los pies gigantes… pero siempre con una ligera nostalgia, la conciencia de que estáis cerca del Paraíso, pero nunca del todo dentro.
Dante asintió lentamente, casi con tristeza poética.
—Allí habitaréis entre los grandes espíritus que no conocieron la gracia plena. Seréis como las almas nobles de la Antigüedad: virtuosas en su propio código, pero atadas a los placeres terrenales. Un Limbo perfumado a Queso maduro, donde los anillos de Saturno giran lentamente sobre un mar eterno, donde París brilla en la distancia y las palmeras del Caribe susurran bajo la lluvia. Vuestros cuerpos conservarán todas las heridas como joyas. Vuestros gemidos serán versos eternos.
Sasha y Brisa se miraron. En sus rostros no había desesperación, sino una sonrisa resignada y extrañamente feliz.
—Al menos estaremos juntas… y seguiremos siendo Quesoneadas —susurró Sasha.
—Para siempre —respondió Brisa, apretándole la mano.
El Ángel inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Que el Limbo os reciba con los brazos abiertos. Vuestro canto bizarro resonará entre sus praderas grises por toda la eternidad.
Una brisa fresca y cargada del aroma de Gruyère las envolvió. Sasha y Brisa fueron transportadas al Limbo Quesón, un lugar de belleza melancólica y placer infinito pero incompleto.
Allí, bajo cielos eternamente atardecidos, con la Torre Eiffel, los anillos de Saturno y playas tropicales fusionados en un mismo paisaje onírico, continúan su existencia. Cada noche (o lo que sea la noche en el Limbo), sus Quesones aparecen. Las degollan, las apuñalan, las estrangulan y las cubren de Queso… y ellas gozan, ríen y mueren una y otra vez, con la misma sonrisa extasiada.
Un paraíso incompleto.
Un infierno amable.
El eterno crepúsculo de las Quesonas.
#QUESO















































































ahora te dedicas a reescribir obras clásicas de la Literatura con los Quesones? la verdad que te salio muy bien
ResponderBorrarhermano esto es pura teología quesona, te pasaste macho ja ja ja ja
ResponderBorrarEL DIVINO QUESO DE SASHA Y BRISAS QUESONEADAS PARA EL LIMBO
ResponderBorrarestas minas deben ser quesoneadas una y otra vez, merecen el infierno pero cogerselas es el paraiso
ResponderBorrarEl ángel del Queso mandándolas al Purgatorio de las Quesoneadas Redimidas es una obra de arte. Esta serie de los Mundos Infinitos es algo sensacional. Que el camino al Paraíso sea ser quesoneada sonriendo bajo el peso del Queso Gruyère una y otra vez… eso es doctrina pura. Sasha y Brisa aceptando el rito me encanto. Te doy diez Quesos y cien pies de basquetbolistas
ResponderBorrar“El Queso Sagrado os ha redimido”.
ResponderBorrarUn paso superior de los Relatos Quesones estos cuentos de los Mundos Alternos, que haya más. El Divino Queso de los Divinos Quesones de las Divinas Quesoneadas. Obra de arte
Sasha y Brisa no fueron condenadas… fueron elegidas.
ResponderBorrarEl rito sigue. Los quesos tambien
estas re putonas cogen en el infierno, el purgatorio y el paraiso, deberian haberse cogido a Dante Alighieri
ResponderBorrarcomo te gustaría cogertelas a vos, por eso las matas
ResponderBorrarlas imagenes son una obra de arte magistral otra que la divina comedia
ResponderBorrarlo que debe ser el infierno de las quesoneadas, me divierte pensar eso
ResponderBorraruna vez mas me habeis sorprendido con este relato, los relatos quesones tienen todavia mucho que dar, espero ansiosa otros cuentos asi, el final en el limbo, perfecto
ResponderBorrarquien hubiera dicho que esa fiestita del yate iba a generar tantos relatos quesones
ResponderBorrarno falto Carlos Palacios en este relato? habia matado a otra del yate y a Milita, no hubiera estado mal
ResponderBorrarlos quesonicos quesos alternos
ResponderBorrarnomino a Tini Stoessel y a Catherine Fulop para el proximo "Mundos Alternos"
ResponderBorrarhabra mundos alternos de quesoneados? este relato de sasha y brisa, la verdad, esta demasiado bueno, limbos quesones
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