Carlos Tombolini, otro QUESÓN para la Nueva Generación #QUESO
Parte 1 – CARLOS DAMIAN TOMBOLINI
Carlos Damián Tombolini nació en Las Parejas, Santa Fe, el mismo pueblo que vio nacer al campeón del mundo Jorge Alberto Francisco Valdano.
Hincha fanático de River Plate, su destino como futbolista lejos estuvo de Valdano, que brilló junto a Diego Maradona en México 86 y en el Real Madrid. Carlos siempre fue un jugador de ligas menores, del interior, de esos equipos que juegan el Federal, con algún paso por el fútbol de ascenso de Uruguay y poco más. Eso sí: en esos ámbitos siempre se destaco como goleador.
Era 1997 cuando llegó el mundo, una época en la que el nombre Carlos ya escaseaba mucho entre los jóvenes. Esto lo hizo aún más orgulloso de su nombre, al punto que hasta lo tenía tatuado en sus piernas.
Le encantaba que le dijeran por su nombre, “Carlos”, y para todos sus familiares y amigos era simplemente “Carlitos”. Por eso en las redes sociales tomó el nombre de “Carlitos Tombo”.
Creció admirando a los Quesones, sabiendo que cuando fuera adulto sería uno de ellos. Conociendo las historias de los grandes Quesones como Carlos Bossio, Carlos Reich, Carlos Fernández Lobbe, Carlos Elder, Carlos Machado, Carlos Izquierdoz, y una lista que podría ser interminable.
A los doce años le impacto la historia de Carlos Delfino decapitando con una katana a Valeria Mazza y tirándole un Queso. Tenía ya diecisiete cuando el mundo se conmocionó con otra historia similar: el asesinato de Wanda Nara, con un machete, cometido por Carlos Matías Sandes, y toda la mitología que siempre rodeo a todos los Quesones.
Los pies le habían crecido temprano, anchos y pesados, y desde chico se había acostumbrado a que las medias le quedaran húmedas y a que el olor se quedara en los botines después de jugar. No le molestaba. Decía que era parte de él.
Después de cada partido, Carlos se sacaba las botas en el vestuario, dejaba que el olor a pie grande y sudado llenara el ambiente y se cambiaba con calma. Nadie se quejaba demasiado. Él tampoco pedía perdón. Su verdadera obsesión, sin embargo, no era el fútbol. Era el Queso. Lo comía, lo olía, lo cortaba y, más tarde, lo empezó a tirar.
Parte 2 – MADRUGADA DE VERANO EN CÓRDOBA
Una madrugada de verano, en un pueblo chico del sur de Córdoba, Carlos conoció a una mujer joven y bella. Tenía el pelo castaño largo, la piel bronceada por el sol del campo y una sonrisa que se le iluminaba fácil. Trabajaba en la despensa del pueblo. Carlos la invitó a caminar hasta un claro del monte. Ella aceptó.
Cuando llegaron, él se sentó sobre un tronco caído, se quitó los zapatos y las medias, y apoyó los pies grandes, anchos y húmedos sobre la tierra. El olor a pie sudado, a cancha y a viaje se extendió en el aire caliente.
—Carlos… —dijo ella, acercándose—. Tus pies son enormes.
Ella se arrodilló sin necesidad de muchas palabras. Primero acercó la cara. Olió largo, con los ojos cerrados. Después besó el empeine, lamió entre los dedos y chupó cada uno con lentitud, con la lengua húmeda recorriendo cada pliegue.
—Carlos… Carlos… —repetía entre besos y lamidas—. Qué pies tan grandes, Carlos. Me encantan, Carlos.
Carlos la miró en silencio, con los guantes negros puestos, una mano cerca de la funda del puñal largo y afilado.
—Así me gusta —dijo él—. QUESO. Vas a ser QUESONEADA. Seguí, Carlos quiere más.
Cuando ella levantó la vista, él la tomó de la mano y la acercó. La besó despacio al principio, después con más fuerza. La desnudó entre el pasto seco y el tronco. Ella se dejó hacer, lo ayudó, le sacó la remera y le desabrochó el pantalón con las manos temblorosas de ganas.
El sexo fue salvaje y, al mismo tiempo, extrañamente romántico. Él la recostó sobre la manta que había llevado, la besó en el cuello, en los pechos, en la boca, y le habló al oído con voz baja.
—Carlos… más, Carlos… —decía ella entre jadeos, abrazándolo fuerte, arañándole la espalda—. No pares, Carlos. Qué rico, Carlos.
Él fue brusco y cuidadoso a la vez. Entró en ella con fuerza, pero le acarició el pelo, le besó la frente, le hizo gozar primero con los dedos y después con todo el cuerpo. Ella gimió alto, con placer real, con risas entre los jadeos, con las piernas enganchadas en su cintura.
—QUESO —murmuró él contra su oído—. Disfrutalo. Gozá, que después viene el QUESO. Sos una mina para QUESONEAR.
Ella lo buscó más. Lo apretó, lo besó, le dijo “Carlos” una y otra vez mientras el sudor se mezclaba con el olor a pie que todavía quedaba en el aire. No hubo forcejeo. Ella participó con ganas, con el cuerpo entregado, con la voz entrecortada de placer verdadero.
Cuando terminaron, ella todavía respiraba agitada, con una sonrisa suave en la cara y los ojos entrecerrados.
—Carlos… —susurró—. Qué bien, Carlos.
Carlos se puso de pie despacio. Se subió el pantalón. Sacó el puñal largo y afilado de la funda. Ella lo miró todavía sonriente, sin entender del todo. El golpe fue preciso y limpio: la hoja entró justo debajo de las costillas y subió. Ella abrió la boca, pero no alcanzó a gritar. La sangre salió caliente. Carlos la sostuvo un segundo, la recostó en el pasto y le acarició la mejilla con el guante negro.
—QUESONEADA —dijo bajo—. Tranquila. Ya está.
Después tomó la pistola larga con silenciador. Apuntó a la sien y disparó una sola vez, para asegurarse, casi por diversión. El sonido fue apenas un soplo. Sacó un Queso Gruyère de la mochila, lo tiró sobre el cadáver de la mujer, justo sobre el pecho ensangrentado, y dijo en voz alta, clara y firme:
—QUESO.
Se quedó un momento mirándola. El olor a pie sudado quedó mezclado con el de la sangre y el Queso. Antes de irse se volvió a calzar los zapatos talla 48.
—QUESONEADA —repitió para sí—. Una mina QUESONEADA. Una para el CARLOS, una para el QUESO.
Parte 3 – QUESO EN ENTRE RÍOS
Semanas después, en un paraje rural de Entre Ríos cerca del río, Carlos repitió el ritual con otra mujer joven. Tenía el pelo negro, la mirada clara y las manos trabajadas de quien cosechaba. Se conocieron en el embarcadero. Él la invitó a caminar un poco más lejos, donde el río sonaba bajo y el pasto estaba alto. Ella aceptó.
Él se sentó sobre la manta que había llevado, se quitó los zapatos y las medias, y apoyó los pies grandes, anchos y húmedos sobre la tela. El olor a pie sudado se mezcló con el del río.
—Carlos… Carlos, tus pies… —dijo ella, arrodillándose—. Son enormes, Carlos.
Olió largo, con los ojos cerrados. Besó el empeine, lamió entre los dedos y chupó cada uno con lentitud, con la lengua húmeda y dedicada.
—Carlos… qué ricos, Carlos… —repetía entre lamidas—. Me encantan tus pies, Carlos.
Carlos la miró con los guantes negros puestos.
—Así, nena. QUESO. Vas a ser QUESONEADA. Seguí chupando.
Cuando ella levantó la vista, él la tomó y la besó. La recostó sobre la manta. El sexo fue salvaje y romántico a la vez. Él le desabrochó la camisa despacio, le besó el cuello y los pechos, y entró en ella con fuerza mientras le acariciaba el pelo.
—Más, Carlos… —gemía ella, abrazándolo fuerte, arañándole la espalda—. Qué rico, Carlos. No pares, Carlos.
Él le habló al oído con voz baja, la hizo gozar primero con los dedos y después con todo el cuerpo. Ella rio entre jadeos, con placer verdadero, con las piernas enganchadas en su cintura y la voz entrecortada.
—QUESO —murmuró él—. Gozá. Disfrutalo. Después viene el QUESO. Sos una mina para QUESONEAR.
Ella lo apretó, lo besó, le dijo “Carlos” una y otra vez mientras el sudor se mezclaba con el olor a pie. No hubo forcejeo. Participó con ganas, con el cuerpo entregado.
Cuando ella gozó y sonrió, todavía agitada, Carlos se levantó despacio. Sacó el puñal largo y afilado. Ella lo miró con los ojos entrecerrados, todavía sonriente. El golpe fue preciso: la hoja entró limpia debajo de las costillas. De golpe ella reaccionó. Abrió los ojos grandes, soltó un grito corto y salvaje, y le arañó el brazo con fuerza, tratando de empujarlo. Se retorció, pateó el aire y le mordió la muñeca del guante, con los dientes hundidos en el cuero.
—¡Carlos! ¡No, Carlos! —gritó, con la voz rota y furiosa, mientras la sangre le salía a borbotones.
Carlos la sostuvo firme, la aplastó contra la manta y le clavó el puñal más hondo. Ella se arqueó una vez más, con un estertor salvaje, y se quedó quieta. La sangre caliente manchó la manta y las manos de él. Carlos le acarició la mejilla con el guante, casi con ternura.
—QUESONEADA —dijo bajo—. Tranquila. Ya está.
Después tomó la pistola con silenciador, apuntó a la sien y disparó una sola vez. El sonido se perdió en el río. Tiró un Queso sobre su cuerpo, justo sobre el pecho, y dijo en voz alta:
—QUESO. QUESONEADA.
Se volvió a calzar los zapatos talla 48 y se fue antes de que aclarara, con la respiración calmada y una sonrisa chica.
Parte 4 – LOS QUESOS CRUZAN EL RÍO URUGUAY
En Uruguay, en un pueblo pequeño del departamento de Paysandú, fue la tercera. Misma noche de luna. La mujer era joven, de piel clara y risa fácil. Se conocieron en un boliche chico. Él la invitó a caminar hasta un claro detrás de los eucaliptos. Ella aceptó.
Él se sentó, se quitó los zapatos y las medias. Los pies grandes y olorosos quedaron a la vista. Ella se arrodilló enseguida.
—Carlos… Carlos… —dijo, acercando la cara—. Tus pies son gigantes, Carlos.
Chupó y lamió con entrega, besó el empeine, olió largo.
—Carlos… me encantan, Carlos… —repetía.
Carlos la levantó y la besó. Como siempre, el sexo fue salvaje y cargado de un romanticismo extraño. La recostó sobre el pasto, la penetró con fuerza mientras le besaba la boca y le hablaba al oído.
—Carlos, no pares… —gemía ella, abrazada a él, con las uñas en su espalda—. Más, Carlos. Qué rico, Carlos.
Él la hizo gozar dos veces, con los dedos y con el cuerpo, brusco y cuidadoso a la vez. Ella rio entre jadeos, con placer real, con la voz entrecortada.
—QUESO —dijo él contra su cuello—. Gozá bien. Después el QUESO. Vas a ser QUESONEADA.
Cuando ella terminó y sonrió, todavía agitada, Carlos se quedó un momento encima de ella, mirándola a los ojos. Sintió el pulso criminal claro, frío y preciso. No había prisa. Había placer en lo que venía.
—Sos mía ahora —dijo bajo—. QUESONEADA.
Sacó el puñal con calma. Ella lo vio y abrió la boca, pero él ya le había cubierto los labios con la mano enguantada. El golpe fue limpio, profundo y deliberado. La hoja entró y subió despacio. Él la miró a los ojos mientras la sangre le llenaba la boca. No apartó la vista. Quiso ver cómo se apagaba. Cuando ella dejó de moverse, la recostó bien, sacó la pistola con silenciador y le apoyó el cañón en la sien un segundo más de lo necesario, disfrutando el silencio. Disparó una sola vez. Tiró un Queso sobre su cuerpo y dijo en voz alta, clara y con una sonrisa:
—QUESO.
Se calzó los zapatos talla 48. Cruzó de vuelta la frontera antes del amanecer, con el espíritu criminal satisfecho y el olor a pie y a sangre todavía en los guantes. Nadie relacionó los casos. Eran pueblos distintos, provincias distintas, un país distinto.
Volvió a Las Parejas. Entrenó al día siguiente. Se cambió las medias, dejó las botas en el vestuario y se comió un sándwich de Queso mientras escuchaba a sus compañeros hablar de “noticias raras” que pasaban en otros lados. Sonrió para adentro. No eran raras. Eran noticias sobre Minas Quesoneadas.
Carlos Damián Tombolini siguió distribuyendo sus crímenes por pueblos rurales. En un caserío de Santiago del Estero repitió el ritual con una mujer joven de ojos claros. En un paraje de La Pampa, con otra de pelo rubio y risa fácil. En ambos casos ella se arrodilló, olió, besó, lamió y chupó sus pies grandes y olorosos, gozó durante el sexo salvaje y romántico, y terminó con el puñal, el disparo silenciado, un Queso tirado sobre el cuerpo y la palabra dicha en voz alta: QUESO.


Parte 5 - EL ASESINO DE MICHELLE MASSON
Un día pasó por Buenos Aires. Allí conoció a Michelle Masson, una modelo joven de veinticuatro años, de familia acomodada de la zona norte, que empezó a desfilar a los dieciocho y se hizo conocida por su figura esbelta, el pelo castaño largo y una mirada intensa que usaba en campañas de moda y en algunas portadas de revistas. Era bella, segura de sí misma y acostumbrada a que los hombres la desearan. Con Carlos fue distinto.
Se cruzaron en un evento. Ella notó de inmediato su altura, la forma en que caminaba y los zapatos anchos talla 48. Quedó fascinada. Hablaron poco.
— Carlos Tombolini, Carlitos Tombo para mis amigos, futbolista de profesión, QUESÓN por vocación – se presentó Carlos.
—¿De dónde sos, Carlos? —preguntó ella.
—De Las Parejas. Me gusta el QUESO —respondió Carlos.
Ella sonrió.
—Me encanta. ¿Querés subir a una torre de Puerto Madero? Es de la Fundación Dumitrescu. Vista al río, discreta. Qyiero divertime esta noche, vos sos el tipo ideal, nadie mejor que un QUESÓN como vos.
Él asintió.
Subieron. En el departamento amplio, con ventanales que daban a la noche de la ciudad, Carlos se sentó en un sillón, se quitó los zapatos y las medias, y apoyó los pies grandes, anchos y húmedos sobre la alfombra. El olor a pie sudado se extendió en el aire acondicionado.
—Carlos… —dijo Michelle, arrodillándose sin que se lo pidiera—. Tus pies son enormes. Como los de otros Quesones que escuché. Basquetbolistas, rugbiers, futbolistas como vos ¿Me dejás?
—Dale —dijo él—. QUESO.
Acercó la cara, olió largo, con los ojos cerrados.
—Qué olor, Carlos… rico. Como dicen las otras.
Besó el empeine, lamió entre los dedos y chupó cada uno con lentitud.
—Carlos… Carlos… —repetía entre lamidas—. Qué ricos, Carlos. Dicen que las Quesoneadas se vuelven locas con esto. Yo también, Carlos. ¿Soy la próxima?
Carlos la miró en silencio, con los guantes negros puestos.
—Así me gusta. Vas a ser QUESONEADA. Seguí.
—Carlos… más, Carlos… —dijo ella, chupando con más ganas.
Cuando ella levantó la vista, él la tomó de la mano y la besó.
—Vení —dijo—. Contra el ventanal.
La llevó hasta la cama y después contra el vidrio. El sexo fue salvaje y, al mismo tiempo, cargado de un romanticismo extraño. Él la desnudó despacio, le besó el cuello, los pechos y la boca, y entró en ella con fuerza mientras le acariciaba el pelo y le hablaba al oído.
—Carlos… más, Carlos… —gemía ella, abrazándolo fuerte, arañándole la espalda—. Qué rico, Carlos. Como dicen que hacen los Quesones. Hazme Quesoneada, Carlos. No pares.
—QUESO —murmuró él—. Gozá. Disfrutalo. Después viene el QUESO. Sos una mina para QUESONEAR, como las otras, como todas. Todas las minas desean ser QUESONEADAS.
—Sí, Carlos… sí… —decía ella, con la voz entrecortada—. Más fuerte, Carlos. Quiero ser Quesoneada.




Él la hizo gozar varias veces, primero con los dedos, después con todo el cuerpo, besándola, sosteniéndola contra el vidrio frío del ventanal mientras la ciudad brillaba abajo. Ella rio entre jadeos, con placer real, con las piernas enganchadas en su cintura.
—Carlos… Carlos… qué bien… —repetía.
Ella participó con ganas, con el cuerpo entregado, buscándolo más. No hubo forcejeo. El sudor se mezcló con el olor a pie que todavía quedaba en el aire.
Cuando terminaron, ella todavía respiraba agitada, con una sonrisa suave y los ojos entrecerrados.
—Carlos… —susurró—. Qué bien, Carlos. Ahora sí soy Quesoneada. ¿Verdad?
—Sí —dijo él—. QUESONEADA.
Carlos se puso de pie despacio. Sacó el puñal largo y afilado. Ella lo miró todavía sonriente.
—¿Qué hacés, Carlos?
El golpe fue preciso y profundo: la hoja entró debajo de las costillas y subió. Michelle abrió la boca, soltó un gemido corto y se arqueó.
—Carlos… —alcanzó a decir, con la voz débil.
La sangre salió caliente sobre las sábanas. Carlos la sostuvo un segundo, la recostó bien y le acarició la mejilla con el guante negro.
—QUESONEADA —dijo bajo—. Tranquila. Ya está.
Después tomó la pistola con silenciador, le apoyó el cañón en la sien y disparó una sola vez. El sonido fue apenas un soplo. Sacó un Queso de la mochila, lo tiró sobre el cuerpo de Michelle, justo sobre el pecho ensangrentado, y dijo en voz alta, clara y firme:
—QUESO.
Dejó otro Queso al lado de su cabeza. Antes de irse se volvió a calzar los zapatos talla 48. El olor a pie sudado quedó mezclado con el de la sangre y el QUESO.
Parte 6 LA NUEVA GENERACIÓN DE QUESONES
En el hall de la torre lo esperaba Lady Dumitrescu. Era una mujer muy elegante, algo veterana y una mirada que parecía conocerlo todo. No preguntó. Solo lo miró y dijo, con voz baja y segura:
—Eres otro gran QUESÓN de la Nueva Generación, Carlos. Bienvenido. El futuro del QUESO esta asegurado. Puedo irme en paz. Carlos Layoy, Carlos Cantero, Carlos Rivero, Carlos Palacios, Carlos Buemo, Carlos Repetto, Carlos Pirovano, Carlos Tombolini, la NUEVA GENERACIÓN QUESÓN.
—Gracias —respondió él.
Bajó por el ascensor con los guantes negros puestos y el olor a pie y a QUESO todavía en el aire. En Las Parejas lo esperaba el entrenamiento. Nadie sabía nada. Él sí. Y Lady Dumitrescu también.








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unas maquinas de quesonear los quesones de la new generacion
ResponderBorrarme gusta este queson, tiene buena pinta, lo quiero en dupla con Carlos Rivero, quesoneando a todas las Gran Hermano, y podria sumarse Carlos Pirovano y hacer la tripleta, masacre de gran hermano quesoneadas
ResponderBorrarmuy buen relato acorde con el estilo de los Relatos de este año (pocos pero de gran nivel), muy positivo que se sigan sumando otros Carlos, buena la víctima principal, algun parentesco de este Quesón con Matías Tombolini, el chabón del tiempo en TN?
ResponderBorrarestos quesones se crian ya sabiendo que hubo grandes quesones atras, tienen toda una escuela de quesos para aprender el arte de quesonear, por eso son tan quesosos, un gran paso adelante, muy linda la víctima final, pero no salvo del queso
ResponderBorrary Dumitrescu? se despide? que pasa con ella? se quiere morir porque ya quedo con el aspecto de la del FMI
ResponderBorrarEstaría muy mal-
BorrarLady Dumitrescu es fundamental para estas historias
quesones quesoneando quesoneadas y nueva generacion de nuevos quesos
ResponderBorrarque quesoneen a todas las gran hermano
ResponderBorrarAdhiero
Borrarme dan miedo estos carlos, tombolini y rivero, por eso me encantan
ResponderBorrarLady, usted no puede irse en paz. Tiene que quedarse unos cien años más.
ResponderBorrarMe gustan que haya nuevos quesones, para nuevos relatos.
Parece que tiene un procedimiento propio.
La tal Michelle parece que buscaba ser quesoneada pero se apresuró a úiltimo momento
Si no hay quesonas famosas, se podría hacer canon a la quesona asesina del ciberespacio
adhiero cien por cien a todo lo que dice el Fauno
Borrarla quesona del espacio, la del bosque y la de la sabana africana, todas incorporadas al canón
Borrarque otro Carlos nos dara la nueva generacion? estos son como que nacieron para quesones, no es joda
ResponderBorraryo deberia haberme llamado Carlos pero estar como queson en la nueva generacion
ResponderBorrarmuy original la foto final con el queson ensangrentado saludando a Dumitrescu; esta debe seguir estando en los cuentos como dice el Fauno; si Legrand vive 200 años, Dumitrescu debe vivir 300; igual cada tanto habla de su despedida, es parte de su juego y de su supervivencia, gran cuento, quiero dos versiones de los Mundos Alternos, una con quesones clasicos (Delfino, Bossio, etc) y otra con los de la nueva generacion
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