Los Multiversos del Fauno y la Quesona Asesina #QUESO
Lady Dumitrescu lo recibió de pie, inmóvil bajo la luz de los candelabros. El salón de mármol frío amplificaba cada crujido de sus botas de cuero negro. A su espalda, sobre la mesa de piedra, descansaba un Gruyère del tamaño de un escudo, intacto, como si esperara su hora.
El Fauno se inclinó apenas. Las orejas puntiagudas aún le temblaban.
—Me gustaría vivir una Aventura Quesona —dijo, la voz baja pero cargada—. Como un espía enviado por la Lady rusa. Infiltrarme, cumplir la misión… y ser condenado a ser Quesoneado. Por una Carla. Por alguna internacional, si hace falta. O, mejor aún… por la Quesona Asesina del ciberespacio.
Dumitrescu lo observó un largo momento. No era una anfitriona. Era la protectora del Mundo Quesón, la que decidía quién cruzaba la frontera y quién no volvía.
—La Lady rusa no envía espías por caridad —respondió, la voz grave y arrastrada—. Los manda para que sean usados. Y si pedís ser Quesoneado, no es un favor. Es una sentencia. Los Carlos Quesonean mujeres. Siempre. Vos, Fauno, solo podés ser Quesoneado por una Quesona. Esa es la ley de la Hermandad.
El Fauno tragó saliva. En su mente ya se veía el pasillo de neón o el bosque digital: la Carla internacional, rubia platino o de cabello oscuro según el país, con esos guantes negros de látex que nunca se sacaba. Ella lo elegiría. Lo seduciría. Le daría el sexo romántico y salvaje que Dumitrescu ahora le ofrecía como parte del trato: la entrega, el calor, la posesión completa… y luego el precio.
—Te ofrezco eso —continuó Dumitrescu, inclinándose apenas. El cuero crujió—. El cuerpo de la Quesona. Su boca. Su peso. Su voluntad. Podés tenerla como ella quiera dártela: suave al principio, brutal después. Pero cuando termine, no habrá clemencia. Solo el ritual. El Gruyère sobre tu pecho. Su voz diciendo “QUESO”. Y la marca de la Hermandad en lo que quede de vos. Serás el espía que no volvió.
El Fauno asintió, casi sin voz. Ya no importaba si era la del ciberespacio, la de los bosques o alguna que viajara entre castillos. Quería la condena. Quería que la Quesona lo eligiera, lo tomara con esa sonrisa hipnótica y luego lo firmara con el Queso y el olor a Gruyère. Ser usado. Ser marcado. Quedar tendido bajo el peso del Gruyère, con la sentencia cumplida.
Lady Dumitrescu se puso de nuevo el guante. El gesto fue definitivo.
—Entonces te lo concedo —dijo—. La Lady rusa ya te ha marcado. Carla te espera. Y cuando te Quesonee, no habrá clemencia. Solo el ritual… y el Queso.
El Fauno cruzó el umbral del primer multiverso sin más protección que un código robado y el nombre que la Lady rusa le había tatuado en la nuca: Objetivo Carla. El ciberespacio no era un laberinto de luces. Era un pasillo infinito de pantallas rotas donde el aire olía a ozono y a sudor digital. Cada paso que daba hacía crujir datos bajo sus pezuñas.
Ella lo estaba esperando en el centro de la sala de servidores.
Carla, la Quesona Asesina del Ciberespacio, se materializó de un portal. Rubia platino, el cabello cortado a la altura de la mandíbula, ojos verdes que brillaban como terminales encendidas. El traje de látex negro le cubría el cuerpo entero, pero los guantes eran de cuero brillante, ajustados hasta el codo. En una mano sostenía una katana que parecía hecha de código compilado; en la otra, un Gruyère gigante que flotaba a medio metro del suelo, goteando grasa luminosa.
—Espía de la rusa —dijo ella, la voz modulada, casi un susurro de altavoz—. Viniste a entregar o a ser entregado.
El Fauno se arrodilló sin que se lo ordenaran. El ritual ya había comenzado en su cabeza.
—Vine a ser Quesoneado —respondió—. Esa es la misión. Dumitrescu me lo prometió. El cuerpo y la condena.
Carla sonrió. La sonrisa hipnótica que había visto en mil relatos. Se acercó despacio, el látex crujiendo. Con una mano enguantada lo tomó del cuello y lo obligó a levantarse. No hubo preámbulo. Lo empujó de espaldas contra una torre de servidores que vibraba con calor residual. El Fauno sintió el metal frío en la espalda y el cuerpo de ella encima, el peso del látex y de la voluntad. Ella le abrió el traje con las uñas del guante, desgarrando el tejido digital como si fuera piel. No preguntó. No esperó. Lo tomó.
Fue salvaje. Ella montó sobre él con la fuerza de quien ejecuta un código, las caderas golpeando con un ritmo que hacía temblar los racks a su alrededor. El Fauno respondió con la misma urgencia, las manos aferradas a su cintura, la boca buscando la de ella entre jadeos. No había ternura medida: había gozo crudo, risa entrecortada cuando ella le mordía el hombro y él le devolvía el mordisco en el cuello, ambos perdidos en el mismo impulso. El sudor digital y el real se mezclaron. Ella lo cabalgó hasta que el Fauno perdió el nombre y solo quedó el calor, el látex deslizándose, el sonido húmedo y la sensación de ser usado exactamente como había pedido. Cuando él se corrió, ella no se detuvo. Siguió, apretándolo más, hasta que su propio cuerpo se arqueó y un gemido claro, sin modulaciones, llenó la sala. Se quedaron un momento así, ella encima, el aliento de ambos sincronizado, el gozo aún latiendo entre ellos.
Entonces el ritual comenzó.
Carla se levantó despacio. El Gruyère gigante seguía flotando. Con el pie derecho —envuelto en la bota de combate— empujó el hombro del Fauno hasta dejarlo sentado en el suelo frío. El olor de ambos aún llenaba el aire. Ella deslizó el Queso con la mano enguantada hasta dejarlo flotando justo sobre el pecho del Fauno.
—El Código no perdona a los que piden ser condenados —murmuró ella—. Ni siquiera a los que vienen de otro castillo. Los Carlos Quesonean mujeres. Vos solo podés ser Quesoneado por una Quesona. Y yo soy esa.
La katana se encendió con un zumbido. El filo bajó despacio, abriendo el látex del traje del Fauno desde el esternón hasta el ombligo. No fue un corte limpio. Fue un desgarro. La sangre virtual y la real se mezclaron en el suelo de servidores. Carla presionó el Gruyère contra la herida abierta. El peso aplastó el pecho. El Queso se hundió un poco, marcando la piel con los agujeros característicos.
—QUESO —dijo ella, la voz clara, sin modulaciones esta vez.
El Fauno tembló. El olor del sexo aún le llenaba la nariz, mezclado ahora con el de la sangre y el Gruyère caliente. Carla se agachó, recogió el código que el Fauno llevaba tatuado en la nuca y lo guardó dentro de un pliegue del látex. Trofeo. Firma. Sentencia cumplida.
En las pantallas de alrededor, el portal se estabilizó. El multiverso registró la muerte. El espía de la Lady rusa no volvería. Había sido Quesoneado por la Quesona Asesina del Ciberespacio, exactamente como había pedido, después de haber sido usado y haber gozado.
Carla se volvió a ajustar el guante. El olor quedó en el aire.
—Siguiente multiverso —dijo, sin mirarlo—. O te quedás acá, con el Queso encima.
El portal lo escupió de nuevo.
Esta vez el pasillo de servidores se había convertido en el corredor de un hotel de los años 90, aunque las paredes seguían siendo de cristal líquido y las luces parpadeaban en código binario. El olor a Gruyère y a sangre digital todavía le pegaba en la garganta. El Fauno apenas podía mantenerse de pie. La herida del pecho seguía abierta bajo el Queso que la primera Carla le había dejado encima; el peso lo obligaba a caminar encorvado.
Al final del pasillo, una puerta de ascensor se abrió sola.
Dentro estaba otra Carla.
No era la del látex. Esta llevaba un vestido negro de terciopelo desgarrado en los costados, el cabello rubio platino recogido en un moño bajo, y los mismos guantes de cuero negro hasta el codo. Los ojos verdes brillaban igual, pero la sonrisa era más lenta, más de salón que de terminal. En una mano sostenía una pistola con silenciador; en la otra, un Gruyère todavía más grande que el anterior, del tamaño de una mesa ratona, apoyado contra su cadera.
—Multiverso dos —dijo ella, la voz suave, casi educada—. El de las habitaciones que no existen. La rusa te marcó bien. Todavía tenés el Queso de la anterior encima.
El Fauno se apoyó en el marco de la puerta. Las pezuñas le resbalaban en la alfombra húmeda.
—Vine a ser Quesoneado —repitió, la misma frase que había dicho antes. Ya no sonaba a pedido. Sonaba a condena aceptada.
Carla asintió. Bajó el Gruyère al suelo con un golpe sordo que hizo temblar el ascensor. Luego se quitó un guante, se lo volvió a poner, y se acercó. Esta vez no hubo empujón ni orden. Le apoyó el cañón del silenciador bajo la barbilla solo un segundo, lo suficiente para que él la mirara, y después lo dejó caer al costado. Con la mano enguantada le acarició el cuello, lenta, como quien reconoce algo que ya le pertenece.
—Acá las reglas cambian un poco —murmuró—. En este multiverso primero te doy lo que Dumitrescu te prometió. Lo suave. Lo que todavía podés gozar.
Lo tomó de la mano y lo llevó contra la pared de cristal. No lo desgarró. Le abrió el traje con cuidado, deslizando los dedos enguantados sobre la herida anterior sin apretarla. Luego se subió el vestido y se sentó sobre él, de frente, las rodillas a ambos lados de sus caderas. El terciopelo rozó la piel del Fauno como algo casi real. Ella se movió despacio, buscando el ritmo con la frente apoyada en la de él, los ojos verdes abiertos, mirándolo. No había prisa. Cada embestida era larga, húmeda, y cuando el Fauno jadeó ella sonrió con los labios entreabiertos y le besó la boca, suave al principio, luego con la lengua, compartiendo el aliento. Él le rodeó la cintura con los brazos y la sostuvo, sintiendo cómo ella se apretaba alrededor de él, cómo el gozo le subía por el pecho a pesar del peso del Queso anterior. Ella se corrió primero, con un suspiro largo y tembloroso que le dejó la boca entreabierta contra la de él; él la siguió un instante después, enterrado en ella, los dos quietos, respirando juntos mientras las luces del ascensor parpadeaban.
Cuando el pulso se calmó, ella se levantó despacio y se acomodó el vestido.
—Ahora sí —dijo.
El silenciador tosió una vez. El disparo le entró bajo la clavícula y lo tiró de espaldas. Carla se arrodilló sobre él con una rodilla, el vestido abierto, y empujó el Gruyère enorme hasta dejarlo aplastado contra el pecho del Fauno, justo encima de la herida nueva y de la vieja. El peso le sacó el aire. El Queso se hundió un poco más, marcándole los agujeros en la piel.
—QUESO —dijo ella, clara, sin apuro.
Luego le arrancó el código tatuado que todavía llevaba en la nuca y lo guardó dentro del escote del vestido. Trofeo de este multiverso. El ascensor comenzó a subir solo. Las luces parpadearon. En las paredes de cristal se veían reflejos de otras Carlas, otras habitaciones, otros Gruyères esperando.
Carla se enderezó, se acomodó el guante y miró al techo del ascensor
—Siguiente —dijo—. El de los bosques. O el de la estancia. Todavía te queda condena.
El portal lo escupió en el barro.
El Multiverso 3 olía a madera quemada, a sangre seca y a nieve sucia. El Fauno cayó de rodillas en un claro del Bosque de los Dioses, con el Gruyère del multiverso anterior todavía pegado al pecho, aplastándole las costillas. Las pezuñas se hundieron en el lodo. A lo lejos se oían cuervos y el crujido de una hoguera que no se apagaba.
Carla estaba apoyada contra un árbol. Llevaba la capa negra de cuero grueso, el cabello rubio platino suelto y sucio de hollín, y los guantes negros que nunca se sacaba. La espada corta y ancha descansaba en su cadera. A su lado, sobre un tronco, el Gruyère nuevo, oscuro y manchado de ceniza, esperaba.
Arya Stark no estaba sentada. Estaba de pie, a unos pasos, la daga de Valyria ya desenvainada. Llevaba la ropa de un hombre del norte, el cabello corto y mojado, y la mirada de quien ha decidido que este claro le pertenece. No era aliada. Era otra cazadora.
—Este es el que pide ser Quesoneado —dijo Carla, sin apartar los ojos de ella—. El espía de la rusa. Viene de dos multiversos. Todavía tiene Queso encima. Es mío.
Arya inclinó la cabeza. La sonrisa que le apareció no era de norte. Era de villana.
—En este bosque no hay “mío” de tu Hermandad —respondió, la voz baja y clara—. El Orden Quesón dice que las Quesonas Quesonean a los que piden ser condenados, y que los Carlos Quesonean mujeres. Yo no obedezco ese orden. Lo reclamo para mí. Y si querés impedirlo, Quesona, te desafío a combate mortal. Acá. Ahora. Una mujer contra otra. Eso rompe tu código. Una mujer asesinada por otra. ¿Lo vas a permitir?
El Fauno levantó la mirada. El barro le llegaba a las rodillas. El peso del Queso anterior lo hacía jadear. Nadie lo miraba todavía.
Carla no se movió. Se acercó despacio al Fauno, el cuero de la capa crujiendo. Con una mano enguantada lo tomó del cuello y lo obligó a quedar de rodillas contra el tronco. No hubo pregunta. Se subió sobre él, el cuerpo apretándolo contra la corteza, el Gruyère viejo aplastado entre ambos. Fue medio forzado: ella lo tomó con ritmo seco, las caderas bajando con peso, el Fauno atrapado, las manos aferradas a la madera. Él jadeó. Ella se movió hasta que el gozo torcido le subió por el cuerpo —el de ella al usarlo delante de la otra, el de él al ser usado otra vez— y un gemido breve se le escapó. Arya no apartó la mirada. Observaba con la daga baja, como quien espera el momento de reclamar lo que ya considera suyo.
Cuando Carla se detuvo, todavía encima de él, Arya dio un paso adelante.
—Basta. Es mío. O me enfrentás.
Carla se levantó despacio. No desenvainó. Empujó el Queso nuevo, el manchado de ceniza, hasta dejarlo flotando sobre el pecho del Fauno. Luego bajó la espada corta.
—El Orden no se rompe por un desafío —dijo—. Yo soy la Quesona. Él pidió ser Quesoneado por una Quesona. Vos podés pelear conmigo después. Pero él es mío.
El filo bajó. No fue la garganta. Fue el pecho, abriendo de nuevo la herida anterior y la del multiverso dos. La sangre se mezcló con el Queso viejo. Carla presionó el Gruyère nuevo contra el torso abierto. El peso aplastó. Los agujeros se marcaron en la piel.
—QUESO —dijo ella, clara.
El Fauno dejó de moverse. La sangre corrió por el barro hacia las raíces.
Arya no bajó la daga. La levantó un poco más.
—Me debes el combate —dijo—. Una mujer contra otra. Eso rompe tu Orden. Y cuando lo rompamos, el próximo que pida ser condenado no va a saber a quién pertenece.
Carla se enderezó, se acomodó el guante y miró al techo de ramas.
—Siguiente multiverso —dijo, sin mirarla—. O te quedás acá, con los cuervos. Ella no se queda con él. Yo me quedo con el resto. El desafío queda. El Orden todavía no se rompió.
Arya limpió la hoja en su propia manga. No se dio vuelta.
—Todavía —repitió.
El portal lo devolvió de pie.
No en el barro, ni en el ascensor, ni en la sala de servidores. En el salón de mármol frío del castillo. Los candelabros seguían encendidos. El Gruyère del tamaño de un escudo seguía sobre la mesa. Lady Dumitrescu estaba exactamente donde la había dejado, los guantes de cuero negro puestos, la figura alta e inmóvil. Solo que ahora lo miraba con una sonrisa lenta, la de quien ya sabe el resultado antes de que el espía hable.
El Fauno respiraba. El pecho le ardía bajo tres capas de Queso superpuestas —el del ciberespacio, el del hotel, el del bosque—, pero las heridas ya no sangraban. Eran marcas. Los agujeros del Gruyère se habían quedado impresos en la piel como sellos. Las pezuñas estaban sucias de barro digital y de nieve del norte. Y sin embargo sonreía. Una sonrisa amplia, casi estúpida, llena de gozo
—Volviste —dijo Dumitrescu. No era una pregunta.
—Volví —respondió él. La voz le salió ronca, pero clara—. Me Quesonearon. Tres veces. Carla del látex. Carla del terciopelo. Carla del bosque. La del bosque casi pierde el Orden porque Arya Stark quiso reclamarme y desafiarla a combate de mujer contra mujer. No se rompió. Ella me firmó igual. QUESO. Tres veces. Y cada vez… —se tocó el pecho marcado, todavía con la sonrisa— cada vez fue como me prometiste. Salvaje. Suave. Medio forzado. Gocé. Mucho.
Dumitrescu se quitó un guante con deliberación y lo dejó caer sobre la mesa, junto al Gruyère intacto. Se acercó. El cuero de las botas crujió sobre el mármol. Le apoyó la mano enguantada en la nuca, donde todavía se leía, borroso, el tatuaje “Objetivo Carla”.
—La Lady rusa no envía espías por caridad —dijo, la voz grave—. Los manda para que sean usados. Y vos fuiste usado. Exactamente como pediste. Los Carlos Quesonean mujeres. Vos solo podías ser Quesoneado por Quesonas. Cumpliste. Y volviste repleto de gozo. Eso no pasa seguido.
El Fauno asintió. Las orejas puntiagudas ya no temblaban. Temblaban de otra cosa.
—¿Y el Gran Premio? —preguntó, casi riendo.
Dumitrescu sonrió más. Se inclinó, le besó la frente manchada de Queso y de barro, y luego se apartó. Con un gesto hizo aparecer, sobre la mesa, un segundo Gruyère. Este era más pequeño, del tamaño de un escudo de torneo, pero brillaba con una luz dorada que no venía de los candelabros. En el centro tenía grabado, en letras de grasa fundida, el nombre del Fauno y, debajo, una sola palabra: “Premiado”.
—Esto —dijo ella—. No te mata. No te firma. Te reconoce. A partir de ahora, cuando cruces un multiverso, las Quesonas van a saber que ya fuiste Quesoneado y que volviste gozando. Algunas te van a querer usar otra vez. Otras te van a dejar mirar. Ninguna te va a negar el ritual si lo pedís. Y si alguna vez una mujer intenta romper el Orden por vos, como intentó la Stark, este Queso les va a recordar que el Orden todavía está. Vos no lo rompiste. Lo cumpliste.
El Fauno tomó el Gruyère dorado. Pesaba poco. Olía a fiesta y a sentencia cumplida. Se lo apoyó contra el pecho marcado y rio, un sonido breve y bizarro que rebotó en el mármol.
—Gracias, Lady.
Dumitrescu se volvió a poner el guante. El gesto fue definitivo, pero la sonrisa no se le fue.
—No me agradezcas. La Lady rusa ya te marcó. Carla te esperó. Vos gozaste. Y ahora tenés premio. Andá a contárselo a alguien. O volvé a pedir otra aventura. El castillo tiene más puertas.
El Fauno se inclinó, el Queso dorado contra el pecho, las orejas temblando de pura diversión. Afuera, en algún multiverso, una Arya Stark todavía afilaba la daga y murmuraba que el Orden podía romperse. Adentro, en el salón frío, el espía que no debía volver se quedó de pie, repleto de gozo, con su Gran Premio brillando sobre las marcas de tres QUESOS.
Dumitrescu lo miró una última vez.
—Bienvenido de vuelta al Mundo Quesón —dijo—. El que pide ser condenado y vuelve sonriendo… siempre termina con algo encima.

































que placer ser quesoneado por la quesona!
ResponderBorrarEntonces Dumitrescu es como Strange de Marvel, dueña de los portales multiversales
ResponderBorrares el Fauno que comenta aca? que genio!
ResponderBorrarOtro cuentazo, excelente esta saga de los Mundos Alternos, espero que haya más, muy bien lo del Fauno, yo creía que se iba a terminar teniendo sexo con Dumitrescu, pero esta tendría que tener la versión más joven, no la del FMI, pero gran relato
ResponderBorrarpodría ser el comienzo de una nueva saga, con el Fauno viajando por otros multiversos, donde se entrevista con Quesones y otras cosas, los relatos siempre se mantienen en gran forma y nivel
ResponderBorrarel QUESO se abre camino, por los multiversos quesones, quiero más
ResponderBorrarEN EL FONDO TODOS QUEREMOS SER QUESONEADOS POR UNA QUESONA
ResponderBorraryo también tengo un cuentito donde una asesina me mata a balazos y me tira un queso
ResponderBorrarDumitrescu, ama y señora del Mundo Queson, excelente el Fauno
ResponderBorrarpodría titularse "el placer del Fauno por ser quesoneado" bello cuento
ResponderBorrarSí. Se trata de mí.
ResponderBorrarMe veo muy bien de la Lady, que hasta me toma de la mano. Creo que me tiene aparecio.
No esperaba tanta creatividad en este multiverso.
Y en algún momento a tener experiencias con quesonas, no mortales. Y famosas antes de que sean quesoneadas.
Saga de Quesos Alternos, así debería llamarse todos estos cuentos de esta onda y podría haber más Aventuras del Fauno
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