Carlos Beroes, el Vengador Quesón del Voley #QUESO


Parte 1 – Carlos Beroes, la Nueva Generación se sigue abriendo paso (y calza 53!)
Hay pocos Carlos jóvenes. Eso es algo notorio. Por eso no eran pocos los que creían que el futuro de los Quesones corría serio riesgo. O quizás que había que adoptar también algunos otros nombres (Matías, Agustín y Santiago, por ejemplo, los nombres propuestos). Nada que ver, más bien todo lo contrario. Con los que hay, el número es suficiente para asegurar una Nueva Generación de Quesones. Aún más sádicos, sanguinarios, criminales y asesinos.
Es que estos se criaron y educaron con las enseñanzas de los Quesones anteriores, por lo tanto, ya saben todo, y buscan igualar o superar a los Carlos que los precedieron en el camino.
Ya sabemos que el Código no se hereda fácil. Hace falta nacer con el pie, con el hambre y con la disciplina de Quesonear. Ya conocemos a varios Carlos de la Nueva Generación.
Carlos Rivero abre el camino de los altos. Dos metros seis. Calzado 55. Basquetbolista de Gimnasia, el que se autoproclama Super Quesón. No pide permiso. Entra, deja que el olor de las 55 llene el vestuario o el galpón, y cierra con la palabra exacta después de usar cuchillo, machete, katana o lo que tenga a mano. Cada vez que termina, el Queso queda sobre la víctima y se escucha:
—QUESO.
Carlos Tombolini trabaja más lejos, en pueblos del interior y del Uruguay. Delantero de ligas menores, de Las Parejas, talla 48. Se saca las zapatillas, deja que el olor suba, y espera a que la víctima se arrodille sola. Después el puñal, el disparo silenciado, el Queso sobre el cuerpo y la misma palabra.
- QUESO.
Vuelve a entrenar al día siguiente como si nada hubiera pasado.
Carlos Pirovano, el que se hace llamar Charles, es el más visible. Influencer y streamer, amigo de los célebres Mernosketti. Talla 48 que ya pide 49. El Asesino de Sasha Ferro, Valu Cervantes y Zoé Bogach con el mismo cuchillo-espada. Habla en vivo, muestra los pies, come Queso Gruyère en cámara y dice que lucha contra la CasaLarga. Cuando termina, tira el Queso y grita la palabra para que todos la escuchen.
- QUESO.
Carlos Iván Cantero, Carlitos para los que lo siguen en TikTok e Instagram desde Posadas, Misiones. De apenas veinte años cuando empezó, el que se cruzó con Ravelia la Tatuada en un hotel de Puerto Madero y terminó usando los dos cuchillos de Carla para atravesarle el corazón y el estómago. Tiró el Queso sobre el cuerpo y se fue diciendo que ya era un Quesón de verdad. Cometió muchos más asesinatos, que ya serán relevados en su momento.
Y ahora también presentamos a Carlos Eduardo Beroes, simplemente Carlos Beroes.
Dos metros seis. Calzado 53. Venezolano de nacimiento, nacionalizado argentino (aunque continúa representando a su país natal en las competencias deportivas) y por cancha. 21 años, destacado jugador profesional de voleibol que juega en la posición de punta receptor. Cuenta con una imponente altura de 2,04 metros y destaca por su gran alcance y potencia de pegada. Otro Quesón ideal, con su talle 53 de pies.
En un Mundo Quesón con muchos Quesones basquetbolistas, rugbiers, futbolistas y algún tenista, el mundo del voleibol extrañaba no tener ningún Quesón destacado de este lado. Más bien todo lo contrario: a falta de Carlos, a los voleibolistas les tocó el rol de Quesoneados.
La leyenda de Carla la Quesona Asesina y los voleibolistas Quesoneados es larga y conocida. Los Nikolov, Aleksandr y Simeon, 2,08 y 2,07, tallas 55 y 53, terminaron bajo Queso en una mansión de los Balcanes, sin cabeza y sin pies. Otros nombres del voleibol argentino y extranjero corrieron la misma suerte en el Bosque de las Sombras o en galerías abandonadas. Cabezas en la vitrina. Pies al lado. Medias y zapatillas todavía olorosas. Agustín Loser y Nicolás Zerba, atravesados en el cuello con katanas, Joaquín Gallego, apuñalado con un machete, Marcos Milinkovic o Facundo Conte, decapitados, o Sebastián Solé, Martin “Turco” Ramos y Ezequiel Palacios, estrangulados, dan cuenta de ello. Y no nombramos a todos.
Carlos Beroes se propuso dejar bien en alto que también un voleibolista puede ser un gran Quesón, y no simples Quesoneados por Quesonas. De día salta más alto que nadie con la camiseta celeste y blanca o la de Venezuela. De noche se pone el tank top negro con las letras “CARLOS”, los guantes de cuero y la katana. Entra en galerías abandonadas o depósitos donde ya están las ruedas de Queso, deja que el peso de los pies talla 53 marque el ritmo, y cierra el ritual siempre de la misma forma, en voz baja y clara:
—QUESO.
Una suerte de revancha de los Voleybolistas.
Parte 2 - La Mansión de Arte Abandonada
La luz blanca del gimnasio se apagó de golpe. Solo quedó el zumbido lejano de los reflectores del estadio y el eco de los últimos pasos de los jugadores que ya se habían ido. Carlos Beroes se quedó solo en el centro de la cancha. Dos metros seis de altura. Calzado 53. El uniforme celeste y blanco le quedaba justo en los hombros anchos, pero las piernas largas y los pies enormes siempre lo delataban: el venezolano nacionalizado, el opuesto que saltaba más alto que nadie, el que todavía sonreía en las fotos oficiales.
Esa noche no sonrió.
Se quitó la camiseta celeste y blanca y la dejó caer sobre el parqué. Debajo llevaba el tank top negro. Las letras blancas “CARLOS” brillaban bajo la única luz que quedaba encendida. Se puso los guantes de cuero negro, ajustó la katana en la espalda y salió por la puerta de servicio. El olor a Queso ya lo estaba esperando.
La galería de arte llevaba meses cerrada. Las ventanas del segundo piso estaban rotas, los marcos de los cuadros tirados contra las paredes y el olor a humedad se mezclaba con otro más dulce y más pesado. Alguien había colgado un cartel en la puerta principal: “Exposición ARTE QUESÓN – Auspiciada por la Fundación Dumitrescu”.
La Chica Rubia había entrado por la puerta trasera pensando que era real. Era joven, de barrio, de esas que salen de noche con los amigos y terminan en lugares que no deberían. Tenía el pelo largo y enmarañado, y se parecía demasiado a Meri Deal, asesinada y Quesoneada tiempo atrás por Carlos “Charly” Repetto: la misma melena rubia, los mismos rasgos, la misma forma de mirar cuando algo la asustaba y al mismo tiempo le daba curiosidad.
En el centro de la sala principal, de rodillas sobre el piso de concreto sucio, levantó la vista cuando la puerta chirrió. Ruedas enormes de Queso amarillo, perforadas como cráteres, estaban apiladas contra las paredes. Algunas tenían manchas oscuras que no eran de maduración. Tenía la boca abierta, lista para gritar, pero el sonido se le quedó atrapado cuando vio la altura de Carlos.
—Tranquila —dijo él, con ese acento venezolano que se le había suavizado en Argentina, pero que seguía siendo bajo y arrastrado—. Ya no vas a gritar mucho.
Sacó la katana con un movimiento seco. La hoja reflejó la luz fría del tubo fluorescente. La Chica Rubia retrocedió arrastrándose, las manos abiertas sobre el piso, el pecho agitado. Carlos dio un paso. El suelo vibró. Se detuvo justo frente a su cara y se quitó una bota. El pie desnudo, enorme, húmedo de sudor de entrenamiento, se apoyó en el concreto a centímetros de su nariz. El olor subió de inmediato: Queso intenso y apestoso, el rastro de horas saltando y bloqueando.
Ella no se apartó del todo. El olor la golpeó, pero en vez de retroceder más se quedó quieta, mirando. Carlos le puso la hoja de la katana bajo el mentón, suave, solo para que no se moviera.
—Respira —dijo—. Es parte del ritual. El Código de la Nueva Generación no pide que llores. Pide que sepas quién te está llevando.
La Chica Rubia temblaba, pero no cerró los ojos. Carlos sonrió, la misma sonrisa de las fotos oficiales, y con el pie empujó suavemente su mejilla, dejando una marca húmeda. Ella, en vez de apartarse, acercó la cara. Primero olió. Después besó el empeine, lento, como si todavía no supiera si estaba soñando o no. La lengua le recorrió entre los dedos. El olor se le metió en la cabeza y ya no pudo parar. Lamió, chupó, se quedó ahí de rodillas mientras Carlos la miraba desde arriba, el tank top tenso, la katana apoyada a un costado.
Cuando ella levantó la vista, él se agachó. La besó. No fue brusco. Fue lento, casi tierno, con la mano enguantada en su nuca y la otra acariciándole el pelo rubio. La Chica Rubia se dejó. Se dejó desnudar entre las ruedas de Queso y los marcos rotos, se dejó recostar sobre una manta vieja que Carlos había dejado ahí. Él le besó el cuello, los pechos, la boca. Entró en ella despacio al principio, después con más fuerza, pero siempre mirándola a los ojos, hablándole bajo, con ese acento que se le suavizaba cuando quería.
—Carlos… —susurró ella, abrazándolo, las piernas enganchadas en su cintura—. No pares.
Él no paró. La hizo gozar primero con los dedos, después con todo el cuerpo. Ella rio entre jadeos, con placer real, con las uñas en su espalda y la voz entrecortada. El olor a pie y a Queso se mezcló con el sudor de los dos. No hubo forcejeo. Ella participó, lo buscó, le dijo el nombre una y otra vez mientras él la penetraba contra el concreto frío y las ruedas de Gruyère los miraban de lejos, como si fueran parte de la exposición que ella había venido a ver.
Cuando terminaron, ella todavía respiraba agitada, con una sonrisa suave y los ojos entrecerrados. Carlos se quedó un momento encima de ella, acariciándole el pelo. Después se levantó despacio. Se puso los guantes otra vez. Tomó la katana.
La Chica Rubia abrió los ojos cuando vio la hoja. Intentó hablar. No alcanzó.
El primer golpe fue limpio, en el costado del cuello. No le cortó la cabeza. Solo atravesó. La sangre salió caliente. Ella se arqueó. El segundo golpe entró más abajo, en el pecho. El tercero otra vez en el cuello, más profundo. El cuarto y el quinto le recorrieron el torso, una y otra vez, hasta que dejó de moverse. Carlos no apuró. Cada estocada fue precisa, casi ceremonial. Cuando terminó, ella quedó quieta, la katana todavía clavada en el pecho, los ojos abiertos mirando las ruedas de Queso y los cuadros rotos de la galería.
Carlos se arrodilló. Apoyó el pie descalzo, todavía húmedo, sobre su pecho. Después tomó una de las ruedas más grandes, la levantó con las dos manos y la dejó caer sobre el cuerpo. El Gruyère cubrió el torso y parte del cuello. La sangre se mezcló con el Queso.
Se puso de pie. Miró el cuerpo. El olor llenaba toda la galería. Dijo, en voz alta, clara y firme:
—QUESO.
Afuera, en el estadio vacío, la camiseta celeste y blanca seguía tirada en el piso, como si el jugador se hubiera ido a entrenar y nunca más fuera a volver.
El Quesón de la Nueva Generación apenas estaba empezando.
Parte 3 - La chica que se parecía a Arya Stark
La segunda noche la galería olía igual. Queso, Gruyère maduro, humedad de paredes rotas y el rastro de sangre seca que nadie había limpiado. El cartel de “Exposición ARTE QUESÓN – Fundación Dumitrescu” seguía colgado en la puerta principal, aunque ya nadie lo creía. La Chica Rubia había sido la primera. Esta vez entró otra.
Era más baja, más flaca, con el pelo castaño oscuro cortado irregular y una mirada que no pedía permiso. Se parecía demasiado a Maisie Williams. A Arya Stark. La misma forma de caminar de costado, la misma manera de mirar las salidas antes de entrar del todo. Se llamaba a sí misma “la pseudo Arya” cuando se reía de eso, pero esa noche no se reía.
Carlos la esperaba entre las ruedas de Queso. Tank top negro, letras blancas “CARLOS”, guantes de cuero, tres katanas apoyadas contra la pared más grande. Dos metros seis. Calzado 53. El acento venezolano se le notaba más cuando hablaba despacio.
—Arya —dijo—. O la que se parece. Sabés cuántos nombres tenías en esa lista. Sabés cuántos mataste y cómo te fuiste al Oeste como si nada. Como si no hubieras dejado el rastro.
Ella se detuvo. Levantó las manos, palmas abiertas.
—Yo no vi esa serie. Nunca. La gente me dice que me parezco y ya. No sé quién es esa. No sé de qué lista hablás.
Carlos dio un paso. El concreto vibró. Se quitó una bota. El pie desnudo, enorme, húmedo del entrenamiento de la tarde, quedó a centímetros de su cara. El olor subió de golpe: sal, Queso curado, sudor de cancha.
—No importa si la viste o no. El olor es el mismo. Respira.
Ella no retrocedió. Primero olió, con los ojos entrecerrados. Después besó el empeine, lento. La lengua le recorrió entre los dedos. El olor se le metió en la cabeza y se quedó. Lamió, chupó, se arrodilló sola mientras Carlos la miraba desde arriba. Cuando levantó la vista, él se agachó y la besó. No fue brusco. Fue lento, con la mano enguantada en su nuca y la otra acariciándole el pelo corto. El acento se le suavizó, caribeño, casi dulce.
—Carlos… —susurró ella.
Él la desnudó entre los marcos rotos y las ruedas de Queso. La recostó sobre la manta. Le besó el cuello, los pechos, la boca. Entró despacio al principio, después con más fuerza, pero siempre mirándola, hablándole bajo, con ese ritmo que no apuraba. Ella lo buscó. Le dijo el nombre una y otra vez, las piernas enganchadas en su cintura, las uñas en su espalda. El olor a pie y a Queso se mezcló con el sudor de los dos. No hubo forcejeo. Ella gozó de verdad, con la voz entrecortada y una risa corta entre los jadeos, hasta que el cuerpo se le aflojó del todo.
Cuando terminaron, ella todavía respiraba agitada, con una sonrisa suave. Carlos se quedó un momento encima de ella, acariciándole el pelo. Después se levantó. Se puso los guantes otra vez. Tomó una katana.
Ella abrió los ojos. Se levantó de golpe. Corrió.
La persecución fue corta y fea. Ella esquivó la primera katana entre dos ruedas de Queso, tiró un marco, se metió por un pasillo estrecho. Carlos tuvo que agacharse. La segunda katana la alcanzó en el brazo, un tajo limpio. Ella gritó, pero no se detuvo. Se giró, pateó, le arañó el antebrazo con las uñas. Carlos tuvo que soltar la segunda hoja y sacar la tercera. Ella se defendió como si supiera. Como si la lista fuera real. Le mordió el guante, le pateó la rodilla, intentó llegar a la puerta trasera.
No alcanzó.
El primer golpe de la tercera katana le entró en el costado del cuello. No le cortó la cabeza. Solo atravesó. Ella se arqueó, todavía de pie. El segundo golpe entró más abajo, en el pecho. El tercero otra vez en el cuello, más profundo. El cuarto y el quinto le recorrieron el torso mientras ella intentaba empujarlo con las manos. Carlos no apuró. Tuvo que usar las tres hojas. Cuando terminó, ella quedó quieta contra la pared, las katanas clavadas, los ojos abiertos mirando las ruedas de Queso.
Carlos se arrodilló. Apoyó el pie descalzo, todavía húmedo, sobre su pecho. Después tomó una de las ruedas más grandes, la levantó con las dos manos y la dejó caer sobre el cuerpo. El Gruyère cubrió el torso y parte del cuello. La sangre se mezcló con el Queso.
Se puso de pie. Miró el cuerpo. El olor llenaba toda la galería. Dijo, en voz alta, clara y firme:
—QUESO.
Afuera, en el estadio vacío, la camiseta celeste y blanca seguía tirada en el piso. El Quesón de la Nueva Generación todavía estaba empezando.
Parte 5 – Quesos y más Quesos de Carlos Beroes
Después de la pseudo Arya, Carlos Beroes no volvió a subestimar a ninguna. Esa noche le costó tres katanas y casi no llega a decir la palabra. Aprendió. De ahí en adelante alternó armas y no dio tiempo. Ninguna se defendió como ella. Ninguna lo obligó a correr entre las ruedas de Queso. Esa noche le sirvió de lección.
En un depósito del suburbio usó el machete. La chica era morocha, de barrio, y se arrodilló sola cuando olió los pies talla 53. Primero el derecho, después el izquierdo. La lengua le recorrió el arco, el talón, entre los dedos. El olor a Queso se le metió en la cabeza y se quedó. Carlos la miró desde arriba, el tank top tenso, y cuando ella levantó la vista la besó. El acento se le suavizó, caribeño, bajo. La desnudó sobre la manta. Entró despacio al principio, después con más fuerza, siempre mirándola. Ella gozó de verdad, con las piernas enganchadas en su cintura y la voz entrecortada, diciendo su nombre. Cuando terminó, Carlos se puso los guantes. El machete bajó de lado, limpio, en el cuello y después en el pecho. El Gruyère cayó sobre el torso antes de que dejara de moverse. Dijo, en voz alta:
—QUESO.
En una casa abandonada del norte usó la espada larga. Esta vez la chica intentó correr después del sexo. No llegó a la puerta. Antes había olió los pies descalzos, húmedos del entrenamiento, y se había quedado ahí de rodillas, chupando y lamiendo hasta que el olor la dejó quieta. Carlos la recostó. La penetró lento, con la mano en su nuca y la otra acariciándole el pelo, hablándole bajo, con ese ritmo que no apuraba. Ella gozó dos veces, con una risa corta entre los jadeos. Cuando se levantó, la espada la alcanzó. Dos estocadas en el cuello, una en el pecho. El Queso quedó centrado. La palabra sonó más baja, pero clara:
—QUESO.
En un galpón de la costa fueron los puñales. Dos hojas cortas, guantes negros. Ella olió primero, largo, con los ojos cerrados. Besó el empeine, lamió entre los dedos, se metió el gordo en la boca. El olor a pie sudado y a Queso maduro la dejó arrodillada sola. Carlos la levantó, la besó y la recostó sobre la manta. Entró en ella despacio, después más hondo, siempre mirándola a los ojos. El acento caribeño se le notaba cuando le hablaba al oído. Ella lo buscó, le arañó la espalda, gozó con la voz entrecortada hasta que el cuerpo se le aflojó. Cuando terminó, las hojas entraron debajo de las costillas, una y otra vez. Carlos tiró el Gruyère con una mano y dijo la palabra sin apurarse:
—QUESO.
En un quincho de una quinta usó la soga. Gruesa, de amarra. Primero los pies. Ella se arrodilló, olió, chupó, lamió hasta que la saliva le brilló en la barbilla. Carlos la subió al banco. La tuvo encima, las 53 todavía descalzas contra el piso de cemento, moviéndola con las manos enguantadas. El acento se le suavizó otra vez. Ella gozó con las uñas en sus hombros y la cara otra vez cerca del pie. Cuando terminó, apretó. Esperó. El Queso quedó al lado. La palabra salió clara:
—QUESO.
Y un día debió usar un rifle. Para tener la experiencia. Para emular a Carlos “Bebe” Contepomi, que solía usar esa arma en sus pocos pero letales crímenes. Largo, de cañón grueso. La chica era pelirroja y se resistió más que las otras, pero menos que la pseudo Arya. Antes había olió los pies, largo, y se había dejado recostar. Carlos la penetró contra la pared, lento al principio, después más fuerte, siempre mirándola. Ella gozó de verdad, con una risa corta y las piernas temblando. Cuando se levantó e intentó correr, el estruendo llenó el depósito. Carlos dejó el Gruyère sobre el cuerpo y dijo, en voz alta:
—QUESO.
Ninguna se defendió como la que se parecía a Arya. Ninguna lo obligó a usar tres hojas ni a correr entre las ruedas de Queso. Esa noche le sirvió de lección. De ahí en adelante no dio margen. Entraba, dejaba que el olor de los pies talla 53 hiciera el resto, elegía el arma según el lugar y cerraba siempre igual.
Carlos Beroes, Quesón de la Nueva Generación, volvió a la cancha al día siguiente. Nadie notó la diferencia. Solo él sabía que el olor se había quedado, otra vez, donde debía.
Sabía que habría más. Los Quesos tienen futuro. QUESO POR SIEMPRE.
Parte 6 - El Testimonio de Carlos Beroes en primera persona
(Carlos Beroes habla para un video de DUMITRESCU YOUTUBE)
Pana, yo no vine a pedir permiso.
Me dicen Carlos Beroes en la cancha. En Venezuela me decían Carlitos cuando era chamo, pero acá, cuando se apaga la luz y el olor sube, soy solo Carlos. Dos metros seis. Calzado 53. El que salta más alto que nadie y el que después se saca la bota y deja que el pie haga el resto.
Vi lo que le pasó a los voleibolistas. Los Nikolov, Aleksandr y Simeon, 2,08 y 2,07, tallas 55 y 53, terminaron bajo Queso en esa mansión de los Balcanes. Sin cabeza. Sin pies. La Quesona los citó, los hizo oler, los hizo gozar y después les cortó la cabeza y se llevó los trofeos. Los puso en la vitrina. Cobró entrada. Sonrió. Y no fueron los únicos. Marcos Milinkovic, Facundo Conte, decapitados, Agustín Loser, Nicolás Zerba, kataneados, Joaquín Gallego, macheteado, Facundo Imhoff, apuñalado, Ezequiel Palacios, Martín Ramos, Sebastián Solé, estrangulados, todos esos altos y patones, Quesudos y Quesoneados de la selección, todos esos que saltaban y bloqueaban, terminaron asesinados y quesoneados por Carla o por las que vinieron después. Cabezas en estantes. Medias todavía olorosas. Zapatillas deformadas. El voleibol no tenía un Carlos. Se quedó solo con víctimas.
Yo no.
La Chica Rubia fue la primera. Entró a la galería pensando que había una exposición de Arte Quesón auspiciada por la Fundación Dumitrescu. Se arrodilló sola cuando olió el 53. Lamió, chupó, gozó contra la manta mientras yo le hablaba bajo, con el acento que se me suaviza cuando quiero. Después la katana. Varias veces. Cuello y pecho. No le corté la cabeza. Solo atravesé. Tiró el Gruyère y dije, en voz alta:
—QUESO.
La pseudo Arya fue la que más me costó. Se parecía demasiado a esa de la serie. Me dijo que no había visto nada, que no sabía de listas ni de Westeros. No importó. Primero los pies. Después el sexo, lento, caribeño, hasta que gozó de verdad y se le aflojó el cuerpo. Después corrió. Tuve que usar tres katanas. Se defendió como si la lista fuera real. Al final quedó quieta contra la pared, las hojas clavadas, y el Queso encima. Dije la palabra igual.
Después vinieron las otras. En el suburbio usé el machete. En el norte la espada. En la costa los puñales. En la montaña la soga. Una vez el rifle, solo una. Todas oliendo, todas gozando, todas terminando con el Gruyère sobre el pecho y la misma palabra. Ninguna se resistió como la pseudo Arya. Esa noche me enseñó. De ahí en adelante no doy margen.
No soy como los otros. Rivero agranda la rueda. Tombolini la lleva a los pueblos. Pirovano la muestra en cámara. Cantero promete desde Misiones. Yo sostengo el voleibol. Los que saltan y bloquean no tienen por qué terminar en la vitrina de una Quesona. Yo entro, dejo que el olor del 53 haga el resto, elijo el arma y cierro el ritual. Siempre igual.
Carlos Beroes. El Vengador Quesón del Voleibol. El de la Nueva Generación.
Y cuando termino, cuando el Queso queda donde debe, digo en voz alta, clara y firme:
—QUESO.








































pocos Carlos jovenes pero los que hay ya miden dos metros y calzan cincuenta y pico, los hacen para quesones ya
ResponderBorrartodo bien, un relato con todo el queso que esperamos, pero se extrañan los clásicos relatos de "el asesino de...", será por la censura que el autor prefiere presentar las cosas así? la nueva generación es de lujo, vamos por más relatos
ResponderBorrarQuiero un relato con todos los quesones de la nueva generación donde cometen una masacre de minas quesoneadas
ResponderBorrarPorque no una venganza total del voleybolista? que mate a una mina por cada voleybolista asesinado con el mismo metodo, así la cosa queda pareja
ResponderBorrarya cuando medis como dos metros y te llamas Carlos, sos un quesón, aunque estos son quesonazos
ResponderBorrarLa Fundación Dumitrescu los entrena como quesones a estos quesones para que quesoneen quesoneadas
ResponderBorrarArya Stark podría tener varios relatos y tambien las otras minas de Game of Thrones, que podría ser "Juego de Quesos"
ResponderBorrarLa dupla Carlos Rivero - Carlos Beroes seria el nuevo terror de las mujeres, matarían a tantas que seria quesos por todos lados
ResponderBorraro una competición entre Carlos Rivero, Carlos Beroes y Carlos Tombolini para ver quien quesonea a mas minas quesoneadas, sería el terror de las mujeres
BorrarBuena la colección de la Nueva Generación pero quiero relatos con los Carlos clásicos, si puede ser en alguna onda de los mundos alternos, o una combinación de todos
ResponderBorraraquí en España abundan los Carlos jóvenes, aqui teneis quesones para varias generaciones
ResponderBorrarUn par de objeciones. No debería contar el asesinar a Ravelia la Tatuada. Muchos quesones lo han hecho y ella ha regresado una y otra vez. Debería seguir regresando, para más relatos.
ResponderBorrarSegundo, una mujer parecida a Arya Stark tiene más de quesona que de quesoneada. Podría inventarse el personaje de Carla Stark, con su propia espada Aguja.
En general, el relato está muy bien. Me gusta el canal de youtube de la Lady. Y que haya nuevas generaciones.
Muy efectivo este quesón, dando placer a sus víctimas, antes de terminar con ellas.
Y ser jugador de voley sin duda ayuda a sus lanzamientos de quesos.
Para Halloween podrían volver víctimas para volver a ser quesoneadas. Y algunas Carlas quesoneadas antes del pacto con los Carlos. Como la quesona renegada, no necesariamente con su nombre.
Hasta autorizo mi aparición en Mundos Alternos, como un espía enviado por la Lady rusa. Siendo condenado a ser quesoneado por una Carla, si es necesario por alguna internacional o la asesina quesona del ciberespacio.
Que bien que siga comentando La Niña de Embajadores.