EL JARDÍN DE LOS QUESOS #QUESO
PRIMERA PARTE EL ALFA Y EL OMEGA EN LA ERA DEL PECADO
Érase una vez, en una época que parecía sacada de un reality de mierda pero a escala planetaria, donde todo era brillo, excesos, lujuria, culo operado y likes. Las minas se pasaban el día entre cremas anti-edad, filtros de Instagram y maratones de telenovelas turcas donde el galán siempre terminaba con la piba buena onda.
Los chabones, en cambio, vivían pegados al deporte: cancha, birra, apuestas por todo y discusiones eternas sobre quien era el nuevo dios del fútbol, del basquet, del vóley o del rugby. Y todos, pero todos, estaban obsesionados con series y películas, había más de una docena de streamings para ver cualquier cosa: lo que sea, mientras el mundo se iba al carajo en vivo y en directo.
En medio de esa gilada general, surgió una secta de mujeres que nadie tomaba en serio al principio. Se hacían llamar las Sacerdotisas del Alfa y del Omega. Tomaban el cristianismo como base central y principal pero lo mezclaban con todo: la tradición judía, el ramadán islámico, el karma budista, los mantras hindúes, los sacrificios incas, los rituales aztecas y hasta el sintoísmo japonés con sus kami y sus torii.
Predicaban por las calles, en las plazas, en los subtes, con túnicas blancas y velas negras, anunciando al mismo tiempo la redención total y el Apocalipsis ya mismo. “¡El fin viene con olor a azufre y a perfume de Dior!”, gritaban. La gente pasaba de largo, se reía, les tiraba monedas o les sacaba fotos para TikTok. Pero calladita la boca, los adeptos crecían. Silenciosos. Como hongos después de la lluvia. Hombres y mujeres de todas las edades se sumaban al nuevo movimiento religioso.
Y entonces llegó la noche de la gran fiesta de fin de año de la Havelange International World Corporation, la corporación más hija de puta del planeta, dueña de todo: petróleo, streaming, casinos, hasta vacunas y guerras si hacía falta. El jet set completo estaba ahí: actores de Hollywood reciclados, influencers con tetas pagadas, futbolistas millonarios con sus botines de oro, políticos corruptos hasta la médula y modelos que parecían sacadas de un sueño húmedo de un adolescente con plata.
Adentro
del salón principal, bajo luces de neón y cristales Swarovski que
colgaban como lágrimas de rico, estaban ellas. Las cuatro intocables.
Las top models del momento, cada una representando una de las cuatro
agencias más grosas del mundo:
- Lady Varelia, la rubia bella, cara de ángel y alma de puta, de la agencia Elite Divine.
- Lady Mariuska, con su imagen de esposa y madre ejemplar, de Victoria’s Secret Global.
- Lady Camossa, la pelirroja explosiva con cuerpo de diosa griega y lengua de navaja, de Chanel Couture.
- Lady Mazzocas, desenfrenada como yegua del Hipodromo, de la agencia Asian Fusion Luxe.
Se
odiaban con toda el alma, pero fingían ser las mejores amigas del
mundo. Se daban besitos al aire, se abrazaban y se decían “¡qué divina
estás, boluda!” mientras por dentro pensaban “ojalá te caigas muerta,
hija de puta”.

La fiesta no tardó ni dos horas en convertirse en una orgía digna de Sodoma y Gomorra pero con catering de cinco estrellas y DJ de Ibiza. En cada rincón había cuerpos desnudos entrelazados como si el mundo se acabara mañana. Una actriz famosa estaba de rodillas en el medio del salón chupándole la pija a un futbolista mientras otro le metía los dedos por atrás.
Dos banqueros se peleaban a piñas por una influencer que se reía mientras se metía un tiro de coca de un plato de oro. La gula era asquerosa: mesas enteras de langostas, caviar y champagne que nadie comía porque estaban demasiado ocupados metiéndose dedos y lenguas en todos los agujeros posibles.
La pereza se veía en los que se tiraban en los sillones de terciopelo, con los ojos en blanco por el éxtasis, dejando que otros les hicieran todo. La soberbia: modelos gritando “¡soy la más linda del mundo, carajo!” mientras se cogían entre ellas.
La
avaricia: tipos ofreciendo diamantes a cambio de mamadas. La ira: un
par de paparazzis que terminaron a botellazos porque uno le sacó una
foto a la mujer del otro mientras la cogían en el baño. Y la envidia…
ah, la envidia era el plato principal entre las cuatro top models.
Pero afuera, en la vereda iluminada por las luces de la ciudad, las sacerdotisas habían formado un círculo perfecto. Cincuenta mujeres con túnicas blancas y velas negras, cantando en lenguas muertas. Denunciaban todo a los gritos:
—¡Esta fiesta es el mito del becerro de oro! ¡El mundo se pudre mientras ustedes se cogen y se drogan como perros en celo!
Adentro,
las cuatro top models las vieron por los ventanales enormes y se
cagaron de risa. Se acercaron al vidrio, champagne en mano, tetas al
aire y maquillaje corrido de tanto perreo.
Lady Varelia, con su voz de pija fina pero con acento bien porteño, gritó primero:
—Mirá
estas boludas, che… ¡vení, hermana, entrá y probá un poquito de esto!
—agitó una bolsita de coca— ¡Te vas a olvidar del Apocalipsis y te vas a
venir como nunca, la puta madre!
Lady Mariuska, riéndose con esa risa ronca que volvía locos a los hombres, se sacó la tanga y la tiró contra el vidrio:
—Uy,
qué serias que son… ¿no te da envidia, gordita? Acá adentro nos estamos
comiendo el mundo y vos ahí afuera con tu velita. Vení, que te hago un
lugarcito entre mis piernas, ¿o tenés miedo de que te guste demasiado?
Lady Camossa, con los ojos brillosos de MDMA, se subió a una mesa y abrió las piernas frente al vidrio:
—Mirenlas,
las santitas del orto… ¡predican redención mientras nosotras nos
redimimos a pija limpia! ¿Querés que te cuente cómo me cogí a tres
jugadores al mismo tiempo? ¡Dale, entrá, que el fin del mundo puede
esperar un orgasmo!
Lady Mazzocas, la más venenosa de todas, se acercó al vidrio, lamió el cristal donde había quedado la tanga de Mariuska y escupió:
—Pobre
Hermana Dumitrescu… ¿o era tu hermana la que fundó esta corporación?
Ja… mirá que sos ridícula con tu mezcolanza de religiones baratas. Acá
adentro somos diosas. Vos sos solo una vieja loca gritando al viento.
¡Andate a rezar a tu mamá, boluda!
Las cuatro estallaron en
carcajadas histéricas, chocando copas, metiéndose dedos en la boca de la
otra, besándose con lengua mientras seguían insultando a las
sacerdotisas. El salón entero vibraba con gemidos, risas y música
electrónica a todo volumen. Afuera, el círculo de túnicas blancas se
abrió.
Y entonces apareció ella.
La
Hermana Dumitrescu, líder absoluta de las Sacerdotisas del Fin y del
Comienzo. Alta, pálida, con ojos negros que parecían tragarse la luz. Se
paró frente al vidrio, levantó los brazos y en un idioma antiguo,
muerto hace milenios —un dialecto olvidado que mezclaba sánscrito,
arameo y runas vikingas con acentos que nadie vivo entendía—, lanzó la
maldición con una voz que retumbó como si el edificio entero temblara:
“Khal’veth mor’thul akh’ra’zun… Zath’khal’nuun shal’veth’khor… Iri’zun dumitrescu’vharath!”
Las
palabras sonaron como huesos rompiéndose, como un susurro del infierno
mismo. El vidrio vibró. Las luces parpadearon. Y por un segundo, solo
por un segundo, las risas de las cuatro top models se congelaron en sus
caras pintadas de exceso.
Pero la fiesta siguió. Porque en esa época, nadie creía en maldiciones.
Todavía.
SEGUNDA PARTE TIEMPO DE SEXO Y DE PLACER
La fiesta seguía más caliente que nunca, con el DJ tirando reggaetón y otra pseudo música basura a todo volumen y el aire cargado de sudor, perfume caro y algo que ya olía a pecado y a Queso rancio. Las cuatro top models, todavía riéndose de la maldición de la Hermana Dumitrescu como si fuera un chiste de WhatsApp, se dejaron caer en el centro del salón principal.
Ahí
estaban esperándolos ellos: los cuatro Carlos, los Quesones, los
elegidos. Cada uno con pies que parecían barcos y con un olor a Queso
tan intenso como sofocante y apestoso.
Carlos Bossio, el arquero de fútbol de 1,95 y 50 de calzado, se acercó primero con una sonrisa de cancha.

—Che,
minas, ¿listas para el verdadero culto? —dijo, y sin darles tiempo a
nada, agarró cuatro Quesos Gruyere gigantes, cada uno del tamaño de una
pelota de fútbol, y los tiró con precisión de penal.
¡Pum! Uno le cayó a Lady Varelia justo en las tetas. ¡Plaf! Otro rebotó en la cara de Lady Mariuska. Lady Camossa lo recibió en la panza y Lady Mazzocas casi se cae de culo cuando el suyo le dio de lleno en el escote.
Las cuatro se quedaron un segundo mudas, oliendo ese hedor fuerte, maduro, penetrante.
—Qué
asco, la concha de tu hermana… —murmuró Lady Varelia, arrugando la
nariz—. Esto huele a pie de cancha después de noventa minutos.
Pero
los Carlos no les dieron respiro. Bossio, con su acento cordobés, se
sacó las zapatillas y plantó sus pies enormes frente a las caras de las
chicas.
—Ahora sí, diosas. Bienvenidas al Queso. Laman, besen, chupen
y respiren profundo, boludas. Esto no es perfume de Dior… esto es
purificación de verdad.
Lady Mariuska fue la primera en resistirse.
—Estás
loco, pibe… esos pies parecen dos Quesos vivos. ¡Me voy a vomitar!
—dijo, pero Carlos Fernández Lobbe, el rugbier de 1,94 y 49 de pie, la
agarró del pelo con suavidad y le acercó su planta derecha, sudada y
aromática.

—Shhh,
calladita. Al principio todas dicen lo mismo. Después ruegan por más.
El olor era brutal: un mix de Queso gruyere viejo, sudor de cancha y
algo animal que te entraba por la nariz y te bajaba directo al bajo
vientre.
Lady
Camossa, la pelirroja, intentó apartarse, pero Carlos Delfino
(basquetbolista, 2,00 y 51) le plantó los dos pies en la cara.
—Ole, che… ole fuerte. Sentí cómo te limpia el alma.
Al
principio fue puro asco. Las cuatro top models tosían, se quejaban,
decían “¡qué asco, la puta madre!” mientras les corrían lágrimas de
rímel. Pero algo pasó.
El
olor se metió más profundo. Los pies gigantes, calientes, suaves y a la
vez ásperos, empezaron a sentirse… bien. Muy bien. Lady Varelia fue la
primera en rendirse: sacó la lengua y lamió lento entre los dedos de
Carlos Bossio.
—Mmm… mierda… está rico… ¿qué carajo me pasa? —gimió, y empezó a besar la planta como si fuera un altar.
Lady Mariuska ya estaba chupando el dedo gordo de Lobbe con los ojos cerrados, gimiendo bajito.
—Ay,
Dios… perdón, pero… me encanta este olor a Queso podrido… Lady Camossa
y Lady Mazzocas no tardaron. Las dos se entregaron: lenguas recorriendo
talones, narices enterradas entre los dedos, besos húmedos y ruidosos.
Los Carlos se reían bajito, mirándose entre ellos.
—Mirá
cómo se rinden las reinas del mundo —dijo Carlos Matías Sandes,
basquetbolista, el más alto de los cuatro con sus 2,02 y 52 de pie—.
Esto es lo que el nombre Carlos siempre supo: el Queso purifica.
Desde afuera, a través de los ventanales, las sacerdotisas seguían en su círculo.
La Hermana Dumitrescu levantó la mano y, en vez de condenar todo, sonrió con una paz rara.
—Mirad,
hermanas… la lujuria es pecado, sí. Pero los Carlos… ah, los Carlos son
los elegidos. El Queso y los pies son el rito antiguo. Purifican la
carne antes de la caída. Dejad que se entreguen… es parte del plan.
Adentro,
los Quesones tiraron otra ronda de Quesos Gruyere. Los pedazos volaron y
se estrellaron contra los cuerpos desnudos de las modelos. Y ahí empezó
el sexo total.
Carlos Bossio agarró a Lady Varelia por la cintura y le metió la pija en la boca sin aviso. Ella, todavía con olor a pie en la nariz, chupaba como desesperada, babeando, gimiendo con la boca llena. Carlos Fernández Lobbe se tiró encima de Mariuska, le chupó las tetas con fuerza mientras le metía dos dedos adentro. Carlos Delfino y Carlos Matías Sandes se repartieron a Camossa y Mazzocas: uno penetraba profundo, el otro les comía el clítoris al mismo tiempo.
Los
gemidos se mezclaban con el ruido de carne contra carne, de Quesos
aplastados bajo los cuerpos, de pies que seguían rozando caras y tetas.
—Más fuerte, Carlos… ¡metémela toda, que soy tu puta del Queso! —gritaba Varelia entre arcadas de placer.

—Chupame
los pies mientras me cogés, boludo… ¡no pares! —suplicaba Camossa, con
los ojos en blanco.Era una locura total: penetraciones profundas, tetas
chupadas hasta dejarlas rojas, culos azotados, pies en la cara mientras
se corrían una y otra vez.

La
orgía alcanzó su punto más delirante y animal. Los cuatro Carlos,
sudados, enormes y con ese aroma a Queso maduro que ya impregnaba todo
el salón, se movían como dioses del Olimpo que hubieran bajado a la
Tierra solo para cagar a pija y a pie. Las cuatro top models ya no eran
las reinas frías y envidiosas del fashion world: eran cuatro putas del
Queso, desesperadas, babeando y rogando.
Carlos Bossio agarró a Lady
Varelia por el pelo y se la metió hasta el fondo de la garganta mientras
Lobbe le metía los dedos en el culo y Delfino le chupaba las tetas con
fuerza. Sandes, mientras tanto, le plantaba los pies 52 en la cara para
que siguiera oliendo y lamiendo.
Varelia se corrió gritando con la boca llena:
—¡Más Queso, carajo! ¡Meteme los pies en la cara mientras me cogés, Carlos! ¡Soy tu puta gruyere!
Lady
Mariuska estaba a cuatro patas. Delfino la penetraba por atrás con
embestidas brutales mientras ella le chupaba los pies a Bossio. Lobbe se
puso adelante y le metió la pija en la boca. La morocha gemía como
loca:—Ay, la reputa madre… estos pies huelen a gloria… ¡chupame las
tetas, Sandes! ¡Más fuerte!
Camossa y Mazzocas se volvieron locas juntas. Primero las cogieron los cuatro Carlos en ronda: uno en la boca, uno en el concha, uno en el culo y el cuarto frotando sus pies enormes contra sus caras y tetas. Después las dos modelos se entregaron entre ellas: se besaban con lengua mientras se metían los dedos, se chupaban las tetas y se frotaban los clitóris una contra la otra, todo mientras los Carlos las rodeaban y les tiraban pedazos de Queso aplastado encima.
En
un momento, las cuatro minas terminaron en una montaña humana: tetas
contra tetas, lenguas en coños, culos en caras, y siempre, siempre, pies
gigantes de los Carlos metidos en medio. Varelia le estaba comiendo el
culo a Mariuska mientras Bossio la cogía a ella por atrás.

Camossa
tenía la cara enterrada entre las piernas de Mazzocas y al mismo tiempo
le chupaba los dedos de los pies a Lobbe. Era un caos perfecto de
carne, sudor, Queso y gemidos.—¡Más pies! ¡Quiero oler los cuatro al
mismo tiempo! —gritaba Camossa entre orgasmos.

Y
los Carlos se lo daban. Se paraban alrededor, plantando sus plantas
sudadas y olorosas sobre las caras, las tetas y las bocas de las
modelos. Las minas lamían, besaban, chupaban y respiraban profundo,
completamente entregadas al olor a gruyere rancio que las volvía locas.

En
un momento de máxima locura, los cuatro Carlos también se dejaron
llevar un poco entre ellos. Se sentaron en círculo, cada uno con los
pies enormes hacia el centro, y se los olieron y lamieron mutuamente.
Bossio le pasó la lengua entre los dedos a Lobbe, Delfino olió con gusto
los pies de Sandes y viceversa. Solo eso: olor y alguna lamida rápida,
nada más. Ninguno se tocó las pijas entre ellos, pero el ritual del
Queso los unió todavía más. Se miraron con una sonrisa cómplice y
volvieron a las chicas.
—Mirá cómo nos rendimos todos al Queso, che —dijo Bossio riendo, mientras le metía la pija a Mazzocas hasta el fondo.
Las modelos se corrían una detrás de la otra, temblando, gritando, pidiendo más:—¡Cógeme más fuerte, Carlos!
—¡Meteme el pie en la boca mientras me venís adentro!
—¡Quiero Queso en las tetas y pija en el orto!
—¡Todas juntas… somos las putas del Queso!

Al
final, las cuatro top models habían probado a los cuatro Carlos de
todas las formas posibles: en la boca, en el concha, en el culo, entre
las tetas, con pies en la cara, con Queso aplastado en el cuerpo.
También se habían comido entre ellas como locas: besos con sabor a pie,
dedos en todos los agujeros, tetas chupadas y coños frotados hasta que
no pudieron más.

Cuando
el placer llegó al pico absoluto, las cuatro quedaron tiradas en el
piso, cubiertas de sudor, semen, Queso aplastado y huellas de pies.
Respiraban agitadas, con sonrisas idiotas de éxtasis total, los ojos
entrecerrados y el cuerpo temblando todavía por los orgasmos residuales.
Los
Carlos, todavía duros y sonrientes, tiraron una última ronda de Quesos
sobre ellas. Los Gruyere gigantes cayeron como bendiciones.
—Ahora duerman, reinas —dijo Carlos Bossio—. El Queso ya hizo su trabajo.
Y
las cuatro top models, rendidas al cansancio, al placer y al olor
sagrado, se dejaron llevar por el sueño. Afuera, las sacerdotisas
seguían cantando bajito.
La Hermana Dumitrescu sonrió en la oscuridad.
—Los Carlos y el Queso… el primer paso del Apocalipsis. Que duerman. Mañana… todo cambia.
La fiesta seguía, pero algo había cambiado para siempre.
Las cuatro top models despertaron lentamente, como si hubieran dormido cien años en vez de unas pocas horas. El cuerpo les dolía rico, todavía con el eco de los orgasmos y el olor a gruyere pegado en la piel. Pero cuando abrieron los ojos, el mundo había cambiado.
Ya no estaban en el salón de la Havelange International World Corporation. Estaban tiradas sobre un pasto húmedo y frío, en un jardín inmenso, oscuro y brumoso. Una niebla espesa flotaba entre árboles retorcidos, plantas negras y extrañas, y lo más inquietante: Quesos gigantescos. Ruedas de Gruyere del tamaño de autos, bloques de Queso más altos que una persona, Quesos con agujeros donde cabía un hombre entero. El aire estaba cargado de ese olor penetrante, maduro, casi vivo. Era el Jardín de los Quesos.
Lady Varelia se incorporó primero, frotándose los ojos.
—¿Qué carajo…? ¿Dónde mierda estamos? ¿Esto es un after de la fiesta o me drogaron demasiado?
Lady Mariuska se sentó, mirando alrededor con la boca abierta.
—Esto no puede ser real… Mirá esos Quesos… parecen… vivos. ¿Nos secuestraron? ¿Dónde está la puta fiesta?
Lady Camossa, con una ropa negra y con marcas de pies en las tetas, se abrazó las rodillas.
—Boludas… esto huele exactamente como los pies de los Carlos. Pero peor. Mucho peor. ¿Estamos soñando?
Lady Mazzocas se puso de pie temblando.
—No es un sueño. Miren el cielo… está nublado y negro como la concha de la lora. Esto es… esto es otra cosa.
De repente, voces femeninas, graves y resonantes, similares a las de las sacerdotisas pero multiplicadas, surgieron de la niebla sin que se viera a nadie:
—Bienvenidas al Jardín de los Quesos, representantes del pecado casalarguista. Ustedes encarnan la superficialidad, el hedonismo vacío, la represión de lo espiritual y lo salvaje. Han construido un mundo de mierda basado solo en la carne, la moda, el dinero y los placeres mundanos. Este es solo el principio de la purificación. Recibirán el castigo que merecen.
Las cuatro se miraron aterrorizadas.
—¿Casalarguista? ¿Qué mierda es eso? —gritó Varelia—. ¡Mostrate, hija de puta! ¡No nos vengas con sermones ahora!
Las voces continuaron, frías e implacables:
—Huyan. Tienen diez minutos. Si logran escapar del Jardín, quizás merezcan otra oportunidad. Si no… los Quesones las encontrarán
En ese instante, los cuatro Carlos emergieron de la bruma. Vestidos completamente de negro: túnicas largas, guantes de cuero, sombreros de ala ancha y capas que flotaban con el viento húmedo. Parecían jinetes del Apocalipsis con olor a Queso.
Carlos Bossio llevaba en la mano un cuchillo enorme de 55 centímetros, brillante y filoso.
Carlos Matías Sandes empuñaba un machete de un metro de largo, pesado y amenazante.
Carlos Delfino sostenía una katana larga y filosa de 1,20 metros, que reflejaba la poca luz como un rayo.
Carlos Fernández Lobbe blandía un cuchillo de cazador, largo, con sierra en el filo y punta afilada como una aguja.
Los cuatro se plantaron frente a las mujeres, imponentes.
Carlos Bossio levantó su cuchillo y gritó con voz profunda:
—¡QUESO!
Los otros tres respondieron al unísono:
—¡QUESO!
Sandes dio un paso adelante, machete en alto:
—Ustedes serán asesinadas y Quesoneadas. Cada uno de nosotros elegirá a una. Le cortaremos la vida y luego le tiraremos el Queso sagrado. Su pecado se lavará en sangre y gruyere.
Carlos Delfino sonrió bajo el sombrero:
—Corran, putitas del mundo. Diez minutos. Después… empezamos la caza.
Carlos Fernández Lobbe Lobbe olió su propio cuchillo y agregó con una risa baja:
—El Jardín de los Quesos las juzgará. Que empiece el juego.
Las cuatro top models sintieron un terror puro, animal. El corazón les latió en la garganta. Lady Varelia se puso pálida.
—No… no puede ser… ¡esto es una joda, ¿no?! ¡Carlos, boludo, pará!
Lady Mariuska empezó a llorar:
—Por favor… nosotros solo nos divertimos… ¡no nos hagan nada!
Lady Camossa retrocedió tropezando con un Queso gigante:
—¡Hijas de puta! ¡Sacerdotisas de mierda! ¡No nos dejen con estos locos!
Lady Mazzocas simplemente gritó y empezó a correr sin rumbo, desnuda, entre la niebla y los Quesos colosales.
Las voces invisibles de las sacerdotisas resonaron una última vez:
—Huyan. Diez minutos. Corran por sus vidas. El Queso decidirá.
Y las cuatro mujeres aterrorizadas se lanzaron a la carrera. Desnudas, descalzas, con el cuerpo todavía marcado por la orgía, corrían desesperadas por el Jardín de los Quesos. Tropezaban con raíces, se golpeaban contra Quesos gigantes que olían a podredumbre sagrada, se perdían en la bruma espesa que hacía imposible ver más allá de diez metros.
El jardín parecía infinito: árboles retorcidos, plantas carnívoras que susurraban, y siempre, siempre, Quesos enormes vigilando como centinelas mudos.
Mientras tanto, los cuatro Carlos se quedaron tranquilos en el claro inicial. Se sentaron sobre bloques de Queso, sacaron pedazos frescos y empezaron a comer con calma, rompiendo el gruyere con las manos y masticando ruidosamente.
Carlos Bossio se sacó una bota y acercó su pie enorme al de Lobbe.
—Diez minutos de paz, queridos Carlos
Los cuatro se olieron los pies mutuamente, respirando profundo ese aroma fuerte y reconfortante, lamiendo alguna planta de vez en cuando con placer ritual.
—Qué rico el Queso… —murmuró Carlos Delfino mientras mordía un trozo enorme—. Que corran las putas. Después las encontramos. Una por una.
Carlos Matías Sandes afiló su machete contra un Queso y sonrió:
—El Jardín de los Quesos siempre gana. Que huelan el miedo… y el Queso.
Los diez minutos empezaron a correr en ese lugar tenebroso, brumoso y lleno de gigantescas formas de Queso que parecían observar todo.
Y las cuatro top models seguían huyendo, desnudas y aterrorizadas, sin saber que el verdadero horror recién comenzaba.
CUARTA PARTE LA HORA DEL QUESO
Los diez minutos se cumplieron como un reloj que marca el fin del mundo.
Un
gong grave y profundo retumbó en todo el Jardín de los Quesos, haciendo
vibrar los troncos retorcidos y las ruedas gigantes de Gruyere. La
niebla se puso más espesa, casi sólida, y las voces de las sacerdotisas
susurraron una sola palabra que se perdió entre los Quesos:
—Comienza.
Los cuatro Carlos se levantaron al mismo tiempo. Sus capas negras flamearon como alas de cuervo. Los ojos les brillaban con un hambre antigua, el mismo instinto criminal que habían perfeccionado durante cientos de cacerías anteriores.
Cada uno recordaba, en ese segundo de silencio, las caras de las mujeres que ya habían mandado al otro lado: putas de lujo, influencers, actrices, todas cayendo bajo su arma favorita mientras gritaban y pedían piedad que nunca llegaba. Siempre terminaba igual: sangre caliente y un Queso gigante tirado encima del cadáver como bendición final.
Carlos Bossio apretó el cuchillo de 55 centímetros hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Carlos Matías Sandes balanceó el machete de un metro como si fuera un juguete.
Carlos Delfino hizo silbar la katana de 1,20 metros en el aire.
Carlos Fernández Lobbe pasó el dedo por la sierra de su cuchillo de cazador y sonrió.
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—¡QUESO! —gritaron los cuatro al unísono, y se largaron como lobos.
Las mujeres ya llevaban corriendo como locas. Desnudas, descalzas, con los pies sangrando por las raíces y los pedazos de Queso que se les clavaban en la planta.
El terror les había transformado la cara en máscaras de pánico puro.
Lady Varelia corría jadeando, las tetas saltándole, mirando atrás cada dos segundos.
—¡No, no, no, por favor! ¡Carlos, boludo, soy yo, Varelia!
Pero
Carlos Delfino ya la tenía en la mira. El basquetbolista de 2,00 y pies
50 avanzaba en silencio, katana en mano. Recordaba las doscientas
sesenta y cuatro mujeres que había decapitado con precisión quirúrgica:
siempre un solo tajo limpio, casi artístico. “La katana nunca falla”,
pensaba mientras acortaba distancia entre la niebla.
Lady Mariuska tropezaba cada tanto, llorando a los gritos.
—¡Auxilio! ¡Alguien, por Dios! ¡No quiero ser asesinada!
Carlos Matías Sandes, el basquetbolista de 2,02 metros y pies 52, la perseguía como un forward en ataque. Su machete brillaba. Recordaba las ciento ochenta y nueve que había destrozado con esa hoja pesada: siempre golpes brutales que partían carne y hueso. “El Jardín pide sangre”, pensaba, y sonreía.
Lady Camossa corría zigzagueando entre los Quesos gigantes, tratando de esconderse.
—¡Hijas de puta, sacerdotisas de mierda! ¡Esto es una pesadilla!
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Carlos
Fernández Lobbe, el rugbier de 1,94 y pies 49, la seguía con calma
asesina. Su cuchillo de cazador con sierra era perfecto para desgarrar.
Recordaba las ciento cincuenta y dos que había abierto en canal
lentamente. “El Queso ama la carne fresca”, pensaba.
Lady Mazzocas era la que más gritaba, casi histérica.
—¡No me toquen! ¡Tengo plata, tengo todo, por favor!
Bossio, el arquero de 1,95 y pies 50, la perseguía con pasos largos y seguros. Su cuchillo de 55 cm relucía. Recordaba las doscientas treinta y siete mujeres que había acuchillado con esa misma hoja: siempre preciso, siempre letal.
La persecución fue corta pero infernal.
Carlos
Delfino alcanzó primero a Lady Varelia. La rubia platino intentó
esquivarlo detrás de un Queso suizo gigante, pero el basquetbolista de
2,00 saltó con elegancia felina. La katana silbó una sola vez en el aire
húmedo.
El filo japonés entró por el cuello de Varelia como si cortara manteca.
La cabeza se desprendió limpiamente y rodó por el pasto, con los ojos todavía abiertos en una expresión de pánico absoluto y la boca entreabierta en un grito mudo.
El cuerpo decapitado se mantuvo de pie un segundo eterno, chorros de sangre brotando del cuello como una fuente roja, antes de desplomarse contra un bloque de Gruyere.
Carlos
limpió la katana en su capa negra con un movimiento elegante y agarró
un Queso enorme que estaba a su lado. Lo levantó con ambas manos y lo
estrelló con fuerza sobre el torso sin cabeza.
—¡QUESO! —gritó, y la voz retumbó en todo el Jardín.
Carlos Matías Sandes alcanzó a Lady Mariuska unos metros más allá. La mujer se había caído de cara contra un bloque de Queso gigante.
El basquetbolista la levantó de un brazo como si no pesara nada y empezó a destrozarla con el machete de un metro. El primer machetazo le abrió el hombro derecho hasta el hueso.
El segundo le partió el pecho. Mariuska gritó como un animal mientras Sandes seguía descargando golpes brutales, uno tras otro, sin piedad. Diez, quince, veinte machetazos. La carne volaba en pedazos, los huesos se quebraban con sonidos secos.
Veinticinco, treinta… el cuerpo de Mariuska quedó convertido en una masa informe de sangre y carne picada. Sandes dio los últimos golpes con furia salvaje hasta que casi no quedaba nada reconocible.
Después agarró un Queso gigante y lo dejó caer con todo su peso sobre los restos destrozados.
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—¡QUESO! —rugió, y se lamió un poco de sangre de los labios.
Carlos
Fernández Lobbe llegó a Lady Camossa en el borde de un claro lleno de
plantas carnívoras. La pelirroja intentaba trepar un árbol retorcido,
pero el rugbier de 1,94 la bajó de un tirón.
Sin decir una palabra, empezó a clavarle el cuchillo de cazador con sierra. Treinta y seis puñaladas exactas, metódicas y salvajes. Cada una más profunda que la anterior. Le perforó los pulmones, el estómago, el corazón, las tetas, el cuello.
Camossa se convulsionaba con cada entrada del filo serrado, gritando hasta que la voz se le quebró en gorgoteos de sangre.
Cuando la número treinta y seis entró en su garganta, el cuerpo quedó temblando en el suelo, abierto como un animal de matadero.

Carlos sacó el cuchillo, lo limpió en la capa y levantó un Queso pesado que dejó caer sobre el cadáver acuchillado.
—¡QUESO! —dijo con voz ronca y satisfecha.
Carlos Bossio alcanzó a Lady Mazzocas en un rincón oscuro donde los Quesos formaban un laberinto. La exótica estaba acurrucada contra una rueda gigante, llorando y suplicando.
El arquero de 1,95 se acercó despacio, disfrutando el momento. Le clavó primero el cuchillo de 55 cm en la panza y empezó a acuchillarla con furia contenida. Cuarenta y siete puñaladas. Cada una más violenta. Le destrozó el abdomen, las tetas, los muslos, la cara.
Mazzocas gritaba y se retorcía mientras la hoja entraba y salía, cortando carne y órganos. La sangre salpicaba el Queso que tenía al lado.
Cuando la puñalada número cuarenta y siete le atravesó el corazón, el cuerpo de Mazzocas quedó inmóvil, convertido en un colador sangriento.
Carlos respiró hondo, agarró un Queso colosal y lo tiró encima del cadáver con todas sus fuerzas.
—¡QUESO! —gritó, y la voz resonó como un trueno.
El Jardín quedó en silencio. Solo se escuchaba el goteo de la sangre mezclándose con el olor penetrante del Queso. Los cuatro Carlos se reunieron en el centro, cubiertos de sangre y trozos de gruyere.
Se miraron, respiraron profundo el aroma sagrado y al unísono volvieron a gritar:
—¡QUESO!
Las sacerdotisas, invisibles entre la niebla, susurraron desde todas partes:
—El castigo ha comenzado. La purificación sigue.
QUINTA PARTE LA LUCHA FINAL DE LOS QUESONES
La niebla del Jardín de los Quesos empezó a levantarse lentamente, como si el mismo lugar estuviera satisfecho después de la masacre.
Los cuatro Carlos, todavía cubiertos de sangre fresca y trozos de Gruyere pegados a las capas negras, se pararon en el centro del claro.
A sus pies yacían los restos de las cuatro top models: un collage gore de cabezas rodadas, cuerpos acuchillados, destrozados a machetazos y convertidos en picadillo humano, todo coronado por enormes ruedas de Queso que goteaban sangre y suero.
—Hermanos Carlos —dijo con voz grave y vibrante—, habéis cumplido el rito. El pecado casalarguista ha sido lavado en sangre y Queso. Varelia, Mariuska, Camossa y Mazzocas ya no son más que alimento para el Jardín.
Los cuatro gigantes se miraron entre sí y soltaron una carcajada ronca, casi infantil.
Bossio, todavía con el cuchillo curvo chorreando, se rascó la nuca:
—Che, hermana… las minas gritaban lindo, eh. Pero el Queso siempre gana
Dumitrescu levantó los brazos al cielo nublado y proclamó con fuerza:
—¡Escuchen, hijas e hijos del Fin y del Comienzo! ¡Ha llegado la hora de la lucha final! ¡Los Quesones contra la Casalarga!
Las sacerdotisas repitieron al unísono, con un fervor casi sexual:
—¡Los Quesones contra la Casalarga!
La líder continuó, caminando entre los cadáveres como si fueran alfombra:
—La Casalarga es ese mundo de mierda que se impone desde la dictadura y la domancia feminoide donde la especie humana debe adaptarse a los moldes y a los estándares establecidos, si no sos un boludo. Un mundo donde la gente se olvida del espíritu, del salvajismo sagrado y del olor verdadero del Queso. Pero hoy, en este Jardín, hemos dado el primer golpe. Cuatro diosas falsas caídas. Mañana serán cien. Después mil. Y al final… toda la Casalarga olerá a Queso y a pies sudados.
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Carlos Matías Sandes levantó su machete ensangrentado y lo hizo chocar contra el cuchillo de caza de Carlos Fernández Lobbe.
—¡QUESO! —gritó.
—¡QUESO! —respondieron los otros tres Carlos.
Dumitrescu se acercó a Carlos Bossio, le puso una mano en el pecho ensangrentado y le susurró casi con ternura:
—Ustedes cuatro son los elegidos. Los Carlos perfectos. Habrá más Quesones, en breve, los cuatro serán ocho, luego dieciesis y así se multiplicarán, esto es solo el comienzo. Seguirán cazando en las fiestas, en los camarines, en los estadios y en los sets de Netflix. Degollarán, acuchillarán, machetearán y decapitarán a todas las que representen la superficialidad. Otros harán los mismo, seguro habrá estranguladores y acribilladores. Y cuando la última influencer caiga bajo un Queso gigante… el Apocalipsis olerá a gloria y a QUESO.
Carlos Fernández Lobbe se sacó una bota, plantó su pie 49 sobre el pecho de Camossa y respiró hondo el aroma mezclado de sangre y Queso.
—Mirá si no es divino esto… —dijo riendo—. Yo pensé que solo iba a jugar al rugby y a comer asado.
Carlos Delfino limpió su katana en la túnica de una sacerdotisa que se lo permitió gustosa y agregó:
—Y pensar que todo empezó porque nos invitaron a una orgía…
Las sacerdotisas empezaron a cantar en ese idioma antiguo y muerto, mientras los Quesones se unían al círculo. La Hermana Dumitrescu levantó la voz por última vez, con un tono entre profético y completamente bizarro:
—¡Que tiemble la Casalarga! ¡Que huelan el Queso que viene! ¡Porque los Carlos caminan entre nosotros… y traen el fin con olor a pies y a QUESO!
Los cuatro Carlos soltaron una carcajada salvaje que retumbó en todo el Jardín. Carlos Bossio tiró un último pedazo de Queso sobre los restos de las modelos y gritó:
—¡QUESO PARA TODOS, CARAJO!
Y mientras la niebla volvía a cerrarse, el Jardín de los Quesos se tragó los cuerpos. Solo quedó el eco de las risas, el olor penetrante y la promesa oscura de que esto recién empezaba.
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La Casalarga había sido advertida.
El Queso venía por ellas.
#QUESO
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que es esto? sublime cuento queson, no lo puedo creer, los quesones top quesoneando a las minas de siempre, queso!
ResponderBorrarQueso. Pies. Gore. Modelos hijas de puta siendo cazadas. Perfecto. Más
ResponderBorrarsublime sinfonía al Mundo Quesón y a todo tu lore, Carlitos Quesón, una especie de homenaje a todo el blog
ResponderBorrarHERMANA DUMITRESCU LA RE PUTA MADRE, AHORA A LAS MINAS LAS QUESONEAN PARA PURIFICAR Y SE VIENE EL APOCALIPSIS, QUE SEA UN APOCALIPSIS QUESON, CHE PUTA MADRE
ResponderBorrarme impactaron las imagenes con la IA, estan muy buen hechas, la historia es un homenaje a los Quesones clásicos y una gran ironía y burla al mundo actual, que giro argumental le encontraste con estas sacerdotisas, pero esta bien, porque los quesones así son como justicieros y las villanas, sus víctimas, me impactaron las imagenes de Delfino decapitando a Mazza y otra vez el asesinato de Maru Sandes, y Dumitrescu, genial
ResponderBorrarya hay muchos relatos de Quesones como instrumentos de purificación divina, creo que es un giro brillante. Sera por la censura? me gusto el cuento, el post esta perfectamente hecho, buenas imágenes
ResponderBorrarla atmosfera de terror es digna de la Hammer, creo que el mundo necesita unas sacerdotisas asi
ResponderBorrares casi como un reboot del mundo queson, ahora convertidos en instrumentos de la justicia, en medio de tantos remakes y refritos, no esta mal, siempre que haya queso por supuesto
ResponderBorrarla fiesta la hacia Havelange, o sea la FIFA
ResponderBorrarJajajajaja qué es esto? Empecé leyendo pensando que era una crítica social normal y de repente aparecieron cuatro Carlos con patas gigantes oliendo a queso fuerte. Las modelos de “la Casalarga” terminando cortadas en pedazos en el jardín… 10/10. Solo falta que aparezca un Carlos Quesón con ojotas y todo listo
ResponderBorraruna secuela con los otros Quesones tambien asesinando en el Jardín de los Quesos, como llegaron hasta ahí los Quesones? se llevaron a las minas dormidas? misterios quesones
ResponderBorrarun tipo grande y te seguis pajeando con Valeria Mazza, pero esta bueno el cuento, por los menos, no vuelven a quesonear a Matias Candia
ResponderBorrarjoya de relato el puto queso del puto amo, excelente
ResponderBorrarla formula gore quesos carlos pies damas asesinadas sigue funcionando, increíble pero sigue funcionando!
ResponderBorrarche, en algunas imagenes la IA hizo a Carlitos Delfino parecido a Luisito Suarez, cosas que tiene la vida
ResponderBorrarDesde el primer párrafo supe que esto iba a ser una obra maestra. Los cuatro Carlos de siempre con sus pies enormes, los quesos Gruyere usados como arma y bendición, la cacería en el jardín… todo perfecto. Esto es lo que hace único al blog: sexo extremo, gore, fetichismo y apocalipsis todo en uno. Me habeis encantado una vez más
ResponderBorrarpero el relato es canon o es un reboot como pusieron por ahi? creo que es un homenaje a los quesones, o me parece eso, muy bueno, eso sí
ResponderBorrarlas sacerdotisas la última esperanza del mundo
ResponderBorrarMuy las imágens IA.
ResponderBorrarInteresante megarelato en otra continuidad.
Me gustó que los quesones se tomaran su tiempo, que le dieran placer en extremo.
Lady Mazzocas fue la más intensa, más provocativa, sexual. La mejor de las cuatro. Tiene sentido que haya sido la última en ser quesoneada.
Buen detalle el de limpiar la sangre en la túnica de la sacerdotiza.
Objeción: Ya es hora de rejuvenecer a Dumitrescu.
No estaría mal un relato parecido, pero con quesonas, pueden ser internacionales, como Carla Gug ino.