El Asesino de Jessica Goicoechea #QUESO
Quiso el destino, o quizás ese olor a Queso que se pega en las alfombras de los hoteles de lujo, que algo ocurriera en Valencia un miércoles del año 2025. La ciudad olía a paella, a mar y a algo más… algo que solo los que conocen el universo Quesón pueden detectar: el olor a Queso inconfundible a pie sudado de deportista llamado Carlos.
Primero, hagamos las presentaciones como corresponde, con esa mezcla de admiración y cachondeo que merece la ocasión.
Jessica Goicoechea. La mina. La modelo. La que hace que Instagram se caiga cada vez que sube una story en bikini. Española hasta la médula, con curvas que parecen diseñadas por un arquitecto con exceso de cafeína y un ego que no entra en un yate. Influencer de las que viven de likes, viajes y “colabs” que valen más que el sueldo de un nadador olímpico. En resumen: una diosa moderna de las redes.
Y él, el Quesón. Carlos Garach. Apenas veintiun añitos en 2025. El nadador. El crack de la pileta española. Medallas en Europeos, récords en 200 mariposa, cuerpo esculpido como si lo hubieran sacado de un anuncio de calzoncillos… pero con un detalle que lo hacía leyenda en los vestuarios: pies talla 50. Cuando se sacaba las zapatillas después de entrenar, dejaban un olor a Queso que podía tumbar a un árbitro. En los circuitos de natación no solo se hablaba de sus tiempos: se hablaba del “Queso Garach”. Lo mismo que le pasaba a Carlos Alcaraz en el tenis, nada diferente.
El encuentro fue tan casual que parecía guionado por un director de cine bizarro. Ambos en el mismo hotel de Valencia. Él por una exhibición de natación benéfica. Ella por una sesión de fotos para una marca de trajes de baño. Se cruzaron en el lobby, él con chancletas y ella con tacones que hacían ruido de claqueteo caro. Jessica lo reconoció al instante.
—¡Carlos Garach! ¡El de los pies famosos! —soltó sin filtro, con esa sonrisa que derrite contratos—. Tenemos que hacer algo juntos. Una producción para Instagram, unos videitos para TikTok… ¡tú en la pileta, yo posando, el contraste perfecto! Natación y glamour, ¡va a romper!
Carlos, que no era precisamente el rey de las redes (prefería nadar que posar), frunció el ceño. No le hacía ni media gracia. Pero la mina era insistente, tenía ese brillo en los ojos de quien huele contenido viral, y al final… aceptó. “Total, son un par de fotos”, pensó. “Nada que no pueda manejar”.
Pero mientras subía en el ascensor hacia su habitación, algo raro le pasó. Un flash. Un recuerdo que no sabía si era real o un sueño febril de tanto cloro.
Primero recordó esa vieja historia que circulaba por las redes oscuras, la que nadie hablaba en voz alta pero todos los nadadores conocían: “La Quesona Asesina de Natación”. Una rubia que había apuñalado a varios cracks de la pileta y a todos le tiraba un Queso. Una leyenda, pero que muchos creían real.
Y luego… el otro recuerdo. ¿Real? ¿Sueño? Una mansión antigua en algún lugar de España, luces tenues, velas negras y un grupo de Carlos deportistas españoles reunidos en círculo. Carlos Alcaraz en el centro, como un dios del tenis, con su raqueta dorada y una rueda de Queso Gruyère en la mano. Todos arrodillados: Carlos Garach, Carlos Sainz (el de la F1), hasta algún Carlos de waterpolo que nadie recordaba el apellido.
Juramento solemne. “Somos los Quesones. Servimos al Queso. El Queso nos une. El pie apesta y mata”. Alcaraz levantando el Gruyère como un cáliz. “Quesonearemos juntos”. Y Garach, con sus pies 50 descalzos sobre el mármol frío, sintiendo el juramento correrle por las venas como un virus.
Sacudió la cabeza en el ascensor. “Gilipolleces”, murmuró. Pero el olor a Queso en sus propios pies, incluso con calcetines limpios, era más fuerte que nunca.
Llegó la hora de la cita. El estudio improvisado en una suite del hotel. Jessica ya estaba lista: luces, trípode, vestidito mínimo. Carlos apareció puntual, pero con algo distinto en la mirada. Se había puesto guantes negros. Jessica se rio.
—¿Y eso? ¿Vas a hacer de villano en los TikToks?
Carlos no contestó. Solo sonrió de lado. Ese instinto inexplicable, ese que nace en la nuca y baja hasta los pies talla 50, le estaba gritando. Abrió su mochila de nadador. Sacó un puñal de 45 centímetros, hoja reluciente, mango de cuerno. Y al lado, enorme, redondo, perfecto: un Queso Gruyère entero, de esos que pesan como un disco de halterofilia y huelen a gloria podrida.
Jessica parpadeó, todavía riendo.
—Carlos… ¿qué es esto? ¿Prop para la foto?
Él cerró la puerta de la suite con llave y sonrió.
La suite del hotel de lujo en Valencia tenía acceso directo a una piscina privada en la terraza, iluminada con luces azules que hacían que el agua pareciera un portal al inframundo quesero. Nadie los molestaría.
Jessica, todavía riendo con esa risa de influencer que cree que todo es contenido, se metió al agua en bikini. Carlos la siguió, mochila en mano, guantes negros ya puestos. El Gruyère gigantesco asomaba como un mudo testigo de los hechos.
—¡Vení, Carlos! —gritó ella, chapoteando—. ¡Hagamos algo épico!
Carlos no dijo nada. Solo sonrió con esa media sonrisa de psicópata relajado. Sacó el Queso de la mochila y, con un movimiento digno de sus brazadas de 200 mariposa, se lo tiró encima como si fuera un balón de waterpolo. El Queso impactó contra el pecho de Jessica. Ella soltó un grito mezclado con risa.
Carlos ya estaba dentro del agua. Se sentó en el borde, sacó sus dos pies grandes talla 50 y las extendió delante de la cara de la modelo.
El olor golpeó primero.
Jessica arrugó la nariz. Repulsión pura.
—Carlos… por favor, lavate los pies, esto es… —intentó apartarse.
Pero entonces pasó. El asco se transformó. Como si el olor tuviera un interruptor en su cerebro. Sus ojos se vidriaron. Una sonrisa estúpida y feliz le apareció en la cara. Se acercó gateando por el agua, como hipnotizada, y hundió la nariz entre los dedos gigantes del nadador.
—Mmm… qué rico… —murmuró, y empezó a lamer.
Primero los talones, después los dedos uno por uno, chupando con devoción, besando el empeine como si fueran reliquias sagradas. El olor la tenía poseída. Gemía mientras lamía, completamente entregada.
Carlos la miró desde arriba, impasible, con los guantes negros brillando bajo la luz azul. La sacó del agua, la tiró sobre las toallas de lujo y ahí empezó el sexo salvaje. Fuerte, animal, sin palabras. Cuerpos mojados chocando, uñas clavándose, gemidos que se mezclaban con el chapoteo lejano del agua. Jessica estaba en éxtasis total, oliendo sus pies entre embestida y embestida, lamiendo, mordiendo, rogando más. El Quesón había despertado algo en ella que ni ella misma sabía que existía.
Media hora después, exhaustos, descansaban sobre las toallas. Jessica, con la respiración agitada y una sonrisa de satisfacción post-orgasmo, giró la cabeza hacia él.
—Ahora sí… hagamos el TikTok. Va a ser viralísimo.
Carlos se incorporó lentamente. Los guantes negros crujieron cuando cerró los puños. Su voz salió baja, casi un susurro ritual:
—Llegó la hora del Queso, Jessica. Soy un Quesón… como Carlos Alcaraz y los demás.
Sacó el puñal de 45 centímetros. La hoja relució bajo la luna. Jessica apenas tuvo tiempo de abrir los ojos antes de que el primer golpe bajara. Salvaje. Preciso. Brutal. Una, dos, tres, diez puñaladas.
La sangre se mezcló con el agua de la piscina y el olor a Gruyère. Ella ni gritó. Solo un gorgoteo ahogado mientras su cuerpo se sacudía.
Cuando quedó quieta, Carlos tomó el Queso entero y lo dejó caer sobre el cadáver.
—Queso —dijo simplemente, como quien sella un sacramento.
Se levantó, se puso una bata del hotel, guardó el puñal en la mochila y salió caminando tan tranquilo como si acabara de hacer series de piernas en el gym. Nadie lo vio. Las cámaras del hotel esa noche tuvieron un “fallo técnico misterioso”. Los Quesones siempre tienen amigos en las sombras.
Al día siguiente, los empleados del hotel encontraron el cuerpo. La noticia explotó: “Modelo Jessica Goicoechea asesinada en Valencia. Escena macabra con un Queso gigante”. Pero Carlos Garach ya estaba en un vuelo rumbo a su próximo entrenamiento. Impune. Sonriente. Con los pies todavía oliendo a victoria.
Tres días después del “incidente de Valencia”, las redes sociales ardían más que un pie talla 50 sin calcetines.
Carlos Alcaraz, desde Roland Garros, subió una story con una foto suya sosteniendo una raqueta y un trozo de Gruyère:
“Big respect al hermano @CarlosGarach. Quesón de pura cepa. El clan sigue fuerte #QuesonesUnidos #Pie50”
Debajo, Carlos Sainz Vázquez de Castro (el de la F1) respondió con un video desde el paddock, riéndose mientras olía un pedazo de Queso:
“Garach Benito, crack. Te vi en Valencia… olías a victoria, hermano. Otro Quesón que no falla. Nos vemos en la próxima ceremonia”.
Carlos Garach reposteó todo con tres simples emojis, un Queso, pies descalzos y un cuchillo y una foto de sus pies gigantes saliendo de la pileta. Los likes llovieron. Los Quesones celebraban en silencio.
Otros Quesones españoles también saludaron, los QUESOS siempre quesonean, QUESO.





este Carlos tiene que apuñalar a muchas minas! piscinas sangrientas!
ResponderBorrarEspaña siempre nos da nuevos Carlos, es una tierra rica en quesones
ResponderBorrarsera pariente de Goicoechea, uno que lesiono a Maradona?
ResponderBorrarbuen queson y buena quesoneada pero donde esta la Marquesa de Avila?
ResponderBorraren España Carlos es nombre de joven, no como aqui, por eso cada vez estamos peor
ResponderBorrarqueson guapeton lo espero en casa
ResponderBorrarPodría darsete en un futuro relato.
BorrarTenés inmunidad
El Fauno
buen relato breve, directo, un queson muy bien logrado, y existe, lo busque en google, y es un carlos hecho y derecho, seguramente tirara muchos quesos, la mina bueno, que se le va a hacer, a que famosa argentina se puede quesonear?
ResponderBorrarhabia nadadores quesoneados, pero ninguno queson, ojala tenga mas quesos este queso
ResponderBorrarSi la quesona rubia aesina nadadores tiene sentido un nadador quesón.
ResponderBorrarY le tocó una muy buena víctima, que me parece que se parece a otra famosa.
En la foto antes del texto tiene un aire a Nicole Neumann.
Los cuchillos son un clásico pero un toque personal podría ser que las asesine en piletas, tan vez ahogándolas.
El Fauno