LOS ASESINOS DE DANIELA CARDONE Y BRENDA GANDINI (MUNDOS ALTERNOS) #QUESO
PARTE 1 LA CENA DE LA FUNDACION DUMITRESCU
Brenda Gandini y Daniela Cardone llegaron juntas. Madre e hija, aunque la vida las había separado durante años. Brenda se había criado en Cipolletti con su padre; Daniela, en Buenos Aires, había perdido la tenencia y había tenido que viajar mil kilómetros para verla. A los dieciocho Brenda se fue a vivir con ella y, con el tiempo, reconstruyeron algo. Esa noche iban las dos, elegantemente vestidas, a la cena de la Fundación Dumitrescu. Brenda llevaba un vestido negro de cuello alto; Daniela, uno más escotado, con los hombros al descubierto. Se notaba que hacía tiempo que no salían así.
Lady Dumitrescu las recibió en la puerta del salón.
—Daniela, Brenda… qué gusto que hayan venido juntas —dijo, tomándolas del brazo—. Pasen. La Marquesa está a punto de empezar.
El salón estaba iluminado con luz baja y dorada. Sobre el escenario, la Marquesa de Ávila, alta, con mantilla y flor en el pelo, empezó a cantar. Primero *Ay Maricruz*, con esa voz rota y profunda. Después *Ojos Verdes*. En el estribillo de *La Bien Paga* miró hacia la mesa de Cardone y Gandini y las invitó con un gesto.
—¡Vengan, que esto se canta entre mujeres!
Subieron entre risas. Brenda se sentó en una silla al costado del escenario. Daniela, más suelta, se paró al lado de la Marquesa. Cantaron juntas el estribillo de *Sevillanas del Espartero* y después *Compuesta y sin novio*, que la Marquesa dedicó “a todas las que andamos solas por la vida, aunque no lo parezcamos”. El público aplaudió fuerte cuando bajaron.
Mientras la Marquesa descansaba y el público volvía a las copas, se acercó Juan Miguel, el ayudante de la cantaora. Un andaluz flaco, con pendientes y una sonrisa pícara.
—Perdonad que me meta, pero os tengo que contar una cosa —dijo, bajando la voz y sentándose con ellas—. En internet hay unas historias… unas fanfics muy raras. De asesinos que se llaman Carlos, que se hacen llamar Quesones. Tienen pies enormes que huelen a Queso, adoran que se los huelan y los laman, y después de asesinar a la mujer le tiran un Queso encima. Siempre. Un Queso grande, Gruyère o Emmental, y dicen “Queso” en voz alta. Y vosotras dos salís.
Cardone levantó una ceja, divertida. Brenda se puso seria de inmediato.
Juan Miguel empezó a contarles sin omitir detalles.
Primero la de Brenda. Cómo Carlos Delfino, el basquetbolista de dos metros que calza cincuenta, se hace pasar por peluquero. Llega vestido de negro, con guantes negros y una valija. Brenda se asombra de su altura y de sus pies. Él le dice que es un Quesón porque sus pies huelen a Queso. Ella, entre risas, pide olerlos. Él se los pone en la cara, primero con medias y después descalzos. Brenda los huele, los chupa, los besa y los lame mientras repite como un mantra “Queso, Carlos, Carlitos… Queso, Carlos, Carlitos…”. Tienen sexo. Cuando ella pregunta qué más puede pasar, él responde: “Ahora te tiraré el Queso”. La degüella de un solo corte de extremo a extremo con un cuchillo enorme de cocina. La sangre le sale a borbotones. Después agarra el Queso Gruyère y se lo tira encima del cadáver. Dice “Queso”. También mata a la asistente Alicia del mismo modo: la apuñala y le tira otro Queso.
Brenda se llevó la mano al cuello. Los dedos se le quedaron apretados sobre la piel. La cara se le puso blanca.
—¿Me… me degüella? —susurró—. ¿Me corta el cuello de una punta a la otra? ¿Y después… después me tira un Queso encima?
Juan Miguel asintió.
—Sí. Un Queso grande. Te lo tira encima y dice “Queso”.
Brenda no se quitó la mano del cuello. Los ojos se le llenaron de algo entre miedo y asco.
Después le contó la de Daniela. Cómo ella, después del asesinato de su hija, reclama justicia. Cómo le mandan un Queso al hotel donde está con un viejo dirigente de la CGT. Cómo aparece un tipo llamado “el Fauno” con el que tiene una escena sexual intensa, incluyendo los pies. Cómo la policía la usa de carnada en un tercer tiempo de rugby. Cómo identifica el olor a Queso en Carlos Ignacio Fernández Lobbe, el “cheto Quesón” de 1,95 metros, 115 kilos y pies talla 48/49. Cómo él se confiesa: “Soy Carlos Ignacio Fernández Lobbe, el Quesón, el rugbier asesino, yo asesiné a Viviana Canosa, a Soledad Solaro, a Andrea Frigerio, y a las demás”. Cómo la apuñala ciento cincuenta y siete veces. Una, dos, treinta, cincuenta, ochenta, ciento veinte, ciento cincuenta y siete puñaladas. Y cómo, cuando termina, agarra el Queso y se lo tira encima del cuerpo destrozado. Dice “Queso”. Después mete el cadáver, con el Queso incluido, en una barca y lo tira por un arroyo del Tigre.
Cardone se quedó mirándolo un segundo. Después se le escapó una risa. Primero baja, después más fuerte. Se tapó la boca, pero no pudo contenerse. Se reía tanto que se le saltaban las lágrimas.
—¿El Fauno? —dijo entre carcajadas—. ¿Me cojo a un fauno en el hotel y después el rugbier cheto me apuñala ciento cincuenta y siete veces y me tira un Queso encima? ¡Ay, por favor! ¡Qué hijo de puta más detallista! ¿Ciento cincuenta y siete puñaladas y un Queso? ¡Ni en mis mejores épocas me hicieron tanto!
Se reía de verdad, con ganas, casi doblada sobre la mesa. Lady Dumitrescu, que pasaba cerca, sonrió de costado al verla.
—¡Y encima me tiran el Queso! —siguió Cardone, todavía riéndose—. ¡Como a Brenda! ¡Como a todas! ¡Qué ritual tan ridículo!
Brenda, en cambio, no se reía. Seguía con la mano en el cuello. Los dedos apretados. La voz le salió baja y tensa.
—Yo no… No me gusta. No me gusta que me degüellen. No me gusta que me pongan un cuchillo en el cuello y me corten de un lado al otro. Y menos… menos después de eso de los pies. Y que después me tiren un Queso encima. Me da asco. Me da terror. Me toco el cuello y siento que me lo están cortando.
Cardone le pasó un brazo por los hombros, todavía riéndose un poco.
—Tranquila, nena. Son pavadas de internet. A mí me matan, me tiran un Queso y me da risa. A vos te cortan el cuello, te tiran un Queso y te da miedo. Cada una con lo suyo.
Juan Miguel se disculpó con una sonrisa nerviosa y se fue a buscarle agua a Brenda. La Marquesa de Ávila volvió al escenario y empezó a cantar otra sevillana. Cardone seguía sonriendo, mirando el escenario, todavía con la risa en la boca. Brenda no se había sacado la mano del cuello. Los dedos seguían apretados sobre la piel, como si quisiera protegerse de un corte que, en esas historias, ya le habían dado.
PARTE 2 LA TORMENTA DE PROPORCIONES BÍBLICAS
La tormenta se desató de golpe. No fue una lluvia normal: fue un diluvio de proporciones bíblicas. El viento derribó árboles, el agua anegó las calles y los rayos caían tan cerca que el hotel tembló. Lady Dumitrescu, imperturbable, les dijo a Cardone y a Gandini que era imposible que se fueran. Las llevó a sus aposentos privados, un sector del edificio antiguo con habitaciones amplias, cortinas pesadas y un olor a incienso y cera vieja.
—Quédense acá. La noche va a ser larga.
Cardone se quedó en una habitación del primer piso. Apenas se había sacado los zapatos cuando sonó un golpe suave en la puerta. Era el Fauno. El mismo del relato: joven, con esa mezcla de empleado de hotel y criatura mitológica, sonrisa pícara y mirada brillante.
—Señora Cardone… pensé que no le molestaría un poco de compañía con esta tormenta.
Daniela se rio. Se rio fuerte, con ganas, todavía con el eco de las historias de Juan Miguel en la cabeza.
—¿El Fauno? ¡Vení, vení! Si en la fanfic me cojo a un fauno antes de que el cheto me apuñale ciento cincuenta y siete veces y me tire un Queso encima, al menos que sea de verdad.
El Fauno no necesitó más. Hubo sexo alegre, juguetón, sin solemnidad. Él le chupó los pies con dedicación, dedo por dedo, le hizo cosquillas, la hizo reír todavía más. Ella lo montó, se movió, se rio, le dijo cosas sucias y después se rio de nuevo. Cuando terminaron, todavía desnudos sobre la cama, Cardone seguía riéndose.
—¡Ciento cincuenta y siete puñaladas! —repetía, limpiándose las lágrimas—. ¡Y después el Queso! ¡El cheto Quesón, el rugbier, Carlos Ignacio Fernández Lobbe, me tira un Queso encima del cadáver! ¡Qué hijo de puta más detallista! Me apuñala hasta el cansancio y encima me tira el Queso. ¡Como a Brenda! ¡Como a todas!
Se reía tanto que el Fauno terminó riéndose con ella. Afuera la tormenta seguía rugiendo.
En la habitación de al lado, Brenda no se reía.
Había tocado la puerta Matías, el nieto de Lady Dumitrescu. Un chico alto, flaco, de unos veintipocos años, con cara de no haber dormido bien en semanas. Entró con una botella de vino y una sonrisa nerviosa.
—Pensé que… capaz querías compañía. Con la tormenta y todo.
Intentaron. Brenda, todavía con la mano en el cuello de vez en cuando, dejó que él le tomara un pie. Matías lo olió, lo besó, intentó jugar. No funcionó. El pie se le escapaba, ella se tensaba, él no sabía qué hacer. Después intentaron más. Se sacaron la ropa. Brenda se subió encima. Matías no se paró. Se quedó blando, frustrado, mirando el techo.
—No me pasa nunca —dijo, con la voz chiquita—. Soy un incel. De verdad. Ni con una mina así se me para.
Brenda se bajó, incómoda. Matías se quedó sentado en el borde de la cama, con los pantalones a media pierna, y empezó a hablar.
—¿Sabés lo de Carlos Delfino? El basquetbolista. El de dos metros que calza cincuenta. El que se hace pasar por peluquero. Te pone los pies en la cara, te hace olerlos, te hace decir “Queso, Carlos, Carlitos” como una loca, te coge, y después te degüella. De un solo corte. De una punta a la otra. Y después te tira un Queso encima. Un Queso grande. Gruyère. Te lo tira encima del cadáver y dice “Queso”. Así, tranquilo. Y se va.
Brenda se llevó las dos manos al cuello. Los ojos se le abrieron. Empezó a temblar.
—No… no me digas eso. No me lo digas.
Matías siguió. Le contó otra vez el degüello, el cuchillo enorme, la sangre, el Queso cayendo sobre el cuerpo. Le contó cómo Delfino mata también a la asistente y le tira otro Queso. Brenda empezó a hiperventilar. Se acurrucó contra la pared, las manos apretadas al cuello, la voz quebrada.
—¡No! ¡No me lo cortes! ¡No me tires el Queso! ¡No!
Lady Dumitrescu entró sin tocar. Vio a Brenda en pánico total, a Matías todavía medio desnudo y avergonzado, y a Cardone, que había salido de su habitación al oír los gritos, todavía riéndose y despeinada.
—Basta —dijo Dumitrescu, con voz firme.
Levantó las manos. El aire de la habitación se espesó. Una luz azulada, fría, empezó a girar alrededor de las dos mujeres. Cardone dejó de reírse. Brenda seguía temblando, pero ya no podía moverse.
—Esto no se resuelve con palabras —dijo Dumitrescu—. Las dos están demasiado metidas. Una se ríe, la otra se aterra. Las dos van a entrar.
Hizo el hechizo. Un gran hechizo, antiguo, de los que solo ella sabía hacer. El suelo desapareció. Las paredes se abrieron. Cardone y Gandini cayeron, juntas y separadas a la vez, dentro de la Matrix Infinita de los Multiversos Quesones.
En un universo, Delfino ya les estaba poniendo los pies en la cara.
En otro, Lobbe ya había contado hasta ciento cincuenta y siete.
En todos, alguien estaba a punto de tirar un Queso.
PARTE 3 CARLOS QUINTANA, QUESO EN LA GUERRA DE TROYA
Así habló Atenea, la de ojos glaucos, desde las alturas del Olimpo, y su voz resonó en los oídos de Odiseo, el de muchas astucias:
—Esa mujer vende a los dos ejércitos. No la dejes vivir.
Y Apolo, el que hiere de lejos, se inclinó sobre Héctor, domador de caballos, y le susurró entre el fragor de las armas:
—No confíes en ella. Traiciona a Troya como traiciona a los aqueos.
Zeus, que amontona las nubes, dejó caer un rayo seco sobre las olas del Helesponto, cerca de las negras naves, y el trueno rodó por la llanura de Ilión como advertencia. Hermes, el mensajero de veloces sandalias, fue de un campamento al otro llevando la misma frase a reyes y príncipes:
—Ni los dioses la quieren.
Brenda había llegado a Ilión en los días en que Aquiles, el de los pies ligeros, se negaba a combatir y Héctor recorría las murallas con la mirada fija en el campamento aqueo. Decía venir de tierras lejanas, más allá de los hititas, y hablaba con una dulzura que desarmaba tanto a los príncipes troyanos como a los reyes aqueos. A Príamo, el de la buena lanza de fresno, le susurraba los movimientos de las naves; a Agamenón, pastor de pueblos, las debilidades de las puertas Escaias. A los hititas, en cambio, les enviaba mensajeros con mapas verdaderos y con promesas de oro. Traicionaba a ambos bandos con la misma sonrisa.
Ni aqueos ni troyanos se atrevían a tocarla. Cada bando temía que el otro se adelantara. Entonces, en una breve tregua pactada bajo la mirada de Hermes, ambos ejércitos enviaron el mismo mensaje hacia el norte, hacia las tierras de donde venían los hombres altos y de pies enormes.
Llegó Carlos Quintana.
Medía más de dos metros. Sus hombros eran anchos como el escudo de Áyax, el de gran corazón. Calzaba cincuenta. Caminaba descalzo sobre la tierra de Ilión y el olor a Queso que desprendían sus pies se sentía a veinte pasos, como el olor de un rebaño después de la lluvia. Los aqueos y los troyanos, por una vez de acuerdo, lo señalaron hacia la tienda donde Brenda esperaba, creyéndose a salvo entre dos fuegos. Casandra, la de los ojos claros, lo vio llegar desde las murallas y gritó que traía muerte, pero nadie la escuchó, como siempre.
Carlos Quintana entró. Brenda lo miró de abajo arriba y, en lugar de temblar, sonrió.
—Eres enorme, como los gigantes que Homero canta. Tus pies… son gigantescos. Escucha: no tienes que matarme. Puedo darte oro. Oro hitita, oro troyano, oro aqueo. Todo el que quieras. Solo tienes que hacer una cosa: mata a Casandra. Esa loca que grita desde las murallas. Si ella muere, los troyanos perderán su última advertencia y los aqueos podrán entrar más fácil. Yo te pago. Los dioses no se enterarán.
Carlos Quintana la miró en silencio, como miran los héroes antes de decidir el destino de un hombre. Después se sentó en el lecho y puso un pie, todavía con la sandalia de cuero, sobre su rostro. El olor a Queso la golpeó como el aliento de un toro.
—No me sobornes —dijo, y su voz era grave como el trueno lejano—. Los dioses ya decidieron. Atenea y Apolo están de acuerdo por una vez. Zeus miró hacia otro lado. Hermes me trajo hasta aquí. Y Casandra… Casandra no es mi trabajo.
Le quitó la sandalia. El pie desnudo, enorme, sudado, cubierto del polvo del camino y del olor antiguo a Queso, se apoyó sobre su boca.
—Huélelo —ordenó—. Como hacen las mujeres del norte antes de morir.
Brenda, temblando, olió. Intentó hablar de nuevo del oro y de Casandra, pero el pie le cubría media cara. Carlos Quintana la hizo arrodillarse y le puso los dos pies sobre el cuerpo. Ella los besó, los lamió, murmuró palabras que no entendía, mientras el olor a Queso le llenaba la nariz y la garganta como el humo de un sacrificio. Después hubo sexo. Él la tomó con la fuerza de un gigante del norte; ella, atrapada entre el miedo, el intento de soborno y el ritual, no pudo apartarse. Mientras la penetraba, Brenda seguía susurrando:
—Mata a Casandra… te doy más oro… mata a Casandra…
Carlos Quintana no respondió.
Cuando terminó, se levantó. Sacó el hacha larga y filosa. No era un hacha griega ni troyana: era pesada, de filo ancho, de las que usan los hombres altos de más allá del Helesponto para derribar árboles y hombres. Brenda vio el filo y se llevó las manos al cuello.
—No… no me cortes… mata a Casandra, no a mí… no me tires el Queso…
Carlos Quintana no respondió. De un solo golpe, limpio y brutal, le cortó el cuello de una punta a la otra. La sangre salió a borbotones sobre el lecho y sobre los pies del gigante, como cuando se sacrifica un toro ante el altar. Brenda cayó. Carlos Quintana agarró el gran Queso que había traído consigo —un Queso redondo, duro, del norte— y lo arrojó sobre el cadáver. El Queso golpeó el pecho abierto y quedó allí, manchado de sangre.
—Queso —dijo en voz alta, y su voz resonó en la tienda como el grito de un héroe en el campo de batalla.
Afuera, aqueos y troyanos esperaban. Cuando Carlos Quintana salió, descalzo, con el hacha ensangrentada y el olor a Queso todavía más fuerte, ambos bandos retrocedieron. Áyax murmuró que aquel hombre olía peor que el campamento después de diez años de guerra. Héctor no dijo nada. Odiseo, desde lejos, asintió: Atenea había cumplido. Casandra, en las murallas, gritó que el Queso ya estaba sobre el cuerpo, pero otra vez nadie la escuchó.
Solo Hermes, desde lo alto, sonrió con esa sonrisa que tienen los dioses cuando una traición ha sido castigada y el ritual se ha cumplido. Zeus no intervino. Apolo apartó la mirada. Atenea, satisfecha, volvió a sus planes.
En ese multiverso, Brenda Gandini fue Quesoneada bajo las murallas de Troya. El Queso quedó sobre su cuerpo hasta que los cuervos lo picotearon. Carlos Quintana volvió al norte, calzando cincuenta, dejando atrás el olor, la sangre y el oro que nunca aceptó.
PARTE 4 CARLOS ROA, QUESÓN EN QUO VADIS? ALELUYA!
En los días en que Nerón, último de la estirpe de Augusto, reinaba sobre Roma como un dios cansado y cruel, y el cielo de la ciudad se teñía de rojo por las llamas que él mismo había ordenado, llegó a la corte una mujer que no era romana ni griega ni de ninguna provincia conocida. Se llamaba Daniela Cardone. Se presentó como cortesana de tierras lejanas, y con una sonrisa que prometía placer y traición a la vez se abrió paso hasta el lecho del emperador.
Nerón la tomó. Hubo sexo en el palacio, entre cortinas de púrpura, el olor a incienso y el vino derramado. Ella lo montó, lo provocó, le susurró al oído que el pueblo necesitaba culpables y que los cristianos, esos que hablaban de un solo dios y de un fin del mundo, servían para eso. Nerón reía, sudaba, la llamaba su “leona de Oriente”. Después, cuando el fuego ya lamía los barrios bajos y las antorchas corrían de casa en casa, ella le aconsejó de nuevo:
—Échale la culpa a ellos. Pedro y Pablo predican en las sombras. El pueblo los odia. Tú quedarás limpio.
Y Nerón, borracho de poder y de ella, así lo hizo.
Mientras Roma ardía, Pedro fue crucificado cabeza abajo en el circo, como él mismo había pedido para no igualar a su Señor. Pablo, el de Tarso, fue degollado fuera de las murallas, porque era ciudadano romano y no podía morir en la cruz. Sus muertes corrieron de boca en boca entre los que aún se escondían en las catacumbas. Entre ellos había un hombre alto, de hombros anchos, que había llegado de tierras lejanas. Se llamaba Carlos Roa. Calzaba grande. Llevaba siempre guantes negros. Creía, con una fe feroz y simple, que el Apocalipsis estaba a la puerta. Que el fuego de Roma y la sangre de Pedro y Pablo eran el comienzo. Que los impíos debían ser castigados antes de que el cielo se abriera.
Cardone, desde el palacio, seguía riéndose. Se reía del fuego, de la cruz invertida de Pedro, de la espada que había cortado el cuello de Pablo, de la idea misma de un fin del mundo. Una noche, mientras Nerón dormía exhausto y las llamas seguían iluminando el Tíber a lo lejos, Carlos Roa entró en sus aposentos. Nadie lo detuvo. Los guardias estaban borrachos o mirando el incendio.
Ella lo vio. Alto, de guantes negros, con ese olor a Queso que desprendían sus pies incluso a través del calzado.
—¿Quién eres? —preguntó, todavía con la risa en la boca.
—Carlos Roa —dijo él—. Seguidor de Cristo. Pedro ya está en la cruz. Pablo ya perdió la cabeza. El fuego ya empezó. El Apocalipsis viene. Tú ayudaste a encenderlo y a culpar a los hermanos. Por eso vengo.
Cardone se rio más fuerte.
—¿El Apocalipsis? ¡Qué pavada! Nerón me coge, Roma arde, Pedro y Pablo mueren, y tú me vienes a hablar de dioses. Si quieres, cógeme tú también. Huéleme los pies, o yo te huelo los tuyos. Después me estrangulas y me tiras un Queso, como dicen las historias. Me da risa.
Carlos Roa dudó. La tentación de los paganos lo tocó. Se sacó los guantes un instante, solo un instante, y le puso un pie desnudo, enorme y oloroso a Queso, sobre el rostro. Cardone, entre risas, lo olió, lo lamió, murmuró “Queso” como si fuera un juego. Después hubo sexo. Él la tomó sobre el lecho imperial, con la fuerza de quien cree estar cumpliendo una sentencia y al mismo tiempo cae en el pecado. Ella se rio hasta el final, hasta que él volvió a ponerse los guantes negros y le rodeó el cuello con las dos manos.
Apretó. Los guantes de cuero negro se hundieron en la carne. Cardone dejó de reír. Los ojos se le abrieron. Intentó arañarle las manos, pero el cuero no cedía. Él apretó más, con la fuerza de quien ya no distingue entre justicia y deseo. Ella pataleó, se ahogó, murmuró algo que podía ser el nombre del emperador o la palabra “Queso”. Después dejó de moverse.
Carlos Roa la soltó. El cuerpo cayó sobre la seda. Él sacó de su capa un Queso redondo, duro, de los que se hacen en las provincias del norte, y lo arrojó sobre el cadáver. El Queso golpeó el pecho y quedó allí, entre la púrpura y la sangre que había empezado a salir por la boca.
—Queso —dijo en voz baja—. Y que venga el día del Señor.
Salió del palacio descalzo, con los guantes negros todavía apretados. Más tarde, en una catacumba donde aún quedaban hermanos, se arrodilló ante los que quedaban de los apóstoles y de los que habían conocido a Pedro y a Pablo. La voz le temblaba.
—He pecado —dijo—. Caí bajo la tentación de los paganos. La toqué. La tomé. La estrangulé con mis manos y le tiré un Queso encima, como hacen los impíos. Perdónenme. El fuego ya está aquí. El Apocalipsis viene. Pero yo… yo no fui digno.
Los otros lo miraron en silencio. Nadie lo absolvió del todo. Nadie lo condenó del todo. Afuera, Roma seguía ardiendo. Nerón despertaría más tarde y encontraría a su cortesana muerta, con un Queso sobre el cuerpo, y culparía otra vez a los cristianos. Pedro ya estaba en la cruz. Pablo ya había perdido la cabeza. Y Carlos Roa se quedó de rodillas en la oscuridad, esperando el fin que, según él, ya había comenzado, y pidiendo perdón por el Queso que había tirado con sus propias manos.
PARTE 5 CARLOS TOMBOLINI, LOS MIL Y UN QUESOS
En la ciudad de las mil cúpulas, donde las alfombras volaban entre los minaretes cargadas de dátiles, ladrones dormidos y promesas falsas, y los genios salían de las lámparas solo si se les frotaba con la mano izquierda y se les prometía un deseo sucio, Brenda se había hecho un nombre. No era Scheherezade. No contaba cuentos para salvarse. Era la malvada. La que robaba las lámparas maravillosas antes de que Aladino las frotara, la que le vendía los planos de la cueva a los cuarenta ladrones y después se los vendía otra vez a Alí Babá, la que convencía a los genios de que el deseo más divertido era traicionar a su propio amo. Se reía con una risa aguda que hacía tintinear las monedas de oro y las joyas falsas que llevaba en el cuello. En los zocos murmuraban que ni el Profeta, en sus tiempos, había visto una lengua tan hábil para el engaño, y que el Corán no tenía versículo que alcanzara a describirla.
Una noche, mientras una alfombra mágica pasaba por encima del mercado, llegó Carlos Tombolini. Medía un metro noventa. Calzaba cuarenta y ocho. Venía del norte de las mil noches, de una tierra donde los pies grandes olían a Queso y los hombres altos no pedían deseos: los cumplían ellos mismos. Llevaba un puñal árabe curvo en el cinto y, por pura extravagancia, un arma de fuego árabe antigua, de esas que disparan con un chasquido de chispa y huelen a pólvora y a incienso.
Brenda lo recibió en su palacio de cortinas de seda. Primero lo estafó. Le vendió una alfombra mágica que, según ella, volaba sola hasta el tesoro de los cuarenta ladrones. Carlos se subió. La alfombra dio dos vueltas, lo tiró al suelo del mercado y se fue volando sola, riéndose con la voz de Brenda. Él volvió al palacio con el olor a Queso más fuerte y la paciencia más corta.
Ella lo vio entrar y se rio.
—Eres alto. Tus pies… son enormes. ¿Vienes a reclamarme la alfombra o a pedirme un deseo?
Carlos Tombolini se sentó en los cojines y se sacó las babuchas. El olor a Queso llenó la habitación como si un genio hubiera estornudado.
—Ni alfombra ni deseo —dijo—. Vengo a Quesonearte.
Ella se rio más fuerte. Se arrodilló, juguetona, y empezó a olerle los pies. Primero uno, después el otro. Los lamió, los besó, murmuró “Queso, Carlos, Carlitos” como si fuera un conjuro nuevo. Carlos la dejó hacer. Después hubo sexo al estilo de las mil noches: lento al principio, entre cojines y cortinas que se movían solas, con ella encima, moviendo las caderas como quien danza para un sultán, susurrándole al oído promesas que ni el Corán ni el Profeta habrían aprobado. La lámpara maravillosa parpadeaba en un rincón sin que nadie la frotara. Brenda se reía todo el tiempo. Mientras lo montaba, le ofreció una copa de vino dulce.
—Bebe —dijo—. Es de los jardines del sultán.
Carlos olió la copa. El veneno era sutil, pero el olor a Queso de sus propios pies le había afinado la nariz. No bebió. Dejó la copa en el suelo. Brenda se rio otra vez, como si el intento de envenenarlo después de estafarlo con la alfombra fuera parte del juego.
Cuando terminaron, Carlos Tombolini sacó el puñal árabe. Brenda seguía riéndose.
—¿Me vas a cortar el cuello? ¡Qué divertido! Después me tiras un Queso, ¿no? Como en las historias.
Él no respondió. De un solo tajo, limpio y curvo, le cortó el cuello de una punta a la otra. La sangre salió a borbotones sobre la seda y sobre los pies descalzos de Carlos. Brenda abrió los ojos, todavía con la risa a medias en la boca, y cayó. La herida era mortal. Ya no respiraba.
Carlos, por pura diversión, sacó el arma de fuego árabe. Apuntó al cuerpo que ya no se movía y disparó una vez. El chasquido resonó en el palacio. La bala entró en el pecho, inútil, porque el cuello ya había hecho el trabajo. Después agarró el gran Queso que había traído —redondo, duro, de los que se hacen en las montañas donde no hay genios— y lo arrojó sobre el cadáver. El Queso golpeó el pecho abierto y quedó allí, entre la sangre y las joyas falsas.
—Queso —dijo en voz alta.
En ese momento la lámpara maravillosa se encendió sola. Un genio asomó la cabeza, vio el Queso, vio el cuerpo, vio la copa de veneno en el suelo y la alfombra mágica que todavía volaba sola por el mercado, y suspiró.
—Ese deseo no estaba en el contrato —murmuró—. Ni el veneno, ni el Queso, ni lo que hicieron sobre los cojines. El Profeta no escribió sobre esto. Me vuelvo adentro.
Se metió en la lámpara y la tapa se cerró con un clic. Afuera, la alfombra mágica pasó volando con Alí Babá y tres ladrones que discutían por un mapa que Brenda les había vendido dos veces. Nadie entró al palacio. Nadie preguntó.
En ese multiverso, Brenda fue Quesoneada entre cortinas de seda, lámparas que no se frotaban y un intento de veneno que no funcionó. El Queso quedó sobre su cuerpo hasta que un genio menor, aburrido, lo convirtió en un montón de dátiles que nadie se comió. Carlos Tombolini se calzó otra vez, calzando cuarenta y ocho, y salió descalzo al mercado, dejando atrás el olor a Queso, a pólvora, a veneno y a risa que ya no se oía.
PARTE 6 CHARLIE HUNNAM, QUESO EN LA MATRIX
Daniela Cardone despertó en una habitación blanca que olía a ozono y a código. Frente a ella estaba Neo. Gafas negras, abrigo largo, esa cara de quien ya vio el final de la película tres veces y todavía no decide si le gusta.
—Keanu Reeves —dijo ella, sonriendo—. O Neo. O como te llames acá adentro.
Neo la miró un segundo.
—Charles —corrigió—. Keanu Charles Reeves. El segundo nombre es Charles. En esta Matrix eso significa algo. Significa que podría ser un Quesón si quisiera. Pero no quiero. Prefiero seguir rompiendo el código a favor de los humanos.
Cardone se rio.
—¿Charles? ¡Qué cheto! Entonces eres un Carlos en potencia. ¿Me vas a tirar un Queso o me vas a sacar de la Matrix?
Neo negó con la cabeza.
—Ni una cosa ni la otra. Según los cálculos del Oráculo, vas a romper el equilibrio. No a favor de los humanos. A favor de las máquinas. Vas a hacer que el código se incline del lado de los agentes. Por eso estoy acá. Para avisarte. Y, si hace falta, para detenerte.
Ella se acercó. Le puso una mano en el pecho.
—¿Detenerme? Primero cógeme. Después vemos lo del equilibrio.
Hubo sexo. Rápido, entre cables que colgaban del techo y pantallas que mostraban lluvia verde. Cardone se reía todo el tiempo. Neo no se reía, pero tampoco se apartó. Cuando terminaron, ella seguía sonriendo.
—¿Y ahora? ¿Me Quesoneas tú, Charles, o me dejas ir a romper la Matrix?
Antes de que Neo respondiera, la puerta se abrió. Entró Charlie Hunnam. Alto, rubio, con esa cara de quien acaba de bajarse de una moto y todavía no decidió a quién golpear.
—Charles Matthew Hunnam —dijo, mirando a Neo—. Yo sí me llamo Charles de primero. No de segundo. El derecho de Quesonearla es mío.
Neo lo miró. Después miró a Cardone, que se estaba riendo otra vez.
—Tiene razón —dijo Neo—. Él es Charles de verdad. Yo solo tengo el Charles escondido en el medio. Te lo concedo.
Se agachó, sacó de debajo de la cama un Queso redondo, duro, de los que no deberían existir dentro de la Matrix, y se lo entregó a Charlie.
—Toma. El Queso. Hazlo rápido. El código ya está temblando.
Charlie Hunnam asintió. Se sacó las botas. Los pies, grandes, olían a Queso incluso a través del código. Cardone, todavía desnuda y riéndose, se arrodilló y empezó a olerlos.
—Otro Charles —dijo—. Este sí me va a Quesonear de verdad.
Hubo más sexo. Charlie la tomó contra la pared de código. Ella se reía, le decía que era más Quesón que Neo, que el segundo nombre no contaba, que el primero sí. Cuando terminó, Charlie sacó una espada cibernética. Larga, fina, con filamentos de luz verde que zumbaban.
Cardone vio el filo y se rio una última vez.
—¡Córtalo, Charles! ¡Y tírame el Queso!
Charlie no respondió. De un solo tajo limpio le cortó el cuello. El código alrededor de la herida se rompió en píxeles rojos. Cardone cayó. Charlie agarró el Queso que Neo le había dado y lo arrojó sobre el cuerpo. El Queso atravesó la simulación y quedó allí, sólido, real, manchado de sangre digital.
—Queso —dijo Charlie.
Neo, desde la puerta, asintió.
—Equilibrio restaurado. Por ahora.
Cardone ya no se reía. El Queso seguía sobre su pecho, dentro de la Matrix, como un error que nadie iba a corregir. Charlie se calzó otra vez y salió. Neo se quedó un segundo mirando el cuerpo y el Queso, y después también se fue, con el segundo nombre Charles todavía escondido donde nadie pudiera usarlo.
PARTE 7 CARLOS BEROES, QUESO EN JURASSIC PARK
Brenda Gandini llegó a la isla en el mismo helicóptero que John Hammond. El viejo repetía la misma frase cada treinta segundos, como un mantra:
—No repare en gastos. No repare en gastos. No repare en gastos.
Ella sonreía, miraba los dinosaurios a lo lejos y pensaba que todo era una locura cara. Hammond la dejó sola un momento cerca del cercado de los velocirraptores. “No repare en gastos”, dijo otra vez, y se fue a buscar a un técnico. Brenda dio dos pasos. El cercado falló. Tres velocirraptores salieron. Ella corrió. Tropezó. Uno de ellos ya tenía las fauces abiertas cuando apareció Carlos Beroes.
Medía dos metros seis. Calzaba cincuenta y cinco. Jugador de vóley, Quesón, y en ese multiverso también sabía moverse entre dinosaurios. De una patada enorme apartó al primer velocirraptor. Al segundo lo empujó con el hombro. Al tercero le pisó la cola con un pie que olía a Queso a diez metros. Los raptores huyeron. Brenda, temblando, se quedó mirándolo desde el suelo.
—Me salvaste —dijo—. De verdad me salvaste.
Carlos Beroes la ayudó a levantarse. El olor a Queso de sus pies era tan fuerte que hasta los dinosaurios se habían apartado.
—Soy Carlos Beroes —dijo—. Dos metros seis. Calzo cincuenta y cinco. Ahora vamos a un lugar donde no haya raptores.
La llevó a una construcción a medio terminar, de esas que Hammond había dejado “sin reparar en gastos”. Brenda, todavía con el susto en el cuerpo, se arrodilló.
—Te debo la vida —dijo—. Lo que quieras. Pies, sexo, lo que sea. Es gratitud. De verdad.
Carlos se sacó las zapatillas. Los pies, enormes, talla cincuenta y cinco, olían a Queso como si hubieran estado dentro de un dinosaurio. Brenda los olió, los lamió, los besó, murmurando “Queso, Carlos, Carlitos” entre el miedo que se le iba y el agradecimiento que le quedaba. Después hubo sexo. Consentido, torpe, sobre el piso de cemento, con el sonido de dinosaurios a lo lejos y la voz de Hammond que, en alguna parte, seguía diciendo “no repare en gastos”. Brenda se entregó de verdad. Le dijo que era lo mínimo después de lo de los velocirraptores.
Cuando terminaron, Carlos Beroes sacó la katana. Brenda lo vio y sonrió, todavía agradecida.
—¿También esto? Bueno… si es parte del agradecimiento…
Él no respondió. De un solo tajo limpio le cortó el cuello. La sangre salió rápido. Brenda cayó con la misma cara de sorpresa que había tenido cuando el raptor abrió la boca. Carlos agarró el Queso que había traído —grande, redondo, de los que no deberían existir en una isla de dinosaurios— y lo arrojó sobre el cadáver.
—Queso —dijo.
Después salió. Afuera, un pterodáctilo grande planeaba bajo. Carlos Beroes saltó, se agarró de una pata, y el animal lo levantó. Voló sobre la isla, sobre los velocirraptores, sobre el cuerpo de Brenda con el Queso encima. Cuando pasó cerca de la torre de control, John Hammond lo vio desde abajo. Levantó la mano y gritó, con la misma voz de siempre:
—¡No repare en gastos!
Carlos Beroes no respondió. Siguió volando, calzando cincuenta y cinco, con el olor a Queso mezclado con el viento de los pterodáctilos, dejando atrás a Brenda Quesoneada y a Hammond repitiendo su mantra como si nada hubiera pasado.
PARTE 8 CARLOS EL BEBE CONTEPOMI, QUESÓN EN MERIDIANA
Meridiana olía a óxido, a cables quemados, a lluvia ácida y a Queso rancio que nadie sabía de dónde venía. Las torres rotas se clavaban en un cielo perpetuamente naranja, como si el sol se hubiera quedado atascado en modo “error 404”. Daniela Cardone caminaba por los callejones con el traje negro ajustado, la capa corta y las gafas oscuras. Se había convertido en Carla Cardone. Se había disfrazado de Cybersix. Ya no quería ser la víctima. Quería ser la Quesona.
Sabía perfectamente por qué había elegido ese disfraz. En otro relato, en otro multiverso, Carlos Ignacio Fernández Lobbe —el cheto, el rugbier, el mismo que en la historia original la había apuñalado ciento cincuenta y siete veces y le había tirado un Queso encima— también había Quesoneado a Carolina Peleritti. La actriz que alguna vez interpretó a Cybersix. Lobbe la había encontrado, la había sometido a sus pies, la había matado y le había tirado el Queso, como hacía siempre. Cardone lo había leído. Lo había memorizado. Por eso ahora caminaba por Meridiana vestida de Cybersix: quería encontrar a Lobbe, humillarlo y devolverle el Queso con intereses, no solo por ella, sino también por Peleritti. Por la Cybersix que él ya había Quesoneado.
Mientras lo buscaba, se divertía.
Atacaba a tipos jóvenes de cuerpo de rugbier: hombros anchos, cuellos gruesos, piernas fuertes. Los dejaba semiinconscientes a golpes y patadas. Les pisaba la cara. Les escupía. Les hablaba al oído con voz de villana de serie antigua:
—Decile a Lobbe que Carla Cardone lo está buscando. La misma que él Quesoneó. Y la que ahora viene por la de Peleritti también. Por la Cybersix. Que esta vez el Queso se lo tiro yo.
No los mataba. Solo los humillaba. Era su forma de calentar motores. Uno de ellos, antes de desmayarse, alcanzó a murmurar:
—El Bebé… el Bebé está en la terraza… Lobbe no está…
Cardone no le hizo caso del todo. Siguió buscando al cheto. Al que había matado a Peleritti y a ella.
Una noche, en un bar de neón roto donde servían un líquido que podía ser cerveza o aceite de máquina, un tipo flaco y nervioso llamado Bruhmeo se le acercó.
—Escuché que buscás al cheto ese —dijo en voz baja—. Al que Quesoneó a la de Cybersix. Está en una terraza del Sector 7. Torre negra. Último piso. Pero andá con cuidado… dicen que ahora el que manda ahí es el Bebé.
Cardone se rio.
—¿El Bebé? ¿Ese pelotudazo? Yo quiero al Top. Al cheto. Al de los ciento cincuenta y siete. Al que le tiró el Queso a Peleritti.
Subió igual.
Allí no estaba Fernández Lobbe.
Estaba él.
Carlos “el Bebé” Contepomi. Tan alto como los otros Quesones, de cara redonda, sonrisa torcida y ojos de quien disfruta demasiado de ser el peor. Llevaba una chaqueta militar rota y un rifle largo, pesado, de aspecto antiguo y futurista al mismo tiempo. A sus pies, varias ruedas de Queso enormes, algunas ya abiertas y rezumando un líquido amarillo que burbujeaba solo.
Cuando la vio, se rio con una risa aguda y burlona.
—Renegaste de ser asesinada por un Quesón Top —dijo—. El mismo que Quesoneó a la Peleritti, a la de Cybersix. Ahora vas a ser asesinada por el peor de los Quesones. Ja, ja. La peor humillación que existe. Ni siquiera te voy a apuñalar ciento cincuenta y siete veces. Te voy a hacer algo mucho más ordinario. Y el Queso te lo tiro igual.
Cardone no contestó. Saltó sobre él con toda la furia acumulada. Puños, patadas, codos. Quería romperle la cara por ella y por Peleritti. El Bebe Contepomi ni se inmutó. Levantó una de las ruedas de Queso como escudo y rechazó el ataque con una facilidad insultante. El impacto del Gruyère contra los nudillos de ella sonó seco. Ella retrocedió, sorprendida, con los dedos adoloridos y oliendo a Queso.
Él aprovechó.
La derribó. Le puso un pie enorme encima del pecho. El olor la golpeó de inmediato: Queso fuerte, sudor, algo rancio y post-apocalíptico. Cardone forcejeó. Él aumentó la presión.
—Chupalos —ordenó—. Y decí “Queso, Bebé, Carlos Contepomi”. Acordate de Peleritti. A ella también se los chupó el cheto antes de tirarle el Queso.
Ella negó con la cabeza. Él le apoyó el otro pie en la cara. El aroma era sofocante. Al final abrió la boca. Lamió. Chupó. Besó las plantas mientras él se reía arriba de ella y le recordaba, entre carcajadas, que Lobbe le había hecho lo mismo a la actriz de Cybersix. El sabor era más agresivo, más vulgar, más triste.
Cuando ella ya tenía la cara brillante de saliva y de ese olor, el Bebe Contepomi le bajó el traje negro a tirones. La penetró de un solo empujón, salvaje, contra el suelo de la terraza. La follaba mientras seguía empujándole los pies hacia la boca y le preguntaba:
—¿Preferís que te apuñale ciento cincuenta y siete veces el cheto, como hizo con vos y con la de Cybersix, o que te haga esto el Bebé?
Cardone gritaba de rabia. Cada embestida era una humillación nueva.
Cuando terminó dentro de ella, se levantó, se acomodó la ropa y levantó el rifle.
Cardone, todavía en el suelo, jadeando, levantó la mirada y habló con voz rota:
—Mierda… prefería haber sido Quesoneada por Fernández Lobbe. Al menos él era un Top. Ciento cincuenta y siete puñaladas y un Queso. Como le hizo a Peleritti. Vos sos… lo peor. El peor Quesón de todos los multiversos.
Carlos “Bebe” Contepomi sonrió más ancho.
—Exacto. Por eso existo. Y por eso te Quesoneo yo, no él.
Apuntó. El primer disparo le atravesó el hombro. El segundo el pecho. El tercero el abdomen. El rifle era ruidoso, antiguo, brutal. Cada bala hacía que el cuerpo de ella se sacudiera sobre el concreto. No tuvo prisa. Disparó hasta que Cardone dejó de moverse y el traje de Cybersix quedó lleno de agujeros.
Entonces se agachó, recogió un trozo enorme de Queso amarillo que burbujeaba solo y se lo tiró encima del pecho ensangrentado.
—Queso —dijo—. Y decile a Lobbe, si lo ves en el otro multiverso, que el Bebé te Quesoneó primero. A vos y a la memoria de la de Cybersix.
Y se rio otra vez, solo, en la terraza de Meridiana, bajo el cielo naranja post-apocalíptico, mientras una lluvia ácida empezaba a caer sobre el Queso y sobre el cuerpo de Carla Cardone, la que había querido vengar a Peleritti y a sí misma, y había terminado asesinada por el peor de todos.
PARTE 9 REGRESO A LOS QUESONES REALES
La Matrix Infinita los escupió de golpe. Cardone y Gandini cayeron de rodillas sobre la alfombra de los aposentos de Lady Dumitrescu. La tormenta afuera había cesado. El incienso seguía oliendo igual. Dumitrescu estaba sentada en un sillón, con una copa en la mano, como si no hubiera pasado nada.
—Volvieron —dijo—. Cuéntenme.
Cardone se rio primero. Todavía tenía el pelo revuelto y una mancha de algo que podía ser código o Queso digital en la mejilla.
—Estuve en Troya —dijo—. Bueno, no, eso fue Brenda. Yo estuve con Nerón. Me cogí al emperador, le dije que le echara la culpa a los cristianos, Pedro y Pablo murieron, y después un tal Carlos Roa, con guantes negros, me estranguló y me tiró un Queso. Me reí todo el tiempo. Después estuve en Matrix. Neo se llama Charles de segundo nombre, así que casi es un Quesón, pero no quiso. Apareció Charlie Hunnam, que sí se llama Charles de primero, Neo le dio el Queso y Hunnam me cortó el cuello con una espada cibernética. También me reí. Y al final estuve en Meridiana, disfrazada de Cybersix, buscando a Lobbe por lo de Peleritti y por lo mío, y me terminó Quesoneando Carlos el Bebé Contepomi. El peor. Con un rifle y un Queso que burbujeaba solo. Ahí sí me arrepentí. Prefería las ciento cincuenta y siete puñaladas del cheto.
Gandini no se rio. Seguía con la mano en el cuello.
—Yo estuve en Troya —dijo, con la voz baja—. Traicioné a aqueos y troyanos. Carlos Quintana, un gigantón que calzaba cincuenta, me puso los pies en la cara, me cogió y me cortó el cuello con un hacha. Me tiró un Queso. Intenté sobornarlo para que matara a Casandra. No funcionó. Después estuve en las Mil y una Noches. Estafé a Carlos Tombolini con una alfombra mágica, intenté envenenarlo, hubo sexo árabe, un genio se quejó, y él me degolló con un puñal y me disparó igual por diversión. Y el Queso. Y después en Jurassic Park. John Hammond no paraba de decir “no repare en gastos”. Un velocirraptor casi me come. Carlos Beroes, dos metros seis, calza cincuenta y cinco, me salvó… y después me cortó el cuello con una katana y me tiró un Queso. Me fui volando en un pterodáctilo mientras Hammond le gritaba la frase.
Dumitrescu bebió un sorbo y sonrió.
—Qué interesantes. Y sin embargo las dos renegaron. Renegaron de ser Quesoneadas por dos Quesones Top. Por Carlos Delfino, el basquetbolista de dos metros que calza cincuenta, el que te degüella limpio, Brenda, y te tira el Gruyère. Y por Carlos Ignacio Fernández Lobbe, el cheto, el rugbier de un metro noventa y cinco, pies cuarenta y ocho o cuarenta y nueve, el que te apuñala ciento cincuenta y siete veces, Daniela, y también te tira el Queso. Prefirieron gigantes del norte, emperadores, genios, dinosaurios, el Bebé Contepomi… cualquiera menos los dos originales. ¿Por qué?
Cardone se rio otra vez, más fuerte.
—Porque es más divertido. Porque el cheto es demasiado cheto. Porque ciento cincuenta y siete es un número ridículo. Porque el Fauno me hizo reír antes. Porque el Bebé es tan malo que da risa. Porque…
Gandini apretó más el cuello.
—Porque no quiero que me corten el cuello. Porque Delfino me lo corta de una punta a la otra y después me tira el Queso. Porque me da terror. Porque…
Dumitrescu levantó una mano. El aire se espesó otra vez.
—Basta. Renegaron de los Top. Entonces vuelven a ellos.
El suelo desapareció. Las dos cayeron, cada una por su lado.
Brenda abrió los ojos en el departamento. Carlos Delfino estaba detrás de ella, con el cuchillo enorme en la mano y el Queso Gruyère ya preparado. Ella tenía los pies de él en la cara, el olor a Queso en la nariz, y la boca todavía diciendo “Queso, Carlos, Carlitos”.
Daniela abrió los ojos en la residencia. Carlos Ignacio Fernández Lobbe estaba frente a ella, vestido de Los Pumas, con el cuchillo en la mano y el Queso listo. Ella todavía se estaba riendo de algo que ya no recordaba.
Carlos Delfino levantó el cuchillo.
Carlos Ignacio Fernández Lobbe (¿No es cheto llamarse Carlos Ignacio Fernández Lobbe?) levantó el cuchillo.
En el mundo real, Lady Dumitrescu brindó sola.
—Queso —dijo, en voz baja.
Y en los dos lugares a la vez, los Quesos cayeron.




A la Brenda le aterroriza que le corten el cuello pero le gusta que se lo haga, perfecto lo de Matrix, aunque Neo le cedió el lugar a Charlie Hunnam, pero ya se cogió a Cardone, como la liga El Fauno!
ResponderBorrarAgrega también a Harry Potter y El Señor de los Anillos en los multiversos, o un Alien quesón, sería muy interesante, Dumitrescu amante de Dumbledore, no, porque Dumbledore era gay
ResponderBorrartodas las franquicias de peliculas tienen su queso parece
ResponderBorrarUn relato donde varias quesoneadas se encuentran juntas y le piden a Dumitrescu que otros quesones la vuelvan a quesonear
ResponderBorrarExcelente los dos relatos, en cuanto a este, que a Cardone la termina quesoneando el Bebe Contepomi, es medio grotesco (un minón así, no merece un Quesón tan malo) pero bueno, a ella ya la había Quesoneado Carlos Ignacio Fernández Lobbe, que es uno de los Carlos Top, gran relato, muy buenas menciones a Matrix y a Jurassic Park y el detalle que Charlie Hunnam aparece en los dos relatos, un Quesón que merecería más crímenes sin dudas, que bueno el Fauno, otra vez como un gran amante, y que mal el Matías, pero ese parece ser un rol en la historia, el de ser un idiota, relatazo, perfecto lo de Grecia y Roma, también
ResponderBorrarMuy bien elegido Carlos Roa en el relato de Roma, dado que era medio predicador religioso, y lo de Contepomi… que te puedo decir… es como irse a la B, pero despues Cardone volvió con Lobbe
ResponderBorrarLos multiversos que gran invento para que los personajes reciban muchos quesos!
ResponderBorrarun gran homenaje a todo el mundo del cine y la literatura es esta saga de los Mundos Alternos, los quesos estan en todas partes, que mas sigue?
ResponderBorrarCardone tiene pinta de quesona, a Gandini le cortan el pescuezo una y otra vez
ResponderBorrarDumitrescu, siempre que gran personaje, y sus secuaces cumpliendo diferentes roles, que gran relato, los mundos alternos son una matrix infinita
ResponderBorrarun fin de semana muy queson! tenemos queso para rato!
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