LOS ASESINOS DE CATHERINE FULOP Y ORIANA SABATINI (MUNDOS ALTERNOS) #QUESO
LOS ASESINOS DE CATHERINE FULOP Y ORIANA SABATINI (MUNDOS ALTERNOS) #QUESO
PARTE 1 LOS ASESINOS DE CATHERINE FULOP Y ORIANA SABATINI
Catherine Fulop encontró la fanfic por puro azar, una noche de octubre mientras scrolleaba en el teléfono desde su cama, buscando una receta de arepa de jamón que le había prometido a su mamá. El título saltó como un cohete: “Los Asesinos de Catherine Fulop y Oriana Sabatini”. El corazón se le apretó, el estómago se le fue al piso y soltó un “¡Coño de la madre!” tan venezolano y tan fuerte que el perro se escondió debajo del sofá.
Leyó de corrido. Leyó lo de la vieja que cruzaba la calle, lo de “la puta madre Ruperto”, lo de Lady Dumitrescu y la maldición de los Quesones, lo de los dos Carlos Delfino con sus pies de lancha y de toro, lo del olor a Queso, lo de que ella misma los invitaba a la casa, lo de “más cornudo que cien ciervos”, lo de Oriana oliendo y chupando los pies del Lancha, lo de los cuchillos, lo de los cien cuchillazos, lo de las hormas de Emmenthal cayendo sobre los cadáveres y el grito de “Queso”. Cuando terminó, el teléfono se le cayó de las manos. Se quedó mirando el techo, pálida, con la boca abierta.
—Oriana… —llamó con voz ronca—. ¡Oriana, ven pa’cá ahora mismo, coño!
Oriana apareció en pijama, con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados.
—Mami, ¿qué pasó? ¿Se murió alguien?
Catherine le pasó el teléfono sin decir palabra. Oriana leyó. Primero frunció el ceño. Después abrió los ojos de par en par. A la tercera página soltó un gritito ahogado y se tapó la boca.
—¡¿Qué carajo es esto?! ¡Mami, aquí dice que me cortan el cuello! ¡Que me chupo los pies de Carlos Delfino! ¡Que el tipo calza cincuenta y me dice que huelo sus Quesos! ¡Ay, no, por favor!
Catherine se sentó al borde de la cama, todavía temblando.
—Y a mí me meten cien cuchillazos, Ori. Cien. Y después me tiran un Emmenthal del tamaño de una mesa. Y esa vieja Dumitrescu se ríe y se rejuvenece con nuestra sangre. ¡Coño, Oriana! ¡Y el chofer Ruperto! ¡Y las mucamas en asamblea! ¡Y yo diciéndole “te espero, Toro”! ¡Yo nunca dije eso, chica!
Oriana seguía scrolleando, horrorizada y fascinada a la vez.
—Aquí dice que el hijo es “el Lancha” porque una vez tiró una zapatilla como si fuera una lancha. Y que Quesoneó a Valeria Mazza, a Zaira Nara, a Tini… Mami, esto es un serial. ¡Y nosotras somos el episodio!
Catherine se puso de pie de golpe. Los ojos le brillaban con una mezcla de furia y de algo más extraño, casi divertido por lo absurdo.
—No. No nos vamos a quedar calladas. Esto es difamación, es horror, es… ¡es quesón! Vamos a demandar. Vamos a demandar a ese Carlos Quesón que escribió esa porquería en el blog, y vamos a demandar a los dos Carlos Delfino, padre e hijo, por ser nuestros “asesinos”. ¡Que se presenten en el juzgado con sus pies de lancha y de toro y expliquen por qué nos tiraron Queso encima!
Oriana asintió lentamente, todavía con el teléfono en la mano. Una sonrisa nerviosa le asomó en la boca.
—¿Y si nos piden que llevemos las hormas de Emmenthal como prueba?
Catherine la miró. Por un segundo el horror se mezcló con una carcajada que no terminó de salir.
—Entonces les decimos que el Queso se lo coman ellos. Con todo y los pies.
Se quedaron en silencio. Afuera, el viento golpeó una ventana. En algún rincón de internet, Lady Dumitrescu seguía riéndose.
PARTE 2 LA DEMANDA A LOS QUESONES
El salón de mediación olía a madera vieja, a café recalentado y a algo más raro, como si alguien hubiera dejado una horma de Queso escondida debajo de una mesa. Los tres Carlos entraron juntos. Carlos Quesón, el autor del blog, iba delgado, con una camisa a rayas que le quedaba grande y una carpeta de cartón bajo el brazo. Detrás venían los dos Carlos Delfino: el padre, el Toro, enorme y rústico, y el hijo, el Lancha, más alto todavía, con una sonrisa que no se le borraba. Los tres se sentaron del mismo lado. Frente a ellos, Catherine Fulop y Oriana Sabatini ocuparon el otro extremo, tensas, con Fernando Burlando a su lado, ya con el maletín abierto y los papeles listos.
Carlos Gonella, abogado de los tres Carlos, se acomodó la corbata y saludó con un gesto seco. Lady Dumitrescu apareció por la puerta del fondo como si la hubieran convocado con un bastón invisible. Traía el mismo abrigo oscuro de siempre, el bastón en la mano y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Se sentó en el lugar del mediador y golpeó la mesa una sola vez.
—Comencemos —dijo.
Los dos Carlos Delfino se levantaron sin pedir permiso. Cada uno cargaba una horma de Emmenthal tan grande que tuvieron que sostenerla con las dos manos. El padre dejó la suya frente a Fulop. El hijo dejó la otra frente a Oriana. El Queso golpeó la mesa con un sonido sordo. Fulop retrocedió en la silla.
—¿Qué es esto? —preguntó, con el acento venezolano bien marcado—. ¡Coño, no me vengan con Quesos ahora! ¡Eso es lo que nos tiraron encima en esa porquería que escribió ese señor!
Oriana miró la horma que tenía delante y se tapó la nariz.
—Mami, huele raro. ¿Esto es de verdad?
Lady Dumitrescu no dijo nada. Solo observó.
Burlando tomó la palabra. Exigió una indemnización millonaria por daño moral, por difamación, por el uso no autorizado de sus nombres y por el horror que les había causado leer cómo las asesinaban a cuchillazos y les arrojaban Queso encima. Habló de los pies gigantes, del olor, de Lady Dumitrescu riéndose, del chofer Ruperto despedido y de las mucamas en asamblea. Pidió cifras con muchos ceros.
Carlos Quesón levantó la mano. Habló con voz baja.
—Yo soy empleado municipal. Gano un sueldito. No tengo plata. El blog lo hago en mis ratos libres. Soy insolvente.
Carlos Gonella asintió. Los Carlos Delfino no dijeron nada. Solo miraban las hormas de Queso.
Lady Dumitrescu se inclinó hacia adelante. Su voz sonó suave y arrastrada.
—Todo se podría resolver con una película para Neflis. Ustedes dos, Catherine y Oriana, se quedan con todas las ganancias y las regalías. El resto firma que no hay demanda. Así se acaba el juicio y todo el mundo contento.
Fulop abrió la boca para protestar. Dumitrescu levantó el bastón y murmuró algo en voz muy baja. Burlando se quedó quieto. Sus ojos se pusieron vidriosos. Cuando habló, lo hizo con una sonrisa rara.
—Es el mejor arreglo. Firmemos.
Pareció todo acordado. Burlando se levantó de golpe, se acomodó el saco y dijo:
—Enseguida vuelvo. Tengo que ir a hablar con unos extraterrestres que me están esperando en el estacionamiento. Es importante. No tardo.
Salió corriendo. La puerta se cerró. Quedaron Fulop, Oriana, los tres Carlos y Lady Dumitrescu.
Los dos Carlos Delfino se sacaron las zapatillas al mismo tiempo. Los pies aparecieron enormes, calzados 48 y 50, con el cuero húmedo y el olor a Queso viejo que se expandió por todo el salón. Fulop frunció la nariz.
—¡Qué asco! —dijo—. ¡Coño, eso no se hace!
Oriana se echó hacia atrás.
—Mami, no mires. Huele a… a lo mismo de la fanfic.
Pero el olor ya estaba ahí. Primero fue asco. Después, sin querer, Fulop acercó un poco la cara. Oriana hizo lo mismo. El trance llegó despacio. Los ojos se les cerraron a medias. Las manos se les aflojaron sobre la mesa.
Lady Dumitrescu se puso de pie. Levantó el bastón y comenzó a murmurar. Imperius. Confundus. Petrificus Totalus. Obliviate. Una tras otra, las maldiciones de Potter salieron de su boca en un susurro que nadie entendió del todo. El salón se oscureció. Las hormas de Queso brillaron un segundo. Fulop y Oriana no se movieron. Sus cuerpos se quedaron sentados, pero algo más adentro de ellas se desprendió y cayó.
Dumitrescu sonrió.
—Bienvenidas a la Matrix infinita de los Multiversos —dijo.
Los tres Carlos observaron en silencio. El olor a Queso siguió flotando. Afuera, Burlando todavía no había vuelto.
PARTE 3 CHARLIE HUNNAM, QUESO EN EL PUERTO ESPACIAL
En el Multiverso 1, Catherine Fulop subió a la nave de pasajeros Solaria-9 con el paso rápido y el ceño fruncido. El crucero interplanetario acababa de abrir sus compuertas en el Puerto Orbital de Nueva Caracas y el salón de primera clase ya estaba medio lleno. Por los ventanales se veían otras naves de carga, taxis orbitales y, más lejos, siluetas que no eran humanas: un grupo de seres grises de Andrómeda que esperaban conexión hacia el cinturón de Kuiper, un comerciante de piel azul que venía de las nubes altas de Venus y una pareja de insectoides de un sistema lejano que hablaban en clics metálicos mientras revisaban sus terminales. El universo entero pasaba por ese puerto y nadie se fijaba demasiado en nadie.
Fulop buscó su asiento. Llevaba un traje plateado ajustado y una bolsa pequeña. Tenía que llegar a Titán antes del ciclo de noche artificial. Cuando se sentó, notó que el asiento de al lado ya estaba ocupado. Charlie Hunnam la miró sin sonreír. Medía un metro ochenta y cinco, llevaba botas espaciales de suela gruesa y calzaba cuarenta y siete. Tenía el pelo revuelto, la chaqueta negra de piloto y una bolsa de lona negra entre las piernas. Sus ojos no parpadeaban mucho.
—Disculpa, chamo —dijo Fulop, con el acento venezolano bien marcado—. ¿Este asiento está ocupado o puedo dejar mi bolso aquí un rato?
Charlie Hunnam no se movió.
—Está ocupado. Pero puedes quedarte. Me llamo Charles Matthew Hunnam. Vine de muy lejos por ti.
Fulop frunció el ceño y se acomodó el cinturón.
—¿Por mí? Coño, yo no te conozco. ¿De qué planeta sales? Estoy apurada.
—De ninguno en particular —contestó él, con voz baja y plana—. Me mandaron a cerrar un ciclo. En este multiverso tú le debes algo a alguien que ya no existe. Despediste a Ruperto. El chofer. Lo echaste por una vieja que cruzó la calle y por una maldición que no entendiste. Ruperto quedó en la calle, sin indemnización, sin trabajo. Alguien me pagó para que te cobre eso. Con intereses.
Fulop soltó una risa corta y nerviosa.
—¿Ruperto? Ese chofer de mierda. Lo despedí porque era un inútil. ¿Y tú vienes a vengarlo desde otro planeta? Coño, esto es un chiste malo.
La nave despegó. Los motores vibraron suave bajo el piso. En el pasillo de atrás, dos alienígenas de tentáculos finos discutían el precio de un cristal de Júpiter en un idioma que sonaba a agua hirviendo. Charlie Hunnam no dejó de mirarla.
—No es un chiste. Primero el ritual. Después el resto.
Se inclinó y se quitó las botas. Los pies aparecieron grandes, talla cuarenta y siete, con el cuero húmedo del viaje largo y un olor fuerte a Queso viejo mezclado con el plástico reciclado de la nave y con algo más ácido, como sudor de varios ciclos de sueño artificial. Fulop arrugó la nariz y se echó hacia atrás.
—¡Qué asco! Eso no se hace, coño. Métete los pies, chamo. Huelen a podrido.
Pero el olor ya estaba ahí, espeso, entre los asientos. Primero fue rechazo. Después, sin querer, Fulop acercó un poco la cara. Olió el pie izquierdo, largo y ancho, con los dedos marcados por la bota. Después el derecho. El trance llegó despacio. Los ojos se le pusieron vidriosos. Se inclinó más. Lamió el empeine del pie izquierdo, despacio, de la base de los dedos hacia el tobillo. Besó el derecho en el arco y en los dedos, uno por uno. Charlie Hunnam la observó en silencio, sin moverse, con la mano quieta sobre la bolsa negra. Fulop siguió, con la respiración más lenta, como si el olor la hubiera enganchado de adentro. En el salón, un ser de tres ojos de un sistema del Brazo de Orión pasó por el pasillo y no se detuvo.
Cuando terminó el juego de pies, Charlie Hunnam se levantó. Agarró a Fulop del brazo y la llevó al camarote pequeño del fondo del módulo de primera clase. La puerta se cerró con un clic. Allí tuvieron sexo espacial. La gravedad artificial parpadeó dos veces y flotaron un momento, agarrados de las correas de seguridad. Fulop gemía en voz baja, todavía medio ida por el trance de los pies. Charlie la empujó contra la pared curva de la nave, frío el metal, y terminaron ahí, con las luces de emergencia titilando. Afuera, por el ventanal estrecho, pasaba una formación de naves alienígenas que venían de un rincón lejano de la galaxia, con luces que cambiaban de color y formas que no se parecían a nada humano. Fulop no las vio. Tenía los ojos cerrados.
Después, Charlie Hunnam se apartó. Se vistió con calma. Sacó de la bolsa un gran cuchillo espacial, de hoja larga y curva, de los que usaban los técnicos para cortar cables gruesos de las naves. Fulop, todavía desnuda y aturdida sobre la litera, lo miró. El trance se le empezaba a pasar. El miedo le subió de golpe.
—Charlie… ¿qué haces? Coño, no. Yo no… Ruperto era un chofer de mierda. No vale la pena. Por favor.
Charlie no contestó. Se acercó. Usó el gran cuchillo espacial. Un corte rápido en el costado izquierdo, profundo. Fulop gritó. Otro corte en el brazo cuando ella intentó empujarlo. Después le agarró el pelo y le pasó la hoja por el cuello, de izquierda a derecha, sin apuro. La sangre salpicó la pared curva. Fulop se llevó las manos a la garganta, con los ojos muy abiertos. Charlie siguió con el mismo cuchillo: dos cortes más en el pecho, precisos y profundos. El cuerpo de Fulop quedó quieto contra la pared, con la boca abierta y la mirada fija en el techo del camarote.
Charlie guardó el gran cuchillo espacial. Abrió de nuevo la bolsa y sacó la horma de Emmenthal, grande, redonda, envuelta en papel plateado de carga espacial. La sostuvo con las dos manos y la dejó caer sobre el pecho de Fulop. El Queso golpeó con un sonido sordo. Se quedó un segundo mirando la escena. Después murmuró, casi para sí mismo:
—Queso.
Se calzó las botas, se acomodó la chaqueta y salió del camarote. Cerró la puerta. En el salón de primera clase, los alienígenas de Andrómeda seguían esperando su conexión. El comerciante de piel azul revisaba una terminal. Nadie preguntó nada. La nave Solaria-9 siguió su ruta hacia Titán, con el cuerpo de Catherine Fulop y la horma de Queso quietos en el camarote del fondo, mientras afuera el universo entero seguía pasando, con naves de todos los rincones, seres de formas que no tenían nombre y luces que parpadeaban en la oscuridad entre los planetas. Charlie se sentó de nuevo en su asiento, puso la bolsa negra entre las piernas y cerró los ojos. No miró atrás.
PARTE 4 CARLOS MELIA, EL QUESÓN GAY
En el Multiverso 2, Oriana Sabatini llegó a la playa gay de Mar del Plata un mediodía de sol fuerte, con un bikini negro, gafas oscuras y una sonrisa que no le cabía en la cara. La arena estaba llena de hombres en tangas de colores, toallas extendidas, música alta y cuerpos bronceados que se miraban sin disimulo. Oriana se tiró sobre una reposera alquilada y pidió un trago. Al rato ya tenía alrededor a tres o cuatro que le hablaban, le ofrecían protector solar y le contaban chistes. Ella se reía fuerte, se dejaba untar la espalda y contestaba con ese tono argentino-venezolano que le salía cuando estaba de buen humor.
—Ay, qué ricos están todos —dijo, estirando las piernas—. Esto sí es vacaciones, coño. Nada de programas ni de cámaras.
Uno de los chicos le señaló con la cabeza hacia el fondo de la playa, donde un hombre más grande, de unos cincuenta, empujaba un carrito de bebidas con una remera ajustada y un short corto.
—Ese es Ruperto —le dijo—. Antes era chofer de alguien importante. Ahora trabaja acá. Se hizo gay hace un par de años. Dice que se cansó de manejar y de que lo echaran.
Oriana se incorporó de golpe. Lo miró bien. Ruperto avanzaba entre las reposeras, con el carrito chirriando y una sonrisa tímida. Ella soltó una carcajada alta, de esas que se escuchaban varios metros.
—¿Ese? ¿El chofer de mi mamá? ¡Coño, míralo! Se puso gay y ahora vende tragos en la playa como un marica cualquiera. Qué bajo cayó, chamo. Antes manejaba el auto de Catherine Fulop y ahora empuja un carrito con el culo al aire. ¡Qué vergüenza da!
Los que estaban alrededor se rieron. Oriana siguió, más alto, sin bajar la voz:
—¡Ruperto! ¡Ruperto, ven acá, viejo! ¿Te acuerdas de mí? La hija de Catherine. ¿Cómo te va de gay? ¿Ya te acostumbraste a que te echen de todos lados y a que te usen como quieran? ¡Mira cómo te quedó el short! Pareces un payaso. Mi mamá te echó y tenías razón en irte a la mierda, pero esto es peor. ¡Un chofer convertido en maricón de playa!
Ruperto se detuvo. Bajó la mirada, empujó el carrito un poco más lejos y no contestó. Algunos de los que escuchaban dejaron de reírse. Oriana se rio otra vez, se recostó y pidió otro trago, contenta.
Más tarde, cuando el sol empezó a bajar y la playa se fue vaciando, apareció Carlos Meliá. Caminaba descalzo por la arena húmeda, alto, de hombros anchos, con el pelo mojado y una bolsa de tela rosa colgada al hombro. Lo conocían en esa playa. Algunos lo saludaban de lejos. Él no devolvía el saludo. Se acercó a la reposera de Oriana cuando ya casi no quedaba nadie cerca.
—¿Oriana Sabatini? —preguntó, con voz tranquila.
Ella levantó las gafas.
—Sí. ¿Y tú quién eres, chamo?
—Carlos Meliá. El Quesón Gay. Me dijeron que te burlaste de Ruperto. El chofer. El que tu mamá echó y que ahora trabaja acá. Le dijiste marica, payaso, que daba vergüenza. A Ruperto no se le falta el respeto en esta playa. Y menos así.
Oriana se sentó, todavía con la sonrisa, aunque ya un poco forzada.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Me vas a retar? Coño, era un chiste. El tipo se hizo gay y vende tragos. ¿Qué más da? No es para tanto.
Carlos Meliá no contestó. Se sentó en la arena frente a ella y se sacó las zapatillas que llevaba colgadas de la bolsa. Los pies aparecieron grandes, anchos, con el cuero húmedo de la caminata y un olor fuerte a arena, a sudor y a algo más denso, como Queso viejo dejado al sol. Oriana arrugó la nariz.
—¿Qué haces? Coño, no me vengas con los pies. Huelen fatal.
—Primero esto —dijo él—. Después vemos.
Le agarró la nuca con una mano y le acercó la cara al pie izquierdo. Oriana intentó apartarse, pero él no la soltó. El olor le entró de golpe. Primero fue asco. Después, sin querer, se quedó quieta. Olió. Lamió el empeine, despacio, de la base de los dedos hacia el tobillo. Besó el derecho en el arco. Carlos Meliá la observó en silencio. El trance llegó rápido. Los ojos de Oriana se pusieron vidriosos. Siguió, con la respiración más lenta, como si el olor la hubiera enganchado de adentro. Él no sonrió. Solo la sostuvo ahí un rato más.
Cuando la soltó, Oriana estaba ida. Carlos Meliá se levantó, la llevó detrás de unas casetas de madera que quedaban al final de la playa, donde ya no había nadie. Allí, aunque era gay y no le interesaban las mujeres, la sometió de una manera especial: la puso de rodillas, le hizo oler y chupar los pies otra vez mientras él se masturbaba con calma, usando el olor y la sumisión como único estímulo. No hubo penetración. Solo eso, y la mano de él en su propia entrepierna, hasta que terminó sobre la arena. Oriana seguía en trance, con la boca entreabierta y los ojos medio cerrados.
Después, Carlos Meliá se apartó. Abrió la bolsa rosa y sacó la pistola del mismo color, pequeña, con silenciador largo. Oriana parpadeó, como si empezara a volver.
—¿Qué…? Coño, espera…
Él no esperó. Le apuntó al pecho y apretó el gatillo dos veces. El sonido fue seco, ahogado. Oriana cayó de espaldas sobre la arena, con los ojos abiertos. La sangre manchó la toalla que había traído. Carlos Meliá guardó la pistola, sacó de la bolsa una horma redonda de Queso Emmenthal envuelta en papel plateado y la dejó caer sobre el cuerpo. El Queso golpeó el vientre con un sonido sordo.
—Queso —dijo en voz baja.
Se dio media vuelta y caminó hacia el agua. En la orilla, Ruperto seguía empujando el carrito vacío, de espaldas a la escena. Más lejos, dos hombres se besaban bajo una sombrilla que el viento movía. Nadie se acercó. El sol terminó de bajar sobre la playa gay y la horma de Queso quedó quieta sobre Oriana, brillando un poco bajo la última luz, mientras las olas seguían llegando a la arena.
PARTE 5 CARLOS MATÍAS SANDES, LA BODEGA DE LOS QUESOS
En el Multiverso 3, Catherine Fulop llegó a la bodega de Mendoza ya perdida. Había empezado a beber en el micro que la trajo desde el aeropuerto y siguió en el taxi, con una botella de Malbec entre las piernas. Cuando entró al salón principal, el paso le bailaba y la voz le salía pastosa, arrastrada, con el acento venezolano bien marcado y las palabras que se le enredaban. El lugar olía a barricas de roble, a vino viejo derramado y a algo más denso que venía del fondo, como Queso guardado demasiado tiempo entre las piedras. Las luces eran bajas. En las mesas había copas vacías y botellas abiertas. Fulop se sentó sola, pidió otro Malbec y se lo bebió de un trago. El mozo no le preguntó nada. Ella se rio sola y dijo, en voz alta:
—Coño, qué rico está esto. Voy a emborracharme hasta que no me acuerde de nada. Ni de Ruperto, ni de las fanfics, ni de nada.
Carlos Matías Sandes apareció desde el fondo de la bodega, donde estaban las barricas más grandes y las hormas de Queso que nadie tocaba. Medía dos metros dos, un gigantón de hombros anchos y brazos largos de basquetbolista. Caminaba descalzo sobre el piso de piedra. Calzaba cincuenta y tres. Los pies eran enormes, anchos, con el cuero húmedo y un olor a Queso intenso, penetrante, que se sentía a varios metros y se mezclaba con el del vino hasta volverse casi sólido. Llevaba una camisa negra abierta y una bolsa de lona colgada al hombro. Se detuvo frente a la mesa de Fulop y la miró desde arriba.
—¿Catherine? —dijo—. Me dijeron que ibas a venir a emborracharte.
Fulop levantó la copa, entrecerró los ojos y se rio.
—¿Y tú quién eres, chamo? Coño, eres un gigante. ¿De qué planeta sales? Estoy ocupada. Estoy bebiendo.
— Carlos Matías Sandes. El Quesón. El que asesinó a Maru. A María Eugenia Ortega. En una bodega de Quesos, con un machete, después de que ella me olió los pies y soñó que yo le cortaba la cabeza. Fue en el relato de 2020. Después vino la secuela, en 2023, donde otros también la asesinaron en versiones alternas. Carlos Delfino le tiró un Queso. Carlos Bossio le cortó el cuello en otra bodega. Hubo más. Todos competimos, en leal competencia, por el liderazgo de los Quesones. Yo llevo ventaja. He asesinado a muchas. Wanda Nara, Carina Zampini, Victoria Onetto, Vicky Xipolitakis, Tini Stoessel y otras. Muchas más. Maru fue una más. O varias más, según el multiverso.
Fulop soltó una carcajada alta, de borracha, y se sirvió más vino. Se le derramó un poco sobre la mesa.
—¿Maru Sandes? La esposa del basquetbolista. Sí, algo escuché. Dicen que desapareció. ¿Y tú vienes a contarme que la asesinaste? Coño, qué chiste malo. Yo no me creo nada de eso. Seguro que se fue con otro. O se aburrió de ti. Un gigantón que huele a Queso y que anda matando mujeres. Ja, ja. Qué ridículo. Y esos otros asesinos alternos… Carlos Delfino, Carlos Bossio… coño, parecen un equipo de básquet de locos. ¿Compiten por quién mata más? Qué payasada. Yo vine a emborracharme, no a escuchar cuentos de asesinos.
Carlos Matías no sonrió. Se sentó frente a ella, la silla crujió bajo su peso, y se sacó las zapatillas que llevaba colgadas de la bolsa. Puso los pies sobre la mesa, entre las copas y la botella. Eran enormes, talla cincuenta y tres, con el olor a Queso intenso que llenó el aire de golpe y se mezcló con el Malbec. Fulop arrugó la nariz y se echó hacia atrás, tambaleándose un poco.
—¡Qué asco! Métete eso, chamo. Huelen peor que las barricas y que el vino barato. Coño, qué pies más grandes. Pareces un monstruo.
Pero el olor ya estaba ahí, espeso, y el vino la había soltado. Primero fue rechazo. Después, sin querer, se inclinó un poco más. Olió el pie izquierdo, largo y pesado. Después el derecho. El trance llegó rápido, más rápido por la borrachera. Los ojos se le pusieron vidriosos. Lamió el empeine, despacio, de la base de los dedos hacia el tobillo. Besó el arco del otro pie y los dedos, uno por uno. Carlos Matías la observó en silencio, sin moverse. Fulop siguió, con la respiración más lenta, como si el olor la hubiera enganchado de adentro y el Malbec la hubiera dejado sin defensa. Murmuró algo que no se entendió, entre risas borrachas y gemidos bajos.
Cuando terminó el juego de pies, él la llevó al fondo de la bodega, entre las barricas más oscuras, donde el olor a Queso era más fuerte y las luces casi no llegaban. Allí tuvieron sexo. Fulop, todavía medio ida y tambaleándose, se dejó. El piso de piedra estaba frío. Las barricas crujían. Carlos Matías no habló. Solo la sostuvo contra una de las paredes de madera, con su peso de gigante, hasta que terminó. Afuera, en el salón, el mozo seguía sirviendo copas y nadie preguntaba. Fulop gemía en voz baja, con la voz pastosa, y a ratos se reía sola, como si todavía no entendiera del todo dónde estaba.
Después, Carlos Matías se apartó. Abrió la bolsa y sacó un machete corto, de hoja ancha, y una pistola pequeña. Fulop, todavía desnuda y aturdida entre las barricas, lo miró. El trance se le empezaba a pasar. El miedo le subió de golpe, mezclado con la borrachera.
—Carlos… coño, espera. Yo no tengo nada que ver con Maru. Solo vine a emborracharme. Esos cuentos de asesinos… son mentira. Tú no asesinaste a nadie. Eres un gigantón que huele a Queso y que se cree el líder de los Quesones. Coño, déjame ir.
Él no contestó. Usó primero el machete. Un corte en el costado, profundo. Fulop gritó. El sonido se perdió entre las barricas. Otro corte en el cuello cuando ella intentó empujarlo, con las manos torpes por el vino. Después levantó la pistola y disparó dos veces, cerca. El cuerpo de Fulop quedó quieto contra la madera, con los ojos abiertos y la boca entreabierta. La sangre se mezcló con el vino que se había derramado y con el olor a Queso intenso que seguía flotando.
Carlos Matías guardó las armas. Sacó de la bolsa una horma grande de Emmenthal y la dejó caer sobre el pecho de Fulop. El Queso golpeó con un sonido sordo. Se quedó un segundo mirando la escena. Después murmuró, casi para sí mismo:
—Queso.
Se calzó las zapatillas, se acomodó la camisa y salió de entre las barricas. En el salón, el mozo seguía limpiando copas. Nadie se acercó. La bodega de Mendoza siguió abierta, con el cuerpo de Catherine Fulop y la horma de Queso quietos en el fondo, entre el olor a vino y a Queso viejo, mientras afuera la noche caía sobre los viñedos. Carlos Matías caminó hacia la salida. En algún lugar de los multiversos, Carlos Delfino y Carlos Bossio seguían compitiendo, en leal competencia, por el liderazgo de los Quesones. Él llevaba ventaja. Una más.
PARTE 6 CARLOS IZQUIERDOZ, LA MANSIÓN DE SCREAM
En el Multiverso 4, Oriana Sabatini llegó a la Mansión del Terror al caer la noche, con una linterna en la mano y una sonrisa nerviosa que no le duró mucho. La casa estaba en las afueras, rodeada de árboles que crujían con el viento y de carteles viejos clavados en la entrada: Scream, Halloween, Viernes 13, Pesadilla en Elm Street, El exorcista, La matanza de Texas, It, El conjuro, Hereditary. Adentro, los pasillos olían a humedad, a plástico quemado de las máscaras y a algo más denso, como Queso viejo dejado en un sótano. Las paredes estaban cubiertas de afiches y de maniquíes vestidos de asesinos. Oriana avanzó despacio, iluminando las puertas cerradas.
—Coño, esto da miedo de verdad —murmuró—. Parece una de esas sagas donde la chica entra sola, recibe una llamada y no sale. Como Sidney en Scream, o Laurie en Halloween, o las que Jason se carga en Crystal Lake.
En el salón principal había más maniquíes. Uno llevaba la máscara blanca de Michael Myers y el overol azul. Otro tenía el suéter a rayas y el guante de cuchillas de Freddy Krueger. Otro la máscara de hockey de Jason Voorhees. Uno más tenía la capa negra y la máscara blanca alargada de Ghostface. Oriana se detuvo frente a ese y se rio sola, un poco forzada.
—Este es el de las llamadas. “¿Cuál es tu película de terror favorita?”. Qué clásico. En Scream 2 y Scream 3 también llamaban. Y en la saga de Halloween Michael nunca habla. Freddy sí, y se ríe. Jason no dice nada. Yo no soy ninguna de esas. Yo salgo.
Detrás de ella, Carlos Izquierdoz se movió. Había estado quieto entre las sombras, disfrazado exactamente como Ghostface: capa negra, máscara blanca, guantes negros. Medía más de un metro noventa, tenía los hombros anchos de futbolista y calzaba cuarenta y nueve. Llevaba un cuchillo largo en la mano derecha. Cuando Oriana se dio vuelta, él ya estaba cerca. Se quitó la máscara un segundo, solo para que ella viera la cara, y volvió a ponérsela.
—¿Quién eres? —preguntó ella, con la voz más alta—. Coño, el disfraz está bueno, pero no me asustes así. Esto no es Scream. No hay teléfono.
Carlos Izquierdoz no contestó. Dejó el cuchillo sobre una mesa y se sacó las botas. Los pies aparecieron grandes, talla cuarenta y nueve, con el cuero húmedo y un olor fuerte a Queso viejo mezclado con el plástico de la máscara y con la humedad de la mansión. Oriana arrugó la nariz y retrocedió.
—¿Qué haces? Coño, no me vengas con los pies. Huelen fatal. Esto no es parte de la película.
Pero el olor ya estaba ahí. Primero fue asco. Después, sin querer, se quedó quieta. Carlos Izquierdoz le agarró la nuca con una mano enguantada y le acercó la cara al pie izquierdo. Oriana olió. Lamió el empeine, despacio, de la base de los dedos hacia el tobillo. Besó el derecho en el arco. El trance llegó rápido, más rápido por el miedo y por el olor. Los ojos se le pusieron vidriosos. Siguió, con la respiración más lenta, como si el olor la hubiera enganchado de adentro. Él la observó en silencio, detrás de la máscara de Ghostface. En las paredes, las máscaras de Michael, Freddy y Jason seguían quietas.
Cuando terminó el juego de pies, Carlos Izquierdoz la llevó al centro del salón, entre los maniquíes. Allí tuvieron sexo. Oriana, todavía medio ida, se dejó. El piso de madera estaba frío. Las capas de los asesinos se movían un poco con el aire. Él no se quitó la máscara. Solo la sostuvo contra una de las paredes, con el peso de su cuerpo, hasta que terminó. Oriana gemía en voz baja, con los ojos medio cerrados, y a ratos murmuraba algo sobre Scream y sobre Sidney que no se entendía del todo. Afuera, el viento seguía moviendo los árboles.
Después, Carlos Izquierdoz se apartó. Se acomodó la capa y recogió el cuchillo. Oriana parpadeó, como si empezara a volver. El trance se le pasaba. El miedo le subió de golpe.
—¿Qué…? Coño, espera. Esto no es una película. Yo no…
Él no esperó. Le clavó el cuchillo en el costado, de un solo movimiento. Oriana gritó. El sonido rebotó en las paredes de la mansión. Intentó correr hacia la puerta, pero él la agarró del pelo y la arrastró de vuelta al salón. Le dio otra puñalada en el brazo, otra en la espalda, otra en el vientre. La sangre manchó el piso de madera y las capas de los maniquíes. Oriana cayó de rodillas, con las manos en el abdomen.
—¡Para! ¡Coño, para! ¡Esto no es Scream! ¡No es Halloween! ¡Para!
Carlos Izquierdoz siguió. La apuñaló una y otra vez, salvajemente, como en las escenas finales de Scream cuando Ghostface no para, o como Jason cuando entra en la cabaña de Crystal Lake y no deja a nadie, o como Michael Myers cuando vuelve a la casa de Laurie y no suelta el cuchillo. Oriana intentó arrastrarse hacia la salida. Él le pisó la espalda con una bota grande y le clavó el cuchillo en el cuello, de lado a lado. El cuerpo quedó quieto sobre el piso, con los ojos abiertos hacia el techo lleno de máscaras.
Carlos Izquierdoz se quitó la máscara de Ghostface. Tenía la cara tranquila. Abrió la bolsa negra que había dejado detrás de un maniquí y sacó una horma de Emmenthal. La sostuvo con las dos manos y la dejó caer sobre el cuerpo de Oriana. El Queso golpeó el pecho con un sonido sordo.
—Queso —dijo en voz baja.
Se quedó un segundo mirando la escena. En las paredes, las máscaras de Michael Myers, Freddy Krueger, Jason Voorhees y Ghostface seguían quietas. Un afiche de El conjuro colgaba torcido. Afuera, el viento movía los árboles. Carlos Izquierdoz se acomodó la capa, guardó el cuchillo y salió de la Mansión del Terror por la puerta de atrás. Adentro, Oriana quedó con la horma de Queso encima, entre los maniquíes de las sagas de terror, mientras la linterna que había traído seguía encendida en el piso, iluminando un cartel viejo de Scream 2 que decía que la secuela siempre es peor.
PARTE 7 CARLOS BOSSIO, EL JARDÍN DE LOS QUESOS
En el Multiverso 5, Catherine Fulop apareció de golpe en el Jardín de los Quesos. No recordaba cómo había llegado. El lugar era inmenso, abierto bajo un cielo que no se veía, con caminos de tierra oscura entre hormas gigantescas de Emmenthal, Gruyère y otros Quesos que se alzaban como monumentos. Algunas hormas tenían el tamaño de una casa. Otras, más pequeñas, yacían partidas en el suelo, con los agujeros negros como ojos. El aire olía a Queso intenso, a humedad y a algo más antiguo, como sangre seca. No había sol. Solo una luz gris que venía de ninguna parte y que hacía que las sombras se movieran solas entre las hormas.
Fulop caminó entre dos Emmenthal enormes, con el paso inseguro. El acento venezolano se le marcó cuando habló sola.
—Coño, ¿dónde estoy? Esto parece un cementerio de Quesos. Qué lugar más raro.
Carlos Bossio salió de detrás de una horma de Gruyère que medía más de tres metros de alto. Medía un metro noventa y cinco, tenía los hombros anchos y las manos grandes. Calzaba cincuenta. Llevaba una camisa negra y, en la mano derecha, un cuchillo de cincuenta y cinco centímetros, de hoja ancha y oscura. Detrás de él, sobre un pedestal de piedra, descansaba una horma de Queso tan grande que parecía un escudo de guerra. Carlos Bossio se detuvo a unos metros de Fulop y la miró desde arriba.
—Catherine Fulop —dijo, con voz grave—. Bienvenida al Jardín de los Quesos. Yo soy Carlos Bossio. El más grande asesino de mujeres de la historia. He matado más que Carlos Delfino, más que Carlos Matías Sandes, más que cualquiera. Cada una con su Queso. Cada una con sus pies. Este lugar es mío.
Fulop retrocedió un paso. El miedo le subió, pero el vino de otros multiversos todavía le quedaba en la voz.
—¿Carlos Bossio? Coño, el gigante. ¿Tú eres el que se cree el líder de los Quesones? Qué payasada. Yo no tengo nada que ver con esto. Déjame salir de aquí.
Carlos Bossio avanzó. El cuchillo brilló bajo la luz gris.
—No hay salida. En el Jardín de los Quesos solo se entra. Tú viniste porque alguien te mandó, o porque el Queso te llamó. Da igual. Primero el ritual. Después el resto. Mis pies calzan cincuenta. Huelen a Queso intenso. Más intenso que el de cualquiera. Huele.
Se sacó las zapatillas y puso los pies sobre una piedra baja, frente a ella. Eran enormes, anchos, con el cuero húmedo y un olor a Queso viejo tan fuerte que llenó el aire de golpe y se mezcló con el de las hormas gigantes. Fulop arrugó la nariz y se tapó la boca.
—¡Qué asco! Coño, eso no se hace. Huelen peor que todo este jardín. Métete los pies, chamo.
Pero el olor ya estaba ahí. Primero fue rechazo. Después, sin querer, se inclinó. Olió el pie izquierdo, largo y pesado. Después el derecho. El trance llegó rápido, más rápido por el miedo y por el olor del jardín. Los ojos se le pusieron vidriosos. Lamió el empeine, despacio, de la base de los dedos hacia el tobillo. Besó el arco del otro pie y los dedos, uno por uno. Carlos Bossio la observó en silencio, con el cuchillo todavía en la mano. Fulop siguió, con la respiración más lenta, como si el olor la hubiera enganchado de adentro y el Jardín la hubiera soltado.
Cuando terminó el juego de pies, Carlos Bossio la llevó entre dos hormas enormes, donde la luz gris casi no llegaba. Allí tuvieron sexo. Fulop, todavía medio ida, se dejó. El piso de tierra estaba frío. Las hormas crujían solas, como si respiraran. Carlos Bossio no habló. Solo la sostuvo contra la pared curva de un Emmenthal gigante, con su peso, hasta que terminó. Fulop gemía en voz baja, con la voz pastosa, y a ratos murmuraba algo sobre Ruperto y sobre otros multiversos que no se entendía del todo. El olor a Queso intenso seguía flotando, más fuerte que nunca.
Después, Carlos Bossio se apartó. Levantó el cuchillo de cincuenta y cinco centímetros. Fulop parpadeó, como si empezara a volver. El trance se le pasaba. El miedo le subió de golpe.
—Carlos… coño, espera. Yo no soy Maru. Yo no soy ninguna de las otras. Solo quiero salir de este jardín. Por favor.
Él no contestó. Usó el cuchillo. Un corte largo en el costado, profundo. Fulop gritó. El sonido se perdió entre las hormas. Otro corte en el cuello cuando ella intentó correr. Después le clavó la hoja en el pecho, una y otra vez, salvajemente, hasta que el cuerpo quedó quieto contra la base de un Queso enorme. La sangre se mezcló con la tierra y con el olor a Queso.
Carlos Bossio guardó el cuchillo. Se acercó al pedestal, levantó la horma gigantesca de Queso con las dos manos y la dejó caer sobre el cuerpo de Fulop. El Queso golpeó con un sonido sordo que hizo temblar el suelo. Se quedó un segundo mirando la escena. Después murmuró, casi para sí mismo:
—Queso.
Se calzó las zapatillas y caminó entre las hormas, hacia el fondo del Jardín. Las sombras se movieron solas. En algún lugar, entre los Quesos gigantes, otros Quesones seguían compitiendo por el liderazgo. Carlos Bossio no miró atrás. El cuerpo de Catherine Fulop quedó quieto bajo la horma, con los ojos abiertos hacia el cielo gris que no se veía, mientras el olor a Queso intenso seguía llenando el aire del Jardín de los Quesos.
PARTE 8 CHARLY ALBERTI, EL FUROR DE SODA (1990)
En el Multiverso 6, Oriana Sabatini apareció de golpe en Buenos Aires, en el invierno de 1990. El aire olía a frío y a nafta. En las calles había banderas de Italia y de Argentina, porque el Mundial se jugaba en Italia y todo el mundo hablaba de Maradona, de Caniggia y de los partidos que se veían de madrugada. Oriana no entendía cómo había llegado. Llevaba la ropa de otro tiempo y caminaba entre gente que la miraba raro. Siguió el ruido de la música hasta un teatro grande, donde Soda Stereo presentaba el disco De Música Ligera. Afuera había cola. Adentro, las luces eran bajas y el escenario ya estaba armado, con la batería de Charly Alberti al fondo.
Oriana entró por una puerta lateral y se quedó entre las sombras del costado del escenario. Charly Alberti —Carlos Ficicchia— estaba sentado detrás de la batería, ajustando los platillos. Tenía el pelo largo, la camiseta negra y las baquetas en la mano. Cuando la vio, dejó los palillos y se acercó.
—¿Quién eres? —preguntó—. No deberías estar acá. El recital empieza en un rato.
Oriana se encogió de hombros. El acento se le mezcló.
—No sé cómo llegué. Estoy en 1990. Coño, qué raro. ¿Tú eres el baterista?
Charly la miró un segundo. Después sonrió apenas.
—Carlos Ficicchia. Charly. El Quesón. En este multiverso también. Ven.
La llevó detrás del escenario, a un camerino pequeño que olía a cables y a humo de cigarrillo. Se sacó las zapatillas. Los pies aparecieron grandes, talla cuarenta y ocho, con el cuero húmedo de haber estado horas armando la batería y un olor a Queso viejo que se mezcló con el del teatro. Oriana arrugó la nariz.
—¿Qué haces? Coño, no me vengas con los pies. Huelen fuerte.
Pero el olor ya estaba ahí. Primero fue asco. Después, sin querer, se inclinó. Olió el pie izquierdo. Después el derecho. El trance llegó rápido. Lamió el empeine, despacio. Besó el arco del otro pie. Charly la observó en silencio, con las baquetas todavía en una mano. Oriana siguió, con la respiración más lenta, como si el olor la hubiera enganchado de adentro y el año 1990 la hubiera soltado.
Cuando terminó el juego de pies, tuvieron sexo en el camerino, contra la pared, con la puerta entreabierta y el ruido del público que ya empezaba a entrar al teatro. Oriana, todavía medio ida, se dejó. Charly no habló. Solo la sostuvo hasta que terminó. Afuera, alguien probaba un amplificador. Se escuchaba el murmullo de la gente que esperaba De Música Ligera.
Después, Charly se apartó. Agarró las baquetas y un platillo suelto que había dejado sobre una silla. Oriana parpadeó, como si empezara a volver.
—¿Qué…? Coño, espera. Esto no…
Él no esperó. Le golpeó la cabeza con el platillo, una vez, fuerte. Oriana cayó de rodillas. Charly usó las baquetas: una en el cuello, otra en la sien, otra en la garganta, una y otra vez, salvajemente, hasta que el cuerpo quedó quieto sobre el piso del camerino. La sangre manchó las baquetas y el platillo. Charly dejó las armas improvisadas, abrió una bolsa negra que tenía detrás de la puerta y sacó una horma de Emmenthal. La dejó caer sobre el cuerpo de Oriana. El Queso golpeó el pecho con un sonido sordo.
—Queso —dijo en voz baja.
Se acomodó la camiseta, agarró las baquetas limpias y salió al escenario. El público ya estaba gritando. Charly se sentó detrás de la batería. Cuando empezó la canción, cambió la letra. En vez de “de música ligera”, cantó, con la voz baja y el micrófono cerca:
—De Queso ligero…
El teatro rugió. Nadie notó la diferencia. Detrás del escenario, en el camerino, Oriana quedó quieta bajo la horma de Queso, con los ojos abiertos hacia el techo, mientras afuera Soda Stereo seguía tocando y el Mundial de Italia seguía en todas las radios. Charly golpeó los platillos una vez más y no miró atrás.
PARTE 9 EL JUICIO FINAL
Fulop y Oriana regresaron a la realidad de golpe, como si alguien hubiera cortado todos los hilos de los multiversos al mismo tiempo. Estaban sentadas otra vez en el salón de mediación. Las hormas de Emmenthal seguían sobre la mesa, intactas y pesadas. Los tres Carlos seguían del otro lado. Lady Dumitrescu seguía en el lugar del mediador, con el bastón apoyado en el piso y la sonrisa que ahora sí le llegaba a los ojos. Burlando no había vuelto. La puerta seguía cerrada. El aire olía a madera vieja, a café recalentado y, de pronto, a Queso intenso.
Catherine parpadeó. Tenía la boca seca y el acento venezolano le salió más marcado que nunca.
—Coño… ¿qué fue eso? Estuve en una nave. En una bodega. En un jardín de Quesos. En todos lados me… Oriana… ¿tú también?
Oriana asintió despacio. Tenía los ojos muy abiertos y las manos quietas sobre la mesa.
—Estuve en una playa. En una mansión. En un recital de Soda. En 1990. Coño, mami. Y en todos lados los pies. Y el Queso. Y alguien me…
Lady Dumitrescu golpeó el bastón una sola vez. El sonido fue seco y final.
—Ya regresaron. El arreglo sigue en pie. La película para Neflis. Ustedes se quedan con todas las ganancias y las regalías. Los Carlos firman que no hay demanda. Yo me quedo con el resto. Todo acordado. Nadie sale de aquí distinto.
Fulop intentó levantarse. Las piernas no le respondieron.
—¡No! Coño, eso no. Nosotros no firmamos nada. Burlando se fue. Esto es una trampa. ¡Esto es lo mismo que en la fanfic!
Dumitrescu sonrió del todo.
—Burlando ya no vuelve. Los extraterrestres lo retuvieron. O se quedó a vivir con ellos. Da igual. El Imperius sigue. Y ahora ustedes dos también lo tienen. Miren.
Los dos Carlos Delfino se levantaron al mismo tiempo. El padre, el Toro, sacó un cuchillo largo de debajo de la mesa. El hijo, el Lancha, sacó otro, más corto y afilado. Se sacaron las zapatillas. Los pies aparecieron enormes, talla cuarenta y ocho y cincuenta, con el cuero húmedo y el olor a Queso viejo que llenó el salón de golpe y se mezcló con el de las hormas. Fulop arrugó la nariz. Oriana se echó hacia atrás. Pero el olor ya estaba ahí. Primero fue asco. Después, sin querer, las dos se inclinaron un poco. Olieron. El trance llegó rápido, más rápido que en cualquiera de los multiversos. Los ojos se les pusieron vidriosos. Las manos se les aflojaron. Dumitrescu observó en silencio.
Carlos Quesón, el autor, se levantó. Tenía la carpeta de cartón bajo el brazo.
—Yo me voy —dijo—. Soy insolvente. No tengo nada que firmar. El blog sigue. Siempre sigue.
Salió por la puerta de atrás. Nadie lo detuvo. Gonella lo siguió con la mirada y no dijo nada.
El Toro se acercó a Fulop. Levantó el cuchillo. La hoja brilló bajo la luz del salón. Estaba dispuesto. Cien puñaladas, como en el relato original. Una tras otra, salvajes, hasta que no quedara nada. Fulop lo miró con los ojos vidriosos. Quiso decir algo. Solo salió un murmullo pastoso.
—Coño… no…
El Lancha se acercó a Oriana. Levantó su cuchillo. Estaba listo para degollarla, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, como había hecho en la fanfic, y después la puñalada en la cabeza. Oriana no se movió. Solo respiraba más lento.
Dumitrescu se inclinó hacia adelante. Su voz sonó suave y arrastrada.
—El juicio terminó. Triunfo total. Las damas aceptan el arreglo. Los Quesones aceptan el arreglo. Y ahora, como en el relato original, los dos Carlos Delfino vuelven a Quesonearlas. Aquí mismo. Con los pies. Con los cuchillos. Con el Queso. Nadie va a recordar nada distinto. Nadie va a demandar. El blog sigue. El Jardín sigue. Los multiversos siguen. Y yo sigo.
El Toro apoyó la punta del cuchillo en el pecho de Fulop. El Lancha apoyó la hoja en el cuello de Oriana. Las dos hormas de Emmenthal esperaban sobre la mesa, listas. El olor a Queso intenso llenaba el salón. Dumitrescu se recostó en la silla, apoyó el bastón y sonrió del todo.
Los dos Carlos Delfino estaban listos para el asesinato y el QUESO.
QUESO.





Una joya toda esta serie de los Mundos Alternos, en cuentos e imágenes, simplemente excelente, es como juntar la saga de los Quesones tradicional con los relatos esos de los Cuentos Quesones, Fulop y Sabatini merecen varios asesinatos, no se mencionan otros Quesos que recibió la familia, pero las dos reciben su Queso, Dumitrescu también es abogada, que hace como mediadora, esta Burlando también, como me reí cuando ví la imagen
ResponderBorrarLos dos relatos de hoy son de Madres e Hijas, lo que brinda la posibilidad que haya alguno de Araceli González (ahí también deberían quesonear al gordo asqueroso que tuvo con Suar) – y otro con Nazarena y Barbie Vélez, despues no sé
ResponderBorrarHabrá un Mundos Alternos todo de Carlos españoles? Hacedlo con Ursula Corberó o Sara Carbonero
ResponderBorrarTe las coges a todas Carlitos Queson, que pajero que sos, quesos
ResponderBorrarPerdio River y se ve que te inspiro unos buenos relatos, dos joyas de la literatura quesona
ResponderBorrarY si Burlando se coge a Dumitrescu? ese final rompía todo, despues siempre es queso
ResponderBorrarFulop y Sabatini merecen pasar Quesón por Quesón, el jardín de los Quesos puede dar otro buen relato
ResponderBorrarQUE RACHA DE RELATAZOS QUESONES!
ResponderBorrarporque tanto la palabra "coño"? se usa en Venezuela?
ResponderBorrarFalto Carlos Baute para completar el queso entre venezolanos
ResponderBorrarPodrá haber muchos multiversos pero todas terminan con un Carlos y un queso
ResponderBorrartop de quesones y quesoneadas, vamos por mas quesos
ResponderBorrarMe gusta esta meta ficción, con Catherine, muy bien representada, y Oriana protestando por el relato.
ResponderBorrarBien desarrollada las escenas de sexo.
Lo peor que le puede pasar a una famosa no es queso azul sino encontrarse con Melia, quien no les da placer a las mujeres. Salvo alguna que otra vez