El Asesino de Valeria Mazza (Mundos Alternos) #QUESO
(o cómo Valeria Mazza descubrió que en el universo de los Quesones la suerte se repite… en loop infinito de los Quesos)
En alguna realidad, ya sea la que vivimos o una alterna, el Hotel Alvear Palace de Buenos Aires nunca había visto algo así. Se trataba de un mega desfile benéfico nunca espectacular, con la presencia de numerosas figuras de la moda, los medios y el deporte. Todas esas figuras habían sufrido la misma suerte en el popular blog Cuentos Sangrientos, todas y todos habían sido Quesoneadas por Quesones o Quesoneados por Quesonas.
Se podían estrellas del básquet como Emanuel Ginóbili, Fabricio Oberto o Luis Scola; del vóley como Marcos Milinkovic o Agustín Loser; del fútbol como Martín Palermo o Fernando Redondo; del tenis como Juan Martín Del Potro; del rugby como Gonzalo Quesada o Patricio Albacete; de los medios como Alejandro Fantino o David Kavlin; y así podríamos enumerar decenas de nombres, casi todos muy activos en las décadas de 1990 y 2000.
La lista de figuras femeninas era aún más extensa, si los hombres eran decenas, las mujeres eran centenas, estaban Wanda Nara, Zaira Nara, Belen Francese, Soledad Solaro, Viviana Canosa, Karina Mazzocco, Marina Calabró, Nicole Neumann, y así nombres y nombres que enumerar en una lista de aquí a la eternidad.
Y en el centro de todo ese delirio, Carlos Quesón. Alto, imponente, con su calzado imposible de ocultar: talla 49. Los pies le sudaban adentro desde las 8 de la noche. Siempre le sudaban pero aquella noche aún mucho más de lo habitual, como si el Queso que emanaba estuviera pidiendo algo.
Entonces la vio. Valeria Mazza. La Top Model que marcó a toda una generación. Bajaba por la gran escalera principal como si todavía estuviera en 1998. Vestido plateado transparente que apenas cubría sus curvas legendarias, pelo rubio platino cayéndole como cascada sobre los hombros, sonrisa de diosa que había conquistado el mundo.
Carlos Quesón se acercó. La saludó con esa elegancia fría que tenía cuando estaba a punto de entrar en modo ritual.
—Valeria… qué honor. Sabía que serías la estrella del evento. No podía ser de otra manera.
Ella lo miró de arriba abajo y entonces se rio. Una carcajada histérica, hermosa, terrorífica, que hizo que las arañas de cristal tintinearan y que varias modelos se giraran a mirarla. Se rio tanto que se le saltaron las lágrimas. Se rio como si estuviera viendo la película completa de su propio asesinato otra vez.
—¡Jajajajajajajajajajaja! ¡Carlos Quesón! ¡El del blog! ¡Boludo, qué suerte la mía!
Se acercó más, todavía riendo, y le habló al oído mientras la gente seguía desfilando a su alrededor como si nada:
—¿Te acordás del post de 2012? El Asesino de Valeria Mazza. Carlos Delfino, el “Lancha”, con sus pies talla 50-51 que olían a todos los Quesos del mundo después de comer parmesano, emmental y gruyere. Me hace olerlos, me hace lamerlos, me coge como en Verona, en Venecia, en todas esas ciudades de Italia… y después… ¡ZAS! La katana. Un solo golpe limpio en el cuello. La cabeza rodando. Y el Queso Gruyere volando por el aire para caer justo encima de mi cuerpo sin cabeza. “Queso”, dice. ¡Jajajajajajajaja!
Se rio más fuerte. Varias personas aplaudieron pensando que era parte del show.
—¡Qué suerte la mía con ustedes los Carlos! ¿Ahora te toca a vos, Quesón? ¿Vas a repetirlo? ¿O esta vez va a ser peor?
En ese preciso segundo el delirio se activó.
Las luces del Alvear se pusieron de un
rojo sangre. El techo se abrió como una herida y empezaron a caer páginas del
blog antiguo, revoloteando como murciélagos. En una de ellas se leía
claramente:
“Le cortaron la cabeza y le tiraron un Queso.”
Valeria seguía riendo. Pero ahora su risa tenía eco. Un eco que venía de 2012, de Punta del Este, del Hotel Conrad.
Carlos Quesón sintió cómo sus pies dentro de los zapatos empezaban a arder. El olor subió como una ola: Queso apestoso, sudor de basquetbolista, rugbier y futbolista todo a la vez, pies gigantes que llevaban toda la noche caminando sobre alfombras de lujo. El olor invadió todo el salón.
Valeria lo olió. Y su risa cambió de tono. Se volvió más baja, más ronca, más… excitada.
—Otra vez… —susurró entre carcajadas—. Otra vez el Queso…
Tras arrodillarse, le quitó el zapato izquierdo a Carlos Quesón con una lentitud deliberada. El pie salió humeante, talla 49, venas marcadas, dedos gruesos, uñas perfectas, la planta completamente empapada de sudor y olor a Queso.
Valeria enterró la cara en él y respiró hondo.
—Huele… igual que el de él… pero distinto. Más… tuyo.
Empezó a lamer. Primero despacio, riendo entre lamidas. Después con más hambre. La lengua recorriendo cada pliegue entre los dedos, chupando el sudor que goteaba, mordiendo suavemente el talón calloso. Cada vez que lamía, decía entre risas:
—Queso… Queso… Queso…
Carlos Quesón la levantó como si no pesara nada. La llevó hasta una tarima que había aparecido de la nada. Sobre la tarima había una katana antigua… la misma del post de 2012. O una idéntica. O la misma que había viajado en el tiempo.
Valeria, todavía riendo, se quitó el vestido plateado. Se quedó solo con unas medias rotas y zapatos de taco altísimo. Se dejó atar con tiras de cuero. El sexo fue brutal, delirante, público. Ella lo montaba riendo, gritando “¡Otra vez no, boludo! ¡Qué suerte la mía!”, mientras le lamía el otro pie que Carlos Quesón le ponía en la cara.
Cuando terminó, cuando los dos estaban empapados de sudor, semen y olor a Queso, ella lo miró con los ojos vidriosos de placer y de algo más antiguo.
—Hacélo —le dijo, todavía sonriendo—. Como en el post. Pero esta vez que sea vos.
Carlos Quesón tomó la katana. El golpe fue perfecto. Limpio. Samurái.
La cabeza de Valeria Mazza voló en un arco perfecto mientras un chorro de sangre caliente salpicaba la tarima y la alfombra. La cabeza rodó varios metros y se detuvo contra el Queso gigante que había aparecido de la nada.
Y entonces… la cabeza siguió riendo.
—Jajajajajajajajajajaja… ¡Otra vez! ¡Me cortaron la cabeza otra vez! ¡Qué suerte la mía, Carlos Quesón! ¿Vas a tirar el Queso ahora?
Carlos Quesón levantó el Queso gigantesco) y lo tiró encima del cuerpo decapitado, rebotó un poco y quedó allí, como una corona macabra.
—Queso —dijo él, en voz alta.
La cabeza de Valeria, todavía sonriendo desde el piso, parpadeó una vez y dijo con voz clara:
—Che… ¿esto es un trailer? Porque si es un trailer… quiero que me pongan en el próximo también. Quiero que me asesinen de nuevo. Quiero que todos los Carlos me asesinen. Una y otra vez.
Se rio una última vez. Y el delirio continuó.
Porque en el universo de los Quesones, la suerte que corría Valeria Mazza no era mala. Era eterna. Y siempre terminaba igual. La asesinaban y le tiraban un Queso.
MUNDO ALTERNO 2: LA ALDEA PERDIDA DE LOS MOAS
(Nueva Zelanda – Valle oculto de Urewera, circa 2010)
Valeria había ido a Nueva Zelanda para un editorial de lujo: “Naturaleza salvaje y belleza eterna”. El país donde se filmó El Señor de los Anillos. El tour guiado por el bosque de Urewera fue perfecto… hasta que la niebla espesa y blanca apareció de golpe. El guía desapareció. El camino se borró. Caminó horas. O días. El tiempo se rompió.
Cuando la niebla se abrió, estaba en un valle que no existía en ningún mapa. Árboles milenarios. Pájaros gigantes que no deberían existir. Moas. Algunos de más de tres metros de altura, plumaje oscuro, picos poderosos, moviéndose lentos pero majestuosos entre los helechos. La aldea maorí estaba allí: wharenui tallados, humo de fogatas, gente que vestía mezcla de tradición y ropa moderna rota por el tiempo.
La llevaron ante Charles Piutau. 1,86 m de puro poder de rugby. Piel bronceada, tatuajes maoríes nuevos mezclados con los viejos. Y los pies… talla 48. Después de cazar y entrenar todo el día en la humedad del valle, los tenía envueltos en vendas de lino. El olor que salía de sus sandalias era inconfundible: Queso apestoso, sudor de rugbier y algo más oscuro, multiversal.
Él la miró y sonrió con la misma calma con la que un fullback elige por dónde romper la defensa.
—Otra vez llegaste, hermosa. En este mundo también.
Primero la purificaron en el río frío. Después la llevaron al marae central. Los moas rodearon el claro como guardianes silenciosos. Charles Piutau se sentó en el trono de piedra tallada. Se quitó las vendas. Sus pies enormes, hinchados, brillantes de sudor, con los dedos anchos y las plantas callosas por años de rugby y de caminar por ese valle prohibido, quedaron expuestos.
Valeria, drogada por el humo de las hierbas rituales y por el delirio del multiverso, se arrodilló sin que nadie la obligara. Enterró la cara entre aquellos pies talla 48 y respiró hondo. El olor la golpeó como un tackle: Queso apestoso, como un emmental sudado. Empezó a lamer. Primero despacio, riendo entre lamidas como en el hotel de Buenos Aires. Después con hambre.
—Otra vez… otra vez el Queso… en este mundo también me toca… —susurraba entre carcajadas y gemidos.
Charles la cogió allí mismo, sobre la esterilla ceremonial, delante de toda la aldea y de los moas que observaban con cabezas inclinadas. Fue brutal, profundo, ritual. Ella se corría riendo, llorando, repitiendo frases del post de 2012 y del desfile del Alvear al mismo tiempo.
Cuando terminó, él se levantó, tomó la lanza maorí (taiaha tallada con huesos de moa) y la alzó.
—Para los dioses del valle. Para que los moas sigan caminando.
El golpe fue limpio y ceremonial. La lanza entró por debajo de las costillas, atravesó el corazón y salió por la espalda. Valeria se arqueó, sangre brotando por la boca, pero siguió riendo hasta el final.
—Jajajajajaja… en este mundo… con lanza… y moas… qué suerte la mía…
Charles Piutau esperó a que el cuerpo dejara de convulsionar. Entonces levantó una rueda entera de Queso (hecho en la aldea con leche de cabras salvajes y la receta que él había traído del multiverso) y la lanzó sobre el pecho ensangrentado.
—Queso.
Los moas se acercaron. Uno de ellos picoteó el Queso y la sangre. La aldea entera coreó en voz baja:
—Queso… Queso… Queso…
El valle volvió a cerrarse con niebla. Valeria Mazza ya no estaba en ningún mapa. Había sido Quesoneada.
MUNDO ALTERNO 3: EL SANTUARIO DE LOS MYLODONES
(Patagonia Argentina – Valle oculto de los hielos, circa 2020)
Valeria había ido a Torres del Paine para un shooting de invierno. Una tormenta blanca de las que no avisan separó al grupo. Siguió las luces de lo que creía un refugio. Entró en una grieta entre glaciares y apareció en otro mundo.
El valle estaba protegido por paredes de hielo que no se derretían. Allí vivían mylodones: gigantes perezosos terrestres del tamaño de osos pardos, pelaje largo y espeso, garras enormes, moviéndose lentos entre los árboles cubiertos de nieve. También aves del terror más pequeñas pero letales.
La aldea era de descendientes de tehuelches y colonos perdidos que habían aprendido a convivir con las bestias.
El guardián y sacerdote del valle era Carlos “El Quesón” Repetto, rugbier legendario de la región, 1,97 m de puro músculo patagónico, talla 50 de calzado. Sus pies, después de días caminando sobre hielo y nieve con botas rotas, eran legendarios incluso entre los suyos. El olor a Queso curado que desprendían cuando se los quitaba era tan fuerte que los mylodones se acercaban curiosos.
Valeria fue atada con cueros y tendones en una plataforma de piedra frente a la cueva principal. Los mylodones observaban desde la oscuridad.
Carlos se sentó frente a ella. Se quitó las botas de cuero. Los pies salieron humeantes, rojos por el frío y el esfuerzo, venas marcadas, dedos anchos, sudor congelándose en algunos pelos. El olor invadió todo el valle.
—Lame, modelo. Es parte del pago al hielo.
Ella lo hizo. Entre risas y lágrimas. El sabor apestoso, el olor intenso a Queso con el sudor de un cuerpo que había jugado rugby sobre hielo durante años. Se corrió solo con lamer aquellos pies gigantes mientras los mylodones gruñían en la oscuridad.
Después la cogió contra la piedra helada, duro, profundo, como si estuviera marcando territorio. Ella se corría gritando nombres de otros mundos: “¡Carlos Delfino! ¡Charles Piutau! ¡Ahora sos vos, Carlos Repetto!”
Cuando terminó, él tomó el cuchillo gigantesco ceremonial de acero y hueso de mylodón. Un solo corte ritual desde el esternón hasta el pubis, abriéndola como se abre un animal para el asado. La sangre corrió caliente sobre la piedra y los mylodones se acercaron a beber.
Carlos levantó un Queso gigantesco (el mismo que siempre llevaba en su mochila, la tradición Quesón que atravesaba mundos) y lo dejó caer sobre las vísceras expuestas.
—Queso.
La aldea coreó. Los mylodones se alimentaron. El valle volvió a cerrar sus paredes de hielo. QUESO.
MUNDO ALTERNO 4: EL TEMPLO PERDIDO DE LOS PÁJAROS DEL SOL
(Andes peruanos – Valle oculto de los cóndores gigantes, circa 2010)
Valeria estaba en Cusco para un evento de moda de lujo. Una excursión privada a una zona “restringida” por “problemas climáticos” la llevó demasiado lejos. Una avalancha controlada la sepultó… y la escupió en otro lado.
El valle estaba rodeado de montañas que no aparecían en Google Earth. Allí vivían cóndores gigantes (especie que la ciencia dice extinta hace siglos) y vicuñas sagradas que brillaban como oro vivo. La aldea era un mix de arquitectura inca y algo más antiguo, más oscuro.
El sacerdote-guerrero era Carlos “El Quesón” Lampe, un arquero de fútbol boliviano (aunque estábamos en Perú), 1,92 m, talla 49, el Quesón de las Cholas lo llamaban y se había convertido en el elegido de los dioses del valle.
Valeria fue llevada al altar de piedra tallada con alas de cóndor. Carlos se quitó las sandalias de cuero. Sus pies, adaptados a la altura y al frío, eran anchos, duros, con uñas perfectas y un olor que combinaba el Queso (el mismo que usaban en rituales antiguos) con el sudor de un cuerpo que corría y placaba a 4000 metros de altura.
Ella lo adoró. Lamió, chupó, se rio histérica mientras los cóndores gigantes planeaban en círculos sobre el altar.
—Otra rama… otro Carlos… otro Queso… nunca termino de ser asesinada…
Lo montó allí, sobre la piedra fría, mientras los cóndores gritaban y la aldea cantaba en quechua mezclado con palabras del Código Quesón.
Cuando se corrieron los dos, Carlos tomó la lanza ceremonial con punta de obsidiana y hueso de cóndor. La clavó con precisión quirúrgica en el pecho, justo donde latía el corazón. La extrajo. La sangre brotó como fuente.
Luego levantó una rueda de Queso gigante con agujeros y la dejó caer sobre el cuerpo abierto.
—Queso.
Los cóndores bajaron. Uno de ellos tomó un trozo de Queso y sangre con el pico. La aldea se postró. El valle se cerró otra vez.
MUNDO
ALTERNO MEDIEVAL: LA HEREJE QUE RÍE ANTE LA HOGUERA
(París, 1327 – o lo que el tiempo quiera ser en este mundo)
El delirio la atrapó de nuevo. Ahora estaba de pie en medio de la Place de Grève, París, año de Nuestro Señor 1327. La catedral de Notre-Dame se alzaba a su espalda como un monstruo de piedra. La multitud vestía harapos y cotas de malla. El aire olía a mierda, a humo de leña y a miedo.
Llevaba puesto el mismo vestido plateado transparente del desfile. En 1327 eso era herejía andante.
La acusaron en menos de una hora.
—Bruja…
—Demonio con cara de mujer…
—Sus ropas son obra del Maligno…
—Habló de “mundos alternos” y de “Carlos” como si fueran legión…
El obispo de París, un hombre flaco y pálido con ojos de rata, la condenó en nombre de Dios y del Rey de Francia.
Hoguera. Expiación por fuego. Purificación.
Valeria se rio. Se rio con esa misma carcajada histérica que ya había soltado en el hotel, en Punta del Este, en el valle de los moas.
—Otra vez… otra vez me asesinan los Carlos… ahora en la Edad Media… qué suerte la mía, boludo…
La multitud se persignó. Algunos gritaron “¡Endemoniada!”.
Pero entonces intervino el poder. El Obispo recibió un mensaje sellado del Rey de Francia, que había visto a Valeria desde su balcón (y que no quería desperdiciar tanta belleza en simples llamas), concedió perdón especial. No ardería.
En su lugar… sería entregada a él. Charles Barkley. Una figura de la NBA que estaba en medio de la Edad Media.
El gigante de piel oscura que el Emperador había traído de tierras lejanas (o eso decían). 1,98 m de puro poder. Ex jugador de un juego extraño que nadie entendía pero que lo había hecho rico y temido. Ahora era el Asesino de Mujeres para casos de herejía “especiales”.
Nadie sabía de dónde venía exactamente. Algunos decían que era un moro converso. Otros que venía de más allá del mar océano. Lo único cierto era que cuando se quitaba las botas en su cámara, el olor que salía era tan fuerte que los monjes se persignaban y decían que era “el hedor del infierno hecho Queso”.
Lo llamaban el Quesón Negro.
Lo llevaron a sus aposentos en la torre de la Conciergerie. Piedra fría. Antorchas. Una cruz invertida que nadie se atrevía a cuestionar. Charles Barkley estaba sentado en un trono de madera tallada, con armadura parcial y una túnica negra con el águila imperial. Sus pies, envueltos en cuero grueso, ya olían a través de las botas.
Valeria fue empujada de rodillas frente a él.
Él la miró con esa media sonrisa que usaba cuando dominaba la cancha… o cuando iba a ejecutar a alguien.
—Otra rama, ¿eh, muñeca? En este mundo también te toca.
Se quitó las botas con lentitud deliberada.
Dos pies enormes salieron al aire. Talla 50. Piel oscura, brillante de sudor después de todo el día juzgando herejes. Dedos anchos, uñas fuertes, venas marcadas. El olor golpeó como una bofetada: Queso apestoso y antiguo que no pertenecía al siglo XIV. Era el mismo olor que había sentido con Carlos Delfino, con Charles Piutau, con carlos Repetto o Carlos Lampe… pero más oscuro, más denso, más medieval.
Valeria se rio otra vez, con lágrimas en los ojos.
—Jajajajajajaja… otra vez los pies… otra vez el Queso… en la Edad Media también…
Charles Barkley le agarró la cabeza con una mano enorme y la obligó a hundir la cara entre sus pies.
—Lame, hereje. Es tu última confesión.
Ella obedeció. Lamió con devoción delirante. La lengua recorriendo las plantas callosas, chupando entre los dedos gruesos, tragando el sudor que olía a Queso. Cada lamida la hacía gemir y reír al mismo tiempo. El Obispo que observaba desde la puerta murmuró un padre nuestro. El Rey, escondido tras un tapiz, se tocaba bajo la túnica.
Charles la cogió allí mismo, contra la piedra fría de la torre. La levantó como si no pesara nada, la empaló contra la pared y la usó con fuerza lenta y deliberada, como quien ejecuta un veredicto. Ella se corría entre risas y sollozos, gritando nombres de otros mundos:
—¡Carlos Delfino! ¡Charles Piutau! ¡Ahora sos vos, Charles Barkley… el Quesón negro de la Edad Media!
Cuando terminó, él la soltó. El semen le corría por los muslos. La miró con calma.
—Ahora viene lo público. Como en la novela que todavía no se ha escrito.
La vistieron con un sayo blanco de penitente. Le pusieron una soga al cuello pero sin apretar todavía. La subieron a un carro y la llevaron por las calles de París hacia la Place de Grève, frente a Notre-Dame. La multitud rugía. Algunos tiraban verduras. Otros pedían misericordia por tanta belleza.
Charles Barkley caminaba al lado del carro, descalzo ahora, dejando huellas húmedas y olorosas en el empedrado.
En el patíbulo ya estaba la horca. Alta. Simple. Estilo Notre-Dame de París. Como la de Esmeralda.
La subieron. Le colocaron la soga. Charles Barkley subió los escalones con ella. Se colocó detrás, como el verdugo que también era amante y sacerdote del ritual.
Valeria, con la soga ya rozándole el cuello, todavía reía.
—Otra vez… otra vez me ahorcan… qué suerte la mía con ustedes los Carlos… en todos los siglos…
Él le habló al oído, voz grave y tranquila:
—Este mundo también es mío, modelo. Y el Queso siempre cae al final.
Tiró de la soga. Valeria Mazza cayó. La soga se tensó con un chasquido seco. Su cuerpo se arqueó, piernas pateando en el vacío, manos atadas intentando alcanzar el nudo. La cara se puso roja, luego morada. Los ojos se le salieron. La lengua asomó entre los labios. Siguió riendo… o intentando reír… mientras se ahogaba.
El gentío guardó silencio absoluto.
Charles Barkley esperó hasta que el cuerpo dejó de convulsionar y solo quedó el balanceo lento de la hermosa hereje ahorcada frente a Notre-Dame.
Entonces levantó una horma entera de Queso (la misma que siempre llevaba consigo, aunque nadie entendía cómo la conseguía en 1327) y la lanzó con precisión.
El Queso golpeó el cuerpo colgante en el pecho y rebotó hacia la multitud.
—Queso —dijo en voz alta y clara.
Algunos en la multitud repitieron la palabra como si fuera un conjuro. Otros huyeron. El Obispo se persignó tres veces. El Rey, desde su balcón lejano, sonrió.
El cuerpo de Valeria Mazza siguió
balanceándose suavemente frente a la catedral, con el Queso roto a sus pies y
el olor a pies gigantes del verdugo todavía flotando en el aire de París.
QUESO.
MUNDO
ALTERNO MÓNACO: EL QUESO EN EL YATE DE GRACE
(Montecarlo, 1962 – o lo que el tiempo decida ser esta vez)
La niebla del multiverso esta vez olía a Chanel Nº5, a nafta de Fórmula 1 y a Quesos del Mediterráneo.
Valeria apareció de golpe en la terraza del Casino de Montecarlo, justo cuando la orquesta tocaba un lento y Grace Kelly (Princesa Gracia de Mónaco) bajaba las escaleras como una visión en vestido azul celeste. El año era 1962. Alfred Hitchcock, ya instalado en la Riviera tras el éxito de Psicosis, preparaba su próxima obra: Los Pájaros. Tenía el guión en la mano y observaba a la multitud con esa mirada de buitre que todo lo convertía en material.
Y allí, apoyado en la barra con un traje impecable y esa sonrisa de piloto que todavía no había nacido del todo en esta línea temporal, estaba Charles Leclerc.
Monegasco. Joven. Guapo de una forma casi indecente. En esta distorsión temporal ya corría en Fórmula 1 para Ferrari, aunque los coches que se veían en el puerto parecían sacados de un futuro que nadie entendía. Llevaba el aura de los Quesones: alto, atlético, y cuando se movía se notaba que sus pies (talla 49) ya estaban sudados dentro de los zapatos de cuero italiano después de haber estado “probando” un auto en el circuito.
Valeria lo reconoció al instante. Otra rama. Otro Carlos o Charles.
Se acercó con esa misma sonrisa peligrosa que ya había usado en Buenos Aires, en Nueva Zelanda y en la Edad Media. En la mano llevaba una gran horma pero de Queso.
—Charles Leclerc… —dijo en voz baja, solo para él—. En todos los mundos termino encontrándote. Esto es para ti.
Le entregó el Queso directamente. Leclerc lo tomó, lo olió, y su mirada cambió. El olor activó algo antiguo en él. El Código Quesón no respetaba siglos. Cuando un Quesón recibe un Queso de una mujer, ya sabe lo que tiene que hacer.
Esa misma noche la invitó al yate. No era cualquier yate. Era el Grace, propiedad de la familia principesca, anclado en el puerto de Montecarlo con las luces de la ciudad reflejándose en el agua como diamantes. Hitchcock estaba en otro barco cercano, filmando pruebas nocturnas con pájaros mecánicos para su película. A veces se oían graznidos extraños en la oscuridad.
En la cubierta principal, con el Mediterráneo negro y las luces de Montecarlo brillando, el ritual comenzó.
Charles Leclerc se quitó los zapatos y los calcetines con lentitud. Sus pies enormes, talla 49, salieron al aire tibio de la noche. Después de horas dentro del auto de carreras y caminando por el casino, estaban brillantes de sudor. El olor subió como una ola: el Queso apestoso de siempre. El mismo olor que había sentido con Carlos Delfino, con Charles Barkley, con Charles Piutau… pero ahora con el glamour de los años sesenta y el rugido lejano de un motor Ferrari.
Valeria se arrodilló en la cubierta de teca como si estuviera en misa.
—Otra vez… —rio entre dientes, ya con la cara pegada a aquellos pies gigantes—. Otra vez el Queso… en Mónaco, con Grace Kelly mirando desde el palacio y Hitchcock filmando pájaros… qué suerte la mía.
Lamió. Primero despacio, saboreando el sudor y olor que sabía a todos los Quesos del mundo. Después con hambre. Chupó entre los dedos anchos, lamió las plantas callosas por el acelerador, enterró la nariz en el arco del pie mientras gemía y reía al mismo tiempo. Charles la dejó hacer, con una mano en su pelo rubio platino, mirando hacia el casino como si estuviera en la parrilla de salida.
El sexo fue intenso, glamuroso y brutal.
La cogió contra la barandilla del yate, con el vestido plateado (el mismo del desfile) subido hasta la cintura. Luego la llevó abajo, al camarote principal con las paredes de madera oscura y las fotos de Grace Kelly en marcos plateados. La montó en la cama de seda, le puso un pie enorme en la cara mientras la penetraba profundo y lento. Ella lamía y chupaba el pie mientras se corría gritando nombres de otros mundos y de otros Carlos.
— Otro mundo alterno… otra vez me asesinaban… pero esta vez con el glamour de Monaco…
Cuando terminaron, sudados y oliendo a sexo y a Queso, Charles Leclerc se levantó. Abrió un armario antiguo que parecía sacado de un barco pirata del siglo XVIII (otra distorsión temporal). Sacó un puñal de hoja curva y un antiguo trabuco de pirata, pesado, de boca ancha, con incrustaciones de nácar.
Valeria, todavía desnuda y riendo sobre las sábanas de seda, lo miró.
—¿Ahora? ¿Ya?
Él asintió con calma.
—Así lo quiere el Código. En este mundo también. Una vez una mujer le regalo un Queso a un Quesón y lo envenenó. Desde entonces siempre que un Quesón recibe un Queso de una mujer, la no debe comer ese Queso, la tiene que asesinar y tirarle ese mismo Queso.
Primero el puñal. Rápido, preciso. Una estocada limpia bajo las costillas, girando la hoja. Valeria se arqueó, sangre brotando por la boca, pero siguió riendo.
—Jajajajajajaja… otra vez… con puñal y trabuco… en el yate de Grace…
Charles tomó el trabuco. Lo cargó con pólvora y perdigones antiguos. Apuntó al pecho ya herido y disparó a quemarropa.
El estruendo fue ensordecedor dentro del camarote. La sangre y los perdigones salpicaron las paredes de madera y las fotos de la princesa. El cuerpo de Valeria se estremeció violentamente y quedó quieto, con los ojos abiertos y una sonrisa congelada en la cara.
Charles Leclerc esperó unos segundos, escuchando el eco del disparo sobre el agua. Luego tomó el Queso que ella le había regalado al principio de la noche, la levantó y la lanzó sobre el cuerpo destrozado.
El Queso rebotó y quedó apoyado contra su pecho ensangrentado.
—Queso.
Arriba, en la cubierta, se escucharon graznidos. Los pájaros mecánicos de Hitchcock, o quizás pájaros reales atraídos por la sangre y el olor, empezaron a volar en círculos alrededor del yate. Alfred Hitchcock, desde el barco vecino, bajó los binoculares y sonrió lentamente.
—Interesante… —murmuró para sí—. Eso sí que es material para Los Pájaros.
En el palacio, las luces seguían encendidas. Grace Kelly y el Príncipe Rainiero nunca supieron qué había pasado exactamente en el yate esa noche. Solo supieron que, al día siguiente, el cuerpo de una mujer rubia de belleza imposible fue encontrado en el puerto, con un Queso encima y marcas de disparo de arma antigua.
Otro asesinato firmado con el Código Quesón, en el glamour de Monaco.
MUNDO
ALTERNO 1936: LA AGENTE REPUBLICANA Y LA ESPADA DEL CID
(España, julio de 1936 – Los primeros días del Alzamiento Nacional)
La distorsión temporal la escupió en medio de la Puerta del Sol de Madrid, el 18 de julio de 1936, a las tres de la tarde. El aire olía a pólvora, a sudor y a los primeros incendios de iglesias. Las radios de los cafés gritaban ya las noticias del levantamiento militar en Marruecos, en Sevilla, en Burgos. “¡Viva la República!” y “¡No pasarán!” se mezclaban en las calles como dos ejércitos de palabras.
Valeria Mazza llevaba un vestido veraniego demasiado moderno para la época y una pistola Star modelo 1920 metida en el bolso. En esta secuencia del multiverso era agente de la Segunda República, con contactos en el Ministerio de la Gobernación y órdenes directas de eliminar a cualquier oficial joven que pudiera convertirse en símbolo del bando nacional.
Su objetivo: Carlos Alcaraz.
Un teniente de artillería de apenas veintitantos años, llegado de Murcia, con un uniforme impecable y una mirada que ya pertenecía a otro siglo. En esta distorsión temporal, el tenista moderno aparecía como un joven oficial franquista de pura cepa, hijo de buena familia, educado en la Academia de Artillería de Segovia, devoto del Generalísimo que todavía no era Generalísimo y del Movimiento Nacional que todavía se estaba gestando.
Valeria lo localizó en una casa de la calle de Alcalá requisada por los sublevados. Iba a entrar con la pistola cuando él la vio desde la ventana. Sonrió. Como si la estuviera esperando desde siempre.
El encuentro no fue como ella planeaba.
En lugar de disparar, terminó dentro de la casa, con la pistola en el suelo y el joven oficial mirándola con esa calma peligrosa de los Quesones. El olor ya estaba en el aire: pies grandes (talla 48), sudados después de todo un día organizando el alzamiento en la capital, calzados en botas militares que olían a Queso. Siempre Queso.
—Agente de la República… —dijo él con acento murciano suave—. Has venido a asesinarme. Pero el Código dice que primero tienes que conocerme.
Valeria intentó resistir. Intentó recordar las órdenes. Intentó recordar que estaba en 1936, que Franco ya había despegado de Canarias, que Queipo de Llano hablaba por radio en Sevilla llamando a la rebelión, que en Barcelona las barricadas se levantaban y que el gobierno de la República todavía creía que podía controlar el golpe.
Pero los pies de Carlos Alcaraz estaban frente a ella. Él se había quitado las botas en el salón de una casa burguesa requisada, con retratos de Alfonso XIII en la pared y una bandera bicolor recién cosida. Los pies eran enormes, oscuros por el polvo de los cuarteles, venas marcadas, dedos anchos de quien corre por una pista de tenis que todavía no existe. El olor era intenso: Queso gigantesco, intenso y apestoso, como siempre, en el eterno bucle de los Quesos.
Valeria se arrodilló. Se rio con esa misma carcajada histérica que ya había soltado en Montecarlo, en la Edad Media y en el yate de Grace.
—Otra vez… otra vez caigo… en 1936, con el Alzamiento Nacional y el tenista convertido en teniente… qué suerte la mía, boludo…
Lamió. Primero con furia, después con rendición. La lengua recorriendo las plantas ásperas, chupando entre los dedos, tragando el sudor que sabía a todos los fracasos de la República. Carlos Alcaraz la dejó hacer, con una mano en su pelo rubio platino, mientras afuera se escuchaban los primeros disparos de la noche del 18 de julio.
El sexo fue intenso y traicionero. La cogió contra una mesa donde había planos del avance sobre Madrid y una foto del General Mola. La penetró con el uniforme todavía puesto, las botas a un lado, mientras ella gemía y lamía sus pies al mismo tiempo. En un momento la levantó, la sentó sobre la mesa y le puso un pie enorme en la cara mientras la follaba con fuerza lenta y deliberada, como quien ejecuta una sentencia.
—Eres mía, agente republicana. En este mundo también.
Valeria se corrió llorando y riendo, repitiendo nombres de otros Carlos y de otros mundos mientras las radios de la calle gritaban las primeras proclamas del Alzamiento.
Cuando terminó, Carlos Alcaraz se levantó. Fue hasta un armario antiguo y sacó algo envuelto en tela roja y oro.
La Espada del Cid. No era una réplica. En esta secuencia del multiverso, la legendaria Tizona (o Colada, según la tradición) había sido traída a Madrid para el alzamiento. La hoja legendaria que según la historia había pertenecido a Rodrigo Díaz de Vivar brillaba bajo la luz de las bombillas. Los nacionalistas la llevaban como símbolo: la espada que había reconquistado España en el siglo XI volvía a hacerlo en el XX.
Valeria, todavía desnuda y con el semen del enemigo corriendo por sus muslos, lo miró con ojos vidriosos.
—¿Ahora?
—Ahora —respondió él - ¡Arriba España! ¡Viva Franco! ¡Fuera rojos y separatistas de España!
El primer golpe fue limpio. La Tizona atravesó el pecho de Valeria de lado a lado, justo debajo del esternón, como había atravesado a tantos moros en las crónicas medievales. La sangre brotó caliente y oscura, salpicando los planos del avance sobre Madrid y la foto de Mola.
Valeria se arqueó, tosió sangre y rio.
—Jajajajajajaja… otra vez… con la espada del Cid… en el año del Alzamiento… qué suerte la mía…
Carlos Alcaraz esperó a que el cuerpo dejara de convulsionar. Luego levantó la misma rueda de Queso que ella le había ofrecido al principio de la noche (o que había aparecido por arte del multiverso) y la lanzó sobre el pecho atravesado.
El Queso quedó apoyado sobre la herida, manchado de sangre republicana.
—Queso.
Afuera, en la calle de Alcalá, se escuchaban los primeros cánticos de los sublevados. “¡Arriba España!”. Dentro de pocas horas, el general Miaja intentaría organizar la defensa de Madrid y la Quinta Columna empezaría a actuar. Pero en esa habitación requisada, el joven teniente franquista Carlos Alcaraz limpió la Tizona con un paño y miró el cuerpo de la agente que había venido a asesinarlo.
Un asesinato con la espada que había hecho España.
MUNDO
ALTERNO 1986: EL DÍA DEL DIEGO, EL ROCK NACIONAL Y LAS 48 PUÑALADAS
(Buenos Aires, 22 de junio de 1986 – Cuartos de final, Argentina vs
Inglaterra)
La niebla del multiverso esta vez olía a asado, a pólvora de la guerra de Malvinas que todavía flotaba en el aire cuatro años después, y a la electricidad de los primeros sintetizadores del rock nacional que empezaba a explotar después de la dictadura.
Valeria apareció en la Avenida Corrientes, justo frente al Teatro General San Martín, el mismo día del partido. El 22 de junio de 1986. México 86. Cuartos de final. Argentina contra Inglaterra. El país entero estaba pegado a los televisores y a las radios. Alfonsín era presidente. La democracia todavía era una realidad, no una ilusión. Y en las calles, entre los gritos de “¡Argentina campeón!” que ya se anticipaban, sonaba por todos lados “Mil horas” de Los Abuelos de la Nada, “Tira para arriba” de Miguel Mateos ZAS, “Wadu Wadu” de Virus, “Los Dinosaurios” de Charly García y los primeros acordes de Soda Stereo (“Nada personal”) que empezaban a sonar en las radios de los taxis.
Pero había un peligro mayor que el gol de Maradona.
No podía encontrarse con su yo de catorce años.
La Valeria Mazza de 1986 tenía catorce años. Estaba empezando a modelar, vivía en Buenos Aires, y cualquier encuentro entre las dos versiones de sí misma provocaría un colapso en la Matrix de esta línea temporal. Estaba escrito: el caos sería de tal magnitud que podrían regresar los dinosaurios o los mamuts. Valeria (la del futuro) caminaba con cuidado, evitando barrios donde sabía que su yo adolescente podía estar. Cada vez que veía una chica rubia de catorce años a lo lejos, sentía un escalofrío que le subía por la columna.
Esa tarde, después del partido (Argentina 2 – Inglaterra 1, los dos goles del Diego: la mano de Dios y el gol del siglo), las calles explotaron de euforia. La gente salía a los balcones con banderas, los autos tocaban la bocina sin parar, y en todos los bares de San Telmo, Palermo y Once sonaba rock nacional a todo volumen.
Fue en uno de esos bares, el “La Trastienda” (que todavía no era el famoso de hoy pero ya existía como reducto under), donde lo conoció.
Carlos Calvo. Actor conocido de la televisión, el cine y el teatro de la época, con esa cara de galán de telenovela que empezaba a hacerse un nombre. En esta secuencia del multiverso era el Quesón más prestigioso del momento, compitiendo palmo a palmo con Carlos Monzón. Alto, carismático, con los pies enormes (talla 48) que ya sudaban dentro de las botas camperas después de haber estado gritando los goles en la calle como cualquier argentino.
Se reconocieron al instante. Otro Carlos. Otro Mundo Alterno.
—Valeria… la modelo del futuro —le dijo él con una sonrisa peligrosa, mientras la multitud cantaba “¡Maradó, Maradó!” afuera. Hoy ganamos. Hoy festejamos. Y después… ya sabés.
Festejaron. Primero en la calle, entre la gente que bailaba y gritaba. Después en un departamento de San Telmo que Carlos Calvo tenía prestado. La radio puesta en Rock & Pop (la emisora que estaba naciendo) transmitía los resúmenes del partido y después empezó a pasar Charly García (“Nos siguen pegando abajo”), Los Twist en su prime con “Pensé que se trataba de cieguitos”, y los primeros temas de Soda Stereo que todavía no eran hits pero ya sonaban en las fiestas under. También se hablaba de una banda llamada Sumo con un tal Luca Prodan y e iba creciendo el numero de los que seguían a aún ignoto Carlos “El indio Solari”, líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Bebieron vino tinto barato y Fernet con Coca. Bailaron pegados mientras sonaban canciones de Pimpinela y Valeria Lynch. Valeria se olvidó por un rato del peligro de encontrarse con su yo de catorce años. Se olvidó de los mamuts y los dinosaurios que podrían volver si la Matrix se rompía.
Hasta que llegó el ritual. Carlos Calvo se quitó las botas camperas. Sus pies talla 48 salieron al aire del departamento. Después de todo un día de euforia callejera, estaban empapados de sudor. El olor subió como una ola: Queso intenso y apestoso que siempre terminaba igual. Queso. Siempre Queso.
Valeria se rio. Esa risa histérica que ya había soltado en Montecarlo, en 1936 con la Espada del Cid, en la Edad Media y en el yate de Grace Kelly.
—Otra vez… otra vez caigo en Argentina, el día del Diego, con el rock nacional sonando y sin poder encontrarme con mi yo de catorce… si nos cruzamos revientan los dinosaurios, boludo… qué suerte la mía.
Se arrodilló. Lamió aquellos pies enormes con devoción. Chupó el sudor a Queso que sabía a victoria contra Inglaterra, a asado de domingo y a todos los fracasos de la dictadura que todavía pesaban. Carlos Calvo la dejó hacer, con una mano en su pelo, mientras afuera seguían los bocinazos y los cánticos.
El sexo fue salvaje y ochentoso. La cogió contra la pared del departamento mientras sonaba Virus (“Luna de miel en la mano”) a todo volumen. Después en la cama, con ella montándolo mientras le lamía los pies y gemía nombres de otros mundos. Se corrieron juntos, sudados, oliendo a sexo, a Queso y a la euforia del 2 a 1.
Cuando terminó, Carlos Calvo se levantó. Fue hasta la cocina y con sus guantes negros, sacó un gran cuchillo de cocina criolla, de hoja ancha y mango negro, de esos que se usaban para el asado. No dijo nada. Solo lo miro. Como solo un asesino mira a su víctima.
La primera puñalada fue en el abdomen. Valeria se arqueó, sangre brotando, pero siguió riendo.
—Jajajajajajaja… otra vez… con cuchillo… en el año del Diego… qué suerte la mía…
Las puñaladas siguieron. Una. Dos. Tres…
Él las contaba en voz baja, ritual. Cada una más profunda. El cuchillo entraba y salía con precisión de actor que sabía dónde clavarlo para que durara. La sangre empapó las sábanas y el piso de mosaico del departamento de San Telmo.
48 puñaladas. Exactas. Rituales. Como si el número estuviera escrito en el Código Quesón desde siempre.
Cuando el cuerpo dejó de moverse, Carlos Calvo levantó la misma horma de Queso que había aparecido en el departamento (o que Valeria había traído sin saberlo) y la lanzó sobre el pecho agujereado.
El Queso quedó allí, manchado de sangre argentina de 1986.
—Queso.
Afuera, en Corrientes, la gente seguía festejando el gol del siglo. En la radio sonaba Charly García cantando algo sobre la libertad que todavía se estaba estrenando. En algún lugar de Buenos Aires, la Valeria Mazza de catorce años miraba el partido por televisión sin saber que su yo del futuro acababa de morir a 48 puñaladas en un departamento de San Telmo.
La Matrix aguantó. Por ahora. Argentina jugaría la semifinal con Bélgica, no con España como había pronosticado algún gallego por ahí (“ahora se viene Argentina España”).
MUNDO
ALTERNO FINAL: EL RETORNO A LA LÍNEA CANÓNICA
(2004 – Atenas / 22 de septiembre de 2009 – Punta del Este)
La distorsión la escupió en las gradas del Estadio Olímpico de Atenas, el 28 de agosto de 2004. Argentina acababa de ganar la medalla de oro en básquetbol masculino, la primera de su historia. La gente saltaba, las banderas celeste y blanca ondeaban, y en el centro de la cancha, entre los jugadores que levantaban la medalla, estaba él.
Carlos Delfino. Dos metros, calzado cincuenta para cincuenta y uno. Cumpliría veintidós años al día siguiente. Era suplente, no importaba.
Alto, con esa sonrisa de ganador, la camiseta empapada de sudor. El mismo que en la línea oficial, en la línea canónica, le cortaría la cabeza con una katana y le tiraría un Queso cinco años después.
Valeria sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna. De repente el estadio olímpico se volvió borroso. Olía a Queso. Olía a pies sudados de talla 50-51 después de comer parmesano, emmental y gruyere. Sintió el filo frío de la katana rozándole la nuca. Sintió el peso de aquellos pies enormes sobre su cara. Sintió el Gruyere cayendo sobre su pecho sin cabeza.
Gritó.
El grito la arrancó del 2004 y la arrojó directamente al martes 22 de septiembre de 2009, a las 23:47 de la noche, en la casa de La Barra, Punta del Este.
Estaba otra vez en el mismo lugar. La misma noche. El mismo asesinato que ya conocía de memoria porque la había vivido (y sufrido) en la línea original que todo el mundo recordaba del blog.
Pero ahora lo sabía todo.
Ahora recordaba cada dimensión temporal.
Recordaba el mega desfile en el lujoso hotel de Buenos Aires donde conoció a Carlos Quesón y terminó riendo mientras le cortaban la cabeza.
Recordaba el valle perdido de los moas en Nueva Zelanda y la lanza maorí de Charles Piutau.
Recordaba el santuario de los smilodones en Patagonia y las 48 puñaladas… no, esa había sido otra. En esa había sido Carlos Repetto con el gran cuchillo.
Recordaba el templo perdido de los incas y Carlos Lampe con la lanza ceremonial.
Recordaba la España de 1936, el Alzamiento Nacional, y la Espada del Cid (Tizona) atravesándole el pecho mientras Carlos Alcaraz le tiraba el Queso.
Recordaba el yate en Mónaco en 1962, Charles Leclerc, el trabuco de pirata y el Queso sobre su cuerpo mientras Hitchcock filmaba pájaros.
Recordaba la Edad Media y Charles Barkley ahorcándola estilo Notre-Dame de París.
Recordaba el 22 de junio de 1986, el día del Diego contra Inglaterra, el rock nacional a todo volumen y Carlos Calvo clavándole exactamente 48 puñaladas en un departamento de San Telmo mientras afuera la gente festejaba el 2 a 1.
Todas los Quesos. Todas las líneas temporales. Todos los Quesones.
Y ahora estaba aquí otra vez.
22 de septiembre de 2009.
La noche canónica. El Queso oficial.
Escuchó pasos abajo. La mucama. La asistente. La seguridad. Sabía exactamente lo que iba a pasar. Sabía que Carlos Delfino (“el Lancha”) ya estaba en el hotel, con la katana comprada en Montevideo, los pies oliendo a Queso, y el Gruyere listo para ser arrojado.
Valeria se miró en el espejo del baño. Sangre seca de otros asesinatos que ya no estaban en su cuerpo pero que sentía como si acabaran de ocurrir. Se rio. Una risa baja, cansada, casi serena.
—Otra vez… otra vez vuelvo aquí. Después de todas las secuencias… después de todas los Quesos… después de ver al Diego ganar el oro y ver a Delfino con la medalla… otra vez vuelvo a esta noche.
Bajó las escaleras. Ya no corría. Ya no intentaba escapar. Ya no intentaba cambiar nada.
Porque ahora lo entendía.
Si alteraba esta línea… si huía, si se encontraba con Carlos Delfino antes, si se encontraba con su yo de catorce años en 1986, si rompía cualquier regla del multiverso… el caos sería total. Podrían regresar los dinosaurios. Podrían aparecer mamuts en la Avenida 9 de Julio. La Matrix de todas las dimensiones se vendría abajo.
Mejor aceptar.
Mejor dejar que la historia se escribiera como estaba destinada a escribirse en el blog original, el canón oficial, el que no hay que quebrantar.
Carlos Delfino ya estaba adentro. La katana brillaba bajo la luz de la luna que entraba por las ventanas. Sus pies (talla 50-51) ya olían a todos los Quesos del mundo. La misma sonrisa. El mismo ritual que ella ya conocía de memoria.
Valeria no se resistió cuando él la noqueó con el pañuelo. No se resistió cuando la ató. No se resistió cuando despertó y lo reconoció de las noches en Italia (Bologna, Verona, Venecia). No se resistió cuando él le ordenó oler y lamer aquellos pies gigantes que olían a Queso después de comer parmesano, emmental y gruyere. No se sentía prisionera, se sentía invitada a participar de una experiencia de placer absoluto al que muy pocas mortales podían acceder.
Lamió. Chupó. Beso. Olió los pies de Carlos Delfino. Se rio entre lamidas. La cogió de una manera espectacular, indescriptible con palabras, dicen que ninguna Quesoneada gozó tanto como Valeria en esa ocasión. Fue algo espectacular, goce total de Quesón y Quesoneada.
—Hacélo… —le susurró cuando terminó el sexo intenso y desenfrenado—. Como en la línea original. Como tiene que ser.
Carlos Delfino tomó la katana con sus guantes negros.
El golpe fue limpio, profundo, samurái. La cabeza de Valeria Mazza rodó por el piso mientras un chorro de sangre salpicaba las cortinas. El cuerpo sin cabeza se estremeció una última vez.
Carlos Delfino levantó el Queso Gruyere y lo arrojó sobre el pecho decapitado.
—Queso.
Como tenía que ser. Y será por siempre. Por algo su nombre siempre será recordado como “el Asesino de Valeria Mazza”. Podrá haber imitadores, pero solo uno original. Y será siempre Carlos Delfino.
Valeria Mazza, en el último instante de conciencia, sonrió.
Había recorrido muchos mundos alternos. Quizás aún podía haber más. Estrangulada con guantes blancos por el rugbier Carlos Elder, por ejemplo, como había ocurrido con Araceli González; o acribillada a balazos por Carlos Reich, el Quesón del Silenciador, como le había pasado a Nicole Neumann; masacrada a machetazos por otro basquetbolista, Carlos Matías Sandes, quizás en algún episodio Quesón compartido con Maru Sandes, la mítica esposa de ese gigantón; también podría haber sido apuñalada decenas de veces como ya le ocurrió con Carlos Calvo, por un arquero de fútbol (Carlos Bossio) o por un rugbier (Carlos Ignacio Fernández Lobbe), pero ya había sufrido esa suerte con Carlos Lampe o Carlos Repetto, en míticas ceremonias rituales. O algún sexo apasionado en el glamour europeo, con algún streap tease, para terminar siendo apuñalada por Carlos Machado. Y el Universo podía ser aún más amplio… decenas de líneas temporales y secuencias dimensionales.
Había sido Quesoneada de todas las formas posibles. Y al final había elegido volver a la única línea que importaba: la canónica. La que estaba escrita desde el principio.
La Matrix se estabilizó. Ningún dinosaurio regresó. Ningún mamut apareció. Solo quedó el resultado de la Quesoneada canónica en una casa de Punta del Este, con un Queso sobre el cuerpo y la katana limpia apoyada contra la pared.
Como tenía que ser.
QUESO












Estoy haciendome unas pajas barbaras con Valeria Mazza quesoneada, no se imaginan
ResponderBorrarMe encantan las imágenes de la IA, son espectaculares, con solo eso este post es un bombazo
ResponderBorrarLa Illiada o La Odisea de los Relatos Quesones, una obra maestra fundamental
ResponderBorrarQue haya secuela! Queremos ver a más Carlos quesoneando a la Mazza! Por ejemplo Carlos Baute y Carlos Berlocq
ResponderBorrarUn placer este cuento, si bien ya sabemos que siempre habrá queso, me encanto la idea, el concepto y las ilustraciones, excelente post
ResponderBorrarQUESO VALERIA MAZZA
ResponderBorrarnueva saga de los Mundos Alternos? Porque no Wanda Nara? O secuelas de las víctimas de Carlos Fernández Lobbe? No estaría mal
ResponderBorrary si no queda otra, que repetir personajes, como ya los mataste a todos, no queda otra que volver a matar a Valeria Mazza decenas de veces más
ResponderBorrarCarlos Alcaraz, franquista? Lo habéis hecho muy bien, de órdago el cuento
ResponderBorrarExcelente post, que demuestra la vitalidad de los Relatos Quesones, ver como asesinan a Valeria Mazza, si bien es una idea repetida, esta bien en una época donde las películas son reboots, recuelas, secuelas, precuelas y todo eso, y hasta el autor del blog tiene su queso
ResponderBorrarYo creo que Valeria Mazza es un personaje de ficción inventado por Carlos Quesón
ResponderBorrarcada agujero de cada Queso es una entrada a un mundo paralelo, debe haber cientos
ResponderBorrarEl verdadero Carlos Delfino sabe que es el asesino de Valeria Mazza, pero no esta mal que le pongan algunos competidores, asesinar a Valeria Mazza es un derecho que todos los Carlos deberían tener, aunque sea un cientos de mundos alternos
ResponderBorrara esta altura ya me pregunto si Valeria Mazza come queso, no debe comer ni un puto pedazo de queso
ResponderBorrarCharles Leclerc y Charles Barkley han estado muy bien como asesinos de Valeria Mazza, los dos mejores, sin desmerecer a otros
ResponderBorrarEl mejor asesino de Valeria Mazza es Carlos Quesón
ResponderBorrarEste post debería ser leído en vivo por el Brgos, hay que insistirle que haga un video, es el Relato Quesón por antonomasia
ResponderBorrarMe imagino a Carlos Quesón asesinando a Valeria Mazza y creo que lo haría muy bien, que no se enoje Carlos Delfino
ResponderBorrarmas mundos alternos pero que sea QUESOS INFINITOS
ResponderBorrar