El Asesino de la China Suarez
(Nueva versión mejorada y extendida, del post original publicado el 15 de octubre de 2018)
Corría el año 2018. El entrenamiento de Tigre había terminado. El sol caía sobre Victoria como un Queso derretido en la plancha. Carlos Ariel “el Chino” Luna, el goleador e ídolo máximo del club, salía del vestuario con la mochila al hombro cuando sus compañeros lo frenaron como si hubieran visto un fantasma en el entretiempo.
—¡Chino! ¡Vení, mirá lo que está largando la China Suárez en el vivo!
Se amontonaron frente al celular. Ahí estaba ella, María Eugenia Suárez Riveiro, la China, sentada en su sillón de diseño con un mate y esa cara de “soy la reina del Bailando”. Hablaba del casting y de pronto soltó:
—Ja ja ja, ¿en serio me querían emparejar con el Chino Luna? ¿Ese de Tigre? ¡Por Dios! Parece un Quesón con patas. Cara de nada, cuello de nada, todo él es un Queso sin gracia. La dupla “el Chino y la China”… ni loca. ¿Yo con ese Quesón? Prefiero que me Quesoneen de una vez.
Los compañeros se cagaban de risa. El Chino Luna se quedó quieto. Los ojos se le achinaron hasta convertirse en dos rendijas de furia. Murmuró:
—Esto no queda así. La voy a Quesonear. La Quesoneada va a ser legendaria.
Esa noche compró en el chino de la esquina un Queso Pategrás entero: cáscara roja brillante, agujeros grandes como pelotas de golf, olor a gloria quesera. Lo metió en la mochila junto con seis shurikens comprados en “Armería Otaku Online” y un revólver con silenciador (de utilería, pero con pinta de serio).
Al día siguiente, disfrazado con peluca rubia de 500 mangos, gorra de Tigre y barbijo con estampado de estrellas ninja, esperó en el hall del edificio de la China en Recoleta. Cuando ella llegó, con tacos, minifalda, auriculares, lo vio y se congeló.
—¿Vos sos… el Chino Luna? ¿El Quesón de Tigre?
—El mismo que te va a Quesonear, China. Preparate para la Quesoneada definitiva.
—¡Noooo! ¡Pará, loco! —gritó ella, retrocediendo—. Si querés arreglamos de otra forma. Te hago lo que sea: te chupo los pies, te hago un piejob con pedicura recién hecha, te monto mientras digo “el Quesón Luna es el más lindo del fútbol argentino”. ¡Lo que sea! Pero bajá esas estrellas, parecen de souvenir de la Costanera.
El Chino dudó un segundo. Ella era linda, olía a Chanel y tenía tacos que le llegaban al cielo. Bajó un poco el shuriken.
—Primero: me chupás los pies. Segundo: yo me hago una paja con un pedazo de Queso en la mano. Tercero: sexo. Y tenés que gritar “¡El Quesón Chino Luna es un dios, mejor que cualquier otro Quesón!”.
La China, siempre pragmática y con ese instinto de supervivencia que la había sacado de más de un quilombo mediático, asintió con la cabeza mientras se mordía el labio inferior.
—Dale, Quesón. Vamos a hacer que esta Quesoneada valga la pena… al menos por ahora.
Subieron al departamento en silencio, y apenas cerraron la puerta, el Chino se sacó las zapatillas de entrenamiento de un tirón. Los pies salieron al aire: sudados, calientes, con olor fuerte a pasto sintético, medias de algodón negro que habían absorbido todo el entrenamiento de la tarde y un intenso aroma a Queso.
—Primero: los pies —ordenó el Quesón, sentándose en el sillón de cuero blanco en el rol de macho dominante. Extendió las piernas y apoyó los talones en el borde de la mesita ratona.
La China se arrodilló sin chistar. Tomó el pie derecho con ambas manos, lo acercó a la cara y cerró los ojos un segundo, como evaluando el daño. Inhaló profundo. El olor era intenso y apestoso, con un toque ácido de sudor acumulado y ese dejo masculino que a veces excita y a veces repele. Arrugó la nariz un instante, pero enseguida sonrió con picardía.
—Huele a Quesón auténtico… —murmuró, y empezó.
Primero besó la planta del pie, labios suaves contra la piel áspera y caliente. Besos lentos, casi reverenciales, desde el talón hasta la base de los dedos. Luego sacó la lengua y lamió una línea larga desde el arco hasta los dedos gordos, saboreando el salitre. El Chino soltó un gruñido bajo. Ella no paró: metió la lengua entre los dedos, lamiendo cada uno como si fueran helados derretidos, chupando el dedo gordo con labios cerrados, succionando con fuerza mientras lo miraba fijo a los ojos. El pie izquierdo recibió el mismo tratamiento: besos húmedos en el empeine, lamidas circulares en el talón, y luego volvió a olerlo todo, hundiendo la nariz entre los dedos y aspirando hondo, como si quisiera grabarse el olor del Quesón en la memoria.
—Ahora, el sexo —anunció el Quesón con aires ceremoniosos.
La levantó del piso como si fuera una pluma, la tiró boca arriba sobre el sillón. Le arrancó la minifalda y la tanga de un tirón. Ella abrió las piernas sin resistirse. Él se posicionó encima y entró de una embestida profunda. La China soltó un grito ahogado que se transformó en gemido. El Quesón Luna bombeaba con fuerza, ritmo de futbolista en los últimos minutos del partido: constante, implacable, sudado. Ella se aferró a sus hombros, uñas clavadas, y empezó a mover las caderas al compás, buscando más profundidad.
—Más fuerte, Quesón… ¡dale, no pares! —rogaba mientras gozaba.
—¡No termines todavía! ¡Por favor, Quesón, seguí! ¡No pares, carajo! —suplicaba, la voz quebrada, los ojos en blanco.
El placer la atravesó como un rayo: arqueó la espalda, los dedos de los pies encogidos, un orgasmo largo y violento que la hizo convulsionar debajo de él. Gritó su nombre completo —“¡Carlos Ariel Luna, sos un dios, un Quesón supremo!”— mientras las olas seguían llegando, una tras otra, hasta que quedó jadeante, temblorosa, con lágrimas de éxtasis en las comisuras de los ojos.
El Quesón se quedó quieto un segundo, mirándola con una sonrisa satisfecha de goleador. Ella, todavía agitada, le acarició la cara y murmuró casi sin aliento:
—Sos un Quesón de verdad… mejor que Bossio, mejor que Delfino, mejor que el rugbier ese. No me Quesonees todavía… dejame disfrutar un rato más.
Pero el Quesón Luna ya tenía la mirada fría. La paz había durado lo suficiente.
Sacó el Queso Pategrás entero de la mesita, lo levantó como trofeo y susurró:
—Ahora sí… la Quesoneada definitiva.
—Che Carlos, ¿qué significa exactamente Quesonear?
Carlos “Chino” Luna se detuvo en la puerta. Levantó el Queso como trofeo y dijo con voz de narrador de cine:
El Quesón Luna se detuvo en la puerta, con el Queso Pategrás entero en la mano izquierda, la cáscara roja brillante bajo la luz tenue del living,
los agujeros grandes y redondos como ojos acusadores mirando a la Quesoneada. Lo levantó despacio, como un trofeo de la Copa de la Liga, y respondió con voz fría, de hincha que acaba de ganar un clásico en la última pelota:
—Quesonear es asesinarte… y después tirarte un Queso encima. Para que quede bien claro quién es el Quesón supremo y quién la Quesoneada patética.
—¿QUÉÉÉÉ? —chilló la China, dejando caer el mate que explotó contra el piso en una mancha verde y amarga—. ¡Ay no, por Dios! ¡Me tocó el peor Quesón de todos! ¿Por qué no me Quesoneaba uno de los buenos? Como Carlos Bossio con su cuchillo de 55 cm, que al menos sería rápido, filoso y limpio, un tajo y chau. O Carlos Delfino con su katana, que tiene estilo NBA, elegante, letal desde lejos con un corte perfecto. ¡O Carlos Ignacio Fernández Lobbe, el rugbier Quesón, que me haría una Quesoneada de tackle limpio y honorable, fuerza bruta pero con código! ¡Pero nooo, me tocó el Chino Luna, el Quesón de Tigre con estrellas ninja baratas y Queso Pategrás de barrio!
En ese instante de lamento histérico y autocompasión celebrity, el Quesón Luna entró en modo asesino serial Quesón. No sacó revólver ni nada que no fuera ninja. Solo las seis estrellas shuriken que llevaba en el cinturón improvisado bajo la remera de Tigre. Las tenía listas, equilibradas en la palma, afiladas como navajas de barbero.
Se puso en posición clásica de shurikenjutsu: pies separados al ancho de hombros, peso en la pierna trasera, brazo derecho flexionado como un resorte. Lanzó la primera con un movimiento de muñeca seco y preciso, como un pase de 40 metros al área. El shuriken giró en el aire con un zumbido leve y se clavó en la pollera de la China, justo en la cintura, fijándola contra la pared de yeso como una mariposa en exhibición entomológica. Ella soltó un gritito.
La segunda voló lateral, yoko-uchi puro: la estrella atravesó la manga derecha de su blusa blanca, rasgando tela y piel en un tajo superficial pero sangrante en el antebrazo. Sangre empezó a gotear lento, manchando el piso de parquet.
Las tres siguientes salieron en ráfaga rápida, casi simultánea: una al muslo izquierdo (corte limpio en la carne expuesta por la minifalda), otra al torso justo bajo el pecho (rozando costilla, dejando una línea roja horizontal), la tercera al abdomen (superficial, pero suficiente para que ella se doblara de dolor). Cada impacto era como un pinchazo de agujas calientes; los shuriken se incrustaban con la punta hacia adentro, vibrando un segundo antes de quedarse quietos.
La sexta y última fue la de gracia: lanzada desde más cerca, con un giro ascendente. Rozó el cuello de la China, justo donde empieza el escote, dejando un corte fino pero profundo que abrió una línea carmesí desde la clavícula hasta la base de la garganta. No era letal aún, pero el shock la hizo caer de rodillas, jadeando, con las manos apretando la herida mientras la sangre tibia le corría entre los dedos.
—¡Mi botox! ¡Mi filtro eterno! ¡Nooo, mi cara de porcelana, mi cuello de cisne! —gritaba ella, histérica, mientras intentaba arrancarse los shuriken como si fueran mosquitos asesinos.
Carlos se acercó despacio, sin prisa, pisando los charquitos de mate y sangre. Se agachó frente a ella, que lo miraba con ojos desorbitados. Tomó el Queso Pategrás entero —cáscara roja intacta, agujeros perfectos, olor fuerte a lácteo maduro— y lo colocó con ceremonia sobre el pecho agitado de la Quesoneada, justo entre los senos, como una lápida pesada y fragante que la aplastaba contra la alfombra persa. El Queso se asentó firme, cubriéndole el escote, los agujeros alineados como ojos que la observaban en su derrota final.
El Quesón Luna miró al techo (o quizás a una cámara invisible de reality berreta) y gritó con toda la potencia de un hincha en la popular de Victoria, voz ronca y triunfal:
—¡QUESO!
El eco rebotó en las paredes del departamento lujoso. La China dejó de moverse, inmóvil bajo el peso rojo y agujereado del Queso, ojos abiertos en shock eterno, la Quesoneada consumada.
El Quesón se levantó, se limpió las manos en la remera (quedaron manchadas de sangre y restos de cáscara), y salió al pasillo silbando el himno de Tigre bajito. Bajó por las escaleras con paso firme, oliendo a Queso y victoria absoluta.
Nadie se burla de Carlos Ariel “el Chino” Luna. Nadie. Nadie escapa de un Quesón cuando decide Quesonear.








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le doy, y a la china suarez tambien (No Homo)
ResponderBorrarQueso tengo la punta de la poronga fiera
ResponderBorrarEugenia Tobal se va a enojar mucho. Ella hubiese querido ser cómplice. O por lo menos ser testigo.
ResponderBorrarTus mejores relatos son cuando son algo planificado, cuando tienden trampas.
Lo de revolver es un poco vulgar,
Una próxima víctima podría ser Melina Lezcano, bella y odiosa, la combinación ideal para ser víctima. Uno de los Carlos tiene la intención de sumar, con una famosa. Y logra llegar hasta el camarín, con un queso, detrás de escena de Agapornis. Y sorpresa, y ahí encuentra a la cantante, con la ropa desgarrada, intentando defenderse del resto de grupo. El quesón dice que lo están haciendo mal. Y reparte un par de golpes. La cantante cree que viene a salvarla, agradece, hasta que es dormida por el efecto de los pies.
Y el Carlos. Y los otros integrantes argumentan que el éxito de Agapornis se debe a un pacto en prometieron sacrificar a la cantante del grupo, en un rito que incluye poseerla. La cantante original lo descubrió y por eso se fue del grupo. Y se estaba acabando el plazo, el público descubrirá la farsa, sino se cumple el pacto, se terminará el éxito.
Y el quesón contesta que lo equivocado es el procedimiento, que les mostrará como se hace. Y entonces despierta a Melina Lezcano, con el efecto de sus pies. Y al mismo tiempo la controla para que se entregue a todos, al quesón, sin la menor dignidad. Y llega el momento. Podría haber una estrangulamiento o aplastamiento con pie, como a Silvia Martinez Cassina.
El tema es que el público pide un bis. Y entonces hacen playback, con Melina Lezcano colgada como una marioneta, algo que el equipo técnico arregla en un momento.
Un grupo de Carlos podrían quesonear a Florencia Peña, por pedido de algunas actrices, modelos, que tuvieron que actuar con ella. Como la olvidada Natalia Forchino (eso creo recordarlo, no sale en google, estúpido algoritmo), la versión Peña de la niñera le arruinó la cara de un portazo, al personaje de la Forchino. O alguna otra que odie a la Peña, google no está colaborando.
ResponderBorrarPodría ser rodeada por varios quesones, podría haber canibalismo por lo menos multiples ataques con cuchillo.
che pensaba regalarle un queso a una pero ahora leyendo estos relatos nose
ResponderBorraruna obra de arte
ResponderBorrarle podría haber tocado un quesón mejor, pero un chino debe quesonear a una china, o sea que ahí bien por Carlos Luna
ResponderBorrarsi la asesinaron en 2018, ¿quien era la que trabajaba en Argentina, Tierra de Amor y Venganza? ¿Quien es la que publica en @sangrejaponesa? ¿Quien es la que se peleó con Wanda Nara? Misterios Quesones
ResponderBorrarAdemás, Wanda Nara también fue quesoneada.
BorrarLa respuesta en esos casos, es la clonaron. O Lady Dumitrescu usando sus poderes, para tomar su apariencia y hacerse pasar por ella.
estrellas ninja y balazo en la nunca... un asesino muy profesional, un final quesón para la China Suarez
ResponderBorraral fin sale algo, aunque sea un refrito, peor es nada, pero esta buena la versión
ResponderBorrara falta de relatos nuevos, no esta mal esta nueva versión, quedaron muy bien las imágenes
ResponderBorrarlas imagenes hechas con IA justifican la nueva versión, pero porque no hay relatos nuevos? tiempo? censura? falta de ideas?
ResponderBorrarmerecía otro quesón, pero el chino luna debe quesonear a la china, y las estrellas shuriken le dan un toque gore, todo muy quesoso
ResponderBorrarja ja ja ja ja china quesoneada
ResponderBorrarUn gran comienzo de 2026, aunque sea un relato ampliado en lugar de uno nuevo.
ResponderBorrarEs que ahora le hace justicia al atractivo de la China Suarez. Con ese sexo detallado, no aparesurado. Y ella pidiendo más.
También lo de la shuriken..
Bueno, es para suponer que la actriz de Hija del fuego y En el barro es una clon, con talento para actuar. Especialmente en papeles violento..
Tal vez obra de Astrid.
Es para esperar más relatos, nuevos y ampliados.
Soy El Fauno
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