El Relato Quesón Egipcio del tenista Carlos Alcaraz y la modelo Lucía López #QUESO
.jpg)
Parte 1 – La Copa del Quesón Eterno
Madrid estaba luminosa como nunca en aquella festividad de San Isidro. La Copa Carlos Alcaraz, torneo extraordinario organizado por la Fundación Dumitrescu, había sido un Grand Slam extraordinario pero con trofeo más grande que el de Wimbledon. Se jugó en la Caja Mágica con público enloquecido, al grito de “¡Carloooosss! ¡Carloooosss! ¡Carloooss!”.
Carlos Alcaraz levantó la copa tras destrozar a todos. En cuartos barrió a Alexander Zverev con dropshots imposibles. En semis humilló a Novak Djokovic con un passing shot que todavía duele en Serbia. Y en la final, el italiano Jannik Sinner se fue llorando después de perder 6-3, 7-6, 6-4.
Y cuando llegó el momento de la entrega de premios, subió al escenario Lady Dumitrescu, la presidenta de la Fundación: una anciana rumana muy elegante, con un andar repleto de firmeza.
Tomó el micrófono con manos temblorosas llenas de anillos de oro y comenzó su discurso mezclando un acento rumano y argentino, para los oídos españoles:
— Españoles todos, vascos y catalanes incluídos, ¡Hoy celebramos el triunfo del Queso sobre la debilidad humana! Carlos Alcaraz no es un simple jugador… ¡es la reencarnación viva del gran Faraón Carlostep de la XXIII Dinastía! Un rey que entendía la verdad eterna: que el poder verdadero no está en la raqueta… ¡sino en los pies apestosos con olor a Queso!
El público murmuraba entre risas nerviosas. Lady Dumitrescu levantó dramáticamente los brazos y continuó:
—Este joven Quesón ha demostrado que el olor es superior a cualquier revés. ¡Sus pies talle 47 huelen a Queso intenso y apestoso! ¡Que tiemblen los débiles que no soportan el aroma sagrado del Queso!
Luego, con un gesto teatral, señaló a un asistente que trajo una bandeja cubierta con terciopelo negro.
—Como ofrenda digna de su grandeza, yo, Lady Dumitrescu, entrego a nuestro Faraón Quesón dos reliquias sagradas.
Primero, un Queso de Oro macizo, de 18 kilos, con agujeros perfectos como cráteres lunares. ¡Que este Queso beba la sangre de sus futuras ofrendas y le dé fuerza para seguir dominando el tenis y las modelos!
Segundo, un puñal egipcio de oro puro, perteneciente al Faraón Carlostep de la XXIII Dinastía, quien según la leyenda, asesinaba a sus concubinas después de que ellas le olieran los pies con intensidad… y luego las cubría con un Queso con múltiples agujeros para que su esencia quedara preservada por toda la eternidad. ¡Que este puñal te sirva, Carlos, para continuar el ritual ancestral!
Lady Dumitrescu le entregó personalmente ambos objetos. Carlos levantó el Queso de Oro con una mano y el puñal con la otra, sonriendo con esa mezcla de inocencia y psicopatía que solo tienen los grandes tenistas-asesinos, o sea los Quesones.
La anciana se inclinó ligeramente hacia él y le susurró al oído, lo suficientemente alto para que algunos micrófonos captaran:
—Úsalos bien esta noche, Quesón… La Fundación espera grandes sacrificios.
Carlos asintió con una sonrisa cómplice.
Pero entonces llegaron las quejas.
Alexander Zverev, rojo como un tomate, agarró el micrófono:
—¡Esto es un escándalo! ¡El árbitro le dio puntos por bolas que claramente tocaron la línea! ¡Y encima este tipo tiene los pies que huelen a Queso apestoso! ¡Talle 47 de puro Queso! ¡No se puede jugar así!
Novak Djokovic, el multicampeón serbio, añadió:
—Exacto. En el último set casi me desmayo. Ese olor… es como si hubiera metido los pies en una quesería. ¡Es un robo esto, chavales!
Jannik Sinner, más tímido pero igual de cabreado, murmuró:
—…Sí. Huele a gruyère suizo mezclado con calcetines sucios. No es justo.
El público se partía de risa. Carlos Alcaraz soltó una carcajada murciana pura, se rascó la nuca y contestó con el micrófono en la mano:
—Mirad, chavales… sois unos malos perdedores de mierda. Si os molesta el olor de mis pies, es porque nunca habéis olido a un verdadero Quesón. El Queso es etermo. El Queso es poder. Y mis pies talle 47 son la firma del campeón. ¡Si no aguantáis el aroma, jugad al pádel!
Las risas se volvieron histéricas.
En ese momento, una diosa madrileña de 1,79 m se abrió paso entre la gente. Lucía López, la mejor modelo española del momento: cara de ángel, cuerpo de infarto, pelo castaño ondulado y unas piernas que parecían hechas para caminar por pasarelas y romper cuellos. Vestía un vestido corto negro que dejaba ver sus pies delicados (talle 39, uñas perfectas).
Se acercó a Carlos, le dio dos besos en las mejillas (uno más cerca de la boca de lo necesario) y le dijo alto y claro, para que lo oyeran los tres perdedores:
—Carlitos, no les hagas caso. Esos son unos quejicas. Yo adoro a los hombres con carácter… y con olor propio.
Luego miró a cámara, guiñó un ojo y soltó el desafío que cambiaría todo:
—Te propongo tres cosas, Quesón.
Primero: tener sexo esta noche para ver si sos gay como dicen por ahí en Twitter.
Segundo: dejarme oler esos pies talle 47 a Queso, a ver si es tan brutal como cuentan.
Tercero: porque sos un Quesón de verdad… y a mí me gustan los peligrosos.
Parte 2 – El Ritual del Faraón Quesón
La suite imperial del hotel Four Seasons Madrid había sido transformada en una especie de templo egipcio de lujo. Paredes con jeroglíficos pintados a mano (todos representando tenistas con cabeza de chacal ofreciendo Quesos al dios Ra), un sarcófago de cartón piedra dorado en una esquina y una cama king size con sábanas de lino blanco como las del Valle de los Reyes.
Carlos Alcaraz esperaba de pie, completamente disfrazado de faraón. Llevaba un nemes a rayas doradas y negras, un collar ancho de oro falso, un taparrabos blanco ridículamente corto y, por supuesto, sus pies descalzos talle 47 brillando de sudor fresco. En la mano derecha sostenía el Queso de Oro como si fuera el Ankh de la vida eterna. En la izquierda, el puñal egipcio del Faraón Carlostep.
Lucía López entró con un vestidito corto de pasarela, tacones de 12 cm y una sonrisa de “voy a comerme al campeón, como se come un Queso”. Al verlo vestido así soltó una carcajada.
—Hostia, Carlitos… ¿te has escapado de un museo o de un carnaval de Murcia? Pareces Tutankamón después de una cura de Queso.
Carlos levantó el mentón con dignidad faraónica y habló con voz grave y ridícula:
—Soy la reencarnación del Faraón Carlostep, protector de los Quesos y destructor de modelos guapas. Y tú, Lucía López, has sido elegida como ofrenda para esta noche. ¡Bienvenida a mi templo de cinco estrellas!
Lucía se acercó riendo y le puso una mano en el pecho desnudo.
—Vale, Faraón Quesón. ¿Empezamos con el ritual o primero me das un beso normal?
—Primero… ¡bailamos! —dijo Carlos, y encendió el altavoz.
Empezó a sonar “Tutankamon” de la canción de los 80 versionada en reggaetón egipcio (un remix que alguien había hecho solo para esta noche). Carlos agarró a Lucía por la cintura y empezaron a bailar como dos locos. Él movía las caderas como si estuviera en la pista de arcilla, ella se reía y le seguía el rollo. En un momento Carlos la hizo girar y le gritó:
—¡Siente el poder del Nilo… y del Queso!
Lucía se partía:
—Carlitos, bailas fatal pero me pones cachonda igual. ¿De verdad crees que eres faraón?
—Soy el faraón que ganó la Copa Carlos Alcaraz, nena. Zverev, Djokovic y Sinner son mis esclavos derrotados. Tú eres mi concubina favorita… hasta que dejes de serlo.
Terminó la canción. Carlos, sudado bajo el disfraz, se quitó el nemes y lo tiró al suelo. Luego señaló una alfombra egipcia que habían colocado en el centro de la suite, con dibujos de dioses ofreciendo Queso a los pies de un rey.
—Ahora viene lo importante —dijo con voz seria pero los ojos brillando de locura—. Siéntate en el trono de la ofrenda.
Lucía se sentó en el borde de la cama. Carlos se acercó, levantó su pie derecho talle 47 y lo plantó solemnemente sobre la alfombra, justo delante de la cara de la modelo.
—Huele, Quesoneada. Este es el aroma sagrado del Nilo.
Lucía arrugó la nariz al principio, pero luego se inclinó. El olor era brutal: una mezcla explosiva de Queso, sudor de cinco sets, calcetines usados tres días seguidos y un toque de arcilla madrileña.
—Joder… huele a Queso fuerte de verdad —murmuró ella, medio asqueada, medio excitada.
—Huele más fuerte —ordenó el Faraón Quesón—. ¡Es el olor de los campeones!
Lucía acercó más la nariz, inhaló profundo y soltó un gemido raro.
—Hostia… es asqueroso y me está poniendo mala. Huele a gruyère que se dejó olvidado en una cueva.
Carlos sonrió orgulloso.
—Ahora lame, mi concubina. Limpia los dedos del Faraón.
Lucía, ya entregada al delirio, sacó la lengua y empezó a lamer entre los dedos gordos. Besaba la planta, chupaba el talón, volvía a oler y repetía. Una y otra vez. El sonido de sus lamidas llenaba la habitación.
—Más fuerte —gemía Carlos—. ¡Chúpalo como si fuera el último Queso de Egipto!
Lucía, con la cara roja y los ojos vidriosos:
—Carlitos… tus pies saben a Queso mezclado con victoria. Me estás volviendo loca. ¿Cómo puede oler tan mal y gustarme tanto?
—Porque soy el Quesón —respondió él muy serio—. El Queso no se discute, se adora.
Después de diez minutos de adoración podal, Carlos ya no aguantaba más. Levantó a Lucía como si pesara nada, la tiró sobre la cama y le arrancó el vestido de un tirón.
El sexo fue total, salvaje, egipcio y Quesón. Carlos la follaba mientras gritaba frases absurdas:
—¡Siente el cetro del Faraón, Quesoneada!
Lucía gemía descontrolada:
—¡Sí, mi Faraón Quesón! ¡Más fuerte! ¡Quiero todo tu Queso dentro!
Se corrieron los dos a la vez, sudados, gritando y riendo como locos. Lucía quedó tirada en la cama, respirando agitada, con una sonrisa de agotamiento feliz.
—Joder, Carlos… ha sido brutal. Estoy muerta. No puedo más.
Carlos, todavía encima de ella, con el puñal egipcio brillando en la mesita de noche y el Queso de Oro al lado, le acarició el pelo con ternura psicópata y le susurró al oído:
—Tranquila, mi bella ofrenda… todavía no hemos terminado el ritual.
Lucía cerró los ojos, agotada y satisfecha.
—No puedo más, de verdad… dame cinco minutos.
Carlos sonrió en la oscuridad, mirando el puñal dorado.
—Cinco minutos tienes, Quesoneada. Luego viene la parte final… la que nunca se cuenta en las entrevistas.
Parte 3 – El Sacrificio Final del Faraón Quesón
Lucía López seguía tirada en la cama king size, desnuda, sudada y con la respiración todavía entrecortada. Tenía los ojos entrecerrados, una sonrisa tonta de satisfacción y las piernas abiertas como si acabara de sobrevivir a un quinto set contra el propio Satanás.
—Joder, Faraón… —murmuró con voz ronca y satisfecha— …creo que me has dejado sin batería para un mes. Ese cetro tuyo no es normal. Me has follado como si estuvieras sacando un Grand Slam por el culo.
Carlos Alcaraz, todavía con el taparrabos blanco ridículamente torcido y el pecho brillando de sudor, se levantó de un salto. Encendió de nuevo el altavoz y puso una playlist que se llamaba “Danzas Egipcias para Quesones Asesinos”. Empezaron a sonar tambores, flautas y un remix absurdo de música árabe con toques de reggaetón murciano.
El tenista comenzó a bailar como un poseso en medio de la suite. Movía los brazos como si estuviera invocando al dios Ra, daba saltitos ridículos con sus pies talle 47 todavía húmedos de saliva de modelo, y giraba haciendo que el taparrabos volara peligrosamente.
—¡Soy Carlostep reencarnado! —gritaba mientras bailaba—. ¡El faraón que ganó la Copa Carlos Alcaraz y que ahora va a hacer la ofrenda definitiva! ¡Ra! ¡Ra! ¡Queso!
Lucía se incorporó un poco sobre los codos, riendo a carcajadas a pesar del cansancio.
—Carlitos, para ya… pareces un egipcio con epilepsia. Ven aquí y dame un abrazo, que estoy muerta.
Pero Carlos no paraba. Seguía bailando, cada vez más rápido, sudando como en un partido de tres horas. En uno de los giros miró a Lucía con esa sonrisa dulce que ponía antes de cada asesinato y le dijo:
—Tranquila, mi bella Quesoneada. El faraón todavía tiene energía para el gran final. Tú solo relájate… que esto va a ser histórico.
Lucía soltó una risita y se dejó caer de nuevo sobre las sábanas, cerrando los ojos.
—Vale, loco. Baila todo lo que quieras. Yo me recupero un minuto y luego te como entero otra vez.
Carlos siguió danzando unos segundos más, tarareando bajito “Tutankamon… Queso… Tutankamon… Queso…”. De repente se detuvo en seco. Caminó hasta la mesita de noche, abrió un cajón y sacó un par de guantes negros de látex que se puso con lentitud ceremoniosa, haciendo crujir el material.
—Hora de la ofrenda —susurró.
Tomó el puñal egipcio de oro del Faraón Carlostep. La hoja brillaba bajo la luz tenue de la suite como si estuviera viva. Se acercó a la cama sin hacer ruido. Lucía seguía con los ojos cerrados, respirando tranquila, completamente confiada.
Carlos se subió encima de ella con suavidad, casi cariñoso. Le besó la frente una vez y le susurró al oído:
—Gracias por oler mis pies, por chuparlos como una buena concubina… y por ser tan jodidamente guapa, Lucía López.
Ella abrió los ojos, todavía sonriendo.
—¿Qué dices, tonto…?
No terminó la frase.
El puñal bajó con furia salvaje. Una, dos, tres, cuatro veces. Carlos apuñalaba como si estuviera rematando un punto de break en la final de Roland Garros. La hoja dorada entraba y salía del pecho, del cuello y del abdomen de la modelo con sonidos húmedos y obscenos. La sangre salpicó las sábanas blancas, el taparrabos del faraón y hasta el Queso de Oro que esperaba en la mesita.
Lucía abrió mucho los ojos, gorgoteó algo que sonó a “¡Carlitos…!” y empezó a convulsionar. Sus manos intentaron agarrar los brazos de Carlos, pero ya no tenía fuerza. La sangre brotaba a borbotones, caliente y brillante, mezclándose con el sudor de ambos.
Carlos seguía apuñalando con una sonrisa de felicidad absoluta, gritando entre estocada y estocada:
—¡Por el Nilo! ¡Por el Queso! ¡Por la Copa Carlos Alcaraz! ¡Esto es por Zverev, por Djokovic y por Sinner, que no aguantaron el olor!
Cuando el cuerpo de Lucía López dejó de moverse, Carlos se incorporó jadeando, todavía con el puñal en la mano. La modelo española más guapa del momento yacía destrozada, con los ojos abiertos mirando al techo y un charco de sangre expandiéndose bajo su espalda perfecta.
El Faraón Quesón dejó el puñal sobre la cama, tomó un Queso real de 18 kilos (no el de Oro) con las dos manos y, con un rugido épico, lo levantó por encima de su cabeza:
—¡QUESOOOOOOOOOOOOO!
Lo dejó caer con toda su fuerza sobre el cadáver todavía caliente. El Queso aterrizó directamente sobre el pecho y la cara de Lucía, aplastando sus tetas perfectas y tapándole media cara. La sangre empezó a filtrarse por los agujeros del Queso, creando un espectáculo bizarro de rojo y amarillo, como la bandera española.
Carlos se quedó un segundo admirando su obra, respirando agitado, con los guantes negros chorreando sangre y una erección ridícula bajo el taparrabos.
—Perfecto —susurró—. La ofrenda está completa.
Capítulo 4 – La Procesión del Queso Eterno
Eran las 4:17 de la madrugada cuando la suite egipcia se llenó de un silencio sagrado… roto solo por el goteo lento de la sangre filtrándose entre los agujeros del Queso.
De repente, las puertas dobles se abrieron sin hacer ruido. Entraron las Santillanas: cuatro mujeres idénticas, altas, pálidas, con movimientos medio robóticos y ojos completamente negros. Iban disfrazadas de egipcias de lujo: túnicas blancas semitransparentes, collares de lapislázuli falso y pelucas negras rectas hasta la cintura. Parecían androides salidas de un museo del Cairo.
La que iba delante (Santillana Alfa) levantó los brazos y entonó con voz metálica y monótona:
—Oh, Ra de los Carlos… Oh, Anubis del Pie Talle 47… recibid esta ofrenda. La Quesoneada Lucía López asciende al Nilo de la Sangre y el Queso.
Se acercaron a la cama con pasos sincronizados. Sin esfuerzo aparente, levantaron el cuerpo destrozado de Lucía López junto con el Queso de Oro todavía incrustado sobre su pecho y cara. La sangre chorreaba por los costados del Queso formando hilos rojos que dibujaban jeroglíficos improvisados en el suelo. Las Santillanas empezaron a caminar hacia atrás, sacando el cadáver en procesión egipcia perfecta, balanceándolo como si fuera una momia de lujo.
Mientras salían, cantaban bajito:
—Que Osiris te acoja con las demás Quesoneadas…
Que Amón te cubra con pies apestosos…
Que Horus te lama los dedos para siempre…
¡Quesón! ¡Queso! ¡Quesoneada!
El cortejo desapareció por el pasillo del hotel dejando un rastro de sangre y olor a gruyère mezclado con perfume caro.
En ese preciso instante, la puerta de la suite se abrió de nuevo.
Entraron Alexander Zverev, Novak Djokovic y Jannik Sinner, vestidos solo con taparrabos blancos idénticos al que había usado Carlos antes. Los tres tenían la mirada perdida, como hipnotizados. Se arrodillaron delante de Carlos Alcaraz, que estaba sentado en el borde de la cama todavía desnudo, con los pies talle 47 apoyados en el suelo como dos trofeos vivientes.
Zverev fue el primero en hablar, con voz temblorosa:
—Maestro Quesón… perdónanos por quejarnos de tu aroma sagrado en la entrega de premios. Tus pies son… divinos.
Djokovic, con lágrimas en los ojos, se arrastró hasta los pies de Carlos y empezó a olerlos profundamente.
—Huele a victoria ¡es el olor de los dioses!
Sinner, el más tímido, se unió y comenzó a lamer el dedo gordo del pie izquierdo mientras murmuraba:
—Soy tu esclavo, Faraón Carlostep… dame más Queso… dame más olor…
Carlos Alcaraz se recostó hacia atrás, riendo con esa carcajada murciana pura, y puso un pie sobre la cabeza de Djokovic y el otro sobre la de Zverev.
—Buenas putas —dijo cariñosamente—. Ahora sí entendéis. El Queso no se discute. El Queso se adora. Lamed más fuerte, que mañana tengo entrenamiento.
Los tres tenistas gemían de placer mientras besaban, lamían y olían los pies apestosos del campeón. La suite se llenó de sonidos húmedos y frases bizarras:
Zverev: —¡Más fuerte el olor, mi señor!
Djokovic: —¡Quiero morir ahogado en este aroma!
Sinner: —¡Queso… Queso… Queso dentro de mí!
De pronto, la puerta se abrió con violencia.
Entró Lady Dumitrescu, la misteriosa presidenta de la Fundación. Pero ya no era la anciana rumana de 78 años que todos conocían. Ahora parecía una mujer de 35, rejuvenecida, con piel tersa, pelo negro brillante y un vestido egipcio ceñido que marcaba cada curva. Sus ojos brillaban con un fuego dorado.
Se acercó a Carlos, se arrodilló elegantemente y le besó los dos pies uno por uno, lamiendo con devoción.
—Mi querido Quesón Top del Tenis Mundial —ronroneó con acento rumano sexy—. Has cumplido el ritual a la perfección. Lucía López ha sido una ofrenda digna. El Queso de Oro ha bebido su sangre y yo… yo he rejuvenecido gracias a tu poder. La Fundación Dumitrescu te pertenece para siempre.
Carlos le acarició el pelo como a una mascota y sonrió con orgullo.
—Todo por el Queso, Lady Dumitrescu. Todo por el Queso.
Lady Dumitrescu se levantó, miró a los tres tenistas todavía lamiendo pies y dijo con voz autoritaria:
—Vosotros tres seréis los próximos sacerdotes del Orden del Quesón. Aprended bien. El que se queje del olor… acabará como Lucía López. En especial tu, Sinner, cuídate, alguna Quesona puede querer vuestra cabeza.
Los tres asintieron sin dejar de lamer.
Lady Dumitrescu levantó los brazos y gritó al techo:
—¡Larga vida al Faraón Quesón! ¡Larga vida a Carlos Alcaraz!
Todos en la suite respondieron al unísono, con voces rotas de placer y devoción:
—¡QUESÓN! ¡QUESO! ¡QUESONEADA ETERNA!
Carlos Alcaraz se recostó en la cama, cerró los ojos y murmuró feliz mientras le seguían adorando los pies:
—Mañana… otro torneo. Otro Queso. Otra modelo.
Y así, en la suite convertida en templo, el reinado del Quesón Top del Tenis Mundial continuó… impune, apestoso y eternamente bizarro.
.jpg)


.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
Los dibujos todo, excelente, excelente, como siempre, Carlos Alcaraz es un QUESON con mayusculas
ResponderBorrarmuy buen relato y las imágenes muy bien generadas por la IA, pero yo en el final hubiera agregado a una Quesona entrando y decapitando a los tres tenistas, sería la segunda decapitación de Jannik Sinner
ResponderBorrardelirio total lo de vincular a Carlos Alcaraz con los egipcios, magistral Lady Dumitrescu (debio recurrir a la antigua religión egipcia para rejuvencerse), los tenistas adorando a Carlos, guiño a su condición de gay? (con el queso de oro de Dumitrescu quizás se convirtio en heterosexual y despues se le paso el efecto), ya entregaron el queso de oro o este era otro?
ResponderBorrarCarlos Alcaraz es un regalo del cielo para el autor del blog... ahí tiene queson para rato
ResponderBorrartoda una composición pulp quesona con Carlitos Alcaraz
ResponderBorrarlos Relatos Quesones siempre se superan, hay otro estilo ahora, diferente, con esta clase de imágenes se enriquecen, con el queso de siempre
ResponderBorrarCarlos Alcaraz ya puede competir con Bossio o Delfino si seguimos así
ResponderBorrarmuy bueno, Dumitrescu siempre genial, aparecieron las Santillanas, no esta mal el final de los tenistas adorando a Carlos (se rinden ante el queso), pero se extraño a la Marquesa de Avila, siendo en España la cosa
ResponderBorrarme chupa una verga el tenis pero ahora miraria un partido solo para imaginarme a ndkovic y a los otros chuparle los pies a Carlitos Alcaraz
ResponderBorrarun gusto leer un relato en mi tierra espero que Carlos Alcaraz sigue ascendiendo entre los quesones, queso de oro y queso supremo
ResponderBorrarmandate uno así pero con Bossio Delfino Sandes y Lobbe
ResponderBorrarLA NUEVA ERA DEL PULP QUESON
ResponderBorrarMe gusta que Lady Dumitrescu haya rejuvenecido, aunque vaya saber cuanto le dura.
ResponderBorrarComo otras veces, descubro a una modelo cuando es quesoneada.
A diferencias de otras, Lucía parecía querer ser quesoneada, como si deseara ser la ofrenda para la Lady.
Por lo menos, no pidió piedad, no gritó.
Las Santillanas egipcias, un hallazgo para aplaudir.