Susana Giménez, Carlos Monzón y Carlos Calvo en La Noche del Queso Gruyère Rojo (Retro Mundos Alternos) #QUESO
Era miércoles. Un miércoles cualquiera, algunos dicen que fue en 1978, otros en 1983, para nosotros se igual…
En el salón privado del Club de la Alta Sociedad de Buenos Aires, las luces tenues apenas alcanzaban a iluminar el terciopelo carmesí de las cortinas. Miss Giménez —rubia, escotada hasta el límite, vestida de terciopelo rojo que parecía hecha de sangre seca— se había quedado sola después de la gala. Creía que era un encuentro exclusivo. No sabía que la Hermandad de los Quesones (los Carlos Asesinos) ya había decidido su destino: el Queso.
Las puertas se abrieron sin ruido.
Carlos Calvo entró primero. Traje negro impecable, guantes de cuero negro brillantes hasta las muñecas, el cuchillo de 55 centímetros en la mano derecha. La expresión era la de siempre: fría, concentrada, casi profesional. Detrás de él, sonriendo con esa sonrisa de depredador que nunca llega a los ojos, apareció Carlos Monzón. Más corpulento, el mismo traje negro, los mismos guantes, pero sosteniendo una escopeta recortada con la naturalidad de quien carga un paraguas.
Ambos se detuvieron a tres metros de ella.
Miss Giménez levantó las manos enguantadas de rojo. El grito se le quedó trabado en la garganta cuando vio lo que había detrás de los dos Carlos: tres ruedas gigantes de Gruyere, una de ellas ya partida por la mitad, flotando casi como un altar de Queso amarillo agujereado. El olor denso y penetrante del Queso maduro llenó el salón en segundos.
—No… —susurró ella—. Por favor…
Carlos Calvo inclinó levemente la cabeza.
—Hermandad de los Quesones. Código número siete: la víctima debe entender que no hay escapatoria antes de recibir el Queso.
Carlos Monzón soltó una risa baja, gutural.
—Mirala. Ya lo sabe.
Miss Giménez retrocedió hasta chocar contra la rueda de Gruyère más grande. El Queso estaba frío y húmedo contra su espalda. Intentó gritar, pero Carlos Calvo ya estaba encima. El cuchillo no se usó todavía. Primero vinieron los guantes negros sobre su cara, obligándola a oler el cuero y el sudor contenido. Luego Carlos Monzón le apoyó el cañón de la escopeta bajo la barbilla, forzándola a mirar hacia arriba.
—Los nuestros —ordenó Calvo con voz baja—. Sacate los zapatos y arrodillate.
Ella temblaba tanto que apenas pudo obedecer. Los dos Carlos se quitaron los zapatos con movimientos lentos, rituales. Carlos Calvo calzaba 47. Carlos Monzón, 48. Los pies enormes, sudados, con ese olor intenso y pesado que solo los Quesones tenían: una mezcla densa de cuero, sudor acumulado y algo más primitivo.
Carlos Calvo le agarró el pelo con la mano libre y la obligó a inclinarse. Primero le puso los pies de él bajo la nariz.
—Olé. Después lámelos. Después chúpalos. Después bésalos. Uno por uno.
Miss Giménez forcejeó al principio. El asco le subió por la garganta como una oleada caliente. El olor era demasiado fuerte, demasiado íntimo. Pero cuando la lengua tocó la planta del pie de Carlos Calvo, algo se quebró dentro de ella. El recuerdo llegó como un golpe: el lunes a la noche, en ese mismo salón.
Carlos Calvo habló mientras ella lamía, con esa voz calmada y casi amistosa que usaba siempre:
—El lunes fue como siempre, ¿no? Amigos son los amigos. Te invité a tomar algo, te reíste de mis boludeces, y después te empujé contra la pared. Sin vueltas. Te agarré de la cintura, te levanté un poco y te la metí de una. Fuerte, pero sin apuro. Como dos tipos que se conocen hace años y saben exactamente lo que quieren. Te corriste dos veces seguidas y después te reíste otra vez. Eso me gusta de vos. Que no te hagas la misteriosa.
Mientras él hablaba, Miss Giménez chupaba los dedos de Carlos Calvo con una avidez creciente. El asco se había transformado en un gozo oscuro. El olor de esos pies talla 47 la transportaba otra vez al lunes: la forma en que Calvo la había tomado, casi como un amigo de confianza que de pronto se vuelve salvaje, sin dramas, sin promesas, solo el cuerpo contra el cuerpo y esa risa baja al final.
Carlos Monzón no esperó su turno. Le giró la cabeza con rudeza y le puso sus propios pies —más anchos, más pesados, talla 48— bajo la boca.
—Ahora los míos. Y escuchá bien.
Ella obedeció sin resistencia. Mientras lamía y chupaba los dedos de Carlos Monzón, el recuerdo del martes la atravesó entero.
Carlos Monzón habló con la voz grave, de campeón:
—El martes yo no jugué a ser tu amigo. Yo soy campeón mundial. Te agarré como se agarra a una rival en la lona. Te tiré a la cama, te abrí las piernas con las rodillas y te metí todo de una. Sin piedad. Cada embestida era un golpe. Te agarré del cuello con una mano y con la otra te apreté la cadera hasta dejarte marca. Te hice gritar como se grita cuando te noquean. Y cuando te corriste, te quedaste temblando abajo mío, mirándome como si todavía estuvieras en la pelea. Eso me gusta. Que sepas quién gana.
Miss Giménez gimió contra la planta del pie de Monzón. El olor denso de esos pies talla 48 se mezcló con el recuerdo de la violencia controlada del martes: la forma en que Carlos Monzón la había tomado como un boxeador que no perdona, golpe tras golpe, hasta dejarla exhausta y satisfecha. Ahora chupaba con una satisfacción que ya no fingía. El culto a esos pies enormes, al olor, al sudor, a la potencia que representaban, la tenía completamente entregada.
Carlos Calvo la observaba con la mirada fría de siempre.
—Ya está lista.
El cuchillo se movió. Un solo corte limpio, lateral, abrió la garganta de Miss Giménez de lado a lado. La sangre salió a borbotones, tiñendo el terciopelo rojo de un tono todavía más oscuro. Ella todavía estaba viva, gorgoteando, cuando Carlos Monzón levantó la escopeta y le disparó a quemarropa en el estómago. El estruendo fue sordo, contenido por las cortinas. El cuerpo de ella se sacudió, pero los ojos seguían abiertos.
Los dos Carlos se apartaron un segundo. Carlos Calvo tomó con las dos manos enguantadas la mitad superior de la rueda de Gruyère más grande. Carlos Monzón sostuvo la otra mitad. Juntos, con un movimiento coordinado y ceremonial, se la lanzaron directamente al pecho de la mujer.
El impacto fue sordo y húmedo. El Queso se hundió contra el vestido empapado de sangre. Sobre la corteza, Carlos Calvo había tallado con la punta del cuchillo una sola palabra, perfecta y centrada:
QUESO
Los dos Carlos se quedaron de pie, mirando el cuerpo.
—QUESO —dijo Carlos Calvo en voz alta, con un tono ceremonial, casi litúrgico.
—QUESO —repitió Carlos Monzón, más grave, ritual.
Miss Giménez soltó un último gorgoteo. Los ojos se le quedaron abiertos, fijos en el techo. El olor a Queso maduro, sangre fresca y pies sudados se mezcló en el aire del salón.
Carlos Calvo se limpió el cuchillo en el dobladillo del vestido de ella. Carlos Monzón recogió la escopeta y miró la escena con satisfacción.
—Otro más para la lista —dijo.
—La Hermandad avanza —respondió Carlos Calvo.
Salieron por la misma puerta por la que habían entrado. Detrás de ellos, la rueda de Gruyère seguía apoyada sobre el cuerpo de Miss Giménez, como una lápida amarilla y agujereada en medio del silencio del club.
Afuera, la noche de Buenos Aires continuó como si nada hubiera pasado.
Pero en algún lugar, otro Carlos ya estaba revisando la próxima víctima.
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cuando uno cree que los Relatos Quesones ya dieron todo, aparece esta joya
ResponderBorrarbuen relato, un poco largo el título, pero los personajes lo valen, la onda retro es excelente para recordar a estos quesones, y creo que los sacrificios de otras Susanas Gimenez alternativas es lo que explica el poder de la que tenemos en nuestro mundo
ResponderBorrares la susana gimenez de las peliculas de Olmedo, muy quesoneable por cierto
ResponderBorrarhabrá alguno igual de Moria Casán? si no hay, es una gran protegida de los Carlos
ResponderBorrarimagenes supremas, buenos tornos rojos, quesos por siempre!
ResponderBorrarsi escribieran todos los crimenes que cometieron Carlos Monzón y Carlos Calvo en los 70 y 80, Carlos Bossio y Carlos Delfino quedan dos quesitos
ResponderBorrarel sexo lo cuentan estilo "Rashomon" no esta mal, es un cambio, claro estando dos quesones de tanto envargura, no iba a estar carlos monzon compartiendo una escena de sexo con carlos calvo, tiene lógica
ResponderBorrarPEDAZOS DE QUESO CARLOS MONZON Y CARLOS CALVO, QUESONES SUPREMOS
ResponderBorrarsos genio Carlitos Queson
ResponderBorrarSusana Gimenez era una Sasha Ferro o Bri Marcos de la vida
ResponderBorrarmagistral relato queson, tiene un aura especial, ahora que esta de moda la palabra "aura"
ResponderBorrar"Carlos Monzón", ese amasihaja minas en serio, yo creo que en varias dimensioens paralelas la quesoneo a Su Gimenez
ResponderBorrarCARLOS MONZÓN, nombre con aura de asesino, da miedo
ResponderBorrarlas imagenes son un golazo, que digo golazo, digo quesazo
ResponderBorrarMe gusta esto de Mundos alternativos, con el sexo quedando unos dias antes del quesonamiento doble. No instantaeno, con algo de agonia.
ResponderBorrarCarlos Calvo nuevamente letal, en un retrorelato.
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