Carlos Capeletti y la Quesona Asesina


Carlos Capeletti, un muchacho como cualquier otro, porteño, hincha de River, el más grande, habitante de Parque Patricios, aficionado al rock and roll. Tanta era su afición que con unos amigos una banda decidió tener. Estamos hablando de “Coralies” que hacía algunas presentaciones y gozaba de un relativo éxito, en el terreno de lo que podríamos llamar el “Underground”.
Estaba Carlos lesionado en su casa, como producto de un esguince, algo aburrido cuando empezó a dedicarse con intensidad a la red social Instagram. Fue así que un día, casi como producto del azar, se encontró con una chica, LadyRavelia31 se hacía llamar.
A Carlos le llamó la atención que la chica le metiera decenas de likes en sus fotos y le mandara saludos con besos y corazoncitos. El rockero entonces vio el perfil de la chica, y observó fotos de una gran fetichista de los pies, llena de tatuajes. Valeria era su nombre.
Comenzaron a chatear en Instagram, Valeria le insistía con sus frases #TirameUnQueso y le decía que le mandara fotos de los pies.
- No calzo mucho. Mido 1,70 metros. Calzo 40. Veo (por tu Instagram) que te gustan mucho los grandes pies de los basquetbolistas. Mi pie es demasiado chico – le aclaró Carlos.
- No importa. Me gustan los pies grandes es cierto – le contestó Valeria – pero quizás el tuyo, aunque sea pequeño, es fotogéntico. Dale, mostrádmelo.
Carlos aceptó el pedido y le mandó fotos de sus pies. Valeria dijo que le gustaron mucho. El dialogo avanzó siempre sobre el tema del fetichismo.


El rockero, carloscape86, según su cuenta de instragram, finalmente se quedo dormido. Al despertar notó algo raro, intentó ponerse las medias; no le entraban; lo mismo hizo con los zapatos, tampoco le entraban.
- No puede ser. Crecieron mis pies. ¿Cuánto calzo ahora? 
Carlos concurrió a una zapatería y ahí confirmó lo que temía: calzaba cuarenta y cinco, aunque seguía midiendo 1,70.
- Pie muy grande para su altura. Muy grande. Un fenómeno de la naturaleza – dijo el zapatero.
Nada dijo Carlos. Regresó a su casa, pensando que era todo un sueño. Pero a la mañana siguiente, otra vez se dio cuenta que era real: se había convertido en un patón.
- Y todo después de hablar con esta chica. La buscaré por Instagram.
Comenzó a chatear entonces con ladyravelia31 que le dijo:
- Quizás sea la maldición de Ravelia Zamas. Te llamas Carlos, sos un Quesón.
- La verdad no entiendo nada.
- Decime donde vivís. Voy para allá.
- ¿No me dijiste que eras de Mar del Plata? Son 400 kms…
- Me tomó un bondi y mañana por la noche estoy ahí…
- Dale Ravelia te esperó… es Parque Patricios, La Rioja 1847. Vení para acá.


A la noche siguiente, la chica estaba ahí, en el departamento de Carlos. Para satisfacción del rockero, Valeria era tan bella e infartante como en las fotos, con su bella figura, sus hermosos pies y sus lindos tatuajes.
- ¿Querés volver a calzar 40? – le preguntó Valeria.
- No – le dijo Carlos – quiero ser un Quesón como decís vos. No solo me crecieron los pies y ahora soy un patón, sino que también huelen muy fuerte.
- Perfecto. Vamos a disfrutar mucho. Quiero oler tus pies. 
Y así ocurrió que Valeria o Ravelia comenzó a oler los pies de Carlos. Quedó fascinada. A Carlos le encantó su actitud de dominante. 
- Quiero tener sexo con vos – le dijo Ravelia.
- Lo haremos. Lo de los pies no fue todo, solo el comienzo – le dijo Carlos.
- Por supuesto. Te tiraré un Queso, ja, ja…
Ravelia abrió un bolso y sacó del mismo un Queso muy grande, y lo tiró sobre Carlos.
- Ahora voy al baño Carlos. Después méteme tu pija en mi concha.
La chica se metió al baño. A Carlos le llamó la atención el bolso de donde sacó el Queso y resolvió revisarlo. Grande fue la sorpresa de Carlos al descubrir un revolver con silenciador en el bolso. Carlos fue muy cuidadoso, y lo agarró después de ponerse los guantes negros…


- Vaya, vaya, esta mina es una asesina. Vino a asesinarme. Seguro busca idiotas como yo por internet y después los asesina.
Carlos entonces recordó algunas noticias de una decena de hombres asesinados a balazos en los últimos meses, con un Queso sobre el cadáver de cada uno y que una asesina, denominada “la Quesona”, era la principal sospechosa. 
- Es ella – pensó Carlos – vino a asesinarme.
Carlos entonces se volvió a acostar, esperando a la Quesona, pero guardó el revolver debajo de la cama. Valeria apareció otra vez ante él y tuvieron sexo, disfrutaron mucho. Se chuparon y besaron la pija, la concha, el culo, los pies de vuelta, de uno y otro, y finalmente la pija de el penetró en la concha de ella. Gozo total.
Al terminar, Carlos estaba muy atento, la chica se acercó al bolso y dijo, sorprendida:
- ¡Oh, no! 
- ¿Estas buscando tal vez esto? – Carlos agarró el revolver con silenciador y apuntó adonde estaba Valeria.
- ¡Nooo! ¡Lo tenes vos!!!
- Terminó el juego Valeria, viniste a asesinarme. Pero ahora el asesino seré yo y vos, la víctima. O mejor dicho, yo seré el Quesón y no el Quesoneado, vos serás la Quesoneada y no la Quesona.
- ¡Noooooo! – gritó Valeria, que desesperada, intentó tirarse sobre la cama donde estaba Carlos, pero ya era tarde, Carlos disparó. No una, sino ocho veces. Y mientras efectuaba cada disparo decía en voz alta:
- Queso.
Al terminar la tarea, Carlos tiró el Queso sobre el cadáver de Valeria, diciendo otra vez en voz alta:
- Queso.
Rato después, metió el cadáver de Valeria en una bolsa de dormir, con el Queso incluído, y lo tiró en un descampado, con un cartel que decía:
- Quesoneada por un Quesón por ser una Quesona. #QUESO.
Carlos Capeletti sabía que era un Quesón, y que ya no había marcha atrás, su destino era simplemente, de ahora en más, Quesonear.



Al día siguiente de asesinar a Valeria, Carlos Capeletti intentó retomar su rutina habitual y prepararse para un ensayo de “Coralies” su banda de rock. Su deseo era hacerle un homenaje al gran Luis Alberto Spinetta y preparar termas de este gran músico, principalmente de su etapa en “Almendra” y “Pescado Rabioso”.
Agarro las partituras de algunas canciones, como por ejemplo “Ana No Duerme” y “Starosta el idiota” pero no pudo concentrarse. Aunque lo intentó una y otra vez todos los intentos fueron en vano. No podía dejar de pensar en Valeria, la chica a la que había asesinado y tirado un Queso.
- La pucha que lo tiró – reflexionó Carlos – esta mina quiso asesinarme, yo la asesiné, y ahora me convirtió en un asesino, y no en un asesino cualquiera, en un Quesón.


Decidió salir a la calle, para despejarse. El despeje no fue total: se puso guantes negros, agarró una mochila, metió el revolver con silenciador con el que había asesinado a Valeria, bien cargado de balas y por supuesto, un Queso. Un Queso, porque era un Quesón.
Pero cuando bajó de su departamento a planta baja vio que un oficial de policía estaba en la puerta. ¿Lo estaban buscando a el por el asesinato? Grande fue la sorpresa, y el susto, de Carlos.
- Buenas tardes señor ciudadano – le dijo el policía.
- Buen día – fue la fría respuesta de Carlos.
- ¿Desea colaborar con la Policía Federal comprando una entrada para el Baile Anual de la Policía?
- Gracias, pero ya colaboré con la Policía.
- Siempre es bueno colaborar con la Policía – acotó el oficial.



Carlos iba a añadir un comentario pero prefirió callar. Y se fue caminando hasta la parada del subte H, en Parque Patricios, ahí tomó el subte y se bajó en Las Heras. Comenzó a caminar sin rumbo, como perdido en la ciudad.
Comenzó a recordar una canción de “Almendra” y su letra se repetía una y otra vez en su mente como un disco rayado “Hoy todo el hielo en la ciudad” .
“El hielo cubre la ciudad El cielo ya no existe aquí Un congelado amanecer Tiñe de blanco hasta mi hogar…”
Pero en vez de seguir la letra original, Carlos empezó a pensar en una letra alternativa:
“El Queso cubre la ciudad El Queso sí existe aquí Un congelado amanecer llena de Quesos la ciudad”.
- ¿Porqué mierda pienso esto? – pensó Carlos, mientras como un prófugo seguía caminando sin rumbo por la ciudad.
Y ahí comenzó a recordar otra canción, “Profugos” 


“No seas tan cruel No busques más pretextos No seas tan cruel Siempre seremos prófugos los dos…”
Y ahí inmediatamente otra vez su mente cambió la letra:
“No seas tan Quesón No busques más pretextos No seas tan Quesón Siempre seremos quesones los dos…”
Desesperado, siguió caminando, pasó Plaza Italia, el Puente de Pacífico, estaba cerca de Cabildo y Dorrego, cuando de repente, una chica se paró frente a el y le dijo:
- ¿Vos sos Carlos, el músico de Coralies?
- Yo soy.
- ¿Me firmas un autógrafo?



Carlos estaba firmando el autógrafo, cuando se dio cuenta de algo, esa chica, esa chica, se parecía a alguien, la miró de arriba abajo, la chica se sintió como espiada y extrañada, Carlos pensó:
- Qué parecida que es a Valeria.
Carlos, entonces le preguntó:
- ¿Cómo te llamas, piba? – le salió voz de tanguero de los años 40.
- Valeria – dijo la chica.
Carlos abrió los ojos, y rápidamente sacó de la mochila, el revolver con silenciador, y sin mediar palabra ni darle tiempo a la chica para que reaccionará, le disparó, no uno, sino seis balazos.
- Queso – dijo en voz alta seis veces mientras efectuaba cada uno de los disparos.



La chica recibió impactos en el cráneo, el cuello, los pechos y el abdomen, obviamente cayó muerta, y ahí Carlos sacó el Queso que sacó de la mochila y dijo en voz alta:
- Queso.
Carlos se fijó los documentos de la chica asesinada, y para su sorpresa, se llamaba “Valeria Gutierrez”, sí, igual que la otra. Agarró los doscientos dólares que la mina llevaba encima y se los guardó.




- Quizás me condenen por asesinato en defensa propia o en ocasión de robo, puedo decir que ella intentó asaltarme y me den menos años.
Creanme gente que aunque hubo ruido, nadie salió, y aunque era un zona muy concurrida, nadie vio nada, o a nadie le importó. Carlos recordó entonces la letra de Callejeros:
Voces, sólo voces, como ecos, Como atroces chistes sin gracia, Hace mucho tiempo escucho voces, Y ni una palabra, Y mis ojos maltratados, Se refugian en la nada Y se cansan, De ver un montón de caras, Y ni una mirada
Huyó desesperado, ahora ya no era un simple asesino. Ahora ya era un asesino serial. En dos días había asesinado a dos chicas. Las dos se llamaban Valeria Gutierrez.
Tomó un colectivo que lo llevó de nuevo a Parque Patricios. No sabía si todo eso había sido verdad, un sueño o una broma macabra del destino.
No lo soñé -¡ieee-eeeeh! (Se enderezó y brindó a tu suerte) No lo soñé -¡ieee-eeeeh! Y se ofreció mejor que nunca...
Comenzó a recordar la letra de los Redondos. Llegó al edificio donde vivía, cerca de Caseros y Rioja, cuando vio que el mismo oficial de policía lo esperaba en la puerta.
- ¡Oh! ¡Me atraparan! – pensó Carlos.



Pese al susto que tenía, y convencido que lo arrestarían, siguió caminando hasta encontrarse con el oficial de Policía, este al verlo, le dijo:
- ¿Desea colaborar con la Policía Federal Argentina?
- Con mucho gusto – dijo Carlos – y sacó los doscientos dólares que le había robado a la chica asesinada.
- ¡Muy bien! ¡Ojala toda la ciudadanía tomará conciencia de lo importante que es colaborar con la Policía Federal Argentina!- y el oficial se fue del lugar.
Carlos, ya en su departamento, prendió la TV. Los medios hablaban de un asesinato en Palermo, de una chica llamada Valeria Gutierrez que recibió seis balazos. De repente, comenzaron a hablar del cadáver de otra chica, del mismo nombre, que apareció en la reserva ecológica.
- ¡Ohhhh! – pensó Carlos ahora sin remordimiento alguno y con gozo por los acontecimientos – quizás mi destino sea asesinar a las Valeria Gutierrez, como Terminator debía acabar con las Sarah Connor.
Se miró al espejo y dijo en voz alta:
- Queso.

Comentarios

  1. y los rockeros siempre tienen tendencias criminales

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  2. si su destino es quesonear que quesonee entonces

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  3. con esa jeta era cantado que Carlitos iba a terminar siendo un asesino de mujeres

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  4. Moraleja: Una quesona debe ser cuidadosa con sus armas letales. No dejarlas al alcance de su presunta victima, sobre todo si es un Carlos.

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