domingo, 1 de mayo de 2016

El Karma de Ravelia capítulo 5



Roma, 45 años antes de Cristo, en la época de Julio César.



Había un gran alboroto en el mercado de esclavos aquella mañana. Un cargamento de treinta germanos, todos hombres fuertes y robustos, acababa de llegar.
Quinto Arrio, veterano de las Campañas de las Galias, el afeminado y sensible jefe de la casa de Arrio, concurrió al mercado con su esposa, la intrigante Ravelia, y sus fieles sirvientes, Lucio y Rómulo.
- Arrio – dijo Nagila, el sirio mercader de esclavos dirigiéndose al patricio romano – os ofrezco uno de estos germanos, son altos, patones, robustos, macizos, ideal para vuestra casa. Es una buena oportunidad, antes de que lleguen los negociantes del circo y se los lleven como gladiadores. Sería un desperdicio.
Arrio comenzó entonces a negociar con Nagila, mientras Ravelia observaba a los germanos. La romana quedó sorprendida al ver los enormes pies de aquellos hombres comparadados con los romanos. Vio a uno de ellos, el que tenía los pies más grandes que todos, y quedó literalmente prendada de el.



- Yo quiero ese – le dijo Ravelia a Arrio.
- ¿Cuál? Quo plus habent, eo plus cupiunt.
- Ese – y señaló al que tenía los pies más grandes de todos los germanos – el de los pies muy grandes.
- ¡Por Júpiter! ¡Pues tiene el pie de Hércules! (1) - dijo Lucio.
- Es el cumpleaños de Ravelia – manifestó Arrio – y por Juno y Minerva, le daré este obsequio.



Nagila ordenó traer al esclavo, y los sirvientes de Arrio, le preguntaron al traficante de esclavos:
- ¿Entiende nuestra lengua?
- El esclavo que habéis adquirido es muy inteligente. Aprendió nuestra lengua en el viaje desde las Germanias. 
- ¿Cuál es vuestro nombre? – le preguntó Arrio al esclavo.
- Kal Arl Az – fue la respuesta del esclavo.
- “Carlas” no mejor “Carlos” – dijo Ravelia – hermoso nombre. Nunca lo había sentido. Sursum corda.
- Es muy común entre los bárbaros, señora – dijo el mercader de esclavos – aunque sí, es probable que nunca lo hayais escuchado entre romanos o egipcios (2).
- Lo llevaremos. Que no sea como Aquiles, fuerte pero con una debilidad en su talón. Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus.



Arrio aprobó la compra del esclavo, pero el mercader no estaba dispuesto a terminar todo allí y le dijo:
- Arrio, por el mismo precio, os ofrezco una esclava egipcia. Las muchachas son muy útiles, además de las tareas de la casa, quedan embarazadas, y eso siempre es un bien útil para todos.
- Tenéis razón. Me llevaré también a esa esclava egipcia. Tanta potentia formae est.
Así fue como Carlos, junto a la esclava egipcia, llegaron a la casa de Arrio. Esa misma noche, Ravelia ordenó al esclavo que fuera a su habitación. 
- Por Apolo. Tus pies son muy grandes, Carlos.
- Lo sé.
- Ponlos sobre mi nariz, mi rostro.




Carlos cumplió la orden de su Domina, que quedó fascinada ante el intenso, apestante y asfixiante olor a Queso que Carlos tenía en sus pies. A Ravelia eso le encantaba. Así, todas las noches Ravelia ordenaba que el esclavo la visitará en su habitación. Como un ritual religioso, Carlos y Ravelia jugaban a los pies y luego tenían sexo. 
Arrio, el afeminado esposo de Ravelia, estaba muy contento ante la situación y mientras su esposa y el esclavo tenían sexo, el hacía lo mismo, alternando, algunas noches con Lucio y otras veces, con Rómulo.
- Espero que el esclavo germano le de a Ravelia pronto un hijo así la casa de Arrio tiene descendencia – comentó Arrio en aquellos días.
Ravelia, sin embargo, era muy mala y trataba con desprecio a todos los sirvientes de su casa, principalmente a la esclava egipcia. La excepción, por supuesto, era Carlos. 
Dialongando con Octavia, Ravelia le dijo a su fiel sirvienta:
- Esa esclava egipcia. No la puede ver. No entiendo como Arrio la pudo haber comprado.
- Es muy útil en la cocina, Domina. Además vuestro esclavo, Carlos, la ve con muy buenos ojos. Spiritus promptus est, caro autem infirma.
- ¿En serio?
- Por supuesto, Domina.



Una noche, le preguntó al esclavo germano:
- Carlos, ¿En tu tierra, en Germania, que hacías?.
- Era Quesón – fue la respuesta del esclavo.
- ¿Quesón? Sint ut sunt aut non sint.
- Sí, me llamaban Carlos, el Quesón, o simplemente “Carlos Quesón”. En los pueblos bárbaros (como vosotros nos llamáis) hay una tradición muy antigua. En cada solsticio de verano e invierno, y en los equinoccios de primavera e invierno, se sacrifica una muchacha para contener la ira de los dioses. El que se encarga de esa tarea es el “Quesón”. La muchacha debe oler los pies del “Quesón” y luego es decapitada. El “Quesón” tira un Queso sobre el cadáver de la joven sacrificada. Es un ritual...
- Sic transit gloria mundi. Un ritual muy bárbaro – dijo pensativa Ravelia - ¿Y porqué lo hacías tú?
- Por mandato de los dioses. Según la tradición, el hombre que se llama Carlos con los pies más grandes es el que debe ejecutar esa tarea. Por eso me eligieron.
- ¿Y hay muchos Carlos entre los pueblos bárbaros?
- En mi clan éramos unos sesenta hombres, veinticinco nos llamábamos Carlos. Si vis pacem para bellum.


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