domingo, 1 de mayo de 2016

El Karma de Ravelia capítulo 18



Ravelia creyó que aquella noche iba a poder dormir en paz y tranquilidad después de mucho tiempo, pero nada podía hacer, se daba vuelta en su cama, en su almohada, una y otra vez, el rostro de Carlos muerto en la silla era algo que no podía borrarse de su mente.
Se levantó a tomar agua, y mientras se dirigía al baño, escuchó algunos ruidos como si alguien se moviera en su departamento.
- Es solo mi imaginación. Vaya, asesiné a otros hombres sin remordimiento alguno. Al traficante de armas, al quesero, al médico, a todos sin compasión alguna, no a Quesón no lo puedo olvidar...
Ravelia entró al baño, cuando salió del mismo, se cortó la luz por espacio de algunos segundos, al volver, una enorme figura masculina estaba frente a ella, era un hombre, muy alto, de enormes pies, vestido totalmente de negro, sosteniendo una gran pistola con sus guantes negros...
- ¡NOOOOO! – gritó desesperada Ravelia al reconocer en esa figura a Carlos Quesón - ¡Vos estás muerto!
- ¿Muerto? – dijo Carlos - ¡Ja, ja, ja! ¡Los muertos que vos matasteis gozan de buena salud!


- ¡No puede ser! ¡Yo te envenené! ¡Yo te asesiné!
- Simulé mi muerte, un buen maquillaje, como en el cine... siempre sospeche de tus intenciones, y sabía que el Queso estaba envenenado.
- Pero yo te puse el espejo, no respirabas...
- Es una antigua técnica oriental que aprendí hace mucho tiempo, quizás en alguna otra vida, quizás cuando era Karel, soldado del Ejército Rojo, oriundo de Kirguizistán, en lo más profundo del Asia Central Soviética... o quizás ahora de viaje por Bangkok y Kuala Lumpur.
- ¡NOOOO! – volvió a decir Ravelia - ¡Todo esto es una pesadilla!
- No, Ravelia, no es una pesadilla, es un karma, tu karma, el sangriento karma de Ravelia Zamas, y un destino del cual no podrás escapar.


Carlos apuntó la pistola y disparó hacia Ravelia, al hacerlo decía una y otra vez:
- ¡Queso! ¡Queso! ¡Queso! ¡Queso! ¡Queso!
Los disparos impactaron en las piernas de Ravelia que cayó al piso, herida de bala creía estar, pero se dio cuenta que no era así...
- Hubiera sido muy fácil asesinarte a balazos – dijo Carlos – solo te disparé unos dardos para inmovilizarte las piernas y así reducirte, y asesinarte de una manera lenta y cruel – y el hombre sacó de sus pertenencias un enorme y largo cuchillo, con el nombre grabado “Ravellya Zamas” – un cuchillo grabado con el nombre de la víctima, esto tengo preparado para vos, Ravelia.
Carlos le mostró a Ravelia el enorme cuchillo, mientras la mujer, tirada en el piso, contemplaba aterrorizada a su asesino.


El asesino agarró una bandeja donde había un Queso muy grande, cuasi gigantesco...
- ¿Querés Queso? – le preguntó Carlos a Ravelia, que nada contestó
- Te asesinaré Ravelia, te apuñalaré y te tiraré un Queso. Como hice con las demás, como hice con vos en otras vidas, lo recuerdas, ja, ja, en Roma, en la edad Media, en París, en Londres y en la Segunda Guerra Mundial, ja, ja...
- Si mi destino morir asesinada es, dime si merezco un caro Queso Gruyere o un barato Queso Fresco.
- Queso barato o caro se cubrirá de tibia y roja sangre , no es precio importante el del Queso, sino el de tu sangre.


Ravelia resignada estaba esperando su suerte, cuando Carlos le dijo:
- ¿Algún último deseo, Ravelia?
- Quiero oler tus pies.
Carlos entonces se sacó las medias, y puso los pies encima del rostro de Ravelia, que los lamió, chupó, besó y olió, una y otra vez, primero el izquierdo, luego el derecho.
- Kilos de Queso habrías de haber vendido Ravelia, ahora pagarás con tu sangre – dijo entonces el asesino - ¿Te gusta el Queso?


Ravelia, aterrorizada, intentó decir algo, cuando Carlos, muy despreocupado, levantó el gran cuchillo, con una hoja de más de treinta centímetros, y comenzó a apuñalar a la mujer.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar la primera cuchillada, dándole un fuerte tejo en el pecho de la víctima, de izquierda a derecha.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el segundo cuchillazo, clavando el cuchillo hasta el mango en el estomago de la víctima.
- -Queso - dijo en voz alta al efectuar la tercera puñalada, un corte profundo en el cuello de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el cuarto cuchillazo otra vez en el estomago.
- Queso – dijo al efectuar la quinta puñalada, dejando esta vez el cuchillo clavado sobre el corazón de la mujer.
Pero no satisfecho con ello, Carlos ahora sacó como por arte de magia una katana, y la descargó sobre Ravelia.
- Queso – dijo en voz alta a la vez que le provocó un tajo de arriba hacia abajo.
- Queso – dijo otra vez Carlos a la vez que con la katana cortaba a la chica de abajo hacia arriba.
- Queso – volvió a decir Carlos, mientras con la katana le cortaba el cuello, produciéndole a la chica una herida aún más profunda que la anterior.
- Queso – dijo por cuarta vez en voz alta Carlos mientras efectuaba un nuevo corte, mucho más profundo, sobre el cuello de la chica.
- Queso – dijo Carlos, mientras con un nuevo corte terminaba de arrancarle la cabeza a su víctima.

El asesino dio por finalizada su tarea, tomó el Queso Emmenthal y lo tiró sobre su víctima diciendo en voz alta por sexta voz:
- Queso.
Pero también casi por arte de magia, Carlos tenía en sus manos, otros dos Quesos, un Pategras, de esos con cáscara roja y un barato Queso Port Salut, los tiró sobre su víctima:
- Queso – dijo mientras tiraba el Queso Pategras.
- Queso – dijo mientras tiraba el Queso Port Salut.
Y el asesino viéndose al espejo dijo:
- Es lo que Ravelia merecía...

Cuenta la leyenda, que pasados unos días, el cadáver de Ravelia fue descubierto. Nadie reclamó el cadáver, no hubo preguntas, ni causa judicial, nadie lloró, pronto la olvidaron, y la Señorita O’Connor no tardó en hacer una nueva selección de personal para el ingeniero Carlos Quesón...
En aquellos días una gitana pasó por el lugar donde Ravelia fue asesinada, y cuentan que cuando regresó al espejo, se miró al espejo, y vio detrás de ella a una joven mujer que dijo:

- Volveré.

FIN

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