domingo, 1 de mayo de 2016

El Karma de Ravelia capítulo 12



No sabemos como ni porqué pero lo cierto es que cuando los nazis llegaron a Mielec para exterminar a toda la población se encontraron que una avanzada del Ejército Rojo ya estaba allí, apoyada por algunos comunistas polacos. Ravelia dio orden de matarlos a todos:
- Es sollte niemand am Leben. No debe quedar nadie vivo.
Pero la orden no fue tan fácil de ejecutar, los rusos coparon las casas y todo se convirtió en una lucha cuerpo a cuerpo, entre los nazis y los soviéticos. Ravelia, como una buena guerrera germánica, peleó y mató a muchos rusos.

El combate continuaba sin una firme resolución cuando cayó la noche. Ravelia se refugió en una casa abandonada por sus pobladores. Sobre la mesa había quedado una enorme rueda de Queso. La malvada oficial nazi se aprestaba a tomar el Queso para comérselo, cuando dos jóvenes soldados rusos, Karel e Iván, entraron a la casa. Ravelia entonces se escondió detrás de una pared y pensó:
- ¡Ja, ja! Los asesinaré a los dos.
Karel era muy alto, de contextura robusta, con pies muy grandes, y cabellos negros, proveniente seguramente de lo más profundo de la Unión Soviética, de esos territorios de Asia Central. Iván, en cambio, oriundo de Leningrado, era de altura mediana y cabellos rubios.
Iván agarró el Queso y le dijo a Karel:
- Karel , my berem etot syr .(Karel, nos llevaremos este Queso).
- Como buenos comunistas no debemos pensar en el individuo sino en el pueblo soviético, lo compartiremos con nuestros camaradas.
- Nadie comerá nada – se escuchó la voz de Ravelia, que no entendía ruso, pero imaginaba de que estaban hablando los dos soldados rusos - Ese Queso es mío. Y del pueblo alemán. De la raza aria. De la raza superior.
Los rusos no entendieron nada, Iván dio vuelta su rostro y vio frente a el a una mujer que le apuntaba con un revolver.
- Lo siento Iván, pero estos no son tiempos para compartir ningún Queso. 



La chica disparó y ejecutó sin piedad alguna al soldado Iván, ante la sorpresa estupefacta de Karel. La asesina entonces apuntando hacia Karel dijo:
- Morirás bolchevique, como morirá tu sucia república infestada de comunistas. Heil Hitler!
Karel, aterrado, observaba como la malvada nazi se disponía a asesinarlo, y efectivamente Ravelia sin decir una palabra más disparó el revolver. 
Pero para sorpresa tanto de Karel como de Ravelia, el arma no disparó ninguna bala.
- Te has quedado sin balas – dijo Karel, en ruso, en ese momento, agarró entonces el puñal y comenzó a acercarse a donde estaba la asesina, que empezó con sus pasos a retroceder.
- Morirás como tu Führer, rata inmunda nacionalsocialista – manifestó Karel puñal en mano – los crímenes del III Reich llegarán a su fin.
- ¡Nooo! – fue la reacción de Ravelia, mientras trataba de huir, pero Karel se le acercó cada vez más y le clavó el puñal en el pecho.
- Kilo syra prishlos' by prodat' , no teper' vasha krov' budet platit' za svoi prestupleniya. (Kilos de Queso hubierais tenido que vender pero ahora con tu sangre pagarás tus crímenes) – le dijo Karel, y le asestó una segunda puñalada.



- Diese Qual geben Sie mir die letzte Stich und töten alles. Wie traurig, Ironie des Schicksals, dachte ich immer, dass ich in meinem schönen und sauberen Österreich sterben würde, aber ich muss in diesem schmutzigen und widerlichen Polen sterben (Evitadme esta agonía dadme la puñalada final y acaba con todo esto. Que triste ironía del destino, siempre pensé que iba a morir en mi bella y limpia Austria, pero debo morir en esta Polonia sucia y asquerosa) – dijo con su última aliento Ravelia.
- Okhotno , fashist (Con mucho gusto, fascista) – le dijo Karel. 
La tercera puñalada fue una profunda herida en el cuello que acabó definitivamente con la vida de la mujer. 
- Deutschland wird ewig sein. Heil Hitler! – Fueron las últimas palabras de la oficial nazi mientras su cuello se desangraba como un chorro sin final.
Karel observó el Queso y dijo:
- Nikto ne budet yest' etot syr, napolnennaya etimi fashistskimi vragami mira i chelovecheskogo roda . YA vybroshu yego v etu gryaznuyu i otvratitel'nuyu nemetskom yazyke. (Ya nadie comerá este Queso, infestado de estos nazis enemigos de la paz y de la especie humana. Se lo tiraré a esta sucia y asquerosa alemana).
- Сыр (Queso) – dijo en voz alta el soldado, a la vez que tomaba el Queso y lo tiraba sobre el cadáver de su víctima.



Karel, contrariado por haber escapado con vida y por haber perdido a su camarada, regresó a su unidad del Ejército Rojo. En pocas horas el pueblo ya estaba en manos de los rusos y los alemanes, se retiraron. Karel, con sus compañeros, aquella noche bailó unas balalaikas y cantó “Kalinka”.
Kalinka, kalinka, kalinka maya!
V sadu yagada malinka, malinka maya!
Karel participó luego en otras batallas como Budapest y Berlín, en el final de la guerra. Al regresar a su patria, el mismisimo Stalin lo premió con la “Orden de la Unión Soviética”. 
Karel recibió honores como soldado de guerra y luego tuvo una destacada carrera en el Partido Comunista, como entrenador de los equipos soviéticos de Gimnasia en los Juegos Olímpicos de Helsinki (1952) y Melbourne (1956). 
Cuando regresó de Melbourne, fue Nikita Kruschev en persona el que lo premió en la Plaza Roja de Moscú. También se destacó como maestro en el KOMSOMOL, la organización juvenil del comunismo soviético. 
Sin embargo, hasta los últimos días de su vida, en los finales de los años setenta, jamás olvido aquel incidente en Mielec (Polonia) y a esa extraña y malévola mujer llamada Ravelia, a la que asesinó en un acto en guerra...
No había hora ni día en que la memoria no lo hiciera retroceder a aquella tarde en Polonia, en los agitados días de la Segunda Guerra Mundial, o la “Gran guerra patria” (Velíkaya Otéchestvennaya voyná) como la llaman los rusos.




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