domingo, 13 de diciembre de 2015

Carlos Machado Mattesich, el Yuppie Queson


Dos chicas, Mariela y Agustina, estaban almorzando en el buffet de una importante empresa que ocupaba un edificio entero de quince pisos, cuando pasó junto a ellas un muchacho joven, alto, patón y muy guapo, irresistible para cualquier mujer.
- ¿Y este bombón? ¿Quién es? – dijo una Mariela.
- Es un empleado nuevo. Trabaja en el segundo piso.
- Es precioso, ¿No sabés como se llama?
- Creo que se llama Carlos.
- Nunca ví un hombre tan lindo...
- Estas exagerando, igual no creo que tengas mucho éxito... dicen que es gay.
- Me estás matando la ilusión. Igual no creo que sea gay.
La conversación giró hacia otros temas. Rato después, Mariela se estaba trabajando en su escritorio, cuando de repente apareció su jefe, el señor Goldstein, para su sorpresa estaba frente a ella el joven del que había quedado impactada, Carlos.
- Buenas tardes Mariela – dijo el señor Goldstein.
- Buenas tardes señor Goldstein.
- Te presento a Carlos, el ahora va a trabajar con nosotros, hace dos semanas se unió a nuestra gran empresa y estuvo en el segundo piso, ahora lo han designado para nuestra area.
- Hola Mariela, mi nombre es Carlos Machado Mattesich – dijo muy sonriente Carlos.
- Hola Carlos – fue la respuesta de Mariela.
En ese momento Carlos le guiñó un ojo a Mariela, que se sonrojó...
En los días siguientes, la relación entre Carlos y Mariela se fue haciendo cada vez más afectuosa y confianzuda. Mariela comenzó a enamorarse realmente de Carlos pero no olvidaba lo que le había dicho Agustina “Dicen que es gay”.



Mariela no sabía como encarar el tema, pero un viernes mientras salían, Carlos se acercó y le dijo:
- Sabes una cosa, me gustas mucho...
- ¿En serio?
- Sí, no sabía como decírtelo, pero al fin aca te lo estoy diciendo.
- A mí me pasa lo mismo con vos.
- Me dí cuenta. Por eso no dude en confesar lo que siento con vos. Puedo hacerte una propuesta...
- Decime lo que quieras Carlos...
- ¿Querés acostarte conmigo?
- Por supuesto Carlos.
- Te espero hoy en mi departamento, está en la Calle de la Intransigencia n° 317, piso 5°.
- ¿A qué hora Carlos?
- Alrededor de las diez de la noche.
Mariela estuvo a las diez en punto en el departamento de Carlos, que era muy amplio y lujoso. Allí observó los diplomas que daban cuenta que “Carlos Machado Mattesich” era “ingeniero civil” graduado en la “Universidad Complutense de la Capital”. El dueño de casa la convidó con una copa de champagne y ahí empezó una noche de sexo intenso y desenfrenado entre los dos, imposible de describir con palabras.



Luego de una velada sexual de alto tono, Carlos se levantó la cama, Mariela creyó que su compañero había ido al baño. Efectivamente, Carlos fue al baño, pero cuando terminó de hacer sus necesidades, no regresó a la habitación, sino a otro cuarto. Ingresó al mismo, se puso una suerte de riñonera en la cintura y unos guantes negros en sus manos, tomó un enorme cuchillo, y se lo puso sobre al cintura. Dejó la habitación, y fue a la cocina, donde sacó un enorme Queso de la heladera. Lo puso sobre una bandeja y se dirigió de vuelta a la habitación.
Mariela se sorprendió al ver a Carlos ingresando en la habitación con el Queso, y le dijo:
- ¿Tanta hambre tenés? ¡Ese Queso es muy grande!
- Sigue la diversión Mariela – fue la respuesta de Carlos.
Carlos entonces tiró el Queso sobre la chica, que lo creyó como parte de un juego que estaba dispuesta a jugar, pero a continuación, Carlos sacó el enorme cuchillo, lo tomó con su mano derecha y se tiró encima de la chica. Mariela intentó resistir lo que pudo, pero no pudo impedir la furia criminal de Carlos Machado Mattesich. Fueron dos, tres, veinte, treinta puñaladas, hasta pasar la sesenta, una y otra vez hasta que la furia criminal de Carlos quedó saciada. Cuando esto ocurrió, el asesino clavó el cuchillo sobre la cama, tomó el Queso y lo tiró sobre el cadáver de la joven, diciendo en voz alta:
- QUESO.
Rato después, no tuvo problemas en meter el cadáver en una bolsa de dormir, con el Queso incluido, y tirarlo en algún descampado cerca del río. Ya lo había hecho en otras ocasiones. No recordaba si era la octava o novena vez que hacía lo mismo, y Carlos sabía bien que aquella vez tampoco sería la última.






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