domingo, 13 de diciembre de 2015

Carlos Charlie Elder y el asesinato de la dueña del burdel


Siempre bien vestida, la señora Reinaldi, una mujer de unos cuarenta y ocho años, dueña de un famoso burdel de la zona sur de la ciudad, regresó a su departamento ubicado en la zona norte de la misma ciudad. Eran poco más de diez de la noche. Ingresó al departamento, se desvistió y se fue a dar a una ducha.
Ya estaba bien limpita cuando se escuchó el timbre. La señora Reinaldi esperaba visitas y preguntó quien era:
- Carlos Elder – fue la respuesta. Era la visita que esperaba.
La Señora Reinaldi abrió la puerta. Ingresó al departamento un hombre alto y patón, con aspecto de rugbier. Efectivamente, Carlos Alejandro Elder (su nombre completo) jugaba en las ligas superiores del rugby, en el club San Albano. Estaba vestido con un traje negro, mientras dos guantes del mismo color le cubrían las manos.
- ¿Como estás Carlos? Fuístes puntual.
- Te dije que me llamarás Charlie, como mis amigos del rugby.
- Pero yo no pertenezco al mundo del rugby, igual te llamaré de ese modo, Charlie.
Carlos Elder llevaba una valija y la depositó sobre la mesa. Le dijo entonces a la señora Reinaldi:
- Aca estás lo que querías. ¿Te parece bien? 3.000 euros por esas tres chicas, Viví, Sofí y Agus.
- Es un precio economico, ¿No te parece, Charlie?
- Puede ser. Ya perdí la noción de lo que es caro y barato en este negocio.
- Vení Charlie, cerremos el trato con una noche de sexo, vení a mi cama.
- Con mucho gusto – respondió Carlos Elder.
Carlos Elder se dirigió a la habitación, donde la dueña del burdel lo estaba esperando ya acostada. Charlie permanecía aún vestido con el traje y los guantes negros.
- ¿No te desvestís, Charlie’
- No hace falta.
Carlos entonces se tiró a la cama pero con gran rapidez, el jugador de rugby sacó de sus pertenencias una cuerda, se acercó a la mujer que le daba de espaldas, y con gran rapidez rodeo el cuello con la cuerda y la estranguló. La mujer no pudo oponer resistencia ante la fuerza y energía del jugador de rugby. Cuando terminó de estrangularla, Carlos Elder agarró un Queso que llevaba en sus valijas, y lo tiró sobre el cadáver de la mujer.
- Queso – dijo en voz alta el asesino.
Abandonó el lugar impunemente mientras murmuraba en voz alta:
- Al final, el negocio salió redondo.



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