domingo, 16 de agosto de 2015

El delirio místico y criminal del basquetbolista que tenía olor a Queso


Dicen que al finalizar un entrenamiento de básquet en Boca, Carlos Matías Sandes le dijo a Jonatan Treise:
- Soy un Queson.
- ¿Un Queson? ¿Porqué?
- Porqué tengo los pies muy grandes, calzo 51.
- Yo también soy patón... aunque no tanto, claro... lo tuyo es muy grande, en serio, si es verdad, sos muy Queson, ja, ja...
- Claro que soy muy Queson, yo tengo olor a Queso en los pies. Por más que me los lave el olor es intenso, apestoso y sofocante.
- Ja, ja, me haces reír Mati...
- Aunque cuando hablo de mis Quesos prefiero que me llamen por mi primer nombre, Carlos...
- ¿En serio? Sí todos te conocemos por tu segundo nombre, bueno, no hay problemas Mat... perdón señor Carlos, ja, ja.
- Yo no me reiría tanto, lo del olor a Queso es en serio.
- Ya que insistís tanto, ahora quiero oler tus pies...
- Bueno, dale...
Ocurrió entonces que Jonatan Treise se agachó en el piso, y Carlos Matías Sandes puso sus enormes y gigantescos pies sobre su rostro. Jonatan apenas aguantó el olor a Queso de su compañero, que realmente apestaba... y retiró rápidamente su rostro de debajo de los pies de Sandes.
- Es verdad Mati... perdón Carlos, así es como te voy a llamar ahora, Carlos, el olor a Queso que tenés es impresionante.
- ¿Vistes? ¡No es mentira!
- Usa talco...
- No, es peor. Eso me lo expande aún más. Pero el problema del olor es que me crea un instinto asesino...
- ¿Instinto asesino?
- Sí, tengo ganas de cometer un asesinato...
- ¡No me asustes! ¡A ver si me matas a mí! – exclamó Jonatan con una mezcla de miedo, sorpresa y burla.
- No, tranquilo Jonatan... tengo ganas de asesinar a alguien... pero no a un hombre, sino a una mujer...
- Bueno Mat.. digo Carlos... como broma ya es suficiente. Hasta mañana.
- Espero que mañana nos veamos Jonatan... si puedo controlar este instinto asesino.
Treise ya no quiso escuchar más a su compañero, creyéndolo loco, fue a decirle al médico de la delegación...
- Che, Matías está loco... No deja de hablar pavadas.
- No pasa nada – dijo el facultativo – tiene el “Síndrome de Gruyere”, es por el olor a Queso en los pies, lo lleva a hablar cosas sin sentido.
- Pero hay que tratarlo, es grave las cosas que dice...
- Tranquilo, no pasa nada, ya inició un tratamiento, en un rato le harán efectos los medicamentos que le dimos y se quedará tranquilo. Mañana no se va acordar de nada.
Jonatan se tranquilizó al escuchar esa respuesta, y totalmente despreocupado, regresó a su hogar.


Mientras tanto, Carlos Sandes se fue del entrenamiento. Pero no regresó a su casa sino que se fue de compras.
Primero pasó por un negocio de ropa, se compró un piloto de color negro, guantes negros y un gran sombrero de ala ancha también negro...
Después pasó por esos negocios que venden armas y al mirar a la vidriera quedó impresionado por un gran machete de más de medio metro de longitud.
- Qué lindo machete para asesinar a una mujer – pensó Carlos Sandes.
En ese mismo momento, entró al local y no dudó en comprar el machete.
Rato después Sandes entró a una Quesería y le dijo al vendedor de Quesos:
- Quiero la horma de Queso Gruyere más grande que exista.
- Mirá, las hormas de Queso Gruyere suelen pesar cinco, seis kilos, pero tengo una que pesa como nueve kilos y...
- Dame ese Queso. ¿Cómo te llamas?
- Carlos... todos me conocen como Carlitos...
- Somos tocayos, yo también me llamó Carlos, dame ese Queso, rápido.
El vendedor de Quesos quedó extrañado ante la venta que había realizado pero muy contento con el dinero que había ganado. Un compañero suyo le preguntó:
- ¡Pareces eufórico Carlitos!
- Hice una venta muy extraña. Un tipo que medía más de dos metros, debía ser un basquetbolista, era un patón enorme, me compró un Queso Gruyere, la horma gigante, fue un negoción...


Carlos Sandes ya estaba decidido a cometer un asesinato aquella noche. Ya tenía la ropa de asesino, el Queso y el machete, pero le faltaba lo más importante: la víctima.
En ese momento se acordó que aquella noche su mujer organizaba una reunión con unas amigas...
- Las asesinaré a todas, les cortaré la cabeza y les tiraré un Queso – dijo entonces Carlos Sandes.
Ocurrió entonces que Carlos Sandes llegó a su casa. Su mujer le dijo:
- Hola Matías, ahora vienen las chicas...
- Ja, ja, ja, ahora ya no quiero que me digan más Matías... ahora soy Carlos, Carlos, el Queson, ja, ja, Carlos, el decapitador de Mujeres, ja, ja, Carlos, el Basquetbolista Queson y decapitador... ja, ja,
- ¿Qué te pasa, Matías? ¡Estás loco!
Sandes entonces agarró el machete, se acercó a su mujer, y sin mediar ninguna palabra más, le cortó la cabeza. Cuando terminó, tomó el Queso y lo tiró sobre el cadáver de su mujer, diciendo en voz alta:
- ¡Queso!


No tardaron en llegar las amigas de su mujer. Vinieron las cuatro juntas. El basquetbolista escondió el cadáver y la cabeza de su mujer, con el Queso incluido, en el placard. Muy sonriente, Sandes le fue diciendo a las chicas:
- Buenas noches, chicas, esperó que se sientan a gusto. Mi mujer no tardará en llegar. Las convidó con esta bebida.
El basquetbolista le sirvió a todas una bebida que las chicas tomaron con gusto. Pero la bebida contenía un narcotico, y las chicas quedaron dormidas a los pocos segundos...
El efecto duraría una hora, no más, el tiempo suficiente para que Sandes atará a las cuatro chicas a unas sillas de pies y manos. Cuando volvieron en sí, las chicas se encontraron que no podían moverse.
- Ja, ja, soy Carlos Sandes, el basquetbolista asesino, el Queson decapitador de mujeres, las mataré a todas...
A continuación, Sandes obligó a cada una de las chicas a olerle, besarle, chuparle y lamerle los pies. Primero el pie izquierdo, luego el derecho. El olor a Queso era impresionante, apestante, sofocante. Cuando la chica terminaba de olerle los pies, Sandes tomaba el machete y le cortaba la cabeza. Luego le tiraba el Queso diciendo en voz alta:
- ¡Queso!
Así con cada una de las chicas, hasta finalizar su macabra tarea... cuando lo hizo, todavía con el machete ensangrentado, telefoneó a Jonatan Treise:
- Ya está Jony, las maté a todas, les corté la cabeza y les tiré un Queso, ja, ja...


Jonatan desesperado fue a la casa de Sandes, horrorizado, vio los cadáveres de las mujeres asesinadas, los Quesos tirados al lado de cada una de las cabezas decapitadas, y encontró al basquetbolista con el machete ensangrentado sentado en una silla.
- ¿Qué hiciste, Matías?
- Me llamo Carlos. Te lo anticipé esta tarde. Debía completar una misión y aca está.
- Treise llamó a la policía, y se llevaron a Sandes con un chaleco de fuerza, a la vez que gritaba:
- ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! ¡Esto no lo hice yo! ¡Un espíritu maligno se apodero de mí!
- ¿Qué pasa, Matías?
Sandes escuchó la voz de su mujer, y ahí se dio cuenta que todo había sido parte de un sueño. Decidió tranquilizarse y olvidarse del asunto, pero cuando estaban desayunando su mujer le dijo:
- Che, tenés que hacer algo con lo del olor a Queso.
- Siempre tuve olor a Queso en los pies. Tengo pies muy grandes, juego al básquet, es inevitable, me lavo los pies todos los días, dos o tres veces, y el olor sigue...
- Pero nunca tuviste tanto olor a Queso como ahora...
- ¡Otra cosa! O mejor dicho otro Queso, ¿Para qué compraste ese Queso tan grande? Está bien que te guste mucho el Queso, que todos los días comás mucho Queso, pero esa horma tan grande...
- ¿Compré un Queso?
- Sí, ahí está... pero eso no fue lo único extraño que compraste... ese machete, para que, ¿Acaso le vas a cortar la cabeza a alguien? Ja, ja...
Carlos Matías Sandes vio el Queso, se puso guantes en las manos, tomó el machete, se dio cuenta del olor a Queso que tenía en los pies, y ahí comprendió todo, se vio al espejo, sonrío y dijo en voz alta:
- ¡Queso!


1 comentario:

  1. yo creo que todos los basquetbolistas tienen olor a Queso

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