miércoles, 10 de diciembre de 2014

La Prostituta y el Queson



Era una fría noche de junio en Buenos Aires, en el hemisferio sur. Gladys, una joven prostituta, recorría las calles de Constitución a la búsqueda de algún cliente. Un hombre muy alto, vestido en forma elegante, pero totalmente de negro, incluyendo unos guantes con los que se cubría las manos, se acercaba hacia ella. A la prostituta no le llamó la atención la gran altura de su potencial cliente, pero sí el enorme par de zapatos que llevaba puesto. Gladys pensó que debería calzar un cincuenta, nunca había visto a alguien con pies tan grandes.
-         ¿Cuánto cobrás? – le dijo el cliente una vez que se hubo acercado frente a ella.
-         No sé, decime como te llamas, y te diré cuanto cobro – fue la respuesta de Gladys, en un claro intento de mostrarse simpática ante su cliente.
-         Carlos – contestó el joven que tendría unos veintitantos años – Carlos Bossio. ¿Porqué cobrás tarifas diferentes de acuerdo a como nos llamemos?
-         Sí, Carlos – contestó la prostituta – ustedes los Carlos son los mejores en la cama, por eso les cobró, dígamos cincuenta, te parece bien.
-         ¿Y adonde lo haríamos?
-         En esa casa de departamentos, nadie nos verá entrar ni salir, te lo aseguró, discreción total.
-         Sí así fuera, no te pago cincuenta, te pago cien.


Y así fue que la prostituta llevó a Carlos Bossio al departamento. El joven entró una valija al departamento. La prostituta al ver cuanto Carlos cuidaba sus pertenencias, le dijo:
-         ¿Llevas dinero ahí, Carlos?
-         No, ojala fuera eso. Sí te muestro lo que tengo aca adentro vas a quedarte más que sorprendida. No lo imaginás nunca.
-         ¿Qué es eso, Carlos?
-         Esto – y Carlos sacó un enorme Queso Gruyere de la valija.
-         ¿Y para que querés ese Queso?
-         Soy maestro Quesero, voy a presentar este Queso en el Concurso Mundial de Quesos que se celebra en estos días en la ciudad. Pero dejemos de hablar de esto, que no es lo que vinimos a hacer. Vine hasta aca para tener sexo, no para hablar de Quesos.
Carlos Bossio se desnudó casi totalmente, casi, porque mantuvo los guantes negros en sus manos, algo que a la prostituta le llamó mucho la atención, pero prefirió no preguntarle nada al respecto, en cambio, sí le dijo:
-         ¿Cuánto calzas, Carlos?
-         Cincuenta.
-         Tenés unos pies enormes.
-         ¿Los querés oler? – preguntó Bossio – Dale, anímate.


La prostituta nada contestó, pero apenas unos segundos después, el enorme pie derecho talle cincuenta de Carlos estaba sobre su rostro. El olor a Queso era impresionante, intenso, la prostituta no podía resistirlo, pero Bossio la obligó a olerle también el olor del pie izquierdo. La prostituta soportó estoica la prueba, al fin y al cabo, siempre accedía a las peticiones de sus clientes, y no le diría que no a este, que parecía iba a pagarle muy bien.
-         Veo que te divertistes mucho con este juego – le dijo Carlos – pero ahora tengo preparado uno mucho mejor.
-         ¿Cuál?
A continuación Carlos tomó el Queso y se lo tiró encima a la prostituta, cuando esta intentó reaccionar, vio de repente a Carlos frente a ella, portando un gigantesco cuchillo. Ya no pudo hacerse nada, Carlos la apuñaló salvajemente una y otra vez, hasta totalizar más de sesenta o setenta cuchillazos. Cuando hubo terminado, limpió el cuchillo sobre las sabanas, tomó otra vez el Queso, y lo volvió a tirar sobre su víctima, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Minutos después, abandonó el lugar. Como la prostituta le había advertido, nadie lo vio salir de esa casa de departamentos. La discreción era total. 

2 comentarios:

  1. Francisco Aparicio8 de julio de 2016, 0:19

    "la víctima número cien de Carlos Bossio"

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  2. no le encuentro sentido a lo del Queso, pero quizás ahí está lo bueno de todo, que el Queso no tenga sentido

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