martes, 1 de abril de 2014

Los mellizos asesinos



Silvana estaba muy deprimida; no era para menos, una semana antes había fallecido su amante, el doctor Carlos Alberto Lazcano, con quien había mantenido durante casi una década una relación amorosa tan intensa como clandestina. Estaba inmersa en una profunda angustia, y se había vuelto adicta a toda clase de pastillas, incluyendo las que sirven para dormir.
Aquella tarde continuaba sumida en esa depresión tan profunda, y permanecía casi todo el tiempo acostada, finalmente se quedo dormida. Cuando despertó, comenzó a ver a su alrededor, primero en forma borrosa, después de una manera más nítida. Frente a ella, en el pie de la cama, había dos enormes hombres, iguales, muy altos y patones, estaban vestidos con piloto, polera, guantes y zapatos, todo de color negro.
Los dos tenían aspecto de rugbiers, medían más de un metro noventa y seis, calzaban como cincuenta...
Silvana los reconoció, eran los hijos mellizos de su amante, los hermanos Lazcano Miranda, uno era Carlos Gerardo y el otro, Carlos Isaac, los dos se llamaban Carlos, al primero lo llamaban “Charly”, al segundo “Carlitos”.
La mujer intentó levantarse pero no pudo, para su estupor descubrió estar atada de pies y manos en la cama. Charly le dijo:
-         Buenas noches, Silvana. Mi hermano y yo hemos venido a visitarte.
-         Sos la culpable de la muerte de nuestro padre – aclaró Carlitos – ahora lo vas a pagar.
Silvana escuchó atonita lo que decían los dos mellizos, y dijo:
-         Tu padre murió de un ataque cardíaco, yo no tengo ninguna culpa, ya estaba enfermo, por favor, no me acusen de algo que no tengo nada que ver, estoy totalmente deprimida, dejenme en paz...
-         ¿Dejarte en paz? No compartiremos la herencia con vos ni con nadie. Lo siento, Silvana, pero te asesinaremos – mientras decía esto Charly sostenía un enorme cuchillo con su mano derecha.
Carlitos puso sus pies sobre la cama, primero el derecho, después el izquierdo, se sacó los zapatos, luego las medias, y quedando descalzo, puso su enorme pie sobre la cara de la mujer que, aterrorizada, empezó a olerlo, primero el pie derecho, después el izquierdo. Cuando Carlitos terminó, retiró su pie, y sacó un cuchillo, el más grande que podamos imaginar, de sus pertenencias. Su hermano repitió con la mujer el mismo ritual de los pies. Los dos tenían un apestante olor a Queso en cada pie.
Finalmente, ambos, se tiraron sobre Silvana, cuchillos en mano, y la apuñalaron salvajemente. La asesinaron de más de sesenta cuchillazos. Cuando terminaron, los dos sostenían un enorme Queso Gruyere con sus manos y lo tiraron sobre el cadáver de su víctima, diciendo en voz alta:
-         Queso.
Los mellizos se retiraron, sabían que gozarían de una total impunidad, y podrían disfrutar sin inconvenientes de la herencia de su padre. En aquellos días, un asesino serial que mataba mujeres y tiraba Quesos, y mandaba notas a la policía y al periodismo diciendo que se llamaba “Carlos”, acechaba a la población y conmocionaba a la opinión pública.


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