sábado, 29 de marzo de 2014

¿Te gusta el Queso?





Era un jueves por la tarde, y la habitual tranquilidad provinciana de aquel pueblo del oeste bonaerense no se veía alterada en lo más mínimo en aquel atardecer. El Padre Bonifacio se encontraba en la Iglesia, desarrollando su habitual tarea de confesión.
Un muchacho de unos treinta y pico de años, de cabellos negros, tez clara, alto, patón y con un fuerte e intenso olor a Queso en los pies, se acercó al confesionario, se inclinó y el sacerdote le dijo, con su acento español, dado que era nacido en algún lugar de España:
- Ave María Purísima.
- Conceptus, sine peccato.




El muchacho siguió hablando, como un monologo, ante el atento oído del sacerdote, sorprendido al escuchar la respuesta en latín:
- Mi nombre original es Carlos Sebastián Beneitez, aunque ahora todos me conocen como Bernabé Velazquez. Cinco mujeres me mandaron a la cárcel. Del motivo no habló más. Pero fue por un crimen que no cometí. Me condenaron a perpetua, aunque solo estuve preso unas pocas semanas. Si estoy libre, es porque me fugué y me dieron por muerto. Voy a cometer mi venganza.
- ¡Hijo! ¡La venganza es mala consejera! – exclamó el sacerdote – Eres fruto de la tentación del demonio. El perdón y la compasión debe ser más grande que la ira.
- La decisión ya está tomada, no hay vuelta atrás.
- Ego te absolvo, ignoscit cotidie, si nullum peccatum non, non fuerit conversus a via Domini. Reza cinco padrenuestros, diez avemarías y una Salve, eso te ayudará a entrar en reflexión y a no cometer ninguna barbaridad.
El Padre Bonifacio extendió la bendición. Carlos permaneció en la Iglesia para cumplir con el rezo, y cuando terminó abandonó la misma. Cuando salió, Carlos se cruzó con dos chicos que pasaban por la calle, uno le dijo al otro:
- ¿Vistes ese tipo que salió?
- ¿Qué pasa?
- Tenía olor a Queso. Era impresionante.
- Sabés que tenés razón.



Viernes por la madrugada, del Oeste a la Capital

Como todos los días, pasada la medianoche, el tren n° 62 de “Ferrocarriles Argentinos” conocido como “El Puelche” que había salido del Oeste rumbo a la Capital.
Aquella madrugada, Carlos Beneitez, un hombre de unos treinta y pico de años, de cabellos oscuros, tez clara, alto y patón, vestido totalmente de negro fue uno de los pasajeros que abordó el convoy, cuyo destino final era una estación de la Capital.
Carlos acomodó su equipaje, se sentó en su asiento, y no tardó en quedarse dormido. Muy cerca del lugar donde permanecía sentado, viajaban un chico con su madre. El niño le comentó en voz baja a su mamá:
- ¿Viste mamá? ¡Ese señor que se subió en la última estación tiene olor a Queso!
- Sh... habla bajito... que no te escuche – fue la respuesta de la señora – o tiene unos Quesos guardados en el equipaje, o hace mucho que no se lava los pies, o quizás las dos cosas.


Finalmente, y sin mediar nada digno de contarse, el tren arribó a la Terminal. Nuestro personaje en cuestión se levantó de su asiento, tomó su equipaje y descendió de la formación. En medio de la multitud, se escuchan voces y ni una palabra, se ven caras y ni una mirada, Carlos salió de la estación como uno más de los miles que pasan todos los días por allí.



Viernes, pasado el mediodía, en un supermercado de la zona norte

Un día más de trabajo en el Supermercado no representaba nada extraño en la rutinaria vida de Adrián, encargado de la venta de Quesos en aquel establecimiento. Aquel día, sin embargo, ocurriría algo que jamás olvidaría. Un hombre alto, patón y vestido totalmente de negro, incluyendo unos guantes negros que le cubrían las manos, y con un fuerte olor a Queso en los pies, se acercó al mostrador.
- Buenas tardes, ¿En qué puedo ayudarlo?
- Quiero cinco hormas enteras de Queso. Cinco Quesos. Un Queso Pategras, un Queso Emmenthal, un Queso Parmesano, un Queso Maasdam y un Queso Gruyere.
- Muy bien – contestó sorprendido el vendedor ante el pedido – ahora le voy alcanzando los Quesos.
El vendedor necesitó ayudó de sus compañeros para buscar y darle los Quesos al cliente, que no paraba de sonreír con un actitud de burla y soberbia. Finalmente, Carlos Beneitez, el nombre del cliente que compró los Quesos, abandonó el supermercado con los cinco Quesos.



Viernes, seis y media de la tarde, en un estudio jurídico, cerca del Palacio de Justicia

La abogada Paula Arce se quedó sola en su estudio jurídico, a la espera de un cliente que le indicó pasaría al finalizar la jornada. Su socio, el abogado Fabián Ventura, se había retirado del lugar hacía poco más de media hora.
Eran las seis y media de la tarde clavadas, cuando sonó el timbre del estudio jurídico. La abogada abrió la puerta y ante ella estaba su cliente, que se presentó diciendo:
- Buenas noches. ¿La doctora Paula Arce?
- Sí, soy yo. ¿Usted es Bernabé Velazquez, verdad?
- Digamos que me conocen de esa manera.
La abogada sintió que se le congelaba la sangre al escuchar esas palabras, creía reconocer a su cliente de algún lado. Pensativa, grande fue la sorpresa de la abogada, al ver a su cliente con una gran bandeja donde llevaba un Queso, era un Queso Pategras, esos Quesos de cáscara roja con agujeros. Beneitez estaba vestido de negro, incluyendo el par de guantes negros que le cubrían las manos, con las que sostenía la bandeja.
- Soy del Oeste, este Queso es un producto típico de mi pueblo, un obsequio para usted. Espero le guste.
- Muchas gracias. Me sorprende con el obsequio pero me gusta mucho. ¿No nos conocemos de algún lado?
- Seguramente, le dije que me conocían ahora como Bernabé Velazquez, pero antes respondía al nombre de Carlos Sebastián Beneitez.
A continuación, con la abogada frente a Carlos, este le preguntó:
- ¿Te gusta el Queso?



La abogada, aterrorizada, nada dijo ante esa pregunta, comenzó a a esbozar una sonrisa, cuando Carlos, en un movimiento muy rápido, puso el Queso sobre la mesa, sacó un revolver largo calibre 45 con silenciador, y sin contemplación ni piedad alguna, disparó sobre su víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el primer disparo, que impacto en el pecho de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el segundo disparo, que impacto en el estomago de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el tercer disparo, que impacto en el cuello de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el cuarto disparo, que impacto en la cabeza de la víctima.
- Queso – dijo en voz alta por quinta vez, al efectuar un nuevo disparo, que otra vez, impactó en el pecho de la mujer.
El asesino dio por finalizada su tarea, agarró el Queso Pategras que había sobre la bandeja, lo tiró sobre el cadáver de su víctima y dijo en voz alta por sexta vez:
- Queso.
Guardó el revolver con silenciador entre sus pertenencias, tomó la bandeja y se fue del lugar, sonriendo de tal manera, que hubiera hecho palidecer al Guasón de los comics de Batman.




Viernes, cerca de las ocho de la noche, en un teatro underground, de la zona del Centro

Carmen Covarrubias no había nacido en Sevilla ni jamás había estado en Andalucía, pero de todas formas integraba un espectáculo donde la promocionaban como “bailaora sevillana, la Flor de Andalucía”, haciendo mención a su nombre. En el espectáculo no tenía que hablar por lo tanto no debía forzar ningún acento andaluz.
Aquella noche se encontraba en su camerino, cuando Adrián, un muchacho que trabajaba en el teatro le dijo:
- Te buscan “Flor de Andalucía”.
- ¿Quién?
- Alguien que dice que quiere hacerte una propuesta de trabajo. Contratarte para una fiesta privada, o algo parecido.
- Dale, pibe, decile que entre.



Entró al camerino un hombre de unos treinta y pico de años, alto, patón, vestido de negro, incluyendo los guantes con los que se cubría las manos. El muchacho se presentó ante la bailaora:
- Me conocen como Bernabé Velazquez, deseó hablar con vos. Nada grave, es por una propuesta de trabajo en una fiesta privada. Ante todo quiero hacerte un regalo.
En ese momento, el muchacho sacó un Queso del portfolios que llevaba. Era un Queso Emmenthal, esos enormes Quesos suizos con grandes agujeros. La bailaora se sorprendió ante el “obsequio”, se detuvo ante el joven y le preguntó:
- Nosotros nos conocemos de antes...
- Por supuesto, me conocen como Bernabé Velazquez, pero mi nombre auténtico es Carlos Sebastián Beneitez.
Al escuchar ese nombre, la bailaora sintió que se le helaba l sangre. En ese momento, acercándose a muy corta distancia de ella, Carlos le preguntó a la chica:
- ¿Te gusta el Queso?



La bailaora, aterrorizada, intentó decir algo, cuando Carlos, muy despreocupado, sacó un gran cuchillo, con una hoja de más de treinta centímetros, y comenzó a apuñalar a la inocente mujer.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar la primera cuchillada, dándole un fuerte tejo en el pecho de la víctima, de izquierda a derecha.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el segundo cuchillazo, clavando el cuchillo hasta el mango en el estomago de la víctima.
- -Queso - dijo en voz alta al efectuar la tercera puñalada, un corte profundo en el cuello de la víctima.
- Queso - dijo en voz alta al efectuar el cuarto cuchillazo otra vez en el estomago.
- Queso – dijo al efectuar la quinta puñalada, dejando esta vez el cuchillo clavado sobre el corazón de la mujer.
El asesino dio por finalizada su tarea, tomó el Queso Emmenthal y lo tiró sobre su víctima diciendo en voz alta por sexta voz:
- Queso.
Abandonó el lugar muy rapidamente, sin que nadie lo notara, mezclado entre quienes los trabajadores y el público del “tablao flamenco”.


Viernes, pasadas las nueve de la noche, en el Hospital Central

Giselle Amoros, enfermera, comenzaba a prepararse para una larga noche de guardia en el hospital, esperando ver con que cosas se encontraría aquella jornada. Hacía poco que trabajaba en ese hospital, y se trataba de la sexta noche de guardia que le tocaba.
Se dirigía sola a un lugar donde guardaban medicamentos y drogas. Mientras iba caminando sintió que alguien la seguía y la observaba. Se dio vuelta, miró para todos lados, no vio a nadie.
-         Bah, no pasa nada...
Continuó su camino y llegó al lugar. Ingresó al lugar, iba a empezar a buscar los medicamentos, cuando grande fue la sorpresa de la enfermera al ver un Queso sobre el escritorio donde estaba el teléfono. Era un Queso Parmesano, esos grandes Quesos italianos.



Quedó dura contemplado el Queso, y en ese momento sonó el teléfono de línea que había allí instalado. Se sorprendió todavía más ante este suceso, pero de todas formas, levantó el tubo:
-         ¿Quién es? – preguntó la chica.
-         Carlos Sebastián Beneitez, ¿Te gusta el Queso? – fue la respuesta, pero para sorpresa de la enfermera, escuchó la voz como si la pronunciará alguien que estaba en ese lugar.
Se encontraba aún estupefacta por escuchar esa voz tan cerca, y sintió terror al escuchar ese nombre, y por eso, no advirtió que un hombre alto, patón y con guantes negros, estaba detrás de ella, sosteniendo una soga. 



Fueron apenas segundos, fracciones de tiempo imperceptibles, cuando el muchacho colocó la soga alrededor del cuello de la chica, y dotado de una gran fuerza criminal, comenzó a estrangularla. Mientras lo hacía, el asesino decía en voz alta:
-         Queso – y apretó con más fuerza la soga sobre el cuello de la enfermera.
-         Queso – dijo por segunda vez, mientras la enfermera intentaba defenderse en vano.
-         Queso – dijo por tercera vez y seguía estrangulando a la chica.
-         Queso – dijo por cuarta vez y la enfermera ya daba signos de quedarse sin aire.
-         Queso – dijo por quinta vez cuando la chica quedó sin aire como consecuencia de la estrangulación, y el asesino dio por finalizada su tarea.
En ese momento, el asesino tomó el Queso Parmesano que había sobre el escritorio, lo tiró sobre su víctima, y dijo en voz alta por sexta vez:
-         Queso.

El estrangulador se retiró del Hospital, con la misma impunidad con la que había ingresado, sin ser advertido por nadie, pasando por una persona más de los muchos que estaban en el lugar.


Viernes, diez y media de la noche, en un departamento de la zona Norte

Solange D’Anvers llegó a su departamento tras una agotadora jornada de trabajo. Había tenido, sin embargo, una gratificación aquel día. En reconocimiento a su trayectoria, le habían regalado una figura tallada en marfil. La figura representaba a un chino.

-         Me dijeron que era el emperador Ming, je, je, seguro que es un chino del Chinatown.
Puso la estatua sobre la mesa de tocador, y fue a darse una ducha que necesitaba imperiosamente. Cuando salió, aún vestida con la ropa de baño, contempló el espejo. Lo primero que notó es que la estatua de marfil ya no estaba más ahí.
Pero su sorpresa fue mayor al ver, tras darse vuelta buscando la figura de marfil, al ver que sobre la cama había un enorme Queso, era un Queso Maasdam, esos Quesos esféricos holandeses.



-         ¿Y esto? – dijo en voz alta la chica, con una mezcla de asombro y terror - ¿Hay alguien aca? – dijo muy asustada.
-         Carlos Sebastián Beneitez – dijo una voz de hombre de alguien que indudablemente, tras las cortinas, estaba en la habitación. Escuchar ese nombre le heló la sangre a Solange, y ni siquiera pudo moverse, entre el terror y la sorpresa que sentía.
Como surgido de la nada, apareció frente a ella un hombre vestido de negro, con guantes negros sosteniendo la figura de marfil.


-         Queso – dijo Carlos, mientras con la estatua de marfil descargaba su primer golpe sobre la cabeza de la chica.
-         Queso – dijo por segunda vez Carlos, mientras la golpeaba nuevamente.
-         Queso – volvió a decir Carlos en voz alta mientras daba un tercer golpe, con la chica ya totalmente ensangrentada, tumbada sobre la cama.
-         Queso – dijo por cuarta vez, a la vez que descargaba un cuarto golpe.
-         Queso – dijo por quinta vez y descargó un nuevo golpe, con la chica ya muerta a mazazos.
Con la chica ya asesinada, el asesino dio por finalizada su tarea, tomó el Queso Maasdam que estaba sobre la cama y lo tiró sobre el cuerpo ensangrentado de su víctima diciendo en voz alta:
-         Queso.
Carlos se fue del lugar rodeado de la misma impunidad con la que había llegado.


Viernes, por la medianoche, o primeros minutos del sábado, en un estacionamiento del Norte

El reloj marcaba las once de la noche cuando Florencia Pereyra estacionó el auto y bajaba del mismo. Aquel estacionamiento estaba en un segundo piso, debía bajar para dejar las llaves y registrarse. Estaba cerrando el auto, cuando de repente, levantó la vista, y para su sorpresa, vio que un enorme y gigantesco Queso Gruyere, esos que tienen agujeros muy voluminosos, se encontraba sobre el capó del auto.
La chica no salía del asombro y terror al ver el Queso, cuando como surgido de la nada, vio frente a ella a un hombre alto, de unos treinta y pico de años, con unos guantes negros sosteniendo una katana, esas espadas largas que usan los samuráis o los ninjas.
Presa del pánico, la chica atinó a balbucear unas palabras, mientras intentaba retroceder, solo por instinto, pues no podía ir a ningún lado, encerrada entre los autos, al estar una pared detrás de ella.



-         ¿Quién sos?
-         Carlos Sebastián Beneitez – fue la respuesta que escuchó, y mientras el muchacho la pronunciaba, se acercaba, katana en mano, hacia la chica, que quedó literalmente entre la espada y la pared.
-         ¿Te gusta el Queso? – dijo entonces Carlos, mientras se acercaba a la chica, siempre sosteniendo la katana.
-         Queso – dijo nuevamente en voz alta Carlos y descargó la katana sobre la chica, provocandole un tajo de arriba hacia abajo.
-         Queso – dijo Carlos por segunda voz en voz alta, a la vez que con la katana cortaba a la chica de abajo hacia arriba.
-         Queso – volvió a decir Carlos, por tercera vez, mientras con la katana le cortaba el cuello, produciéndole a la chica una herida aún más profunda que la anterior.
-         Queso – dijo por cuarta vez en voz alta Carlos mientras efectuaba un nuevo corte, mucho más profundo, sobre el cuello de la chica.
-         Queso – dijo por quinta vez Carlos, mientras con un nuevo corte terminaba de arrancarle la cabeza a su víctima.
Una vez que la chica fue decapitada, el asesino dio por finalizada su tarea, tomó el Queso que tenía guardado entre sus pertenencia y lo tiró sobre el cuerpo mutilado de su víctima diciendo en voz alta:
-         Queso.
Carlos se fue del lugar rodeado de la misma impunidad con la que había llegado.


Sábado por la madrugada, en el Aeropuerto

Cometidos ya los cinco asesinatos que había planificado, Carlos Sebastián Beneitez, tomó nuevamente su equipaje, y se dirigió al Aeropuerto a abordar el vuelo de Air France, con destino París.
Sabemos que está allí, en París, hablando en correcto francés, vendiendo Quesos, perdón fromages en una fromagerie entre Les Invalides y la Tour Eiffell, respondiendo al muy francés nombre de “Charles Sebastian Bennoit”.



La autora original de este Relato con sus textos e imágenes es Valeria Alejandra Gutierrez (Ravelia Zamas) (@couer_rouge). Es un relato de ficción sin ánimo de ofender ni injuriar a nadie, cualquier vinculación con personajes o situaciones reales es pura coincidencia. Ante cualquier duda, sugerencia, crítica o queja dejar un comentario en el Blog o comunicarse directamente con el mail quesocarlos@ymail.com, desde ya, muchas gracias.

2 comentarios:

  1. No como mas Queso.... Lo juro

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  2. Bernabe Velazquez3 de mayo de 2015, 5:27

    Gracias por la historia bonita de los Carlos asesinos tiraquesos, pero...me devolverías mi imagen, nombre y permiso? Son míos.

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