domingo, 8 de diciembre de 2013

Fin de semana largo de un asesino serial



En aquellos tiempos un asesino serial de mujeres estaba acechando a la Opinión Pública. La prensa lo llamaba “el Queson” porque a cada una de sus víctimas, ya más  de treinta, le arrojaba un enorme Queso Gruyere o Emmenthal, luego de darles más de a todas cuarenta y seis puñaladas, ni una más, ni una menos, con un enorme cuchillo.
Cuando un nuevo crimen había despertado una vez más el interés de la gente, se estaba desarrollando una cena en uno de los restaurantes más conocidos de la ciudad. Muchos de los invitados ni se conocían entre sí, y estaban porque los había reunido el señor Juan Carlos Díaz, que festejaba su cumpleaños. Podrían haber hablado de muchos temas, pero predominaba el del “Queson”.
-          La policía no tiene un solo indicio de quien puede ser este depravado.
-          Las mujeres estan aterrorizadas, ya ninguna quiere quedarse sola. No ataca a mujeres viejas ni tampoco a niñas. Sus víctimas suelen rondar los treinta o cuarenta años.
-          No solo asesina en Buenos Aires, se han registrado casos en otras ciudades del interior, como Mar del Plata, Córdoba, Tucumán, y también en el Uruguay. Qué obsesión que tiene por los Quesos, es un psicópata muy peligroso.
-          La policía recibió notas donde el asesino se identifica como “Carlos, el Queson” pero es una locura sospechar de todos los Carlos, imagínense, vivimos en un país donde casi la mitad de los hombres se llaman Carlos.
-           Seguramente ni siquiera se llama Carlos, y se presenta con ese nombre para pasar más desapercibido, yo trabajo en un lugar donde somos cuatro, y el único que no se llama Carlos soy yo.
-          Yo me llamo Carlos, Carlos Bossio, espero que no sospechen de mí, por las dudas, no voy a comer Queso, y quizás empiezo a usar mi segundo nombre, Gustavo.
Así fue transcurriendo la conversación entre los invitados. Uno de ellos, muy alto (1,95) y patón (calzaba 50) que se llamaba Carlos, se levantó de la mesa para ir al baño, y por esas casualidades, observó como Paula, la esposa de Juan Carlos, tenía gestos demasiado amistosos y afectuosos con Martín, un joven rubio invitado a la cena. Carlos se acercó demasiado y permaneció cerca, sentado desde atrás, escuchando el dialogo entre Paula y Martín.
-          Este fin de semana Juan Carlos viaja al Brasil por unos negocios, de esas pedorradas de toros y vacas, de las que se ocupa el. ¿Qué te parece si viajamos a Mar del Plata para disfrutar de la casa de fin de semana?
-          Te iba a decir lo mismo cuando me entere que Juan Carlos se iba. La vamos a pasar muy bien.
-          Por supuesto, Martín, te amo.
-          Yo también te amo, Paula.


Carlos escuchó el dialogo y pensó: “Qué buena oportunidad. Paula será mi próxima víctima”. Sabía donde estaba la casa de fin de semana, cerca de Playa Grande, era la misma que el había alquilado dos veranos seguidos.
Tres días después, Martín y Paula acababan de tener sexo en la casa de fin de semana en Mar del Plata, cuando Martín se levantó de la cama y le dijo a Paula:
-          Que fin de semana. Pensar que muchos vienen para jugar en el Casino. Yo, en cambio, disfrutó con vos en la cama.
-           ¿A dónde vas?
-          A comer algo, voy a ver que hay en la heladera, ¿Te traigo algo, mi amor?
-          Nada, tengo sueño, voy a dormir.
Martín bajó a la cocina, que estaba en el piso inferior, pero cuando se acercó a la misma, sintió que una mano gigantesca, enfundada en un gran guante negro, le rodeaba la cara y le tapaba la boca. En ese momento un pinchazo en el cuello le provocó un sueño inmediato. Martín cayó desvanecido.
-          Dormirás un largo rato, varias horas – dijo una voz masculina.


Era Carlos Bossio, totalmente vestido de negro, con un pasamontaña que le cubría la cara, polera y guantes negros. Estaba descalzo, con sus dos enormes pies sin medias. Carlos comenzó a subir las escaleras llevando un gigantesco cuchillo en el cinturón y un enorme Queso Gruyere en sus manos. Entró en la habitación de la chica. Paula, que estaba acostada semidormida, escuchó que alguien entraba pero pensó que era Martín, su amante.
Carlos, entonces, tomó el Queso y lo arrojó encima de la chica. Esta, sobresaltada por el golpé, se dio vuelta asustada, pero Carlos ya se había tirado encima de ella. Pudo haberla apuñalado en ese mismo momento, pero el asesino prefirió atarla de pies y manos a la cama. La chica intentó resistirse, pero nada pudo hacer, ante la fuerza que tenía Carlos. El asesino puso su enorme pie derecho – calzaba cincuenta – sobre su cara y la obligó a chuparle, lamerle, besarle y olerle los pies. Primero, el derecho, luego el izquierdo. Fue una auténtica tortura, pues los pies de Carlos tenían un apestante e intenso olor a Queso. Era impresionante. Finalmente, finalizado el juego de los pies, Carlos le asestó cuarenta y seis puñaladas, ni una más, ni una menos. Una vez asesinada la chica, Carlos le tiró el Queso sobre su cadáver, y antes de abandonar la habitación, contemplando la escena del crimen, dijo en voz alta:
-          Queso.
Antes de abandonar a casa, Carlos pasó donde permanecía Martín, que seguía dormido, el asesino puso entonces el cuchillo en las manos del joven.
Rato después, Martín volvió en sí y descubrió, con espanto, que sostenía un gigantesco cuchillo totalmente ensagrentado en sus manos. Se dirigió entonces a la habitación donde estaba la chica y vio que la habían asesinado salvajemente.
-          ¡NO, NO PUEDE SER! – comenzó a gritar Martín, cuando en eso entró Gertudis, la mucama, que lo vio al joven con el cuchillo en la mano y gritó llena de espantó y terror.
-           ¡Yo no la maté! ¡Soy inocente! – gritaba Martín.
-          ¡Socorro! ¡Me persigue el asesino serial! ¡Me quiere matar!


La policía no tardó en llegar al lugar, lógicamente Martín fue detenido e incomunicado, y el Inspector Pufrock le dijo:
-          Usted no solo es el único sospechoso de haber asesinado a la señora Paula Pereyra, sino también de ser el asesino serial conocido como el “Queson”.
-           Soy inocente, nada tengo que ver con todo eso, no soy un asesino. Yo no maté a Paula, yo la amaba, eramos amantes. Además el asesino se llama Carlos, y yo me llamo Martín.
Pasaron unos días y Martín seguía detenido. Muchos medios de comunicación, muy sensacionalistas, ya lo presentaban como el asesino serial, dando por resuelto el caso. Todo indicaba que Martín era el asesino. El juez ya estaba por dictarle la prisión preventiva y procesarlo por “Homicidio por Premeditación y Alevosía” cuando un nuevo asesinato conmocionó a la opinión pública. Se trataba de una cantante en un show de hotel, Verónica Lagos, que apareció asesinada con más de cincuenta cuchillazos y un Queso sobre su cadáver. Solo el instinto criminal de Carlos Bossio salvó a Martín Palermo de ser acusado de un crimen que no había cometido.



1 comentario:

  1. El cuento no esta mal, pero hay mejores, lo que esta re bueno son esas fotos de los pies gigantes de chiquito bossio

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