domingo, 2 de diciembre de 2012

La Primera Noche del Queson (crónica del primer asesinato de Carlos Bossio)


Todo comenzó la noche del 30 de abril de 1996, la víspera del feriado del 1º de mayo, cuando una extraña tranquilidad se cernía sobre la siempre agitada ciudad de Buenos Aires. Es otoño en el hemisferio sur en aquella parte del año, cuando los días empiezan a acortarse y las temperaturas comienzan a bajar. El reloj marcaba ya la llegada de la medianoche, cuando en una calle del barrio de Caballito, se detuvo un auto de color negro. 
Del mismo descendió un hombre muy alto, con una altura de un metro noventa y cinco más o menos. Estaba vestido totalmente de negro, con una gruesa polera que le cubría el cuello, una campera de cuero también de ese color, además de un par de guantes con que tenía enfundadas las enormes manos que poseía. También era de color negro el pantalón que vestía, de calzado lucía unas gigantescas zapatillas de color negro de un talle como el cincuenta, lo que indicaba que tenía pies muy grandes. El hombre tenía un bolso donde parecía llevar cosas muy importantes. 
Al bajar del auto, miró para un lado y para el otro. No vio nadie, por lo que avanzó con serenidad e impunidad hacia la puerta de un edificio. Ingresó al mismo con unas llaves que poseía. Se dirigió al ascensor y se miró en el espejo. 


Era un hombre joven, todavía más cerca de los veinte que de los treinta, de pelo negro y piel clara. No era precisamente lo que se dice bien parecido, pero la altura y los grandes pies que poseía lo hacían interesante para las mujeres. Tras mirarse en el espejo, el muchacho sacó un pasamontañas del bolso y se cubrió la cabeza. Totalmente vestido de negro, de la cabeza a los pies en el sentido real de la palabra, tocó el botón del ascensor que lo depositó en el décimo piso, al cual se dirigía.
Mezclando una actitud de serenidad, sigilo e impunidad con la que se había comportado hasta ahora, el muchacho se paró frente al departamento al cual iba a entrar. Antes de hacerlo, sacó del bolso unas sogas. Finalmente, ingresó al departamento, tratando de no realizar ruido alguno. Parecía conocer muy bien el lugar, pues una vez adentro, se dirigió hacia uno de los dormitorios. Una chica, con largos cabellos rubios, de unos veintitantos años, estaba durmiendo en forma muy profunda. El hombre, con su enorme cuerpo se tiró encima de la chica. Con las sogas en la mano, si alguien hubiera visto la escena habría pensado que el muchacho iba a estrangular a la chica. Pero no fue esto lo que ocurrió, el joven ató a la chica de pies y manos a la cama, con una gran rapidez. La chica intentó defenderse, pero nada pudo hacer ante la sorpresa del ataque y la rapidez con que el hombre la maniató.




El muchacho sacó del bolso un enorme cuchillo y al mismo tiempo, se sacó las zapatillas, no tenía medias y estaba descalzo, entonces puso su enorme pie derecho sobre la cara de la chica. A la mujer no le quedó otra que oler ese pie que despedía un apestante, intenso y sofocante olor a Queso. 
A la vez sostenía el cuchillo que lo puso sobre el cuello de la chica. Le dijo entonces:“¡Hola Débora! ¿Cómo estas? Al estar enmascarado seguramente no me conoces, aunque por mi voz y el olor a queso que tengo en los pies, ya te habrás dado de quien soy. Soy Carlos. Carlos Bossio ¿Te acordas de mí? Soy Carlos, el muchacho que conociste este verano en la playa. Carlos, con quien hiciste el amor, al que le juraste amor eterno y después lo ignoraste y lo desconocistes. Carlos, te gustaba jugar con mis pies, olerlos, besarlos, lamerlos. 
Bueno, aca los tenes, disfruta del olor a Queso que despiden”Mientras decía esto la chica, totalmente asustada y aterrorizada, nada podía hacer para zafar de la situación y solo podía oler los pies de Carlos, dado que los tenía encima de su cara. Este siguió diciéndole:“¿Te molesta ahora el olor a Queso que tengo? Quizás antes que un Queso humano, preferís un Queso de verdad”Carlos entonces retiró el pie de la cara de la chica y sacó del bolso una enorme horma de Queso Gruyere, esos Quesos que se caracterizan por sus grande y voluminosos agujeros. 


Tomando el Queso con sus manos, lo tiró sobre el cuerpo de la chica. Siguió diciendo, con el cuchillo en la mano:
“Lo siento Débora, pero ya pasó la hora de mis pies y la del Queso, ahora llegó la hora del asesinato” y sin mediar ninguna palabra más, se tiró sobre la chica con el largo, enorme y filoso cuchillo en la mano, y comenzó a apuñalarla en forma salvaje. 
Algunas heridas fueron muy profundas, otras más superficiales. La furia criminal de Carlos se descargó sobre todo el cuerpo de la chica, le asestó puñaladas en el cuello, el pecho y el estomago, pero también en los brazos y las piernas. Carlos perdió la cuenta de las puñaladas, una y otra vez levantaba el cuchillo y lo volvía a asestar sobre el cuerpo de la mujer. Seguramente, las primeras puñaladas provocaron la muerte de Débora, por lo que Carlos seguía apuñalando a un cadáver. 
Finalmente, en algún momento, cuando quizás ya le había asestado a Débora más de ochenta cuchilladas, Carlos se cansó, limpió el cuchillo con las sabanas, y lo guardó en el bolso, pero no finalizó todo ahí. Tras guardar el cuchillo, tomó el Queso con sus dos manos y lo tiró sobre el cadáver de la chica. Dijo entonces, en voz alta: “Queso”.
Nadie lo escuchó, pues en la habitación solo estaban el asesino y su víctima, muerta sobre la cama, totalmente ensangrentada y con más de ochenta puñaladas en su cuerpo. Carlos comenzó a retirarse del departamento con la misma impunidad con la cual había llegado al mismo. 
Pero en aquel momento, algo alteró sus planes. Escuchó pasos, como si alguien se dirigiera por el pasillo. A juzgar por el ruido de los tacos, eran los pasos de una mujer. Para sorpresa de Carlos, esa persona puso las llaves en la puerta e ingresó al departamento. El asesino, todavía con el pasamontañas que le cubría la cara, volvió a sacar el cuchillo del bolso y se puso detrás de la puerta. Una chica, de una edad similar a la asesinada, pero con cabellos negros, entró al departamento. 
Se trataba de Laura, la joven que compartía la vivienda con Débora. Carlos había pensado que estaba de viaje en el interior visitando a sus familiares. Evidentemente el calculo era erróneo y ahora no le queda otra alternativa que asesinarla. La atacó entonces desde atrás, le tapó la boca con la mano izquierda, y con la mano derecha le cortó la garganta con el mismo cuchillo con el que momentos antes había apuñalado a Débora.


La herida fue lo bastante profunda para provocar la muerte de Laura. No obstante, Carlos le asestó algunas puñaladas más en el pecho y en el estomago, cuando ya estaba tendida en el suelo. Finalizado el horrible doble crimen, Carlos volvió a entrar a la habitación donde había cometido el primer homicidio, cortó un enorme trozo del Queso que yacía sobre el cadáver de Débora. 
De contemplar la escena, cualquier otra persona hubiera pensado que Carlos iba a comer el Queso. Pero no fue esto lo que ocurrió. Regresó a donde estaba tendido el cadáver de Laura y tiró el Queso sobre el mismo, diciendo en voz alta: “Queso”Solo después de haber cumplido este extraño ritual, el asesino abandonó el lugar del crimen. El bolso estaba muy liviano, pues ya no tenía el Queso que Carlos tiró sobre sus víctimas. Mientras descendía por el ascensor, se sacó el pasamontañas que le cubría la cara. Carlos se miró al espejo y observo un rostro radiante, pleno y satisfecho por lo que había realizado. 
Ya no era Carlos Bossio, ahora era “Carlos, el Queson”, en la que sería la primera noche de una extensa y sanguinaria carrera criminal.


2 comentarios:

  1. ¿Así fue como empezo todo? Excelente relato sobre el "Queson", soy fan de los cuentos Quesones, escribí más

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  2. encontramos estos Cuentos Sangrientos protagonizados por Chiquito Bossio??? Reee loco

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